Camila Charry. Colombia

camila-charrylAdalber Salas Hernández afirma: “La voz de estos poemas nos presenta un cuerpo fundado por su negatividad, incapaz de plegarse a la norma: con cada verso va inspeccionando sus bordes, intentando redescubrirlo, sorprender sus zonas inexploradas.”

 

CAMILA CHARRY NORIEGA

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Camila Charry Noriega nació en  Bogotá, Colombia. Es Profesional en Estudios Literarios y trabaja como profesora de Literatura. Tiene  publicados los libros de poesía: Detrás de la bruma del 2012, editado por la Fundación Común Presencia, Colección Los conjurados, El día de hoy del 2013 de Garcín Editores y Otros ojos de El ángel editor del 2014.  Sus poemas y reseñas han aparecido en diversas revistas y magazines del país y el exterior, siendo algunos de sus poemas traducidos al inglés y al francés. Hace parte diversas antologías de poesía y ha participado en Festivales y recitales de poesía en su país y fuera del mismo.

Del libro Otros ojos El ángel Editor, Ecuador: 2014

1.
Danza el escorpión entre el fuego con la muerte.
Erige monstruoso su cola como otro monstruo
sobre su cabeza.
La sombra proyectada en la arena
es la imagen de una lucha triste
y el abisal eco de una agonía silenciosa
que solo él ve.

Para mi amiga Ángela

2.
Bajo el sol violento de la sabana pastan las vacas.
Entre la neblina que asciende
son aparentes montes que se deslizan
en medio de la hierba crecida y despojada
de su vuelo.
          Miran todas hacia el mismo rincón de la mañana;
inocentes creen
mientras rumian
estar destejiendo su destino.

4.
Al otro lado de la sombra
y desde la calle serpenteada
por la luz de los faroles
un perro aúlla.
Presentimos lo invisible;
su sangre se ha helado
y entre visiones que le son ajenas
riñe con el tiempo
su receloso corazón animal.

5.
Todo es lluvia
ruido como de huesos que se parten
bajo la opacidad de la tarde.
Buscan las aves entre senderos misteriosos de agua
en el cielo
una rama dónde anclar.

11.
Una mosca zumba en la claraboya
impertinente se lanza a su cacería ciega.
Desprecio su tonto divagar entre la mesa
la ventana y la tarde; 
su vida
tan similar a la mía.

12.
Respira hondo el toro herido
y su hocico dilatado es como la noche.
Todo es sed en él
su bramido
su pesado paso entre fantasmas
sus brillantes ojos
calcinados por el aire que sale de su boca.
Como la noche
su hocico sangra sobre la verde hierba.

14.
Sin órganos calientes
la araña
come sobre hilos brillantes
la carcasa de la mariposa.
Sin embargo todo sigue siendo la vida
bajo la lengua fría del hambre.

20.
Se abre la tarde; un río.
En su hondura vacilan mis ojos
que temen la entraña de la tierra
su lengua que lamerá mi vientre
y me vaciará de memoria.

21.
Mi carne es tu carne padre
desde ella imagino tus ojos jóvenes enamorados de mi madre
en ella laten mis palabras que no aciertan a rasgar el tiempo
mi temor a la oscuridad, hace tanto
deslizándose por la madera de la casa.
Ahora mi carne envejece
y mi corazón se tuerce de esperar;
entre sus vetas arden viejos amores
reptan los deseos que jamás pronuncié,
entre ella oigo tu voz áspera y lejana
que me parte en dos.

31.
Mi madre extraña a su madre que se fue hace años.
Corta el tomate y la cebolla
desde su silencio más triste
esperando una lágrima o una aparición.

36.
Murió, la semana pasada, mi perro.
Lo simple reconoce en el espíritu su morada.
Pasan los días y sus noches, le oigo aullar desde su paz.
Desde mis manos, la ausencia de su hocico
cubre el sitio donde durmió.
Bajo la lluvia todo parece menos cierto
y a veces un temblor en mi puerta
me obliga a creer que me sigue
que olfatea mi tristeza y busca mi mano
para lamerla otra vez.
Eso quiero creer
porque la bondad del mundo no puede ser tan poca
porque reconozco su vida, la que fue
como una señal cierta y firme
de una voluntad que acerca, definitivamente,
lo poco del mundo que de verdad nos premia.

