Poesia Y Naturaleza (Mundos Posibles):
Por Alessio Brandolini

EN LA TIERRA DEL PADRE

Creo que casi nunca se habla de la naturaleza en su verdadero significado. Se confunde la naturaleza con el paisaje que es lo que entra en nuestra capacidad de visión, o sea: ese pedacito de espacio que nuestra mirada puede ver, que logra vislumbrar y luego nuestra mente puede procesar, controlar, revisar con los sentidos y después recibir una respuesta, una carga emocional. Pero: qué es realmente la naturaleza en su conjunto, incluso en los grandes espacios, en los paisajes que no se pueden ver, que no es posible ver, lo que está debajo de las cosas, esa masa enorme y obscura que es el conjunto de todas las cosas y que forma la naturaleza.
El viajero tiene su propio concepto de la naturaleza como algo movido, inestable, como un espejo que fluye en el tiempo y luego quien percibe pone juntos, une las diversas piezas que poco a poco fluyen, se mueven y crean una visión de la naturaleza siempre diferente, móvil, una visión de la que se eliminan las imágenes más bajas, las no apreciadas, reemplazándolas inmediatamente por visiones más atractivas y más bellas, más agradables y gratificantes.

El campesino, un hombre como mi padre, al que dediqué un libro en el 2004, POESIE DELLA TERRA o sea POEMAS DE LA TIERRA, del cual hablaremos dentro de poco, es decir, el campesino tiene una visión de la naturaleza muy diferente a la del viajero, del turista que cada año hace su largo viaje para conocer el mundo y toma miles de fotos. La visión de la naturaleza del campesino está ligada en primer lugar al ciclo de las estaciones y sabe que el frío intenso o una helada pueden destruir su cosecha y esto –seguramente– hará su vida aún más dura. El campesino conoce el mal que está dentro del bien que la misma naturaleza contiene.
Aprender algo más, cada día, sobre la naturaleza requiere un esfuerzo constante, una visión circular y la consideración firme de que lo que sabremos siempre será limitado, siempre será parcial y personal, será nuestra percepción momentánea de la naturaleza y es importante saber, dentro de esta percepción constantemente mutable, que incluso el mal y el dolor forman parte integrante de la naturaleza.
Mi libro POESIE DELLA TERRA, dedicado a mi padre, fue publicado en Italia en 2004, el mismo año salió también la versión española POEMAS DE LA TIERRA porque el libro había sido muy apreciado por la profesora Martha Canfield, titular de la cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Florencia. Después fui invitado al Festival de poesía de Medellín, en Colombia, siempre en el 2004, y desde ese momento empecé a profundizar en la lengua española y la literatura hispanoamericana y luego a traducir, para después empezar a publicar poesía hispanoamericana, también como editor.
Pero volvamos al tema Poesía y Naturaleza y a este libro: POEMAS DE LA TIERRA.
Desde niño siempre había ayudado a mi padre en los trabajos del campo, me gustaba aliviar, de alguna manera, sus enormes fatigas. Él tenía sus tierras, pequeñas propiedades, en un pueblo cerca de Roma, Monte Compatri, un pueblo medieval que limita con Roma, en una zona llamada CASTELLI ROMANI, importante desde el punto de vista histórico, turístico y llamada, geográficamente, COLLI ALBANI, que es parte de ese Latium Vetus más antiguo de la misma Roma, donde se asentaron los troyanos huyendo de su ciudad en llamas, Troya, destruida por los griegos, aquí llegó Eneas con su familia y sus prófugos, su padre Anquises, tal como está narrado por Virgilio en su obra más importante, la Eneida.

