Hace 18 años iniciamos la aventura de La Otra y con La Otra. En octubre de 2008, Rogelio Cuéllar propuso la toma de una foto colectiva, mientras que Alfonso Serrano se sumaba con la filmación de esa toma. Fueron dos momentos en que aparecieron grupos diferentes de poetas, salvo Ledo Ivo, que había llegado ese lunes a la Ciudad de México de otro viaje y partió al día siguiente a Rio de Janeiro para cambiar de maleta, quien estaría presente también en la segunda fotografía. Ambas en Casa Lamm. Estaba por iniciar el encuentro Poetas del Mundo Latino y, aunque no estaba su organizador, Marco Antonio Campos, sí participaron muchos de los poetas amigos que venían de distintos países. El video da fe de los rostros y palabras de los convocados. La picardía de Alfonso Serrano descontextualiza lo que dicen los poetas, para arribar, poco a poco, a las ideas del surgimiento de una publicación de “poesía, artes visuales y otras letras”.
La Otra venía de la ruptura y desaparición de Alforja, una revista dedicada a la poesía que sobrevivió e imprimió durante once años el trabajo de los poetas hispanoparlantes y de numerosas lenguas y culturas del mundo. La Otra, que debía de llamarse La Otra Alforja, se quedó simplemente como La Otra, porque ese era en realidad su nombre y su designio, su encomienda, ser siempre La Otra, La Otra de los otros.
Arribamos a 200 números y traemos la intención de convertir el polvo del camino y de los años no en recuerdo, sino en invocación del futuro. Al inicio, imprimimos 21 números de esta publicación periódica, pero luego entendimos que la belleza del papel no siempre es compatible con la búsqueda de ojos lectores, sobre todo cuando el esfuerzo no responde a las leyes del mercado y su producto no es comercial ni utilitario. La Otra ha mantenido una conversación permanente con las otras artes, porque la poesía dialoga con la vida, y el pensamiento no puede mantener su claridad si no reconoce su límite, allí donde la imaginación sirve de telescopio y microscopio a la vez.
Llegamos al número doscientos como testigos de una época distópica, tras una pandemia que enclaustró al planeta. Vivimos sobre un tablero de ajedrez sin reglas. El juego lo juegan y lo deciden imbéciles y locos que sueltan manotazos sobre las piezas, derriban a los peones y tratan de apoderarse de la reina y del rey para hacerse del tablero, aunque en ese forcejeo el tablero pueda caer al suelo y hacerse añicos. Lo más extraño es que el público en las redes sociales aplaude emocionado y babeante.
No dejamos de preguntarnos para que escribir poesía en tiempos genocidas. “Buenas personas” que no ven la monstruosidad del ser humano; justifican las atrocidades con gesto de inocencia o mucha saña. Y, no obstante, la literatura y la poesía siguen forjando mundos imaginables. Se me viene a la cabeza La muerte de Virgilio, en la que su autor, Hermann Broch, lleva a Virgilio primero a proteger la Eneida y luego a desatar su impulso destructor. Pues el genio latino regresaba a Brindisi enfermo y con la idea de destruir su obra maestra porque estaba convencido de que los hombres de su tiempo merecían dicho homenaje. Al borde de la muerte y en la claridad del alba reconoce que fue escrita no para exaltar a una sociedad enferma, indigna, indeseable, sino para proponer una imagen de humanidad más cercana a los dioses. Hombres y mujeres defensores de la dignidad, del honor, de la gracia y la belleza, de la compasión y la sabiduría. No la canalla que se bate en guerras sin sentido y sin honra. Sino las personas que defienden su vida y su casa. La Eneida, piensa Virgilio, es para que los romanos sueñen en ser espíritus de otra dimensión terrenal.
La Otra persigue también un ideal que nos aleje del pesimismo expresado por Cioran, cuando acusa a la Naturaleza de ser imperfecta y boba, pues ha creado a su propio destructor: el hombre. Basta con echar un vistazo a los contenidos de Internet para sentir el odio tóxico, la flatulencia de una mala digestión civilizatoria: resentimientos, venganzas, prejuicios, repugnancia, ignorancia, estupidez, la mala entraña.
Hace ya 18 años que La Otra apareció cargada de humor. Algo que se echa de menos. ¿Cómo podría existir el pensamiento y la inteligencia creativa si se carece de humor? Recelo mucho de las inteligencias que de manera rutinaria postulan sus pod cast, sus sentencias que pretender ser sesudas advertencias de un pasado que siempre fue mejor. El pasado nunca será mejor que un mañana, porque el futuro es siempre una oportunidad de vida. Una consigna que el colonialismo religioso o administrativo niega con el uso de la fuerza, con la aniquilación de los cuerpos y su degradación a simples desechos.
El humor es un animal sagrado, por eso La Otra conversa con Juan Manuel Roca desde su alta investidura de permanente candidato a la expresidencia de Colombia. ¿Escribir poesía entonces para qué en medio de la barbarie y el absurdo? Pues para que La Otra no envejezca y ande dando mucho de qué hablar. La Otra, esa pobre muchacha que quiere ser siempre distinta de sí misma, como se lo aconsejara Rimbaud.
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