Evocaciones Evodianas :
Por Yuri Escalante Betancourt

Evocaciones Evodianas

Image 1 De 5

Me pasa lo mismo que a José Revueltas cuando escribió la semblanza de su hermano mayor Silvestre y aseveró: “Ayer conocí a Silvestre Revueltas”. Eso y no otra cosa sentía respecto a Evodio. Porque, en efecto, Evodio es mi hermano, llevamos la misma sangre y lo reconozco físicamente. Pero, ¿quién era Evodio en realidad, si no crecimos juntos, si no jugamos juntos, si no nos agarramos a golpes como es lo normal entre hermanos?
¿Qué representa para la familia y para mí, que imagen tenemos de él, qué figura de hermano mayor, de diez hermanos, se puede tener de quien no conocí en el hogar o de quien se fue cuando éramos chicos?
Evodio formaba parte de nuestro árbol genealógico y ahí estaba la rama, pero ya no estaban sus hojas ni susurraba entre ellas el viento. Así que cuando lo mencionaban, había que imaginar o intuir quién era esa persona, ese individuo tan mentado y valorado. Aunque sus hojas no estaban en el árbol, la rama de su sombra se proyectaba sobre nosotros, pues su espectro era parte de la historia y de la narrativa familiar.
Solo podíamos conocerlo de oídas, por las anécdotas contadas, por sus rastros, por sus señales, por los signos arrojados aquí y allá. Por las marcas, las pisadas y las manotadas dejadas a su paso. Como si fuera un chan, ese ser mitológico, duende fantasmal, habitante de los ríos y bosques de Durango, que solo se le conoce por sus huellas y travesuras. Invisible pero inconfundible. Ausente y al mismo tiempo haciéndose presente a su modo.
¿Qué signos, qué marcas había dejado Evodio? y ¿Qué representaban o qué significaban? La más notoria, las más elocuente, la más conspicua, diría pomposamente, eran los rasguños y zarpazos que quedaron marcados sobre el piano de la casa. Sí. Esas señales de la madera desgarrada detrás del teclado, eran no sólo un mensaje de su existencia, sino un testimonio del hombre que seguramente estuvo poseído por un espíritu maniaco y flamígero, cargado de fuego y vitalidad. Esa es la imagen más notoria que la mayoría de hermanos tenemos de él. Una pasión, emoción y explosión en todo lo que hacía, imaginando la fuerza y energía que tuvo que emplear para horadar con sus uñas ese instrumento.
Tal imagen del personaje se repetía y reiteraba en otros lugares y situaciones de la casa. De manera especial, quedó marcada en los libros que leyó y dejó ahí como herencia en la biblioteca de la sala. Esos libros eran inconfundibles, no tanto por la letra que lo delataba, sino por la manera de subrayarlos. ¡¿Qué importaban sus comentarios o anotaciones?! Lo impactante era ver los garabatos esparcidos en todas las hojas, bajo las líneas y a pie de página. A los lados y encima del papel. Todo anotado y comentado por su mano o, mejor dicho, por su autoalienación y apasionamiento en las ideas. Especialmente en los libros de política y marxismo. Por ahí todavía conservo El Leviatán de Hobbes con su recusación a los americanos como seres salvajes, sumidos en un estado de naturaleza y dominados por los instintos, sin que el autor adivinara que uno de sus lectores, un bárbaro norteño, devoraría su libro como un energúmeno.
En fin. Todo en él es emoción, pasión y exaltación. Algo de locura y otra de travesura. Recuerdo que mi madre comentaba que debía de esconder el pan, porque si los encontraba, Evodio mordisqueaba todo el dulce de la parte superior y dejaba solo el migajón. También escuché, de alguna de mis hermanas, que las peleas con mi otro carnal mayor, Óscar, eran tan intensas, que se lanzaban los tenedores y cuchillos. O de ser necesario, ir a un duelo por la novia, como dicen que retó a su amigo el Churumbel.
Según Laura, recordando otra anécdota, nuestro hermano mayor encontró cierto día una suciedad de perro y con una vara la recogió y comenzó a perseguir a mis otros hermanos para salpicárselas. Así era Evodio, un duende intempestivo, travieso e inquieto. Una especie de chan, mejor conocido por acá en el centro de México como ahuizote. Ese que Riva Palacio adoptó para darle nombre a su semanario y cuyo lema era: “Feroz, pero de buenos instintos”. No otra cosa era Evodio, como cualquiera puede cerciorarse al leer su crítica literaria y su poesía.
Y a propósito de su oficio, años después, cuando yo estudiaba en la Ciudad de México y lo visitaba con Arturo y Miguel, era sintomático verlo trabajar en su máquina de escribir. Ahí estaba como un pianista, atacando las teclas para sacarle sonido a las letras y redactando sin parar como un obsesionado, con una determinación y convicción fulgurosa. Pese a que estuviéramos a su lado hablando o haciendo ruido, Evodio parecía estar en otro lugar, en otra dimensión, volando en su alfombra literaria.
