La horquilla japonesa :
Por David Jurado

La astucia suprema del diablo no es sólo su esmero en hacernos creer que no existe, sino la de esconder,
como un escorpión de fuego, un tenedor para las más oscuras delicias en la punta de su cola.

Frase adjudicada al monje Erialeduab, expulsado del monasterio de Hautefeuille. Manuscrito Ópilo, 1694, BNF.

I

De curvas sinuosas, el tenedor nace del juego de luces y sombras de un arte bizantino tardío y de la línea retorcida y amorfa del arte gótico. Nada tiene que ver con la organicidad y medianía del cuchillo. Discreto, desnudo y depurado, el cuchillo es un utensilio que supo afirmarse en el universo legendario de las armas cortopunzantes. Por el contrario, el tenedor se corona en el acaecer convulso de quien pincha un pedazo de melón y, antes de llevárselo a la boca, lo utiliza como carnada para atraer la atención de los otros comensales, de aquí para allá, de allá para acá, como si el mismo tenedor fuera una batuta en un concierto de pupilas.
El tenedor, al asegurar el bocado entre sus puntas, incita a la plática, acompaña a los que se sientan a la mesa a seducir o convencer. La cuchara requiere silencio, concentración y equilibrio, y el cuchillo, una destreza mecánica cuyo cálculo y ejecución nos lleva a cerrar la boca y hacer una mueca quirúrgica. Mientras tanto, el tenedor libera la gestualidad del brazo y de la muñeca al goce del movimiento desmesurado, a esa vitalidad bizarra y nada decorosa que tienen las lenguas astutas y gráciles, las conversaciones agudas y picantes. Claro, el tenedor, al ser prescindible y desdeñable en momentos de urgencia o de mucha hambre, al representar un exceso de estilo en los atavíos de la cuchipanda, tiene algo de aristócrata, no por nada su fama despuntó entre los nobles de gorgueras amplias y estrambóticas, que para superar aquel acordeón de encaje isabelino que hoy nos parece un babero engorroso o, peor aún, un cuello ortopédico de oropel para estrellas de televisión con torticolis, necesitaban de un utensilio más preciso y delicado que la mano.

