Marco Antonio Campos:
Soledumbre Trístida
Por José Natarén

En la poesía de Marco Antonio Campos es claro lo preminente del territorio y la temporalidad, de la ubicación física -material- del sujeto, del que escribe como el que lee, en tanto su condición de ser en el mundo. No somos -en la poesía de Marco Antonio Campos- seres metafísicos, míticos, oníricos ni trascendentes. Somos ceniza en llamas o carne marcada con la pe de la purga. Somos vestigio de esos dioses que imaginamos en los albores de la civilización y que hoy nos observan hostiles, mudos y sordos desde el exilio. Y somos, ante todo, misterio y deseo de revelación del misterio. Nos raptan dudas ontológicas, teológicas, vitales, existenciales. Asombro y enigma, perplejidad ante la incertidumbre fundamental, ante la espesa bruma que recubre las certezas necesarias para mitigar la zozobra y la intuición de la catástrofe acechante a cada paso. Intuición del absurdo subyacente al drama universal del cual somos mera contingencia, siempre con necesidad de asirnos a las ideas e imágenes de lo trascendente, lo que responda a las preguntas que sólo los poetas, en amorosa desesperación, se atreven a decir, sin la ambiciosa posibilidad de conocer del científico o del filósofo, sino con la osadía del que inquiere al lector por lo mismo que el lector acude a él: en búsqueda de sí, de la imagen de su propio rostro, de la palabra perdida para descifrarse. Y en busca de la permanencia, de la certeza que pasamos por la Tierra agreste por principio y yerma por nuestra causa.
Es tal la claridad, que toda palabra, todo pensamiento, toda seguridad, todo, se transparenta, todo se va al reino de sí mismo, a su dominio propio: el sujeto se hunde en la conciencia que es, en sí, un objeto. Todo ente se repliega y deja ver el ápeiron, ese basamento de vacío, plasma, de fluctuaciones y materia indistinguible, prístina, virgen, donde todo es y nada es. Donde nada es y nada está. El reposo dinámico, la superposición de todas las resonancias, todas las gamas del color y formas del ser se vuelven silencio. Pura presencia, presencia pura. Observador y observado se funden. Estado de gracia, des-conocimiento. Sólo un instante que se desvanece. Pero, vuelve de nuevo la conciencia, conciencia de que el momento es inédito e irrepetible. Y al volver, de golpe al tiempo, de golpe a la realidad, vuelve la tristeza. Melancolía por la fugacidad. Somos hermanos de la soledumbre trístida. Somos la tristura del poeta. Tristes porque no hay dioses, porque la religión no alcanza, porque la duda surge de la intuición que nada hay detrás de la máscara, de la cubierta, de la palabra: nada, sino silencio. Nada más que la materia. Somos cuerpo y moriremos. Este es el primer y último momento. Mientras leemos el verso. No hay más. El poeta, Campos, inquiere y afirma:
¿Pero cómo se salva el que no tiene destino?
¿Hay cabida en la Tierra para el que duda?
Cuando se ve de pronto demasiada luz
Se pierde la luz

