Empiezo evocando el multilingüismo de don Rubén Bonifaz Nuño1: Multi vocati, pauci electi. polloi einai oi kalesmenoi, ligoi omws oi eklektoi.
Tlatozqueh miequintin, tlatlauhtillih achitzin. Versiones aproximadas, pero nunca equivalentes, de una sentencia que significa en castellano: “Muchos son los llamados, pocos los escogidos.” La frase me parece perfecta para describir ─en latín, en griego y en náhuatl clásico, pero también en español─ la ubicación de don Rubén en las tres actividades profesionales a las que dedicó lo mejor de su vida, además, por supuesto, de sus muchos años empleados en la docencia y en la administración universitaria: la traducción de textos en lenguas clásicas, el estudio de las culturas indígenas, y el difícil arte de la poesía. En todos estos campos, como dice el refrán, son muchos los llamados, y pocos los escogidos. La fidelidad a este triple numen, diverso y complejo, pero a la vez interconectado, resulta definitiva en la formación de Rubén Bonifaz Nuño. Me toca ocuparme ante todo de su trabajo como poeta, y de las reflexiones que esta dedicación consigue suscitar en él, pero lo hago en el entendido que existen, entre su poesía y los saberes clásicos a los que se consagró con erudición, vasos comunicantes que no siempre se advierten en una primera aproximación.
Rubén Bonifaz Nuño fue autor de más de quince libros de poesía. Su periplo creador inicia con los sonetos de La muerte del ángel (1945) y se cierra, a manera de despedida, con Calacas (2003). De este amplio recorrido yo mencionaría, como favoritos, Los demonios y los días (1956), los poemas de amor de El manto y la corona (1958), Fuego de pobres (1961), La flama en el espejo (1971) y el entrañable Albur de amor (1987). Dos antologías aparecen de modo casi simultáneo en 1966, y ambas lo ubican desde entonces como uno de los poetas de los que no se puede prescindir entre nosotros, La poesía mexicana del siglo XX, de Carlos Monsiváis y Poesía en movimiento, que encabezara Octavio Paz. Diez años más tarde, en octubre de 1977, un célebre Recital de Poesía que tuvo lugar en el Palacio de Minería y que había sido convocado por la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM, dirigida entonces por Hugo Gutiérrez Vega, lo confirma como uno de los pilares vivos de la producción poética mexicana. Leyeron textos en esa reunión inusitada y que no ha tenido secuelas Tomás Segovia, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime García Terrés, Ulalume González de León, el propio Gutiérrez Vega, Efraín Huerta, Isabel Fraire, Eduardo Lizalde, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco y Octavio Paz. Me tocó ser testigo de este acto histórico que no se ha vuelto a repetir.
Aunque por esos años no tuve tratos con Rubén Bonifaz Nuño, me doy cuenta ahora que en el primer libro que publiqué, hacia 1975, aparece una huella que remite a su magisterio. Debo a la fallecida Eugenia Revueltas, directora entonces de Punto de Partida, y a mi amigo Marco Antonio Campos, que fungía como su Jefe de Redacción, la publicación de mi primera colección de poemas, a la que titulé Un demonial de días. En mi título resonaba, y continúa resonando, a manera de un homenaje imitativo, Los demonios y los días de don Rubén.
Años después, dentro de mis trabajos de crítica de literaria tuve el gusto de dar a las prensas un libro que titulé Cinco cumbres de la poesía mexicana. Me ocupo en este libro de quienes considero que son algunos de los poetas más decisivos de nuestra tradición poética. Ahí están, en orden cronológico, Manuel Acuña, Manuel José Othón, José Gorostiza, Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño. De hecho, este último poeta aparece dos veces en mi libro, pues me di cuenta, en sucesivas relecturas, que no podía publicarlo sin añadir, a manera de “Epílogo”, un texto final que titulé “La revolución silenciosa de Rubén Bonifaz Nuño.”
