La luna ignora el pie terrestre
Encontré el amor en el mar.
Lo ignoraba, como los bosques ignoran que amanece,
como la luna ignora el pie terrestre y su bandera.
Suena sencillo, no es así,
la alquimia y sus fórmulas llevan milenios.
Encontré el amor en el mar,
la fecha proviene del labio que atrapó al labio.
Lo encontré, me encontró, las olas hicieron el resto.
Encontré el amor en el mar, son palabras sencillas,
aunque supone el paso histórico de un asteroide.
El azul selló el beso.
Así nace la claridad de las historias,
así brotan las flores en silencio.
Tenochtitlán
La ciudad narra fantasmas que atraviesan sus calles
con el sigilo de las serpientes.
Es una ella mitológica, vestida de iglesias tintineantes,
de santuarios edificados con el corazón, las tripas,
las manos de las pirámides.
Es una ella trágica, perfumada de tianguis y pulquería,
una ella que se bifurca en canales, dibujos de un biombio.
Antigua y lozana, abre sus múltiples piernas al sol
y este escupe en ella colores y sombras,
en el acto, cada calle, cada plaza, cada ventana
deviene cuerda, metal, percusión,
deviene viento: nace una filarmónica.
Las piedras cantan en ella
porque es hija de las piedras.
Soy exilio, hija del exilio
Soy los pasos de mi bisabuela,
el canto de Las mil y una noches.
Sobrevivir y vender rocas,
soy el instinto de mi abuela: rocas y quimeras.
En los ojos de mi madre, soy sirena.
De ultramar, arribo, mariposa.
Soy exilio, hija del exilio.
La revolución, el grito, la batalla,
los muertos que abren la tierra.
Soy la venganza: el latido.
Un agujero blanco que detona
la música de nuevos planetas.
Ventana al canto de los pájaros
Eres un campo de tulipanes
sacudiendo el polvo de la brisa.
Amarillo y verde, me besas,
lenguaje de la luz.
Follaje, tus brazos crecen con la lluvia;
verdes y amarillas,
rozo tus hojas con mis manos;
celebro, en el acto, el relámpago, la aurora,
el día en que naciste.
Eres el azul y el verde,
la caricia entre la copa rebosante del árbol
y el cielo.
El rocío, humedad de la mañana, amanece;
las luciérnagas, la danza de las hadas en el bosque,
es de noche.
La tierra gira, los columpios, las tazas de café,
las autopistas, los colores.
Amarillo y verde. Te beso.
Traes contigo, ventana,
la luna en el horizonte.
Migratoria
Sobre un cinturón de juncos,
se dibuja la sombra de las aves migratorias,
junto a ellas, descanso el plumaje de mi abrigo.
Mi corazón maldice, se atraganta,
ha robado una bicicleta;
de casa, ha huido.
Se enredan las espigas con las estrellas
y, en su red, un rojo tulipán de luna ilumina el cielo
Escucho croar la noche,
el chapoteo de la migración.
Un pelícano pesca, una garza alza el vuelo.
Aquí, naceremos estrella, espiga, renacuajo cantarín,
nadaremos entre las algas, algún verso.
Naceré átomo celeste, radiante sol.
Pelícano, garza, avoceta,
besaremos la ilusión, el reflejo de Selene.
Carolina Alvarado (México-Guatemala) es maestra en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco (UAM-A) y licenciada en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Poeta, documentalista, artista visual, microficcionista y docente trilingüe (español, inglés y francés). Ha publicado Los cuervos habitan estas páginas, Poemas para la revolución, Exilio de Sirenas y Amando un cielo libre. Sus poemas han sido traducidos al inglés, y sus textos se encuentran en varias antologías en México, Guatemala, Honduras, Argentina, Perú, Venezuela, Estados Unidos y España, así como en algunas revistas y periódicos, entre ellos Círculo de Poesía y The Beisman. Ha dirigido los cortometrajes La edad de los pechos, el largometraje
documental Entre letras y los mediometrajes La vida rota, El clavel rojo y Las mujeres dicen sí a la ciencia, entre otros. Como artista, fue seleccionada para participar en la 23 Bienal de Arte Paiz, la más importante de Centroamérica. Obtuvo el Diploma al Mérito Universitario por la UAM.
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