Y es que el tenedor remplazó al tridente que compuso durante siglos el pulgar, el índice y el dedo medio o corazón en las mesas lunares de la aristocracia medieval. Por aquella época, su uso no era una demostración de disciplina y virtud en el banquete, sino una altanería que dirigía cuerpo y alma a las hogueras del reino de la fatuidad infernal. Pecaminosa era esta horquilla diminuta por su estilización satánica, así el tenedor fuera por aquellos años un utensilio desdentado y minimal, pues sólo tenía dos puntas y había sido pensado para pinchar pequeños trozos de fruta en almíbar o agitar un trozo de animal cosido con demasiada salsa. La iglesia lo condenó por carecer de misericordia y humildad táctil: Dios había provisto un tridente natural, Dios exigía tocar con los dedos el pedazo de cordero místico que mantiene el reino de los cielos en el aura de la mesa.
Prótesis prometéica, pero amanerada, trasto confortable, pero afeminado, el tenedor fue también condenado por su extravagancia, por no plegarse a lo femenino de la cuchara, asociada con la virgen María, el bautismo y la maternidad, ni a lo masculino del cuchillo, apto tanto para cortar el pan en la cena como las orejas de los herejes. Como reza un eufemismo contemporáneo, el tenedor era rarito, ni de este equipo ni del otro. Y si una mujer lo usaba era porque quería inducir al pecado y la decadencia moral, como lo afirmó Pedro Damián, un padre que en el año 1050 escribió una invectiva contra María Argyropoulaina, princesa bizantina instalada en Venecia, a quien se le ocurrió traer entre sus refinados enseres un tenedor y así introducirlo en los hábitos de mesa de occidente. Por eso, según este apóstol del tridente patriarcal, María Argyropoulaina murió junto a otros irredentos en las manos de la peste divina.
En una versión previa de este ensayo dirigía estas palabras a ella. Tenía apelativos apasionados como “querida testigo de los osados avatares de la losa”, “estimada veneciana de tridentes amanerados”, “hermana de las mujeres perseguidas por el cuchillo de San Pedro”, “querida lectora, víctima de la epidemia del decoro papal”, “maestra de la glotonería verbal de tres o dos puntas”, cada uno más rebuscado que el otro. Y este personaje se me fue mezclando con otra noble, pero una que sólo existió en las páginas del Decamerón.
Había leído que la primera aparición del tenedor en la pintura se encontraba en La historia de Nastagio degli Onesti de Botticelli, una obra basada en un cuento de Boccaccio sobre un príncipe que, para evitar el rechazo de su amada, organiza un banquete en el que se presencia la tortura repetida de una doncella indiferente al amor de un caballero que el despecho llevó al suicidio. Condenada a ser un alma en pena, esta doncella revive una y otra vez su muerte bajo la espada de su frustrado pretendiente y la mirada hostil de sus perros cazadores, que se arrebatan pedazos de su corazón en medio del bosque. Aberrante es la moraleja de la historia, como lo son también los calificativos con los que Boccaccio describe a esta doncella, cuyo ejemplo evita seguir la amada del príncipe, quien, arrepentida y amedrentada por el espectáculo fantasmal y terrorífico de esa última cena, acepta someterse al matrimonio. No sé en cuál de las escenas pintadas por Botticelli aparece el mentado tenedor. Las reproducciones a las que tengo acceso me impiden identificarlo. Quiero creer que es en la cena donde se presencia el horror de la doncella torturada. Casi en el centro del cuadro un músico parece estar a punto de aplastar un tenedor con su tambor, como si el tenedor fuera un peligroso contrincante para el redoble de las huestes varoniles y feminicidas opuestas a la cultura del consentimiento y del amor libre.
El personaje del cuento de Boccaccio se fue mezclando con esa mujer bizantina perdida en una Venecia acostumbrada al uso del cuchillo. A ellas dos estaba dirigiendo un ensayo con ínfulas de misiva panfletaria. Sin embargo, así el tenedor escondiera un fragmento más de la historia lamentable de la misoginia, también es cierto que su historia tiene otras puntas. Su primera aparición se encuentra en unas miniaturas de una enciclopedia del siglo ix del eremita Rabano Mauro, quien lo puso en manos masculinas, otro poco habría que decir del tridente de Zeus, y otro tanto del rol de Catalina de Medici y su obsesión por fijar en la aristocracia gala el uso de la furca o, dicho en lengua vernácula, la forchetta. Pero también quería hablar de un tenedor en particular, uno japonés que sobrevivía en la alacena de casa de mis padres.

