Utopías:
La búsqueda de mundos ideales y sus implicaciones |
Por Elena Enríquez Fuentes

El dolor, la incertidumbre, la violencia, todo cuanto padecemos y los anhelos, nos conducen a soñar mundos perfectos, sociedades justas, en armonía. Creemos en la felicidad como un estadio de paz y goce, donde impera la equidad y el bienestar colectivo. A esos espacios ideales los llamamos utopías.

Armando González Torres, a través del ensayo literario, en su libro más reciente: Jardines en el cielo ¿qué hacemos con las utopías? (Ariel, México, 2025), nos ofrece un recorrido desde Tomás Moro hasta hoy, por los sueños y acciones de la humanidad, para crear formas de convivinecia donde la felicidad se comparte sin perturbaciones. Con una prosa limpia y contundente, brinda una obra de una claridad precisa, afable. Su narrativa nos captura desde las primeras páginas, genera tensión, no sabemos a dónde nos lleva, pero nos dejamos conducir dóciles, porque nos invita a descubrir los misterios de los paraísos. José Emilio Pacheco dijo en varias ocasiones, de diversas maneras: a un ensayo no le pido confirmar mis creencias, ni mis prejuicios. Espero de él que me haga ver lo invisible para mí y ponga a prueba todo cuanto había supuesto. El libro de Armando cumple sobradamente esas expectativas, nos deja, por decir lo menos, inquietos.

Por lo general asociamos a las utopías con connotaciones positivas: como lo bueno, lo bello, lo hermoso, la palabra evoca sueños irrealizables, paraísos idílicos. Esos anhelos se han convertido a lo largo de la historia en modelos a seguir, brújulas morales para reflexionar sobre las injusticias e infinidad de comportamientos. Las utopías han inspirado movimientos sociales, reformas políticas y transformaciones culturales. Desde Vasco de Quiroga, quien intentó implementar las ideas de Tomás Moro en el mundo indígena, hasta los movimientos estudiantiles donde se enarbolaron lemas como “la imaginación al poder”.
Las aspiraciones en el espíritu de las utopías invitan a trabajar por mejores formas de vivir y coexistir, sin embargo, ese impulso, al guiarse por la búsqueda de perfección, a veces propicia terribles pesadillas. Las utopías son peligrosas cuando se imponen de manera rígida: La Revolución Cultural China, el fascismo y tantas formas del socialismo real, son ejemplos palpables del potencial destructivo de las utopias.

En Jardines en el cielo ¿qué hacemos con las utopías? Armando González Torres nos conmina a ser prudentes, a ver lo límites de las buenas intenciones, porque idealizar, creer en absolutos, la exigencia de certezas redondas e inamovibles, son caminos peligrosos, a veces llevan a los fundamentalismos. En las acciones para materializar el paraíso, una vida sin dolor, la convivencia en libertad absoluta, igualdad total, o la incesante búsqueda de perfección, despiertan afanes de dominio, opresión, voluntad de control. El deseo del bien universal, de manera paradójica, detona las oscuridades del ser humano. González Torres lo advierte de un modo muy certero: la utopía es ambivalente, puede estimular las ideas pero propiciar ceguera ideológica, nos lleva a vislumbrar mundos nuevos, pero también alberga peligrosas regresiones.
Leer la obra de González Torres nos recuerda la importancia de la pluralidad, que fácil es caer en los totalitarismos y cómo no todos los seres humanos aspiran al bien. El fuste torcido de la humanidad de Isahía Berlin, Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt y Memorias del subsuelo de Fiódor Dostoyevski, son referentes impresindibles para no olvidar: no todo es lógico, las emociones llevan a traicionar los ideales y la moral puede volvernos insencibles.

