Cuando comience el olvido a ponerte su inicial de niebla:
Por Juan Afanador, Jenny Bernal Santiago Ospina Celis y Daniel Montoya Aguillón

Si escribir un libro de versos, hacer una obra literaria, si militar en el periodismo,
no son obras que hace la mujer. ¿Entonces cuáles?
Emilia Ayarza, El Tiempo, 1947

En 1957 la editorial Lumbre publica Voces al mundo, libro en el que Emilia Ayarza explora un verso libre whitmaniano, del que se vale no para celebrar el mundo sino para construir enumeraciones cargadas que le dan una luz precisa a la violencia en Colombia: «El rojo fue una lluvia sostenida en el aire / y entre los montes de cristal la sangre / dibujará para siempre vitrales en la sombra». El país acaba de salir del difícil gobierno de Gustavo Rojas Pinilla («No más sangre» dice la noche en que anuncia su posesión) y se embarca en los años terribles del Frente Nacional. En un país rodeado de muerte es valiosa una poesía que la nombra con imágenes novedosas: «Te dejo a tu patria sin honor. / Sin apellido. / Llena de campesinos doblados como sauces». Pero Ayarza no se queda en la denuncia: imprecando al hijo manifiesta la posibilidad de que su descendencia se una a los victimarios. ¿Cómo se inserta un cuerpo en la historia?, pregunta la autora. Leemos una poesía donde conviven el duelo y la culpa, la rabia y el miedo, la guerra, sí, pero también nuestra parte en ella. ¿Por qué olvidamos a Emilia Ayarza?
También en 1957 las mujeres ejercen por primera vez el derecho al voto. Mientras Eduardo Carranza le sigue cantando a la mujer idealizada («Toco el aire dormido. Toco sueños / Las muchachas dormidas. El silencio »), Emilia Ayarza, irreverente, adelantada a su época, le escribe a su amado y habla del dolor colombiano en un tono universal. Es la misma Emilia Ayarza que colaboró en algunas publicaciones de la época como El Espectador, El Tiempo, Sábado y Revista de América pero cuyo nombre aparece escasas veces1. Es la escritora que explora formas poéticas distintas, que experimenta y no se queda cómoda con sus primeros poemarios. Y en El universo es la patria, de 1962, es quien cuestiona a los hombres directamente: «Les quiero hablar a los hombres / que nunca hicieron nada […] les quiero preguntar / qué hicieron con la suma de los espermatozoides». No en vano, Juan Manuel Roca señala en el prólogo a Sólo el canto (Antología, 1996): «qué sumatoria de equívocos puede llevar a un país a ignorar a una mujer cuya voz, cuya fuerza en la palabra, nos resulta hoy más contemporánea que la de muchos de sus contemporáneos».
La lectura atenta y la búsqueda de la obra de la poeta bogotana nos llevó a los cuatro libros de poesía que se consiguen hoy en día. Nos mostró también la dificultad de acceder a su obra. Las ediciones de sus poemarios son en su mayoría de un tiraje modesto y, en algunos casos, poco cuidadas. Por ejemplo, en La sombra y el camino (1950) se señala en sus créditos que la impresión fue de trece ejemplares, fuera de venta y numerados a mano por la autora. Esto hace que la fecha de la publicación original de algunos libros sea difícil de precisar y que varíe dependiendo de las fuentes 2. Asimismo, algunos de sus libros contienen inconsistencias o erratas. Esto nos llevó a hacer una revisión ortotipográfica para unificar las convenciones estilísticas.
En paralelo al desconocimiento sobre la poesía de Ayarza, existen escasas aproximaciones críticas. Vale la pena señalar la nota introductoria de El universo es la patria del poeta mexicano Abigael Bohórquez y la que aparece en La sombra y el camino escrita por Matilde Espinosa, una de las contemporáneas de la autora que junto a Maruja Vieira y Meira Delmar inician el panorama de la poesía escrita por mujeres en Colombia durante el siglo XX. Igualmente, en el documental «Emilia Ayarza, elegida del silencio» hecho por Clara Inés Cárdenas para Colcultura en 1998, se hace un acercamiento a la vida y obra de la autora en la voz de sus hijos y personas allegadas. Allí se menciona a una poeta que tuvo un contacto cercano con la escena cultural, que fue anfitriona de distintas veladas bohemias. También se narra que visitó el mítico café El Automático de la avenida Jiménez, frecuentado principalmente por los hombres intelectuales de la época. Su presencia en este lugar contradijo la norma social establecida y posicionó su carácter en tiempos en los que una mujer difícilmente tenía voz y participación en el escenario intelectual.
El caso de Ayarza y los escasos esfuerzos en el reconocimiento de su trabajo literario formulan interrogantes dentro de la literatura nacional. Su participación en antologías de poesía colombiana del siglo XX es limitada. No obstante, se mantuvo viva en el siglo pasado gracias a la antología de su obra Sólo el canto —título que rinde homenaje a uno de los primeros libros de Ayarza— realizada por Juan Manuel Roca en 1996. Igualmente, en este siglo, cabe mencionar la antología El universo es la patria —que a su vez evoca su último libro— publicada por la Universidad Externado de Colombia en el 2020.
¿Será acaso que su poesía estaba adelantada para el pensamiento de su época y por eso no tuvo la recepción esperada? ¿Será que los poemas que cuestionaban sin eufemismos la actualidad política y social eran incómodos para los lectores? ¿Será por ser mujer? ¿Acaso su decisión de abandonar el país fue el acontecimiento que sepultó su trabajo? Es un hecho, como se menciona en el documental, que Ayarza no consideró la fama como un fin. Contaba con una posición económica que le permitía publicar lo que quería sin esperar la aprobación de una figura de autoridad. Para ella, la poesía fue un pulso con el lenguaje, un lugar político, una treta con su tiempo. La poeta demuestra que no es suficiente con hacer parte de cierta élite social o tener una formación académica; bastó con ser mujer, pertenecer a un tiempo hostil y a una sociedad sorda para pasar desapercibida. Por fortuna, su obra demuestra que es capaz de resurgir. Es innegable su valiosa apuesta desde el lenguaje, la pluralidad de las formas poéticas que explora, la extrañeza y el juego con la imagen y la construcción de poemas contundentes rodeados de vitalidad. La poesía guarda una característica misteriosa que permite que las palabras lleguen hasta el lector que merecen, en su lugar y su tiempo. Tal vez ahora podamos escucharla.

