El pensamiento de Evodio Escalante, se concreta en una obra -libros, artículos, reseñas- abierta a la filosofía, a la historia literaria, a la lingüística. Las aportaciones críticas del investigador Escalante concuerdan con las inquietudes y sondeos que ha hecho al fondo del lenguaje. Por su poesía se comprende su ensayística. La mirada de poeta, traspasa su escritura, desplaza o traslada su punto de enfoque del cual emergen sus lecturas, para algunos insólitas y hasta incómodas. Cabe atender lo que, en ese sentido, precisa Alejandro Higashi al respecto del carácter de la obra poética y crítica del autor de Todo signo es contrario: “Esa capacidad natural para pensar los problemas desde otra perspectiva y darles una solución inédita que sorprende y seduce”.
En “Lo viejo y lo nuevo en la crítica literaria”, Escalante define tres tipos de crítico. El autoritario, el democrático y el contingente. El que escribe por encima, a la altura y desde una perspectiva fragmentaria, falible y limitada, advirtiendo que el tercer crítico puede decir más que el experto perito – a veces más papista que el papa- o el supuesto comentarista desde la igualdad, que en realidad encubre presupuestos no del todo democráticos. No obstante, señala la imposibilidad de que el ejercicio del crítico escape de la esfera de la autoridad. En cuanto al crítico de digresión y la función transgresora de su discurso, consiste en introducir el vacío esencial de la crítica, su condición de carencia y ausencia en las obras admirables por su sobrecarga de sentido, señalar con índice de fuego a los ídolos para mostrar su incompletud, sus defectos, por mínimos o bien cubiertos. Este es el crítico al que algunos temen y otros execran. Al que los falsos transgresores en el fondo envidian y por el que, a la hora de la hora, serían capaces de predicar la paz mundial.
Del mismo modo, sus estudios sobre los estridentistas nos abren la puerta a obras y autores que, de no hacerlo Escalante, -o a quien la historia y las circunstancias hubiera impulsado- no atenderíamos con el asombro, interés o certidumbre que al día de hoy podemos hacerlo. “Después de sus trabajos no pueden leerse del mismo modo a los miembros de aquel movimiento” dice el poeta Marco Antonio Campos.
Entre sus temas, destacan más los nombres que los conceptos; los nombres propios que los genéricos. Walter Benjamin, y Martin Heidegger, a cuyo pensamiento ha dedicado profusas elucidaciones; José Revueltas, su paisano, cuya literatura “desde el lado moridor de la realidad”, motivó su primera publicación, monográfica, hoy un clásico de su género en América Latina. Revueltas, también mal visto, no visto, malinterpretado o no interpretado, es puesto en escena desde una nueva perspectiva.
Si bien, en términos del poeta José María Espinasa, Escalante aborda a Revueltas desde el sesgo ideológico, lo cual, él mismo advierte no podría ser posible de otra forma, no menos cierto es que a partir de ese libro, la figura del narrador mexicano es reconsiderada como una de las más relevantes, además que Escalante vio mucho más y fue capaz de precisar, a detalle, las formas en las que ciertas categorías hegelianas, como la dialéctica, se revelan en los más crueles, sórdidos, brutales, radicales momentos de la narrativa revueltiana.
Por su parte, Escalante, define la crítica en términos de “operación ideológica que acota el campo de lo leíble y determina los usos (y los sentidos posibles) de una obra”. ¿Qué sentido tendría de no fungir como un cerco, como una acotación del horizonte hermenéutico so pena de no sobreinterpretar o infraintepretar tal o cual texto?
En la introducción a su ya clásico estudio sobre Revueltas, en el que reconoce el carácter fundamental del pensamiento de Deleuze y Guattari para determinar dicha obra, precisa la producción de conceptos específicos capaces de mostrar su sentido, pero también su uso, sus contenidos ideológicos, pero también -y sobre todo- las fuerzas que los recorren. O sea, se elaboró un instrumental de pensamiento para interpretar y arrojar nuevas luces sobre la obra del autor de Los días terrenales, como las buenas conciencias supuestamente críticas, los críticos previos no lo habían hecho, ni querían -por sus verdadera carga transgresora- ni podían -por la falta de los conceptos que en el libro se plantean- y por lo que el libro resulta determinante para una adecuada recepción, para que el lector advierta que en se están recreando, a través del discurso literario, las fuerzas de muerte y destrucción. De ahí se retome la expresión revueltiana “lado moridor”, de la que se dice es un horroroso título. Pero, ¿no acaso así, (a veces) horrible y horrorosa, es la realidad?