Acaso alguno de ustedes ha leído sus reseñas de jazz en donde describe a Thelonious Monk como un compositor que no tocaba el piano, a decir de Evodio, sino que lo aporreaba como percusionista, como un chango agitando pies y manos, o de Cecil Taylor desplazándose en el teclado como un epiléptico desquiciado. Jajaja, pensaba yo, simplemente son proyecciones de su propio ser, el león cree que todos son de su condición. Por cierto, quien ha escuchado tocar y cantar jazz a Evodio sabrá que esa embriaguez dionisiaca, ese grito brotando del instinto artístico, como dice Nietzsche, está ahí, en sus improvisaciones y cantos evodianos, como los llama mi hermano saxofonista, Arturo.
Otras travesuras y osadías que hablan de su intrepidez y fiereza es la lucha política. Evodio y Óscar, hermanados, se enlistaron de muy jóvenes (en los años sesenta) en un comité clandestino y se fueron de guerrilleros, supuestamente a Veracruz. El movimiento comunista era tan clandestino, que ni ellos sabían a dónde los habían llevado. Hasta donde sé, no les tocó vivir ningún enfrentamiento armado.
Pero Evodio prosiguió en la militancia siendo estudiante de derecho y se unió a la lucha contra el entreguismo del gobernador de Durango, Alejandro Paez Urquidi. Por andar de agitador lo secuestraron y trasladaron a la Ciudad de México. Fue un momento muy crítico para la familia, sobre todo para mi madre, que se fue de la casa para ir a buscarlo. La leyenda urbana cuenta que estuvo en el Campo Militar No. 1 y que fue torturado.
Pero Evodio aclara que no fue exactamente así. Lo mantuvieron varios días en una especie de casa de seguridad, con tres policías que los vigilaban todo el tiempo. Con uno de ellos tuvo un altercado y como buen orador que es, le mentó su madre. El uniformado, como buen animal que es, le respondió propinándole un fuerte golpe en la cara que lo tiró al piso dejándole el ojo maltrecho. Por este incidente el policía fue retirado o cesado. Lo que sí constituye un evento digno de contarse y conocerse, fue el posterior encuentro con el mismísimo verdugo Nazar Haro, en aquellos días terribles de los vuelos de la muerte.
Mi hermano lo cuenta de esta manera: “Nazar me hizo un interrogatorio con un oficial redactando a máquina mis respuestas. Pero debo reconocer que fue benévolo conmigo. Al parecer a él no le simpatizaba el entonces gobernador Paez Urquidi y en el fondo le parecía bien lo que habíamos hecho en su contra… Definitivamente, si hubieran querido nos habrían tirado al mar y nadie volvería a saber de nosotros, pero no éramos tan peligrosos.”
Ahora paso a la pregunta esperada de rigor. ¿Cómo influyó Evodio en mi persona o en mi profesión (antropólogo), en particular porque a mí también me da por escribir de vez en cuando? Puedo decir con seguridad que influyó mucho, como de distinta manera han influido mis otros cuatro hermanos. Pero de Evodio trato de imitar su originalidad para analizar textos y redactar con un sentido estético. Eso me gusta mucho. Pero obviamente él no tiene la culpa de lo que escriba. Mucho de la escritura lo heredamos de nuestro padre, que también maquilaba las letras, aunque lo hacía con el hígado y las entrañas, pues su vocación era más política que literaria (por eso se autodenominaba antipoeta).
Diría que seguí las enseñanzas de Evodio cuando él regresó a Durango por un corto tiempo para hacer una estancia en Nombre de Dios, donde su esposa, la doctora Chayo, realizó el servicio social. Yo tendría unos diez años y a veces me llevaba a ese pueblo. Recuerdo que él siempre cargaba un libro. No había manera de que los soltara. Gloria, nuestra hermana mayor, cuenta que seguido lo regañaban nuestros padres porque no dejaba de leer y no se salía de la casa a que le diera el sol. El sol al parecer lo traía adentro.
Cierta vez, viajando en el autobús, Evodio iba leyendo Los Viajes de Gulliver y me contó la historia de los liliputienses. La manera de narrarme la escena del gigante capturado y amarrado fue tan clara y profunda, que se me quedó calcada para siempre.
De vez en cuando me regalaba libros, como La Cruzada de los Niños y los poemas de William Blake los cuales me inspiraron a escribir un libro artesanal de poesía. Pero eso no era lo mío. Más bien escribía a mano periodiquitos en miniatura. Alguna vez recuerdo que él los reviso y me dijo: “Me gusta tu minuciosidad”. No sabía que era, pero sonaba bonito.
Sería bueno finalizar diciendo que, indiscutiblemente, la mayoría reconoce a Evodio por sus escritos de crítica literaria y poesía. Pero no podrán mentir, quienes han escuchado sus conferencias o tomado clases con él, su gran distinción como orador e incluso como conversador. No sé quien de la familia contó que siempre ganaba los concursos de oratoria. Su entusiasmo y amor por la palabra hablada no solo afloran en cada frase, sino sus filosas observaciones y memoria puntillosa asombra y maravillan al oído. Igual que Arreola o Paz transmitieron sus conocimientos en audiograbaciones, deberíamos de intentar difundir algunas de sus innumerables intervenciones orales para redondear su renombrada trayectoria. Pagaría por ver a Evodio, pero más pagaría por escuchar su voz. Pueden ser ochenta o más veces, las que sean necesarias y así seguirlo conociendo día a día.