Fotografía de archivo familiar

Esta antología presenta una selección como prueba del valor de la poeta nacida en 1919 y busca celebrar los cien años de su nacimiento. La antología empieza con su libro más reciente, El universo es la patria, donde Ayarza se decide por el uso del verso libre. Es un verso vigente que cuestiona desde la ironía la noción de patria, la religión y la opresión de unos seres humanos sobre otros. Pasa por Voces al mundo y La sombra y el camino3 hasta llegar a su libro más antiguo, Sólo el canto. En este último, se exploran formas poéticas diversas, desde el romance hasta el poema breve. La propuesta de una cronología invertida busca acercar la obra más reciente de Ayarza a un lector actual. Tiene la intención de guiarnos, poco a poco, dentro del universo de la escritora.
Con el interés de empezar a construir un diálogo vivo alrededor de la obra de la poeta colombiana, se hizo una cuidadosa selección de poemas. Además, cada uno de los apartados es antecedido por un texto crítico. Los lectores del siglo XXI enfrentan los libros de Ayarza bajo el filtro de otro tiempo. Esta lectura particular en la que se reconocen cuatro estilos distintos de aproximación a la obra, a cargo de Carolina Dávila, Fátima Vélez, Francia Goenaga y Daniel Montoya, permite abrir un capítulo nuevo, en el que además de la selección de sus poemas está la presencia activa de lectoras críticas que reflexionan sobre su poética. Igualmente, se invitó a Daniela Gallego para que plasmara su lectura de Ayarza a través de la ilustración de la portada y a Elisa Estévez para realizar el retrato de la autora. Esta antología espera ser el inicio de otro capítulo para que el olvido no ponga más su inicial de niebla.