¿Rubén Bonifaz Nuño, un “emboscado” a la manera de Jünger, un revolucionario oculto que operaría transformaciones sigilosas, las cuales, a menudo, pasan inadvertidas? Yo he llegado a pensar que sí.
No es mi intención desdecir la imagen pública que tenemos de don Rubén como un universitario de corazón que dedicó a su Alma Mater lo mejor de su inteligencia y de sus energías, y que incluso, en sus últimos años, ya casi ciego, se las arregló para que se le asignara un cubículo en el edificio de la Biblioteca Central, desde donde siguió haciéndose presente hasta el último instante. Ocupó diversos puestos en la Universidad, fue director de la Imprenta Universitaria, tradujo mucho y además creó una suerte de escuela de traductores: durante varios decenios se ocupó de dirigir la Bibliotecae Graecorum et Romanorum, fue jefe de la Coordinación de Humanidades, y además de fundar y dirigir varios centros académicos, fue fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas que hoy nos acoge con su hospitalidad.
Se entregó a la Universidad y fue universitario hasta la médula de los huesos. Este funcionario elegante, siempre de impecable traje y de corbata, que lucía refulgentes chalecos y una leontina de la que colgaba uno de esos antiguos relojes de bolsillo que usaban los caballeros, este profesor cuya figura parecía prolongar la estética del dandy que había caracterizado en los años veinte a su amigo y, además, coterráneo Manuel Maples Arce, también tenía un impresionante sentido del humor. En una época en que la UNAM parecía asolada por constantes movimientos estudiantiles que ocasionaban paros y una que otra huelga, a veces de no corta duración, Bonifaz Nuño acuñó una frase que lo define como universitario: “lo bueno de la lucha de clases… es que la vamos ganando.”
La figura pública de Bonifaz Nuño, empero, no tendría por qué volver invisible su otro rostro, el secreto, el que sólo podrá conocer quien lea con atención su obra poética. Al ocuparme de él en mi libro Cinco cumbres de la poesía mexicana, no dudé en caracterizarlo con una frase que le sirvió a René Descartes para definirse a sí mismo: Larvatus prodeo. Se le suele traducir como “avanzo enmascarado”, pero acaso su sentido es mayor. Larvatus significa cuando menos tres cosas: “larva”, “fantasma” y “máscara”. Larvatus prodeo querría decir, según esto, avanzo como un espectro, avanzo como un fantasma, me enmascaro para avanzar.
La revolución que opera Bonifaz Nuño con el lenguaje poético es, en efecto, una revolución invisible, en estado larvario, pero no por ello menos eficaz. Empapado hasta el tétano de los huesos en la métrica de la poesía castellana, el autor advierte que los poetas, permanecen a menudo presos a unos hábitos rítmicos que imperan desde los tiempos de Garcilaso y Francisco de Quevedo, y que obstruyen, por decirlo así, la exploración de nuevos espacios rítmicos. Frente al dominio inveterado del endecasílabo, metro culto que suele acentuar ante todo las sílabas pares del verso, Bonifaz Nuño propone como antídoto un verso fluctuante, que puede tener un número mayor o menor de sílabas, pero que siempre coloca el acento constitutivo en una sílaba impar, en la quinta sílaba, para ser más exactos.
Acentuar la quinta sílaba, en esto consiste la revolución métrica que propone Bonifaz Nuño para otorgarle al verso una nueva ductilidad. No se trata de un dogma, ni de una camisa de fuerza, Bonifaz Nuño mismo se permite otras exploraciones, sino de una propuesta que queda clara a partir de la publicación del ya mencionado Los demonios y los días.