De la bibliografía académico-crítica de Escalante, destaca el volumen Aproximaciones a Walter Benjamin, producto de la cátedra que el doctor Escalante impartió sobre el pensador judío, una reunión de textos críticos de sus alumnos, que culmina con el ensayo del propio mentor académico, “Walter Benjamin y la fenomenalidad pura de la obra de arte”. Al final del ensayo se comprende dicha fenomenalidad, luego de la exposición de la noción de aura, la profana publicidad que desplaza al misterio, la radicalidad fenomenológica de Benjamin y el tratamiento de la tecnicidad. Escalante es lúcido y preciso para determinar el acierto y el límite de los planteamientos del filósofo, señalando algunos fenómenos de nuestra época como las redes sociales, prueba de que no hubo ninguna liberación y que además el pensamiento actual permanece constreñido a la metafísica. Tanto el pensamiento de Benjamin como la escritura de Revueltas o la poesía y ensayos Jorge Cuesta, hoy son considerados o reinterpretados en México, dentro y fuera del ámbito profesional, por jóvenes y especialistas gracias al trabajo del profesor Escalante.
Cesar Vallejo. La perspectiva ausente, aparte de ser una óptima aproximación a la obra del gran poeta peruano, se distingue, por una parte, al señalar la variedad de géneros: poesía, cuento, novela, crónica y ensayo en los que Vallejo incursionó, pero, sobre todo, por contrastar la idea común que se tiene sobre él, enfatizando el entusiasmo y la vitalidad en la empresa creativa, cuyos testimonios no son otros que la vasta y diversa obra, de la cual se presenta una selección por cada género, además de ensayos críticos de Maguns Enzenberger, Luis Alberto Sánchez, Eduardo Milán, Gonzalo Celorio, Ricardo H. Herrera, José Vicente Anaya, Guido Podestá y el propio Escalante.
El antologador y crítico, en “La escritura, el gesto, la mutilación”, resalta la voluntad vallejiana de primar el despojo de todo lo prescindible de su escritura, ante la crasa incapacidad del lenguaje y del idioma para retener, contener, conservar los flujos de sentido que emanan de la realidad y su catástrofe, de los pasos hacia la muerte, -del yo, de dios, del universo-: el sufrimiento, la enfermedad y el encarcelamiento. De la impotencia del verbo, se sigue la preponderancia del gesto como instrumento expresivo de mayor eficacia. El ensayo de Escalante concluye con el hallazgo de la consecuencia radical de la falta que caracteriza la existencia concreta del hombre, del poeta: el hombre habla, no con lengua mutilada, sino sin ella.
Cinco cumbres de la poesía mexicana de Evodio Escalante:
Tanto he disfrutado y aprendido de los ensayos de Escalante sobre autores de nuestro país como los escritos por Octavio Paz, Alí Chumacero y, claro -sobre poetas clásicos- Rubén Bonifaz Nuño. Modelos. Con el mismo ánimo de interpretar de otro modo lo mismo, el crítico y poeta hace una nueva lectura de la poesía de Manuel Acuña. A partir de la revaloración del romanticismo mexicano, señala significados novedosos de los poemas “Ante un cadáver”, al cual solo podría compararse, en el siglo XX con el “Canto a un dios mineral” de Cuesta y del célebre “Nocturno a Rosario” que, si bien es sensiblero y cursi, también es “sumamente efectivo” y no puede dejar de leerse sin dejar de sentir escalofríos. La dimensión onírica desde la que canta Acuña y el drama edípico -tan sonado y burlado- pero magnificado -el deseo de Acuña no solo es por la madre, sino por el padre, por la casa familiar en conjunto- se encuentran en estratos hermenéuticos a los que Escalante penetra con hondura. Si bien, el mayor elogio que recibe el coahuilense viene de don Marcelino Menéndez Pelayo, gracias al ensayo “Manuel Acuña y los abismos del pensamiento”, podemos leer la poesía de Acuña sin los prejuicios, olvido o descrédito a los que la crítica la constriñen.
