El lado luminoso de la oscuridad en Alessio Bradolini:
Por José Ángel Leyva

Conocí a Alessio Brandolini en Buenos Aires, en junio del 2013, una época en la que se respiraban otros vientos en Argentina. Juano Villafañe era director artístico del Centro Cultural de la Cooperación y organizaba ese encuentro de poetas, que tuvo una efímera. Tuve la oportunidad de caminar largo y tendido con Alessio por el puerto. La convivencia con otros amigos latinoamericanos como Jorge Boccanera, Xavier Oquendo, Sandra Santos, Rodolfo Dada fue muy grata. Escuché su poesía y conversamos a fondo en un español que ya le fluía bastante bien. Poco tiempo después, él intensificó su actividad como traductor, editor y promotor de la poesía iberoamericana en su país. Alessio y yo somos coetáneos, y eso nos coloca en una perspectiva generacional posterior al convulsivo 1968, porque entonces éramos niños de 10 años. No obstante, esos acontecimientos nos han acompañado no sólo en la memoria sino en la expectativa de una cierta mirada romántica y cuestionadora de la vida.
De entrada, debo decir que en Alessio hay un trasunto espiritual en su escritura y en sus poemas que evocan la infancia en Frascati, o su adolescencia en la calle Artisti de Roma. Esto viene a cuento por su libro de poemas Tu corazón es un bombo, publicado por la editorial Vaso roto, en versión bilingüe, con traducción del italiano al español por Jeannette L. Clariond (España-México, 2025). La hay también en el recuento de su vida y en la sensación de caminar sobre ruinas que no han perdido su vigencia, porque esa es la imagen de una ciudad antigua que no sólo vive del pasado sino también del flujo de un turismo pernicioso y efectivo, predador y proveedor, exigente de modernidad y confort. No hay alusiones religiosas, aunque tampoco se esconde la fe. Dicha espiritualidad la encuentro, de manera particular, en un poema dedicado al peruano Eduardo Chirinos: “Lo que no dice el canto de los pájaros”. La referencia a nuestro encuentro bonaerense y al flujo de empatía y de comunicación entre nosotros, parecen asomarse en ese poema. Ya desde el título, nos coloca ante el misterio no sólo del texto, sino de la poesía, de la vida.
Alessio no escribe en este poema en primera persona, sino en segunda, para establecer un diálogo con otro que puede ser Chirinos, el propio Brandolini o la poesía misma. Pero al final de cuentas es él mismo, Alessio. Lo inicia con una sinestesia triple: “Respiras con los ojos y palpas el dolor / que el halcón nos revela en su vuelo”. La visión olfatea y resuella, se vuelve tacto. Es este un poema que se desprende, se aparta, de la poética general del libro. Asume una sintaxis diferente y plasma imágenes inquietantes: “espasmos en la palma de su mano / y tremores cada vez más leves, hebras en su pico, / plumas ensangrentadas: ¿Se avecina otra / tormenta?” El poeta describe lo que se ve, pero nos dice, se dice, le comunica al otro que no es eso lo que importa, sino lo que hay detrás de estas palabras, detrás de las imágenes del halcón o de la alondra, de las aves canoras. Del otro lado del canto, de los versos, hay una lectura profunda, un sentimiento y una aspiración a decirlo todo, pero es imposible. No es solo la belleza musical de los trinos lo que en verdad importa, porque al final esa dulzura termina por hastiar, sino en lo que no se ve a simple vista, lo que el oído no palpa y desentraña, incorpora a su pensamiento y a su cuerpo.
Brandolini, en su dedicatoria a Chirinos, parece orientarnos acerca de su hallazgo en la lectura de la poesía o la persona, o la ausencia del poeta. Así, no es en la presencia sino en el hueco, en la entraña misma de la humanidad donde reside la cifra oculta de la poesía, donde se renueva el misterio de los significados. Los pájaros, como los y las poetas no valen por lo que dicen sus versos sino por lo que no dicen, por lo que hacen sentir más allá de la lógica y la melodía, de la apariencia formal. “Tocan la puerta, abro e irrumpe la oscuridad / que todo sabe sobre el vuelo y sobre la muerte, / eso que no dice el canto de los pájaros.” El tiempo juega en el oído y en la respiración, en la punta de los dedos que cuentan los ritmos corporales, en los ojos que ven pasar las nubes y las alas, la experiencia, que ven de frente la caducidad y el olvido.
En el título del libro: Tu corazón es un bombo, Alessio nos coloca ante el sentido dialógico que pretende otorgarle a su poesía. Un yo que es tú, un tú que es ustedes, vosotros, ellos. El corazón como instrumento musical de percusión exhibe en apariencia la simpleza de la comparación, pero lo que no nos dice es el carácter ritual de ese sonido y de ese efecto que despoja a la poesía y a la biografía de elaboraciones intelectuales. Como dijera Violeta Parra, “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.
Un bombo sanguíneo que marca los ritmos de la orquesta, los golpes dulces o amargos, tiernos o crueles de la experiencia, de la conciencia del dolor, del mal: “sabe a sangre infecta, a olivos / mutilados por la helada y para salvarlos / hay que podar mucho”. Latidos que exponen en plena oscuridad la comprensión de los silencios, la permanencia de los recuerdos, la compañía de las palabras y los nombres, los amores pasados y la vigencia de la ira y la gratitud, el reconocimiento de alguien que te da los buenos días cada mañana que despiertas, tal como lo resuelve en el poema “Bombo” con el que cierra el libro: “Sentado frente a la Fontana di Trevi contemplas en el agua a las mujeres que amaste y a aquellas que distingues entre la multitud por su continua transformación.”
Y digo ira porque a lo largo de estos cuatro apartados o capítulos: Diario de la ceniza, El lado oscuro, Camino dentro de mí y Tu corazón, me llamó la atención la reiterada aparición del verbo patear como expresión de desprecio, de rabia, de rechazo. El poema “Ni gestos ni muecas” parece aclarar esta sospecha: “Huelo el malestar, regreso como si fuera / todo normal, pero en mi interior crece / el enojo: Grito: ¡no puedes hacerme esto! / Habría deseado trabajar más tiempo / sobre tu piel, despertarte de nuevo al alba / con la punta candente de la lengua.” La lucha entre nostalgia y resignación, entre memoria y sabiduría, entre olvido y claridad mantienen la unidad de esta obra en la que no hay un solo estilo, ni una misma poética, pero sí un mismo espíritu estético y un diálogo interior. En su poema “El futuro ya está aquí”, Brandolini ve no sólo el presente sino la balanza de lo que fue y lo que no pudo ser o no sucedió simplemente. Entonces se responde y se pregunta a la vez: “Cómo se puede desviar un río seco?”.
Con bombo y platillo, este libro nos anuncia el descubrimiento existencial y estético, vital: “La poesía está aquí, has / de ser fiel a las oscuras y fortuitas / grietas, a su alegría que se parece / a la de las nubes cuando se adelgazan / para dejar un espacio al esplendor de las estrellas.”