Poemas :
Luis Ernesto González Soto

Nocturnos y deshoras

Hiedra de lluvia

De tu negrura sube, enredadera,
por ti despierto el olor de la tierra,
fértil surco mortal donde se encierran
aromas de mi breve primavera.
Y a tu negrura va, regresa, dueño
de esa voz negra, casi vagabunda,
noche de día, fugaz, alta, profunda,
lluvia minera, alada luz del sueño.
Con mis muertos a cuestas, y mi frío,
me vierto para verte enamorada,
y por sentir la sombra de este brío
—hecho de sombra ya, ya tan sombrío—,
enredadera, hiedra así abrazada,
negra lluvia en olor de desafío.

 

Piedra de lluvia

Se alejan los pasos.
Se vacía la luz de los oídos.
Y caracol adentro
queda una escena antigua:
una calle empedrada,
solitaria
después de la lluvia,
que esparce aromas de tierra
y que espera.
Si la habité cantando mi tristeza
en primavera,
hoy la camino, lento, mudo,
hasta su origen, apenas
con un inútil golpe entre mis sienes
y el corazón dormido.
Piedra de lluvia, cielo derrumbado.
Caracol adentro.
Qué cielo, cielo adentro.
Adentro. Qué recinto sin brújulas.
Qué silencio tan oscuro nos habita.
Infinita en semilla su riqueza
Qué callados, hoy, Dios
y este antiguo empedrado.

 

No llegaré a la cita

es tarde el sueño
largamente cultivado
sombra a sombra vibrante
sobre mi rostro en nubes sumergido
del árbol hule luces
columnas luminosas templo de las estrellas
confusión
de aromas de la lluvia
no llegaré a la cita
de la calle empedrada
aquellos ojos que no veré jamás
que nunca me dejaron y jamás estuvieron
ese silencio fértil de los brotes nuevos
me dolerán sin sangre por su ausencia
esa mano en la mía
queda en sueño así queda
sin puntos suspensivos
llegar ahora sin primavera encima
no llegaré
que sea
el rostro de aquel niño en el parque
que ahora sueña a la sombra
del árbol de su infancia
quien encuentre los signos

 

¿Cuántos sueños, yo?

¿Cuántos años tienes, rama?
Hoy no conté tus pájaros.
La luz anidada,
el viento en tu cántaro
suena tu voz, bálsamo.
Tierra devastada.
Tú su luz resguardas
en tu copa, párpado
del dios del relámpago.
Bienhechora, cantas.
¿Cuántos años tienes, rama?
Hoy no conté tus pájaros.

Fugaz umbral del sueño

Penumbra. La puerta de dos mundos. Aún
convencido de imágenes inexistentes,
me levanto de la cama y abro la cortina. Es muy noche.
Adentro, la calidez de una luz diminuta. Afuera:
un otoño que cae en la ciudad
con un adiós en cada esquina de autobús.
Me he ausentado del tiempo.
Resbaló el libro de mis manos.
Fue la vida sin mí. Dormí a deshoras.
Guarda mi cuerpo la sensación precisa:
Soñé un volcán nevado de nubes y de prismas.
Arriba el cielo azul
extendido en mi cuerpo
con la buena noticia de la vida.
Y estabas tú,
la respuesta a la Nada,
más hermosa que nunca, si es que antes te había visto.
Tu sonrisa, tus botas, tu gorrito tejido, tu abrigo adivinanza.
Y me lanzabas nieve a gritos
diciéndome con nubes tu te quiero.
—Amo tanto orbitar
entre la luz y tú—, te susurraba al vuelo.
—Mi sombra te envuelve y me lo contará
cuando no estés.
Pero voy despertando,
la escena se me rompe poco a poco.
—Cuánto me dolió verte
aquella vez primera—, te decía al perseguirte
para quitarte a besos la nieve del cabello.
Habitación vacía. No sabrás
cómo tiembla en mis manos
esta ausencia. Tu silencio
afila las preguntas.
La mesa de madera, el libro,
mi taza de café —muere de frío—,
el haz que cae apenas de la lámpara.
Te fuiste a tu tristeza y creas la mía.
Esta noche,
cómo te contaré mi contratiempo.
No sabrás que soñé
que te tocaba con mi eclipse de brazos
sobre la nieve y bajo el cielo azul.
¿Qué hacías en la montaña que sólo yo conozco?
¿Por qué te fuiste —si supiste llegar—
de ese lugar precioso que inventó mi inconsciente,
ese volcán de nubes y de nieve,
ese algodón de hielo que ya eres para mí?
Despertar fue matarte. Nunca más te veré,
mujer irrepetible de mis sueños.