Prólogo a la antología Emilia Ayarza publicada en Colombia en el 2020 con la editorial Magisterio

 

Fotografía Daniela Gallego

 

 

TESTAMENTO

I

Hijo mío:
Alguien te dirá: «tu madre ha muerto»
y mi muerte vendrá
y nadie pensará en la muerte.
Una tibieza de mano se alzará en tu frente
y por tus ojos de agua y muy adentro
se alzarán mis palabras como estatuas.

Dirás entonces —madre — y tu lengua como espejo
repetirá mi forma.
Tomarás en las manos mis cosas y mis libros
y sentirás en el cuello las cadenas
que se quebraron al llegar la muerte.
Sobre mi mesa un poco de vino ya sin sueño
olvidará entre la copa su potencia de uva defraudada.
Dos cartas, tres desvelos, una muerte,
viajarán por mi lámpara.
Una rosa vendrá desde el aroma
para fijar el amor entre mi nada.
Y estará todo sereno.
(Habrá un murmullo quizás de viento deshojado…)

Abrirás entonces las ventanas.
Un claro novilunio dirá tren, barco o infinito.
Un lento dios irá de mi voz a tu silencio.
Y alguien te recordará:
«tu madre ha muerto»
Y casi árbol mi piel desesperada
hará los besos huyan de las frutas.

Dirás:
«Todo tuvo y nada poseyó.
Soles negros pasaron por sus sienes
oscureciendo la llama de sus bosques.
Anduvo siempre sola entre las multitudes.
Su terrestre piel por las raíces
se adentraba hasta el pecho de los ruiseñores.
Y por la madrugada en el rocío,
hacía su viaje transparente y puro
para poner su llanto entre la hierba».

Pensarás:
«La pálida bahía de su frente…
Sus ojos de sombra más adentro
que la luz de su propio resplandor.
Su nariz, su cuerpo grande,
La risa cromática
Como un collar que se rompiera
Al borde de una escalera de metal».

Y gritarás:
«Elegida del Silencio.
Favorita del caos.
Transeúnte de la nada.
Huésped de un ser desconocido.
Madre que partes de mi carne:
Sólo mi cuerpo morirá tu muerte!»

 

II

Hijo mío:
Colombia es tu patria.
Te la entrego
cabizbaja en las playas del Atlántico
y abierta y descarnada en la orilla del Pacífico.
Su garganta en el Canal de Panamá;
Sus senos en el pico de Los Andes.
Sus ocrosos flancos del Chocó.
Su cintura en el río Magdalena
y su desesperado ombligo de café.

Tu patria es el sitio de la sangre.
La señora del silencio calibre 32;
la patrona del desahucio y de la reja.

El microbio y la carroña
invaden su piel de orquídea taciturna
y los niños colgados de los árboles
son el fruto tangible de sus bosques.

Cada hombre es un monstruo asalariado.
Un descompuesto aborto de la naturaleza
por cuyo cuerpo corre
la negación en pus de sus arterias.

Te dejo a tu patria sin honor.
Sin apellido.
Llena de campesinos doblados como sauces
al borde de oscuros manantiales.
Con el idioma mutilado
en la redondez de su mejor palabra.

Te la dejo llena de lágrimas
como un cristal cuando llovizna.
Con las sienes en el pecho del hambre
y su cuerpo de platino relativo
deshecho en el fondo de las minas.

Te la dejo con su ejército de boas.
Su asociación de hienas rubicundas.
Su margen de babosas despreciables.

Te dejo el cáncer de las rotativas
que carcome la piel de las palabras.
Los linotipos sin lengua.
Los lingotes en franca carrilera hacia el desván.
El milagro de la voz en el espacio
ensartado en el virus de la antena.

Te dejo las urnas vacías —como úteros malditos—.
El silencio de almacén de catafalcos
que trepa las paredes del senado y de la cámara.
Las esquinas con pobres y cigarros apagados.
Las puertas con hambre. Los patios sin luna.
Las tiendas exclusivas donde venden
—sin estampillar— cadáveres y vino;
y una bota en el mantel de los labriegos
para guardar la sal y los vinagres.

Te dejo también un compañero
un prematuro habitante de la sombra
un hombre-niño con barbas de hollín desvanecido,
y su tesis sobre el sueño en la memoria,
en cuyo pupitre de la universidad
se sienta ahora un vil gusano en traje de parada.