Allá, allá detrás del lago, en las alturas del Golán
El azul se vuelve niebla azul
Y me digo con algo que se parece al llanto
Que será para mí esta la última vez
Y en esta orfandad magna, no queda más que fundar sentido, crear el mundo, hacer habitable lo real, edificar una casa con aquel elemento que nos distingue entre los seres y las cosas: el lenguaje, el decir que se canta y se escribe. Y de todo lo que se ha escrito, amamos únicamente aquello que el hombre ha escrito desde la sangre, como habló Zaratustra a través de Nietzsche, y que Campos asume como norte de sus intereses poéticos: la experiencia humana, el tránsito del hombre sobre la Tierra en el que cada mujer por la que el conatus spinoziano pulsa más que cualquier dolor del corazón, en anhelo por volver a la patria del sueño y el ensueño, a una edad niña que no se evoca por las circunstancias, sino por la inocencia y por el vasto catálogo de posibilidades aún no mermadas, cercenadas o clausuradas por la realidad, por el paso carnicero de los años, por la madurez que nos advierte del ruido y la furia de la catástrofe acechante a cada paso.
Esta edad vuelve en cada lectura del que tal vez es el primer gran poema de Marco Antonio Campos, o, al menos, el primero de largo aliento: “Infancia”. Compuesto por 15 momentos, sin presencia de puntos, ni comas, menos punto y coma. Sólo signos de admiración en las partes 5 a 8 y signos de interrogación de la 10 a la 14. Sin interrupciones gramaticales, sin la intervención adulta del discurso, sólo imagen y emoción, sólo vuelta al preciso instante del encuentro con la realidad, con la propia historia personal, la historia del niño -de camisa blanca y tirantes, a principios de los 50, como se aprecia en la solapa de Mi ciudad era el regreso- en la que padre y madre, hermanos, casa y templo, la niña y el dios encarnado se sitúan, como los vértices de un cubo, un espacio en el que la palabra emerge, se condensa, cristaliza hasta quebrarse. Una escena íntima. Infancia es destino: “El niño crece y recoge la infancia hecha pedazos”. ¿Y qué si no, cada parte del poema es un pedazo de la infancia, un trozo arrancado a la memoria con la misma fuerza con la que saltan del abismo las palabras, rosa y diablo?
El poeta canta y cuenta el paraíso perdido, el momento en el que sólo la belleza sucedía, en que sólo la infancia era hasta el advenimiento de lo abrupto o del límite, de la ley, del gran nombre, de ese otro plenipotenciario, del padre intrusivo, determinante, macho cabrío o, sin más, diablo: el ingreso de la palabra que contiene ese lenguaje rebosante de poesía y sueño, el inconsciente poblado de pájaros que revolotean desde el pecho hasta herir a la alta nube. Campos escribe, sin miedo a la palabra dulce, o a la repetición de la sílaba “que” (porque el diablo censor de la preceptiva no mutiló la capacidad estética de su lenguaje). Y escribe sobre el tiempo cuando la ciudad no sufría por los altos índices de contaminación, ni el alma por la contaminación de realidad, ni de la regla y norma y sanción que significa la conciencia:
En tu casa no había pájaros o yo no los recuerdo o era tan dulce su canto que quedó como harpa en la sangre y la casa era profunda y blanca y el diablo llegaba a las cuatro de la tarde mientras el niño incendiaba el patio y el hermano corría hacia el horizonte.
El azul del cielo era puro vasto respirable y el lenguaje ignoraba la Palabra.