Deshoras

Despertar a deshoras, el día ausente,
sin amigos en torno del café,
sin cita con la amada, el fuego, el vino,
sin el libro a la luz de la mesa de noche.
Despertar a deshoras.
Ser en ausencia de sí mismo, como esa fantasía
de los pequeños
que se vuelven a ver si queda algo a su espalda,
inútil escenario de sus huellas
haciéndose invisible.
En imagen borrada uno se habita,
inmolada en penumbra la mirada inerme.
Inmóvil todo, el aire cae al suelo
y se acuna en la sombra que ahora calla
sus canciones de luto, su confesión de amor,
su esperanza que busca germinar en la aspereza
que a deshoras es lisa, limpia, lamparilla sin fuego.
No sonará la alarma, no irá uno a la ventana de internet
para reconocerse entre insomnes o prófugos.
El grillete feroz del celular inmóvil yace abierto
en libertad de exilio.
La vida queda despojada de intenciones
y vislumbra vestigios del olvido de Cronos.
Se suspende
a deshoras el hábito de estar.
Entonces uno es hombre muy anciano,
o es el niño que nombra su primera memoria,
como el intacto mar que ensueña las estrellas,
como el mudo y el ciego,
como el enfermo en noche de hospital
o como la honda paz que todo lo ha soltado
para que corra, deshoras abajo,
hasta el ojo de Dios que enciende en una lágrima.

 

Otra cita

Noche. Al peso de los párpados,
una voz. Pide
otro silencio, un silencio más hondo.
Ven. Te espero. No tardes.
Y ya no hay noche. Estás
dentro de ti.
Sabe a tierra mojada
la luz del primer sueño. Árbol
arriba se desprenderá un fruto.
Ahora
ya todo es un romper de prismas dentro de tu cráneo.
Colores se derraman por dedos aparentes.
No lo sabías: el sueño esculpe la luz de la que vienes.
La sustancia que ondula eres tú más allá
de las leyes espirales que te forman.
Y está tu amada enfrente, en esa nada
luminosa, esperándote.

Luis Ernesto González Soto nació en la Ciudad de México en 1966. Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva (UNAM), tiene estudios de maestría en Letras Españolas (UNAM). Ha publicado los poemarios Mar y bosque se buscan (UNICEDES/UAEM, col. Voces del viento, núm. 2, 2001), De las formas del desierto (UNICEDES/UAEM, col. Voces del viento, núm. 9, 2002), Poemas de la bruja (Ediciones Eón, 2010) y Ars Antiqua (La Cartonera, 2017) y sus poemas han aparecido, entre otros, en Periódico de Poesía (UNAM), revista La Otra, blog La Guarida, revista Mexicanísimo, Sistema Morelense de Radio y Televisión y otros medios locales y nacionales, impresos y electrónicos. Además, ha sido antologado, entre otras publicaciones, en Las virtudes (col. Siete pecados capitales, Poesía en el andén, Alforja Poesía, 2008), Está en chino (col. Algarabía, Editorial Lectorum, 2007) y Diversidad somos (La Cartonera, 2016). Es editor, colaborador en revistas y corrector de estilo. Ha sido docente universitario, traductor, reseñador y conductor de programas radiofónicos de literatura. Se mantiene a prudente distancia de las actividades del ámbito cultural nacional.