Y un parque con botones de rosa que disparan.
Y un circo con bozal.
Y veinte tardes con kepi.
Las noches donde los luceros
son agentes secretos que rutilan.
Una urbanización donde los árboles
—por no contaminarse—
se trepan llorando de verde al infinito.
Diciembre sobre ametralladoras
anunciando la guerra en las vitrinas.
Y un hospital donde las llagas
escudriñan la conciencia de los hombres.

Te la dejo al amparo del caos
y a la luz de los sables que en la noche
apagan su brillo entre la carne.
Te la dejo con la epopeya del hambre en sus antologías
proyectando a la luz de los faroles
su cuerpo de serpiente desteñida.
Repleta de ese monstruo de garra inextricable
en cuya punta la bestia no termina.
Has de saber que el hambre —hijo mío—
es la primera letra de Colombia
y que su huella de aceite granuloso
invade la blancura de las algodoneras
y el aromoso lino de los platanales.
Todo gira alrededor de su llama estrangulada.
Alrededor de sus tísicos caballos.
Cerca de sus trece verrugas supuradas.
No olvides que el hambre no puede germinar
ya que tu patria es niña-madre
y que su entraña florece cuando el viento
ligeramente le insinúa la flor.
Sus espías están en las alacenas de los bosques.
En la ubre de Barcina, en las garrapatas del cordero Nube.
Los campesinos la enhebran por el ojo de su esperma
los débiles la usan como un color cualquiera,
y en el vientre de los olvidados
crece silvestre su copiosa larva.

El hambre nace en los gatos de cojín,
en el rubí del prestamista
en la úlcera del burgués invertebrado
en la frase — ¡Mi pueblo!— con que los políticos
diseñan sus campañas en la sombra
como se esboza un minotauro en la penumbra.
Una perra nos dice qué es el hambre
cuando toma de los hornos crematorios su mensaje
y por sus innumerables pezones lo transmite
dulcemente a su postrer cachorro.

Con desesperación tu patria te reclama.
Desde su ejército de ríos poblados de suicidas
hasta el mar y sus movibles edificios de espuma.
Desde el remordimiento gris de los oscuros
hasta su latifundio de anemias amarillas.
Desde los hospitales donde
cosen los pobres a la muerte,
hasta los postes telegráficos donde el recuerdo
se purifica en el pecho de las golondrinas.
Te necesitan los niños cuando saben
que en la plazuela del pueblo la cabeza del padre en una escarpia,
recoge el nombre de Galán de los escombros.
Te necesitan las aves y las frutas cuando invaden la dulzura de los árboles.

Te necesita la fe para decirte que no tiene pecho que la albergue.
Te necesita la justicia. La salud. La paz.
Te necesitan los libros que no alcancé a escribir,
las patrullas ignorantes con ojos como trompos de cristal,
los callos, las tinieblas, los adobes, las hornillas.
Te necesita todo —en fin— desesperadamente.

 

III

Yo me muero —hijo mío— porque el tiempo
ya no me da su dimensión de toro.
Porque la vida y Colombia se me van de entre las manos
como el tacto de la piel del moribundo.

Porque a los sueños les pusieron pasta.
Y enlataron el júbilo y la risa.
Me voy porque hay que medir con metro las ideas.
Hay que poner en fila hasta las lágrimas.

Hay que aceptar un molde en el aliento
y con tijeras redondear la voz.
Me voy porque rondan los panales y los nidos.
Porque siguen en motocicleta a los gorriones.
Porque los helicópteros taladran con su broca de viento
la memoria del cielo.
Me voy porque el decoro está de bruces en las alcantarillas.
Porque el vecino tiene ahora ángulo facial de mortecino.
Me voy porque a los niños pobres
les clavaron los ojos a los televisores
para que no vieran matar a su maestro.
Porque cada día es más baja la tarifa
para aumentar los archivos de la muerte.

Porque los hombres de talento
los que tuvieron el país entre las manos
—como un pañuelo de percal inglés—
Jugaron en masa a la gallina ciega
Y cruzaron altivos la frontera
Mientras una hemorragia de muertos se escapaba
Por las rotas arterias de la patria!