Veía desde la terraza alturas lúcidas que aún la vista se enceguece
Hacía fogatas en el patio y en los ojos se levanta el fuego
Peleaban los hermanos y las hojas caían desde los árboles
Yo me corté la mano por querer alcanzar la libertad
En el instante en el que el verso arde, recuperamos la vista y la perdemos. Ascenso y descenso. Se hace la llama en el ojo, y las vibraciones se modulan en los huesecillos del oído, a muchos órdenes de magnitud de diferencia. Pero en la estrofa, imagen y sonido emergen simultáneos. Lo simultáneo. Se canta y se cuenta. La escena se define, nitidez plena. Dentro y fuera. Sensación y percepción. Se convoca la lucha fraterna y la leve debilitación del follaje. De pronto, el yo se yergue, dice su herida y su razón.
¿Poema en prosa, versículo? ¿Qué forma sino la exacta, corresponde al flujo de escenas que suceden en el río de la memoria y configuran el poema de Campos? El poema, espacio inédito hasta el arribo del lector. Sitio gemelo de una realidad que no es, que responde a una búsqueda: la del tiempo paradisíaco, tal vez inencontrable porque nunca existió. Una realidad verbal que se inaugura a cambio de una temporalidad ya cenizas vuelta, palabra en llamas contra el pasado pétreo que se consume a perpetuidad, arde una y otra vez, cada que volvemos la vista a ella. El modelo, Petits poèmes de Baudelaire. ¿Y a quién no ha golpeado la música del dandy? Como Margarita Michelena, Campos, el poeta, el traductor, supo escuchar al augur de la modernidad, si bien, no en el mismo sentido. Ella, edificó versiones ejemplares, definitivas, de los poemas del flaneur; él, asimiló una de las célebres -no por ello menos esencial y, a la vez, de alto riesgo- enseñanza del amante de la Duval: la poesía se impone a todas las formas. El vaso tiene sentido por el agua. La estructura, la red de cristal, sólo es posible por la existencia de la substancia. Sin materia poética, no hay metro, ni verso, ni poema. No es la forma por la forma, sino la forma por el fondo. Y el fondo por la forma. La sonoridad ya no está en función de la rima, ni la eufonía depende de la regularidad métrica. Más bien, la arquitectura del poema resguarda la peculiar resonancia entre sonido y sentido. Se transparenta la música interior que anima la escritura del sujeto: singular armonía entre la emoción y el pensamiento, entre experiencia y memoria, la melodía del silencio presta al oído cuando cada palabra se encuentra, al fin, libre, en el único sitio posible: el poema. O la novela, el cuento, el ensayo. Obras como Ulises o Nadja o Pedro Páramo, trascienden la noción de prosa narrativa: imperio de la poesía sobre los géneros. Ritmo, imagen y sentido se anudan con la misma o mayor complejidad en esta nueva forma, los poemas en prosa. Y en ellos, se cumple la prescripción de Eliot en cuanto a los versos: buenos, malos y el caos. Y los poemas en prosa de Marco Antonio Campos son todo menos malos.
¿Verso libre? Libre bajo una legislación más sutil, intuitiva: libre en la medida en la que sea vasija del espíritu, del espíritu del tiempo, de la compleja dialéctica que constituye el mundo, interior y lo circundante, el cuerpo y sus circunstancias, entre las cuales se debate la conciencia, la voz, que toma forma, se asienta o se eleva desde el entramado de metáforas y metonimias, el tejido de correspondencias y analogías, alusiones y revelaciones, cotidianas o metafísicas, que se desteje cuando terminamos la lectura en este eterno retorno a la casa, al origen, al centro de nosotros mismos, donde el sueño no duele. Libre en la medida que lo concibió Eliot, maestro de Campos, de todos. Por otra parte, Robert Graves, determina la función y el sentido de la poesía, y despliega una idea y una visión en La diosa blanca. Gramática histórica del mito poético: el poeta escribe para honrar el misterio femenino. Y la poeta escribe su ser mujer. El poeta dionisiaco y no los seudo versificadores, los apolíneos, quienes no escriben con “la mano metida en la sangre1”. Quien no ha amado u odiado, sería preferible que se abstenga de intentar escribir, so pena de inautenticidad. Quien no acierte como Paris al momento de elegir destino, mejor no ose invocar a la musa. Quien no desobedezca la norma común para cumplir la ordenanza del espíritu, como Antígona. Aquel que no pueda negar cualquier sacramento cuando Ella lo mande. Aquel que no sea -explícito o no- del partido de la Diosa, estrella de la mañana. Pero sabemos a qué tipo de poetas pertenece Campos cuando le da voz a aquel jovencito que, a principios de los 60s, dice:
La imagen de san Vicente de Padua me seguía
en la iglesia y la voz oscura de San Martín de Porres
que retumben resuenen los cantos gregorianos
y que el órgano se oiga en lo hondo de los muros
la niña asomaba en la niña de mis ojos
y el deseo ardía de contemplarse y secarse en la llama de las vírgenes
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo
Continúa, como final de la siguiente estrofa, otra cláusula de la liturgia eucarística. Pero tampoco dejamos de escuchar el eco de Songs of Innocence de Blake. Aquí la única inocencia posible es la que conlleva la más peligrosa de todas las ocupaciones, fundar lo que permanece, y eso corresponde a los poetas, como Hölderlin o Trakl, a quien Campos ha traducido. Luz que emane de las alas o el canto, fuego que se desprenda del sol para alumbrar el descenso del hombre en su hallazgo del fruto del bien y del mal. La calle, el espacio de todos y de nadie, el sitio por excelencia de la ciudad es ahora la verdad poética y vital para el que escribe:
¡Llameen aves! ¡Llamee el sol!
Caiga el niño con árbol y manzana
Caiga el árbol con niño y con manzana
¡Y no obstante la calle era el Camino!
Bendito sea el que viene en el nombre del señor
Y así, el miedo, el desamparo y la muerte ingresan al paraíso. Al cuerpo antes casto, intacto, antes de caer a la delicia de su carnalidad. Ahora el ser comienza a consumirse, a verse minado desde adentro. La muerte anida, abre los ojos detrás de los humanos ojos. El riesgo de estar en el mundo, de estar vivo. Ante el desasosiego por las primeras andanzas del forastero, en el exilio del estado de inconciencia original, el poeta sólo tiene preguntas que no solicitan respuesta, sino escucha. Porque ante la belleza del verso que cuestiona, nada pertinente como callar. Pero antes, nosotros decimos: escucha a tu siervo, oh, Diosa, ahora que clama en el desierto. El poeta inquiere:
¿Cuándo la música del cuerpo comenzó a elevarse al soñar y mirar una mujer?
¿Cuándo vi o me miraron al mirarse los ojos de la muerte?
¿Cuándo el árbol de la vida fue abierto como libro y mis ojos se llenaron de luz y
de terror?
¿Por qué me siguen a veces imágenes e imágenes y siéntolas con la misma o más intensidad que las sentía entonces?
¿Por qué canto la infancia feliz si no lo era?
¿Por qué?
Instantes y razones, luego serán sitios, espacios que den sentido, como el poema. La palabra sustituye al objeto deseado, el sujeto ausente, intenta reparar la oquedad, conjurar el horror del vacío. Pero el poeta proclama con la viril convicción de ser entre los otros, ser un individuo cuyo principio es el nombre, luego la raigambre, la raíz, el espacio y el tiempo, en una temporada y una geografía particular, telúrica, y una ocupación, la de la palabra, “las palabras, hijas de la vida”2, como dijo el que nació en el Sur y cuyo nombre es Juan Bañuelos, amigo y maestro de Campos, quien escribe:
Yo soy Marco Antonio, hijo de Ricardo y Raquel y nací una noche del bárbaro febrero, con la vista en el mayo abrasador y en las montañas del sur. Y aposté por la poesía y el ángel.

Fuentes Bibliográficas (Marco Antonio Campos)

La ceniza en la frente (1978-1987). Premiá, 1989. 101 p.
Poemas Austriacos. Österreichische Gedichte. El tucán de Virginia, 1999. 61 p.
Viernes en Jerusalén. Visor, 2005. 96 p.
El forastero en la tierra (1970-2004). El tucán de Virginia, 2007. 414 p.
Ningún sitio que sea mío. Secretaria de Cultura de Michoacán, 2010. 127 p.
Ya para qué. El ángel editor, 2018. 133 p.
Anoche en algún lugar. Lectorum, 2019. 112 p.
Mi ciudad era el regreso. Ablucionistas, 2020. 75 p.

Narrativa
Que la carne es hierba. Joaquín Mortiz, 1982.108 p.
Esos fueron los días. Fondo de Cultura Económica. 1999. 309 p.

Ensayo
Siga las señales. Premiá, 1989. 195 p.
El libro y la poesía. FOEM, 2013. 83 p.

Obituario
Retratos con deuda. Puertabierta editores. 2020. 157 p.

Traducción
Acercamientos mismos versos otros versos. Puertabierta editores. 2024. 303 p.