Si la poesía es “una investigación sobre ciertas esencias -el amor, la vida, la muerte, Dios- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de él ciertas esencias” como apunta José Gorostiza en sus “Notas sobre poesía”, Escalante quebranta el lenguaje en el ejercicio de la creación intelectual en varias modalidades: de la escritura poética y de la crítica literaria. Quebranta el curso ordinario de la crítica, el sentido de la crítica, la desenmascara, la descubre cuando intenta disimular su radical condición autoritaria, como señala con índice de fuego desde el sinsabor, la inautenticidad y hasta el plagio, marca las puntas sobre las íes donde tal o cual autor debió hacerlo. En su poesía, nos permite ver al otro y en sus textos críticos emerge la claridad del ser, además de indagar, señalar, precisar las formas en que podemos ver las esencias de las que habla Gorostiza en los autores cuyas obras ha comentado.
Al principio de “El dios en el precipicio. La poesía de Manuel José Othón”, el crítico-poeta lanza la diatriba sobre la ubicación inicial del poeta, si del lado de la armonía y del lenguaje o en la orilla de lo contingente y de la historia. ¿Podríamos sondear la solución a este dilema en la poesía del propio Escalante?
El poeta tiene que escoger entre el orden de las palabras y el vértigo de los acontecimientos. Esta es la petición que se le hace y cuyo conflicto está representado por el autor de “Noche de Walpurgis”. La lectura a la luz del psicoanálisis que hace Escalante, descubriendo la imposición de la ley del padre y la mórbida aversión a la mujer en “El canto de Lodbrock”, para rematar señalando la impotencia del autor en “Idilio Salvaje”.
A la luz de ciertos planteamientos de Foucalt, Canetti y Bataille, Escalante distinguen los rasgos mórbidos y siniestros en la escritura del potosino de quien se inquiere si no acaso, su cercanía a la modernidad es directamente proporcional a su oposición al espíritu de su tiempo, lo cual el propio Escalante advierte el carácter paradójico del planteamiento pero que resuelve a lo largo del ensayo. La ascendencia alemana de Othón, así como la relación de Acuña con su familia, son aspectos de la vida personal de los autores que Escalante aprovecha como punto de partida para enhebrar sus tesis, para robustecerlas y, aún más hacer más atractivos estos estudios literarios, con esa sazón biográfica que seduce al lector incipiente como cautiva al lector más eficiente con sus descubrimientos hemenéuticos, lo que salen de la lectura directa de los textos, pero no solo desde la óptica literaria, sino a la luz de varias disciplinas, que le permiten leer, interpretar con más amplitud los textos, estableciendo un diálogo con los poemas, no muy lejos de George Gadamer en Poema y Diálogo.
Escalante distingue la estabilidad de los clásicos contra la negación de los románticos, y las consecuencias de la correspondiente tensión entre perspectivas en la modernidad.
“Es de sabios cambiar de opinión”, reza el adagio. Escalante actualiza su interpretación de Muerte sin fin a partir de la recepción de unos manuscritos de Gorostiza en lo que se apunta -puño y letra del poeta- títulos a cada uno de los cantos.
Por su parte, al hablar de Jaime Sabines, inicia su ensayo “La subversión arcaica” con una sentencia que podría suscitar la sensación similar a estar frente a lo insólito y la satisfacción al comprender por vía de la argumentación del ensayista esta propuesta: el poeta de origen libanés nacido en Tuxtla Gutiérrez, (es) “uno del que olvidamos todos los tropiezos acusables, estigmas en otros autores, no pertenece a la tradición poética mexicana”.
Los estudios, múltiples ensayos o libros monográficos sobre la poesía de José Gorostiza, Jorge Cuesta, César Vallejo, Manuel José Othón, Manuel Acuña, Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño y, por supuesto, Octavio Paz, siempre desde la perspectiva “escalantiana” conforman una colección de hallazgos, de búsquedas, ascensos y descensos. Sin lugar a dudas, especificarlos rebasa el límite y la finalidad de la presente celebración.
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