Guerra y paz
Quito el polvo de habitaciones y muebles,
de la sábila y de los libros.
¿Para qué limpiarlo?
Volverá pronto a recobrar sus sitios,
el polvo que es la tierra, la tierra que es roca,
la roca sólida que se transmuta.
Aquí, donde van y vienen disparos,
matadero de veinte guerras simultáneas,
recibo el pan fresco del día,
la fruta recién cortada,
lo álgido del café,
el cuerpo de un hombre.
Se está cayendo a pedazos todo, allá afuera.
A veces cuesta dormir, conciliar imágenes
de migración y destierro.
Sin embargo recibo el ritmo de otra sangre,
su pulso de silencio enamorado,
su gestión de perfectos pormenores.
“Why do you stand by the window, abandoned to beauty and pride?”
Leonard Cohen
I
¿Dónde dejaste los panes y los peces?
Veo tus pies entrando al agua,
hundiéndose en su sombra convulsa
como un pájaro que emigra.
Hoy es el día
en que dejamos la calle para siempre,
con miedo, cansados ya,
y fijos al cristal
miramos todo a distancia.
También hoy, la noche es un animal
sobre el que escribo dos sílabas de frío.
Sigue y no voltees hacia acá.
Soy sólo una sombra.
Camina y ve andar la noche
a la hora del insomnio
en el interior de las casas.
II
Hoy todo nos va borrando.
Es sólo lluvia la sangre en la calle
y tierra la cara de los cadáveres.
¡Rompan filas!, grita el hombre en la película,
en el noticiero,
en el patio de la escuela,
en el reportaje para millones de televidentes.
III
Me levanté del piso tras escuchar la enfermedad
de los vecinos de abajo la noche entera.
Cuánto gimen y tosen, cuántas veces van al baño.
Orinan y escupen como si no quisieran morirse.
¿A qué le tienen tanto miedo?
Se paran a beber agua. Oigo cómo la tragan,
cómo baja por su garganta y por su esófago
a fuerza de no quiero morirme, no quiero morirme todavía.
Matar
Mato por rabia, por odio, por despecho; mato por celos,
por venganza; mato para hacer (me), hacer (te) justicia,
para que entiendas de una vez y para siempre, para descansar
de ti; mato por miedo, para robar, para huir, para defenderme;
mato por hábito, para divertirme; mato por reacción,
para que no me mates, para que no me violes. Mato porque
ya no aguanto, porque quiero morirme pero no me atrevo,
porque hasta los niños matan, porque estoy enfermo, porque
estoy loco, porque estoy triste, porque ya nadie me quiere.
Mato en nombre de mi religión, en nombre de mi pueblo,
de la libertad, de la democracia. Mato en nombre de Dios.
Y también mato porque se me da la gana, aquí, en la chabola,
en el barrio, en el antro, en la carretera, en tu casa, en la mía.
Mato por droga, porque me excita, porque me ejercito, porque
un día a mí me van a matar. Mato perros, gatos, puercos, gente.
Mato al que va en la calle, al que duerme, al que se divierte.
Mato con armas para que haya sangre, para que corra la sangre
como mi rabia, mi hartazgo, mi injusticia, mi fealdad, mi sexo,
mi gordura, mi diabetes, mi cirrosis, mi cáncer, mi retraso mental,
mi estupidez, mis pesadillas, mi vida sin remedio.
Te mato a ti pero puedo matar a tu hermana, a tu padre, a tu mujer,
a tus hijos, a tu amante, a tu abuela, a tu perro. Te mato hoy pero
no confíes porque puedo matarte mañana, cualquier día,
con las balas que van a perforar tu pulmón y tu estómago
y que se alojarán, muy calientes, en tu cuello, en tus ingles,
en tu cabeza. Y lo tuyo no será de nadie, ya ves, lo que pregonaste,
lo que hiciste, lo que sabías, lo que tanto te gustaba: tus mañanas,
tus noches acompañado, tus recuerdos, tus planes, todo se lo comerá
el acero. Bullets, hermano, bullets; qué tragedia, qué dolor,
van a gritar los que te conocieron, y tú ya en cenizas, hombre,
mujer, niño, feo, bonito, bruto, genial, pobre, rico, qué importa.
¿Mataste alguna vez? ¿Lo has intentado?