Me muero porque abrieron mis amigos su kárdex de avalúo.
Porque a la diestra del crimen se sentaron
el galeno, el arquitecto, la odontóloga y el veterinario.
Porque asistió al banquete mi pariente.
Porque en las noches tristemente
el mayordomo y la revendedora
cuentan el tiempo de los barrotes
y se reparten la luna, el hambre y el deseo.
Porque el aire recorre el tórax de los oportunistas
en tanto los pulmones de los hombres derrumbados
renuncian a sus amplios derechos de cometa.

Me voy porque ahora tiene que pagar impuesto
los árboles sencillos,
los ríos obedientes,
la piedra, las hormigas,
la lluvia consecuente,
el gris interminable de los asnos,
las luciérnagas por su vientre iluminado
el sueño mineral de las tortugas
y hasta el clima sexual de las ovejas!

Me voy porque el trapiche renunció
al ladrillo de miel de sus panelas.
La sal a su bruñida casta de marmaja.
Los pueblos al derecho de escribir su nombre.
Los hombres del trópico
ya no viven alrededor de los volcanes de la piña
sino entre la ceniza de los paludismos.
Ya no se les ve crecer el pelo sobre el hombro a las mazorcas…
ni bailar a las lechugas con su traje de organdí!

Ahora sólo se palpa el almizcle integral de los jornales.
La mínima sangre del labriego.
El tibio cementerio de los ranchos.
El dudoso bolsillo de los clérigos.
El nocturno capital de los burgueses.
Las casas de pellejo de los médicos.
Los edificios de los abogados
construidos con el margen de las viudas.
Ahora las madres bajo su abultado vientre
llevan solo un cadáver precoz bajo la piel.

El corazón de tus hermanos
ya no es la dulzura en la mitad del pecho.
Se acabaron las diáfanas criaturas
las gentes con el nombre de cristal.
Las calles no volvieron a cantar en las ventanas.
A los loteros y a los lustrabotas
les sellaron con plomo sus Asambleas de esquina.
Y en las casas antiguas —el abuelo—
a la sombra del brevo familiar
doblega en silencio su cabeza blanca,
mientras Colombia en el mapa se desnuda
y le muestra a la América sus llagas!

IV

Hijo mío: mi sueño omnipotente,
mi sempiterna momia irreparable,
hará que tus párpados se crispen
y me nombren más allá de lo que estoy.

Este silencio que tendré en la boca
crecerá por tu voz como un gigante
cuando en los límites de la estratósfera
tu palabra me anuncie ante la tierra
colaborando serena en el plutonio
o decidida en el cuarzo o la marea.

Sentirás cómo mis huesos
con un lustre blanquecino y vítreo
para orientar los pasos de los muertos
abrirán su lámpara en la sombra.
Y pensarás —al contemplar la luz—
en mi pequeña intervención de chispa
cuando mi cuerpo inenarrable y alto
colabore en el pulso de la llama.
Y sabrás que la muerte es el principio.
Que mi oportuna decisión de paz,
no tendrá ya sol que la interrumpa más.
Que el uranio, el protón, los electrones
vendrán desde mi tumba hasta tus bíceps
para que levantes a pulso y distribuyas
la insignificante columna de cristal y espuma
con que la Bomba iluminó a los hombres.

Tu poder hijo-genio, en este siglo
será un monólogo de Dios en el espacio!

V

Cuando mi muerte haya colmado de lágrimas tu ojos.
Cuando comience el olvido a ponerte su inicial de niebla.
Cuando se ponga amarillo mi nombre entre las bibliotecas.
En fin, cuando digas —madre— como si dijeras —huracán—
siéntate delante del silencio
y escúchame hijo mío:

Nada, ni nadie debe detenerte!
La tierra es tu imperio y tu palabra
conmoverá la dimensión azul de las montañas, al viento-buey
la anatomía en el sol menor de las cigarras
la humana inclinación de la ballena
y ese temblor que las criaturas
guardan a la orilla de su sangre.
Pasarás largas noches tendido sobre el llanto
para que por tus ojos escape el dolor de tus amigos.
Recuérdame a través de tus venas hinchadas
y pálpame despacio en tu materia.
Cierra los ojos en tanto me extravío
retina adentro hasta el cerebro
y pega tu tímpano a la muerte
para lograr mis arpegios subterráneos.