Isahía Berlín explicó profusamente porque el bien, lo bueno, no es lo mismo para todos. Los valores humanos fundamentales son múltiples, irreductibles, y su contenido puede ser variable. Incluso hay valores incompatibles entre sí, bajo ciertas circunstancias la justicia y la compasión se contraponen.  Berlin sostiene que los valores no se pueden jerarquizar de manera universal. Cada cual decide sus prioridades, eso implica irremediablemente conflictos y a veces elecciones trágicas, por intereses o bienes opuestos. Por lo tanto, colocar a la ética al centro, es un acto no sólo de respeto, es un principio de supervivencia. Las generalizaciones ofenden. No hay soluciones únicas, verdades absolutas o sistemas de valores universales.
Las utopías son disruptivas porque dislocan nuestra forma de entender y ver. Ellas parten de la posibilidad de lograr lo bueno para todos. Pero esa intención puede anular la individualidad. Los valores morales no son uno solo, sino una pluralidad de fines y reivindicaciones. Por eso hay una línea tan delgada entre la búsqueda del bien universal y la imposición.

Para Hannah Arendt el totalitarismo es una forma de gobierno distinta de los regímenes autoritarios y se puede disfrazar de democracia. Se basa en una ideología que pretende explicarlo todo, busca la transformación total de la sociedad y de la naturaleza humana para adecuarse a las necesidades del bien común. Al disolver la diversidad, el pensamiento crítico es visto como traición. Todo se hace en nombre del concepto abstracto de pueblo, nación o justicia. Por eso ella declaró con firmeza que el único amor que había sentido era por personas, individuos, no por la patria, ideales, y mucho menos por ideas.

En tanto, en Memorias del subsuelo, Dostoyevski nos ofrece un personaje fantástico. Es un hombre inteligente, culto, sus cualidades lo hacen sentirse superior a los demás. En un monólogo, a partir de sus vivencias, desde esa honestidad, critica la idea de que el hombre busca siempre el bien. Reconoce cómo, a menudo, el impulso de ciertos actos es el deseo de experimentar sufrimiento. Vivir con todo resuelto, en el confort total, es estar anestesiado. Sin hacer una loa al dolor o al sufrimiento, Dostoyevski nos hace sentir cómo podemos optar, para sentirnos vivos, por el gusto por el dolor o disfrutar el peligro. ¿Cuántos gozan al tirarse del bungee o de las películas de terror? No todo responde a la lógica, ni todas las aspiraciones son edificantes.

Ante los peligros inherentes en las utopías vale la pena preguntarnos: ¿es útil buscar la perfección?, ¿qué nos anima a alcanzarla? Una respuesta fácil podría ser: es un modo de buscar estar mejor, la utopías pueden convertirse en una brújula. Sin embargo, cómo protegernos de la rigidez de los estándares inalcanzables inherentes a ellas, de la descalificación a quién piensa o siente distinto, cómo neutralizar la híper exigencia, la intolerancia, el deseo de acelerar los procesos, cómo dejar de ser implacables con los errores. La competencia aniquila la posibilidad de colaboración y conciliar. Hay un refrán que dice: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno” ¿sigue siendo útil hoy perseguir la perfección?

Otra pregunta, también inaplazable al analizar las utopías, es: ¿vale la pena eliminar el dolor en nuestras vidas? más allá de no experimentarlo, desaparecerlo ¿nos reporta beneficios? La lectura del libro de González Torres brinda luz para comprender las limitaciones de los ideales y sus peligros. Nos incita a indagar en el entorno, en nosotros mismos, a dónde conduce la búsqueda de perfección y el deseo de extinguir el dolor ¿podemos confiar en las utopías?

 

 

Elena Enríquez Fuentes, es escritora, editora, docente, consultora de empresas culturales, y empresaria cultural. Es colaboradora el suplemento cultural Laberinto, del periódico Milenio. Tiene una columna en El Cultural del periódico La Razón. Se formó en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Publicó el libro de crónica Imagen y espejo. Los barrios de la Ciudad de México. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Ensayo Literario Jaime Torres Bodet con el libro La ciudad de México en el ombligo de la Luna. Ha sido articulista en diversas publicaciones como los periódicos Reforma, El Nacional, El Día y las revistas Tierra Adentro y Macrópolis, entre otros medios. A lo largo de los años ha desarrollado de manera paralela su trabajo como ensayista literaria, editora, docente y empresaria cultural. Fue Subdirectora General de Ediciones Era y docente en la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm y el Centro de Investigación y docencia Económicas (CIDE)