MATUSALÉN
Pronto envejeceré del todo,
mi médula empezando a flaquear,
mi quijada ciñéndose como una colmena huérfana.
Pronto me acariciarán estas manos viajeras,
y me marcharé sin aprender nada, sin saber
de qué lado se abren mis costillas
o a qué hora me abandono al sueño.
Sollozaré en voz baja;
todo era simple, y dulcemente
incendié lo que cabía en mis manos.
¿Qué aprenderé en este acróbata tiempo?
¿La salvia triste, el animal que se arquea
antes de morir, la fruta que danza sobre
su catarsis podrida antes de ser remplazada?
Me harán falta siglos, fibras, versos
memorias de cuerpos, para entender que estoy vivo.
Nunca aprenderé a vivir del todo;
podría engendrar las estrellas y seguiría
siendo el menos sabio de toda la creación.
Nunca aprenderé a vivir del todo.
Matusalén vivió casi mil años
y aun así murió en un día cualquiera.
Yo, señor de lo efímero,
ajeno a mi cuerpo huidizo,
pronto he de partir también.
ABLACTACIÓN
Hijas de Jerusalén, no lloren por mí.
Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos.
Porque llegarán días en que se dirá:
«Felices las mujeres que no tienen hijos.
Felices las que no dieron a luz ni amamantaron.»
Lucas, 23:28
Mamá desearía esconderme de nuevo en su útero.
Mientras la leche hierve tiene los ojos puestos en la televisión,
la leche se derrama, nadie estuvo allí para girar las perillas.
El noticiero aumenta y pájaros malogrados
bailotean sobre la mesa.
Más que un humano, soy una presa.
Nos amamantamos de los astros discrásicos y nuestro esqueleto
comienza a deformarse en la huida.
Mamá enciende más veladoras
y los cúmulos de dios se vuelven descoloridos.
Alguien masacra el día pálido,
sus ojos están puestos en mí,
y en todas las maletas que me adornan.
El viento febrículado crepita sobre la libertad castigada.
El miedo es masticado por el horizonte.
Mamá desearía esconderme de nuevo en su útero.
AHUÍZOTL
Yo mismo me arrastré a las profundidades,
es típico de mí. No necesité ninguna mano ajena,
ni un animal silvestre que me descostillara.
Para asolvarme, bastó existir.
No había tinieblas
y yo las alcancé para vararme.
No había agua
y yo la encontré para estancarme.
Yo mismo me arrastré a las profundidades;
lo hice una y otra vez, mientras el porvenir
inundaba la ciudad y los astros.
Yo mismo me arrastré a las profundidades,
pero nunca encontré
la solidificación del fondo.
***
Antonio Jerónimo (2005, Acayucan, Veracruz) es un estudiante de odontología y poeta mexicano. Ha publicado varios de sus poemas en antologías colectivas de alcance nacional e internacional bajo el sello Mítico Editorial. Recientemente, su colección de poesía Luna de Jilgueros fue publicada en la revista española Aullido. Actualmente cursa la carrera de Cirujano Dentista en la Universidad Veracruzana.
La propuesta poética que hace Antonio Jerónimo llama la atención por la forma en que aborda el lenguaje, lo hace de manera íntima, donde la nostalgia y los interrogantes de la existencia están presente en cada uno de sus versos. El sincretismo poético desde las temáticas, como en el poema “Matusalen” personaje bíblico y “Ahuízotl” personaje de la mitología Azteca lo hace de manera acertada no sólo desde el sujeto poético sino también desde la estructura misma del poema. Otro elemento a resaltar es el ritmo constante que llevan los versos entre sí dándole contundencia a cada uno de los poemas. Celebramos que jóvenes como Antonio Jerónimo encuentren en la palabra ese refugio seguro donde las sombras y el vacío de las grietas de la propia existencia se transformen en poesía para calmar el dolor.
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