
El 2 de enero de 1966 muere la poeta Diana Moreno Toscano, a la edad de 24 años. Su madre, Carmen Toscano crea un premio de poesía para jóvenes en honor a la memoria de su hija con el apoyo de sus amigos Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Juan José Arreola, José Luis Martínez y Héctor Azar, quienes serían los jurados vitalicios.
La primera en obtener el Premio Nacional de Poesía Diana Moreno Toscano fue Elsa Cross, en 1969. Posteriormente recibieron la distinción Héctor Manjarréz, David Huerta, Marco Antonio Campos, José Joaquín Blanco, Vera Larrosa, Roberto Vallarino y Adolfo Castañón, el último en recibirlo en 1976.
En 2025, la Fundación Carmen Toscano, 49 años después, convocó de nuevo el premio y amplió sus horizontes al abrir el certamen a los jóvenes poetas latinoamericanos menores de 30 años.
El original De los hombres no recuerdo el fulgor sino la noche herida, del poeta mexicano Alejandro Miravete (Ciudad de México, 1996), se destacó sobre 97 trabajos de diversos países de América Latina.
Publicado recientemente por Editorial Cántico, en su colección Doble Orilla, el poemario De los hombres no recuerdo el fulgor sino la noche herida está dividido en cuatro secciones: I. Proemio, II. Fabula de los hombres, II. Desiderata y IV. Coda.
Hacia el final del libro, parafraseando a Gertrude Stein, Alejandro Miravete pregunta:
son hombres
son hombres
son hombres
hasta que
demuestren
¿Lo contrario?
(“Los hombres”, p. 67)
Los últimos versos contienen la esencia de este poemario que resulta por momentos rayano al ensayo, un caleidoscopio donde se muestra la deconstrucción social y política de la masculinidad.
¿Qué es un hombre? ¿Qué y cómo debe ser un hombre? ¿Qué entiende cada una y cada uno sobre ese sinuoso camino tácito y enraizado del modelo masculino? Miravete argumenta que “La masculinidad no es natural, es una construcción histórica”. Así, el poeta observa, analiza y desnuda la reciedumbre tradicional basada en la violencia, el dominio y la represión emocional.
Ser hombre
representa un poco
más que letras
el puño y la mujer vuelta un grito
manchando el cielo
No basta con decir
la mesa y el pan
engrosamiento en la musculatura
cuerpo cavernoso
disfunción eréctil
[…]
Ningún hombre
terminará
de serlo:
procedimientos
arduos
cruzan
su existencia.
(“XY”, pp. 20-21)
“La noche herida” de Miravete no es la de García Lorca en la “Gacela de la terrible presencia” del Diván del Tamarit; es la exploración profunda y dilatada de la herida masculina en el tono de Pier Paolo Pasolini en “Las hermosas banderas” de Poesía en forma de rosa. En De los hombres no recuerdo el fulgor sino la noche herida, Miravete reúne historia, memoria, identidad, modernidad y tradición desde un punto de vista universal.
Como un rayo cala usos y costumbres, los versos desmenuzan no solo los afectos sino también las formas urgentes de pertenecer al otro y el otro te pertenezca:
deseo a los hombres no por necedad por impulso o mera convicción yo busco atravesar ese ruido o silencio que acecha en sus nombres y esqueletos
[…]
amar a los hombres no es el clamar del todo saña huidas sino la firme necesidad de sentirlos en calor desconocer el modo de quererlos sutilmente
[…]
No pretendo decir mas que este fuego las llamas que me abotonan el recuerdo el rumbo que toman ciertas noches hasta beber del crudo cáliz
esa felicidad
esa herida
(“Es amar a los hombres el riesgo de estremecer en su violencia…”, pp. 7-8)
El autor habla de la noche como una herida antropológica, una herida que se resume en virilidad, violencia y muerte. Desde la ternura, la atracción y la voluptuosidad, canta Alejandro Miravete: “Todo hombre es terrible”. Un heroísmo destinado a la destrucción, la autofagia a la que obligan las reglas culturales de la hombría, para no demostrar lo contrario como cuestiona el poeta hacia el final de su escrito:
En los hombres también
frecuenté la carestía, esa orfandad
que acecha de camino a sus espaldas
Callaban al hablar de amor
como si besaran un puño de alfileres
un astro en ruptura, el desamparo
a la llama viva […]
(“X”, p. 58)
Alejandro Miravete con belleza, ritmo y trasparencia en el lenguaje se acerca a las diversas aristas de la existencia y la hendidura masculina. La aparición De los hombres no recuerdo el fulgor sino la noche herida cuenta con todos los elementos para convertirse en un joven clásico de la poesía mexicana.
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