Quiero pensar que la crítica literaria, y que incluso los teóricos de la literatura, tendrían que ocuparse de las propuestas que Rubén Bonifaz Nuño alcanzó a formular. Mientras ellos llegan, y sin prejuicio de lo que los académicos pudieran sostener, yo quisiera acudir a ese repositorio paralelo, a ese facilitador de primera mano que encontramos en las entrevistas que se han hecho a nuestro autor. Mi amigo Marco Antonio Campos, quien mantuvo una amistad de muchos años con Rubén Bonifaz Nuño, lo entrevistó para el Periódico de poesía, publicación que él mismo fundó y que felizmente continúa. Se trata de una conversación insustituible. Quien quiera que se interese por conocer las influencias formativas del poeta y ponderar la radicalidad de sus juicios en torno a figuras notables de nuestra tradición, tendrá que acudir a ella, Me excuso de comentarla por motivos de tiempo.
Otra entrevista de la que estimo no se puede prescindir es la que le realizó mi querido amigo José Ángel Leyva. Ahí aparecen estas palabras que arrojan mucha luz sobre el tema. Sostiene Bonifaz Nuño, lo cito en extenso: “Es que si usted escribe con métrica clásica, digamos endecasílabos clásicos, va a ser muy difícil que diga algo, ya no digamos mejor, algo distinto a lo que dijeron los grandes poetas del Siglo de Oro español. Decía un pintor cuando hablaba con un poeta francés, que él no podía escribir poemas porque no tenía ideas. El poeta le respondió que lo poemas no se hacen con ideas, se hacen con palabras. Es cierto hasta cierto punto. Yo digo que los poemas no se hacen con palabras, se hacen con ritmos. Hay ritmos como formas vacías que por su atracción gravitacional llaman a las palabras y las van colocando en aquella música hecha para que se vaya haciendo.”
Destaco dos argumentos en esta cita. Primero, el asunto métrico: el endecasílabo como tal está agotado y ha perdido toda fecundidad. Segundo, un argumento moderno, en el que, sin nombrarlo, hace comparecer al gran simbolista Mallarmé y a su amigo el pintor impresionista Degas. Este pintor, que se supone tenía aficiones poéticas, se quejó un día con el gran poeta del simbolismo de no poder avanzar en la escritura de un texto… pese a estar lleno de ideas que le revoloteaban en la cabeza. 2 La respuesta de Mallarmé resulta genial: los poemas no se hacen con ideas, se hacen con palabras.
La admiración unánime que profesamos por Mallarmé nos impide poner en duda el sentido de la respuesta que le dio a Degas. Aquí es donde resalta la originalidad, y la independencia de criterio, de Rubén Bonifaz Nuño, quien de modo decidido replica: “Se equivoca, señor Mallarmé, los poemas no se hacen con palabras, se hacen con ritmos.” ¿Dónde reside la diferencia? La diferencia, que por supuesto la hay, no estriba en el qué, en la sustancia, sino en el cómo, en la forma. La tesis que le permite a don Rubén dar un paso adelante consiste en quitar el foco de las palabras y ponerlo en el ritmo, y yo añadiría, porque me parece que es un supuesto implícito, en los juegos de lenguaje que la naturaleza de cada lengua permite.
Vuelvo, para concluir, al lugar en donde empecé. El conocimiento preciso que como traductor se hizo Rubén Bonifaz Nuño de las estructuras lingüísticas del griego, del latín y del náhuatl clásico, en contraste con estas mismas estructuras de la lengua española, es lo que le permite entremeterse como un espectro en la historia de la poesía y encontrar, sin necesidad de recurrir a los tratados de poética, ni a los teóricos del lenguaje, hoy tan de moda, aquello que resulta decisivo en el ejercicio de la poesía. Gran estudioso de los clásicos, a los que admiró toda la vida, pero imbuyéndolos de una médula contemporánea, como no podía ser de otro modo, Rubén Bonifaz Nuño es ya un clásico para todos los que amamos la poesía escrita en lengua castellana. Por eso digo, y lo digo alto: ¡Larga vida a la memoria de Rubén Bonifaz Nuño!
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