A Enrique

41.
Mi mano toca tu mejilla
busco con la lengua la humedad de tu boca
y vuelvo a ser carne sin noche
sin espinas.

 

 

Receloso corazón animal

Por Adalber Salas Hernández

Hay amplias zonas de nuestra anatomía que han sido profundamente dañadas por el quehacer poético. El cabello, los ojos, la boca, las manos, la piel entera: todos ellos dañados por la erosión que producen siglos y siglos de palabras, tallados a la fuerza hasta volverse irreconocibles. Cuesta pronunciar sus nombres escuchar eso que vemos en el espejo. Se han vuelto eso que llaman lugares comunes, espacios de nuestro imaginario que se han calcificado, endurecido, hastiado.Sin embargo, se trata de nuestro cuerpo, permanentemente dedicado al cambio, resistente a estas formas de osificación simbólica. Toda anatomía es irremediablemente imaginaria; empero, no por ello debe ser fija, inamovible. Al contrario: el cuerpo nos proporciona constantemente materia para remover y renovar nuestro universo simbólico. Su topografía, ese mapa íntimo que traza los límites de nuestra vida, está repleto de caminos que nos reclaman.

       No sería exagerado afirmar que el órgano que más ha sufrido por este proceso de solidificación es el corazón. Lo cual no debería sorprendernos: es ruidoso, tiende a cambiar de comportamiento y resulta evidentemente importante para el funcionamiento del organismo. Aún así, es una víctima innegable del lenguaje. Se lo ha fijado de manera casi irremediable, haciéndolo el signo unívoco de la pasión amorosa. Gracias al marketing, a la publicidad, a la televisión, a cierto cine y a la literatura barata y floja, el corazón se ha vuelto incapaz de significar otra cosa. Uno de nuestros órganos fundamentales pareciera condenado a una mezquina vida imaginaria.

       No obstante, hay excepciones, espacios donde la poesía misma, responsable de este abuso, otorga al corazón un nuevo modo de ser. Tal es el caso del poemario Otros ojos, de Camila Charry Noriega. En él, nuestro órgano apenas es nombrado, pero cuando aparece, el lector de golpe comprende: es la imagen clave de todo el libro. Se trata del verso que también da título a este ensayo, receloso corazón animal, perteneciente a uno de lospoemas del conjunto. Todos los textos que conforman el libro están entregados a la tarea de dibujar los límites del sujeto que los escribe, comparándolo con figuras animales, poniéndolo a prueba en escenarios de profundo erotismo, examinando y reformulando su humanidad.

       Este corazón, suerte de cifra secreta del poemario, es animal, hecho biológico craso, con medidas, volumen, pulsaciones por minuto. Un órgano que no posee un sentido, sino una función. Que sirve para algo, pero no dice nada. Que bombea sangre, marca un ritmo, pero no cuenta el tiempo ni se preocupa por los relojes. Este corazón animal nos permite entender la tarea que Charry Noriega emprende en Otros ojos, y que ya el título insinúa: observarse con una mirada ajena, extrañada, que le permita entender su calidad de ser humano desde lo animal –no por oposición, sino hallando un común acuerdo, una especie de tierra común.

       En los animales que recorren estas páginas, nada recuerda a las fábulas. Los textos de Charry Noriega no poseen moraleja, no tienen afán pedagógico. Se esfuerzan por crear, en el texto poético, una zona de indistinción entre lo humano y aquello que no lo es, poniendo con ello en tela de juicio nuestra noción misma de naturaleza. No es fortuito que para realizar esta operación escoja el poema: de todas las modalidades –y modulaciones– de la lengua, ésta es la que se sostiene en sus propios limites, en la reelaboración constante de sus fronteras, colindando con lo inexpresable. Así, esta inquisición en la existencia humana es también, forzosamente, la formulación de una pregunta en torno a las capacidades del lenguaje para representar a quien lo habla.Su particular dicción poética, descarnada, contenida, realiza una suerte de recorrido que la lleva desde un lugar que podríamos llamar mundo, pasando luego por el espacio doméstico, para alcanzar finalmente el propio cuerpo, encontrando también en él un reducto de opacidad, una extranjería inexpugnable.

       El eje de esta alteridad es el cuerpo, pero no visto desde aquellos lugares comunes a los que me refería al principio, formaciones imaginarias que lo fijan, que lo vuelven seguro, transitable. La voz de estos poemas nos presenta un cuerpo fundado por su negatividad, incapaz de plegarse a la norma: con cada verso va inspeccionando sus bordes, intentando redescubrirlo, sorprender sus zonas inexploradas.

       Charry Noriega abandona las capas superficiales de las leyes que nos regulan para alcanzar nuestros estratos más profundos, menos visitados, usualmente ocultos. Aquel receloso corazón animal que mencioné sostiene allí su pulso, persiste en su latido, recordándonos que no tenemos que conformarnos con lo que se nos ha enseñado que somos, que existe una complicidad con el mundo que nos rodea, animado o inanimado, animal, vegetal o mineral, que nos permite reimaginarnos, devenir –para usar una palabra cara a Deleuze– una criatura ajena, distinta: dar una nueva configuración a nuestro universo simbólico. Movilizar los límites de lo humano, hacerlos difusos, transformarlos en puertas hacia lo ignoto, hacia la existencia en un sentido pleno, como dice en otro de sus poemas: todo sigue siendo la vida / bajo la lengua fría del hambre.

 

 

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