Mi padre era campesino con pasión, hijo de campesinos, pero no deseaba que sus seis hijos también hicieran el mismo duro oficio, nos incitaba a estudiar mucho para luego dedicarnos a una profesión mejor, algo que fuera más seguro y estable para poder tener una vida digna, una vida tranquila. Por eso no quería transmitirnos su saber, sus conocimientos de campesino, todo lo que había aprendido desde que era niño. Teníamos que alejarnos absolutamente de la tierra, de su tierra. De su vida dura e insegura desde el punto de vista económico, del trabajo.
Pero él, de todos modos, estaba siempre en su labor, desde el amanecer al anochecer, todos los días, sin nunca un día de descanso, para él no existían viajes ni tampoco vacaciones o domingos de descanso. Trabajaba duro para mantener a su familia numerosa, su esposa, mi madre, y sus seis hijos, para que no faltara nada en la pequeña casa en la parte más antigua del pueblo medieval, o al menos lo estrictamente necesario.
El trabajo en los campos nunca falta, se sabe: él cultivaba la vid, el olivo, un poco de huerto, hacía el vino y el suyo era muy bueno, y luego lo vendía a la gente, a los restaurantes de la zona, de Roma.
Yo intentaba estar cerca de él lo más posible, también para romper su soledad, pero él era un hombre rudo, de muy pocas palabras, siempre con algo que hacer, incluso bajo la lluvia. Para estar un poco cerca de él yo tenía que estar con él, o sea en su tierra, en la tierra del padre que al fin es el título que elegimos, María Baranda y yo, para este nuestro encuentro, dentro del tema más amplio que es Poesía y Naturaleza.
Así que yo seguía, cuando tenía la oportunidad de hacerlo, a mi padre en su trabajo en el campo, lo ayudaba en las cosas más simples: sacar el agua del pozo, prender fuego a las malezas y, mientras tanto, aprendía algo desde sus gestos, sin que él dijera nada, solo viéndolo mientras podaba los árboles, los olivos, las vides, o daba el agua de cobre a nuestros viñedos.
Aprendía mucho también de sus largos silencios, de su modo de observar la naturaleza, las cosas que le rodeaban. Y he descubierto que incluso los gestos, repetitivos y perfectos, pueden develarnos algo importante, contarnos todo el mundo que hay detrás y dentro de esos gestos simples pero seguros. He descubierto que incluso el silencio puede decirnos muchas cosas. Igual la expresión de un rostro, del rostro arrugado de mi padre o, más raramente, de su rostro feliz cuando se anunciaba una buena cosecha, cuando los frutos eran hermosos y abundantes.
Intentaba comprender, observar su forma de ver y vivir la naturaleza: su profundo, atávico respeto por ella. Así que en el 1996 decidí cuidar un pedazo de tierra junto con mi padre, un campo exactamente debajo del país de mi padre, el mismo pueblo donde yo crecí, donde viví hasta los veinte años, cuando me mudé a la ciudad, a Roma, una ciudad tan cercana y tan diferente del pueblo, para empezar una nueva vida por mi cuenta, para estudiar y trabajar. Para alejarme del pueblo, el mismo pueblo del que hablo muy a menudo y constantemente en mis libros.

Después de casi veinte años, en 1996, volví a la tierra del padre, le pedí que por favor no vendiera también ese última propiedad y con él, con mi padre, en la tierra que yo había heredado de él y en la que iba con él cuando era niño, adolescente empecé a plantar olivos, cerezos, castaños, higos, madroños, nueces, una pequeña viña… junto con él, que ya tenía casi 70 años. Y luego las plantas aromáticas: salvia, romero, laurel, menta, orégano…
Día tras día, sin prisa pero con constancia, con amor: podando, arando, sustituyendo los jóvenes árboles que la helada había matado. Luego, recogiendo los frutos, así como las aceitunas que inmediatamente cada año, en el cercano molino, se convertían y se convierten en aceite perfumado, exquisito. Seguía los pasos y los gestos de mi padre, de mis abuelos, de mis antepasados, día tras día, y eso durante años.
Observando a mi padre con atención, en sus hábiles gestos que había aprendido de su padre, de mi abuelo, del cual yo llevaba el nombre, de sus antepasados. Gestos seguros, simples pero sabios, hábiles que podaban las ramas secas o las ramas superfluas, en el punto exacto, justo para hacer que la savia de las raíces pudiera dar más fuerza a las ramas que luego llevarían la flor, el fruto, y por tanto darían la cosecha.

Así nació este libro, paso a paso, POESIE DELLA TERRA y lo publiqué en el 2004, después de casi diez años de trabajo en esa tierra y también en este libro que ahora hemos reeditado –después de veintiún años– en una nueva edición que finalmente une las dos versiones anteriores: la italiana y la española, con las traducciones de Martha Canfield, y la adición de algunas ilustraciones inéditas de una joven y talentosa artista, Simona Marano.
Un libro en el que cuento un pasaje muy importante, decisivo de mi existencia, no solo desde el punto de vista literario, poético, sino también, y sobre todo, desde el punto de vista humano y existencial. Porque la forma de observar y vivir la naturaleza, que aprendí de mi padre, es parte de este libro. La manera de dedicarse a los árboles, a la tierra se refleja, desde ese libro en adelante, también en mi forma de escribir, de construir un libro de poesía, o incluso de traducir o publicar libros como editor.
Es decir, trabajar siempre con calma y dedicación, comprometiéndonos al máximo en cada detalle, fusionando la palabra con el pensamiento, escuchando el silencio que abre el camino a la palabra y luego al verso y, finalmente, a la poesía. Pero sabemos que la ficción es parte esencial de la escritura, el artista trabaja con la realidad circundante, sus recuerdos y sus afectos, pero también con sus visiones, sueños, pesadillas, sus miedos y luego los amasa en la lengua. Elabora este material, lo perfecciona, lo traduce en lenguaje, en versos, en poesía. La poesía que sabe amalgamar este material, fundirlo para luego tomar su propio camino, a veces ir más allá de las intenciones de su autor.
Así, por estas breves consideraciones, hemos querido titular esta conferencia EN LA TIERRA DEL PADRE y contarles brevemente la historia de este libro, cómo nació, y del campo, de la tierra que lo ha inspirado, y lo alimentó, libro que está dedicado a mi padre.