Dos manos te dejo, hijo mío,
para labrar la tierra y enseñar
que la sangre de los adolescentes
no es vino en las orgías de los hombres de rapiña.
Dos piernas. Un nudo geográfico de arterias
para que invadas los puntos cardinales de tu patria
y execres a los hombres-alacranes
cuando se partan unos a otros las entrañas
y devoren el pan que entre el cadáver
está —como su juventud— sin digerir.

Te dejo también un sexo y un nombre de varón exacto.
Una voz planetaria y un ancho corazón
como un satélite girando alrededor de la ternura.
La mujer, es tu madre y tu hermana en otro cuerpo
y como tal —al acercarte— se dulce hijo, infinitamente dulce.
Y torna su materia, abstracta entre tus dedos.
Mi herencia es haberte hecho varón.
Haber logrado concebirte alto, simple, transparente.
Haberte dado a luz en este siglo
en que cada hombre es un dios omnipotente.

Hijo mío:
para que mi sueño sea blanco bajo el mármol.
Para que entre mi lengua
no escriban los gusanos tu nombre con dolor.
Para que crezca con pudor mi muerte;
sobre la desnuda columna de tu cuerpo;
es decir, para llamarte —hijo—
tiende al espacio una bandera blanca
—como un paracaídas infinito—
y diles a los hombres de la tierra
que en Colombia, la sonrisa de las calaveras
va a silenciar ya su coro entre las tumbas!

 

Juan Afanador,  Escritor y antropólogo. Es autor de los libros de poesía bosque (Volcán ediciones, 2022) y Algo blando en cada trámite (La Jaula Publicaciones, 2023) y del ensayo «Poesía y atención» (Revista Liebre Lunar, N° 1, 2024). Coeditor de la revista virtual de poesía Otro páramo.
Jenny Bernal,  Escritora y mediadora de lectura. Publicó Llevar el aire (Gammar, Bogotá, 2018) y la breve selección Selfie (Mareotis, Barcelona, 2025). Realizó la selección y prólogo de la antología Postal del oleaje. Poetas nacidos en los 80 Colombia – México (UANL, Monterrey, 2013).
Daniel Montoya Aguillón, Periodista, editor y poeta. Ha escrito para diferentes medios sobre el conflicto armado colombiano. Autor de Mandarino. Actualmente es el director de la revista GACETA del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
Santiago Ospina Celis,  Estudió filosofía, hizo una maestría en literatura y actualmente cursa un doctorado en literatura comparada en la Universidad de Nueva York. Es autor de Las muertes (Angosta Editores, 2023). Traducciones y textos suyos han aparecido en medios de Colombia, México y Estados Unidos.

  1. En estas columnas, reseñas y notas se puede ver parte de su pensamiento y postura frente a diferentes temas. Por ejemplo, en relación con el rol de la mujer en la sociedad, su «Replica a Olga Salcedo» (El Tiempo, 1947) deja entrever una posición feminista que invita a la mujer a desenvolverse en escenarios diferentes al hogar.
  2. Este es el caso de Sólo el canto, Voces al mundo y El universo es la patria. Actualmente el público general solo tiene acceso a una edición de 1947 para el primer poemario, de 1957 para el segundo y de 1962 para el tercero. No obstante, algunas fuentes señalan que Sólo el canto tiene una versión de 1942, que Voces al mundo tiene una de 1955 y otra de 1956 y que El universo es la patria tiene una de 1961. Dado que no tuvimos acceso a estas ediciones previas y no pudimos confirmar su existencia, preferimos mantener la fecha de publicación de las que están disponibles. Tomamos estas como base de nuestra antología. Adicionalmente, algunas fuentes hablan de un primer libro llamado Poemas de 1940 o 1944 que actualmente no se consigue y que, por tanto, no incluimos en la selección.
  3. Existen dos versiones de «Imprecación», publicadas en La sombra y el camino y Voces al mundo. Decidimos incluirlas porque nos pareció importante generar preguntas en los lectores sobre la versión definitiva de un poema.