Dispara, le dice el maleante al muchacho,
¿o es que no te atreves?
Nunca ha habido un arma en mi casa, nunca la hubo,
nunca he disparado.
Humano y de perro
Ayer abrí uno a uno, de arriba abajo,
los botones de una camisa.
Adentro había carne, piel y huesos.
Fui repasando del ombligo al cuello,
las costillas y las venas.
Abro ahora mi mano
y del estómago a los omóplatos
presiono su estero.
¿A quién estoy tocando?
¿A quién le muerdo el lóbulo?
¿A quién miro al fondo de los ojos
con ojos de humano y de perro?
México-Pekín.
(Fragmentos)
Madruga la ciudad su aire su agua hedionda su
éter descalzo en las calles con la acidez del
xoconostle picado por insectos que
invade el alma de quienes viven a intemperie
congregados por la miseria como si fuera normal esa
oblea de su hambre en nuestra boca
Pasillos como ofrendas
enjambre de cera flores frutas ante sus ojos
kakis rojísimos de haber llorado Qué
ímpetu cuando se enoja ¡Mañana
no salgo! le advierte a una anciana indiferente
Muerdan su brazo y pellizquen con el
ébano de otros ojos su corazón sediento
xerografía de un órgano enfermo de ver e
incapaz de alterar la injusticia en
cada esquina por tantos sitios donde
ondean su bandera el terror y la muerte
Perennes los árboles del lago en
el reflejo de ese hombre que fuma
kif recargado sobre un tronco con su
índice apuntando al cielo
nocturno como dragón
Muertos y más cadáveres aparecen donde
él o ella (todos) se vuelven
Xiuhtecuhtli sin luz sin resurrección que
impida el miedo a la hora en que caemos y
caemos ya sin ti sin mí sin el
oro del día que amábamos
Pekín amanece blanca de plomo y humo
elevando espirales desde las chimeneas de
kafkiano tamaño que observa tras el
íntimo refugio de su habitación
‒no salgo hoy le dice a nadie‒
Mar entre dos ciudades aire entre
ésta y aquélla entre sus mapas como
xantomas que extienden su enfermedad
imparable de personas que
corren todo el día a todas horas
obsesionadas con llegar o con irse
Puentes imaginarios para salvar la distancia
entre México y Pekín puentes como ráfagas de
kilómetros que ni en sueños recorrería
índole extraña su naturaleza de
nombres y sitios con historia
México de agua subterránea
émbolo que impulsa a no perderse en la
x de cualquier encrucijada que
impida ver del otro lado
cerros pelones que la estrangulan en su
océano de casas y de luces
Pasan ciclistas como insectos bordeando
estanques rocas sobre el agua y el reflejo del
kiosco en el temblor que alarga su
ípsilon hacia el cielo de esta
noche
Parada tras ellos percibe
estrías sobre la superficie del lago
Kunming con su puente que flecha una
ínsula del otro lado allá donde templos de jade
narran leyendas
Madruga la ciudad su aire su agua hedionda
pisada en charcos donde tiemblan
edificios con letreros de neón Desde temprano se
enluta el día con las noticias de más caídos:
Xóchitl Ernesto su papá su hijo
Karla Juan Ramón Alicia el
índice de muertos desborda la página y no es
imaginario no es ficción mientras ve cómo
cae el ángel de su columna y se hace añicos
nada sucede mientras todos respiramos en la
oscuridad
Claudia Hernández de Valle Arizpe (Ciudad de México, 1963) es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM, maestra universitaria y gestora cultural. Ha publicado, entre otros libros de ensayo: El corazón en la mira. Albur de amor de Rubén Bonifaz Nuño (UAM, México, 1996) y Porque siempre importa. Sobre comida y cultura (UACM, México, 2009), así como 16 libros de poesía, entre 1988 y 2024. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta” y en 2010 el Iberoamericano de Poesía “Jaime Sabines” para Obra Publicada. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, chino mandarín, francés, griego y neerlandés, entre otras lenguas. Con A salvo de la destrucción ganó, en 2016, el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, en Poesía. Entre 2023 y 2024 publicó Luz clave (UNAM), Gato por liebre (UAM), ambos de poesía, y su primera novela: Como gato mirando un pájaro.
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