Hay un verso del poeta ruso Boris Pasternak (1890-1960), en el poema titulado AMLETO de 1931, que dice: “Vivir una vida no es atravesar un campo”. O sea, el poeta quiere decir que la vida no es un paseo fácil sino un camino lleno de dificultades y complejidad. Vivir no es fácil ni inmediato, es una experiencia difícil y exigente. Parafraseando a Pasternak podríamos decir, en mi humilde caso, según la experiencia de este libro, POEMAS DE LA TIERRA, que “Vivir una vida es estar en un campo, en la tierra del padre”.
En italiano la expresión “estar en el campo” tiene un doble significado, quizás un poco diferente al español, un significado un poco más amplio. Sí: estar en el campo, permanecer allí, pero también estar “en el campo” enfrentando la vida, no huir, resistir con la cabeza alta, luchar contra las dificultades de la vida.

En una película del director de cine italiano PAOLO SORRENTINO, YOUTH – LA GIOVINEZZA, (JUVENTUD), película del 2015, el personaje Jimmy Tree, joven actor californiano, (interpretado por Paul Dano) durante un paseo con otro personaje de la película, el director de orquesta Fred Ballinger (interpretado por Michael Caine) en un momento, inesperadamente, respondiendo a una pregunta del amigo con el que está paseando, expresa: “¿Y qué dice Novalis? Siempre voy a casa. Siempre a la casa de mi padre”.
Que más que una cita de Novalis, gran exponente del romanticismo alemán, es una frase deducida por los críticos examinando sus libros, para expresar el concepto que la existencia humana, para Novalis, es una peregrinación hacia un origen espiritual o hacia una unidad primordial. Una visión que refleja el deseo, la necesidad de regresar a la casa del padre. No solo y no tanto en el sentido literal sino también como retorno al padre, a Dios, y a la eternidad y a la paz que él representa.
Para mí el deseo de estar “En la tierra del padre” es algo concreto, una narración real, ese campo existe realmente y todavía sigo trabajando en él. Pero esta experiencia, esta aventura me ha marcado profundamente, me ha transformado como poeta y como ser humano y es, al mismo tiempo, una metáfora porque contiene también una acepción metafísica, un empuje hacia la unidad originaria y la inocencia del pasado. Sí, para mí la poesía intenta llenar la percepción de un gran vacío existencial y reconectarnos al principio originario, a la naturaleza, y al padre.

La figura del padre, su presencia o ausencia, no está solo en el centro del mundo cristiano. Pensemos un momento en el mito de Ulises, en Telémaco que espera a su padre, que crece sin su presencia y los dos se reúnen después de veinte años. Entonces Odiseo va a visitar a su padre, Laertes, y lo encuentra trabajando en su pequeño pedazo de tierra. Es decir, finalmente Ulises regresa a su padre y, al mismo tiempo, a la tierra del padre y después Laertes y Ulises, padre y hijo, empiezan a evocar los árboles plantados juntos en esa tierra hace veinte años y Homero los enumera todos.

En el pasado el tiempo no va en una sola dirección, por eso enterramos a nuestros padres varias veces en nuestra cabeza y cada vez los hacemos resucitar: a través del sueño, los recuerdos, a través de la poesía. La tierra de mi padre se ha convertido en nuestro jardín, una tierra bien cuidada por mi esposa y yo, con sus árboles y flores. Se planta una semilla y se espera que ocurra el milagro, surgen las hojas, las flores, paso a paso crece un árbol. Pero si uno no cuida su tierra por un tiempo, de inmediato avanza la parte salvaje, hasta que toma el control. Y esto se aplica también a nuestro planeta, que siempre tenemos que proteger, vigilar y seguramente no lo hacemos como deberíamos hacerlo.

Para cuidar de un campo hay maniobras complicadas que realizar, guerras y armisticios con la naturaleza. Hay que eliminar las malas hierbas, los arbustos crecidos en exceso, podar las ramas secas, picar alrededor de los árboles para que el agua de la lluvia pueda penetrar bien dentro en sus raíces. Es un trabajo incesante porque la naturaleza es nuestra aliada, sí pero hasta cierto punto.
La naturaleza tiene sus reglas, a menudo imprevisibles, no todas y no siempre en favor del hombre.
El poeta italiano GIACOMO LEOPARDI (1798-1837) en el último período de su vida (cuando se murió tenía treinta y nueve años), había elaborado en sus contundentes escritos filosóficos un pesimismo cósmico, radical y lúcido que consideraba a la NATURALEZA enemiga del hombre: la naturaleza, el dice, engendró al hombre y luego lo elimina para dar espacio a otros individuos en una perenne historia de producción y destrucción.
A la naturaleza no le importa nada de la felicidad del hombre y el dolor, la enfermedad, la vejez afectan a todos los seres vivientes de nuestro planeta, incluyendo animales y plantas.
Pero en la poesía las cosas cambian, la vista del poeta abraza fuerte a la naturaleza, capta toda su belleza y disfruta intensamente de ella. En uno de sus últimos poemas LA GINESTRA (1836) – o sea “la retama”, escrito poco antes de morir en Nápoles, Giacomo Leopardi ve en la humilde planta salvaje de la retama un símbolo de valor, de resistencia: la flor acepta con humildad su destino, sin la soberbia delirante del hombre.

Conferencia de Alessio Brandolini en el Colegio de San Ildefonso, 13 de noviembre – 15 de noviembre 2025. Catedra Extraordinaria Octavio Paz