II

En esta alacena había tenedores de distintos orígenes. Mi padre, en su época de estudiante, completaba su vajilla guardando en su bolsillo o su maleta cubiertos de distintos restaurantes y puestos de comida. Entre ellos había un par de origen japonés, decorados en su mango con cuatro rosas con sus respectivos tallos y espinas. Por aquellos años, mi padre, además de preparar sopa con verduras de temporada, comía mucha pasta, y este fervor farináceo derivó en la misteriosa y desproporcionada proliferación de tenedores, como si cada fideo reclamara su propia arma blanca.
La última vez que fui a visitarlos, busqué aquellos tenedores japoneses y encontré sólo uno, escondido como un alacrán de cuatro agujas en el fondo del cajón, bajo sus congéneres locales, lo que me hizo sospechar de la inteligencia anticorrosiva de ese ejemplar de acero inoxidable. Robarse un tenedor no debe ser tarea fácil. Si el cuchillo puede ocultarse sin demasiado lío en el pliegue de una toga, en el revés de una sotana, entre las hojas de un libro, apretado bajo la axila, oculto bajo la manga o en el bolsillo de un esmoquin, el tenedor, por sus curvas montañosas y su serie de puntas afiladas, es de engorroso disimulo.
Por la misma razón, no hay duda de que hay que desconfiar del cuchillo. Además de ser el arma de los traidores, el animal de compañía de míticos asesinos, el primo lejano del machete, el hermano hippie o mojigato de la cuchilla, el puñal y la navaja, por su forma aplanada, es un utensilio fácil de esconder. ¿Quién desconfiaría, en cambio, de un tenedor? Dado el caso, la asesina tendría que hacerlo pasar, con total osadía, por un rascador de espalda y, frente a su víctima, resguardada ésta por unos mastines cazadores, en un movimiento de arquera, como quien saca una flecha para jugar a la esgrima, enterrárselo en un ojo antes de que reaccionen los perros y luego finiquitar con un cuchillo, pues, a menos de que el tenedor posea algún tipo de poder extraordinario, un veneno de alacrán plateado en sus puntas, por ejemplo, sin el cuchillo la tarea se volvería, no exquisita, sino extenuante, por no decir nauseabunda y ridícula.
Este tenedor japonés de cuello angosto, de mango delicado y de cabeza acucharada, debió pasar por distintas máquinas calibradas como para un jardín bonsái: una cortadora, una moldeadora, una caladora, una dobladora y una pulidora cuyos ruidos estridentes y chillones poco o nada tenían que ver con la forma delicada del tenedor enano que estaban fabricando y que acabaría en un barco rumbo a América, y luego en la mesa de un restaurante citadino, antes de llegar, quién sabe a través de qué gestos torcidos, a la vieja charola roja de mi padre.
Si el barco se hubiera hundido, un naufragio lo tendría corroído en medio del océano junto a otras baratijas. Aquí el cuchillo le lleva una ventaja al tenedor, pues éste no ha tenido el privilegio de ser de marfil o de obsidiana, y así sobrevivir al óxido. De la edad de los metales, pasó a la era de los plásticos, que poco le ha favorecido. Al menor esfuerzo el tenedor desechable se rompe y al perder algunas de sus puntas nos hace pistola, maldiciendo el ocaso petroquímico en el que pasamos nuestras fiestas y rituales de chatarra y selfie colectiva. ¿Dónde habrá quedado su sensualidad bizantina y gótica? Tal vez sólo en la mesa de la alta burguesía, que, paranoica y clasista, se esmera en multiplicar sus tamaños inventando todo tipo de capricho ceremonial o sanitario, tal como sucede con el tenedor que integra un medidor de calorías.
Le pregunté a mi padre por el paradero de los otros tenedores japoneses y no supo responderme. En cambio, tomó el último ejemplar y se lo llevó a su escritorio, no fuera a perderse. Como cualquier ladrón, decía no recordar ni dónde ni cómo lo había sumado a su vajilla. Para mí era evidente que ese instrumento de origen japonés callaba una historia, tal vez banal, tal vez exquisita. No por nada a mi padre le dicen en el parque, “ahí va el señor Miyagi”.
Ahora bien, mi padre no fue cura, aunque sí monaguillo hasta los 12 años. Dejó de ser creyente hace mucho. Pero es de los que come metiendo de vez en cuando uno o dos dedos, como si siguiera parte de la etiqueta de los curas de la Edad Media. Si no hay pasta, evita en la mesa el tenedor y el cuchillo. De hecho, es de los que se ha especializado en el manejo polifacético de la cuchara. Por supuesto, come en silencio, guardando el equilibrio, explorando lo que no imaginamos que puede hacer una sola herramienta en un plato. Con ella recoge y corta. La mayoría de las veces con pericia. A la cuchara le falta precisión, pero es efectiva cuando se trata de mezclar, sobre todo si hay salsa, arroz o sopa en el plato. Al verlo me digo que los que manejan con maestría este utensilio les gusta pescar en río revuelto y sorber en voz alta.
Respecto al sorbido, a mi madre no le molesta, a mí me me hace fruncir el tímpano. Entiendo que es para no quemarse la lengua o tal vez para que la sopa haga presencia y no pase desapercibida, pero hay en ese momentáneo suspiro acuoso algo que me instala, sin pedir permiso, en la intimidad sonora de la digestión ajena. Por lo mismo, creo que, si bien entre la mano y la cuchara se trama el gesto humilde y austero de un espíritu meditativo, también es cierto que entre la cuchara y la boca se afinan las vibraciones líquidas y algo nostálgicas de la era en que se podía hablar con la boca llena. Y tal vez sea en esa música blanda y calduna donde se siente más cómodo en la mesa. Ya casi no come pasta, así de cansado quedaría de su época de estudiante. Sin nada qué enrollar o picar, el tenedor se queda como un perro hambriento y de mirada fija a un lado del plato. Mi padre ha aprendido a huir de la gula maniaca y selectiva de la forchetta.

III

Dejo a mi padre y vuelvo al tenedor. Al barrenar la trama de las costumbres heredadas del avituallamiento común, al horadar la intimidad que produce comer a mano limpia, al evitar el rose de los dedos de distintos comensales en el borde de la fuente, cuando se espera el turno de, literal, meter la mano, hay que reconocer que la aparición de aquel instrumento dentado marcó un cambio radical. No sólo le dio más peso al gusto y al olor de la comida, que hoy en día pocos tocan, sino que comer podía volverse un acto frío y desapegado de tan preciso y abstracto. El tenedor perfora, separa, domina y administra. Si bien sus púas permiten suspender vegetales en el aire al compás de la plática, también exige del cuello y de la boca un estiramiento hacia adelante propio de faraones amantes del baile de las momias. Aristócratas y opulentos mercaderes adoptaron con entusiasmo selecto al tenedor, no por higiene sino por distinción. Desde su llegada, la coreografía de la mesa se volvió más lúdica, pero excluyente, más sublime, pero desconectada de la tierra.
No sé por qué razón en español al “tenedor” no se le dice “horquilla”, diminutivo de “horca”, o alguna de sus variantes, tal como sucede en italiano o en francés, que mantuvieron el origen latino de la palabra, furca. Tal vez no es más que otro ejemplo del carácter selectivo de un cubierto que disimula su origen endiablado. O tal vez un cura temeroso del demonio se atravesó y cambió su nombre y de paso marginó el femenino. En todo caso, en español la literalidad de su denominación, el hecho de subrayar su funcionalidad, lo hace parecer menos arrogante y agudo. De haberse mantenido un nombre derivado de “horca” cada bocado daría pie para hablar de un patíbulo. Alargadas por el brillo nocturno de la luna, las sombras de los tenedores parecen cuerdas donde colgar condenados a la pena de muerte.
Magritte tiene unos dibujos en los que aparece un tenedor y una silla, los dos del mismo tamaño. Recostado contra la silla, más que evocar la progenie de las horcas usadas en el campo para apilar la paja y el estiércol, el tenedor parece un contrabajo anoréxico y despuntado. En uno de estos dibujos, Magritte escribió “Projet pour la necessité de la vie et la conséquence des rêves”, pero podría haber escrito “cubierto para música mínima y la consecuencia de los patíbulos”.

IV

En México, la costumbre del taco mantiene viva la destreza de la mano como utensilio en los protocolos comensales de los changarros de comida, pero no por un respeto a los tratados medievales de elegantia morum, si bien se podría especular que la tortilla se salvó de la inquisición porque hasta el siglo xvii lo que estaba de moda entre frailes y censores era comer con cuchara, cuchillo y tridente natural, sino porque los pueblos originarios habían resuelto el tema de los cubiertos de manera más gustativa. Por eso los tacos ahora se consiguen en casi cualquier lugar del mundo, dígase Tokio o Bogotá, pues que más satisfacción la de poder comerse hasta los cubiertos.
Es cierto, sin embargo, que la pasta, junto a su tenedor encorvado y de cuatro puntas, modificación napolitana para favorecer su uso y evitar el jolgorio grasiento y ensalzado de fideos rebeldes, se extendió por el mundo antes que la tortilla. Todavía hoy, ésta es más exclusiva que el tenedor, y puede que sobreviva a las modas de una vajilla que no siempre ha hecho espacio a la horquilla napolitana, que para mi padre sería japonesa. Tal vez en un futuro, uno más vegetariano, sostenible y sensible a las texturas de lo que comemos, el tenedor sea sólo usado para enrollar espagueti y tallarines, y su historia de utensilio exclusivo, ya de por sí banalizada por el plástico, acompañaría la de uno de los platos más populares y comunes de los estudiantes pobres.
Me pregunto, por cierto, en estos momentos en que así no lo quiera sigo siendo estudiante, si podría disimular entre mi gorra el tenedor japonés que mi padre conserva en su escritorio.