Alfredo Fressia. Paul Valery en su tierra

cementerio-marinoRecientemente, Fressia fue invitado a Sète, la ciudad natal de Valery. Allí expuso su visión del poeta francés bajo la óptica latinoamericana de Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges, y la suya propia.

 

 

UNA CHARLA EN EL MUSEO PAUL VALÉRY DE SÈTE

VALÉRY POR BORGES

Alfredo Fressia

Alfredo Fressia
Alfredo Fressia

            Estaba en casa de amigos poetas en Río de Janeiro cuando recibí la invitación del Museo Paul Valéry para venir a Sète en este septiembre 2012 a participar de las Deuxièmes Journées consagradas a la “inmediata contemporaneidad” de Valéry. Como poeta, vine a su puerto natal a leer mis poemas, introduciendo mi lectura con un breve “Regard de poète”, una “mirada” sobre Valéry desde Latinoamérica y su historia. En la indolencia tropical de la ciudad –yo que vivo en una ciudad más bien febril como São Paulo- pensé que me bastaría una pequeña investigación sobre las relaciones que Valéry había construido con los escritores de América Latina de su tiempo. Y continué mis morosos paseos frente al mar con mis poetas de Río.

Fue solamente a mi retorno a São Paulo que pude verificar la inmensidad de esos lazos que Valéry había tejido con Hispanoamérica, sus poetas, sus narradores, sus intelectuales. Debía elegir un texto que pudiera revelar la contemporaneidad de Valéry en mi continente. Tenía frente a mí un océano –de nuevo un océano, pero literario esta vez-, un océano de cartas, de reportajes que el poeta había respondido aplicadamente (por ejemplo, el de la revista Síntesis de Buenos Aires, Año II, número 21, febrero 1929), poemas, ensayos consagrados a él. Entre esos ensayos, casi escogí uno de Alfonso Reyes, el pensador mexicano, que cita justamente las respuestas de Valéry a Síntesis. Es “Paul Valéry contempla América”, que integra el libro Ultima Tule, Imprenta Universitaria, México, 1942. Es realmente un texto abundante de ideas, exuberante como el mismo Reyes.

Terminé por elegir el elogio que Jorge Luis Borges publica en 1945, dos meses y medio después de la muerte de Valéry. Se trata de “Valéry como símbolo”, publicado primero en la revista Sur y que le autor incorporó después a Otras Inquisiciones. Pensé que ese texto borgiano daba una idea justa de la presencia de Valéry en América Latina, que en cierto sentido abordaba el tema de esa contemporaneidad que nos reúne hoy y que mi “mirada de poeta” se encontraba bastante expresada por el texto.

Valéry falleció el 20 de julio de 1945. El número 132 de la revista Sur, en octubre de 1945, presenta un dossier sobre el poeta que incluye: une Ofrenda de Jules Supervielle ; Paul Valéry de Victoria Ocampo ; Valéry como símbolo de Jorge Luis Borges ; Valéry y sus temas de Emilie Noulet ; Apuntes de Herbert Steiner ; Lamparilla a Paul Valéry de Pedro Salinas; Variaciones de una durmiente de Jorge Guillén ; la traducción española de dos poemas de Charmes hecha por Rafael Alberti ; un pasaje de Mi Fausto de Valéry (La señorita de cristal, Acto II, Escena V) y Cartas de Paul Valéry a Victoria Ocampo.

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La idea de una Europa « crepuscular » (el adjetivo es de Borges), opuesta a un mañana americano (“aurora americana” es una expresión que se repite con frecuencia en los años 20 y 30) resulta una de las ideas revisitadas de la época, una idea en el “aire del tiempo” que se encuentra en el pensamiento de los contemporáneos de Valéry (como Alfonso Reyes en ese ensayo donde “Valéry  contempla América”), y en el mismo Valéry, por ejemplo en sus Regards sur le monde actuel de 1931. En todo caso, cuando nos situamos en 1945, debemos tener en cuenta la enorme asimetría que representan una Francia devastada al fin de la guerra y una Argentina entonces próspera y hasta opulenta. Hacía tiempo que la obra de Valéry había atravesado el océano y merecía, en la rica y moderna Buenos Aires, un dossier compuesto a una velocidad que parece milagrosa aun hoy, en los tiempos del e.mail.
En el texto de Borges, Valéry está presentado, desde el comienzo, como “símbolo” de tres dimensiones que lo oponen, dice Borges, al americano Walt Whitman: «Valéry es símbolo de infinitas destrezas pero asimismo de infinitos escrúpulos; Whitman, de una casi incoherente pero titánica vocación de felicidad; Valéry ilustremente personifica los laberintos del espíritu; Whitman, las interjecciones del cuerpo. Valéry es símbolo de Europa y de su delicado crepúsculo; Whitman, de la mañana de América.”

Por cierto, esa imagen de un Valéry escrupuloso, habitante de los laberintos del espíritu en el crepúsculo europeo no resulta especialmente original, sobre todo para los cultivados lectores de Sur. Más bien, la originalidad reside en el hecho de que “une” a esos dos poetas en principio tan distantes entre sí, a saber: « la obra de los dos es menos preciosa como poesía que como signo de un poeta ejemplar, creado por esa obra.”
Es decir, Borges destaca la idea del poeta creado por la obra y no la obra creada por el poeta. Dicho de otro modo, la obra de Valéry resulta lo bastante poderosa como para crear una personalidad, un “Paul Valéry” que sobrevive al Paul Valéry biográfico que acababa de morir cuando Borges le erige su elogio. “Tel qu´ en lui-même enfin (la obra poética) le change »…, diría yo, si me fuera permitido el juego parafrástico con el célebre verso de Mallarmé (“Tel qu´en lui-même enfin l´éternité le change”), el verso que abría el “Túmulo” de otro poeta americano, Edgar Allan Poe en el caso. Ese yo construido y elaborado de los poetas escapa a los avatares del yo “privado”, un yo que podría pertenecer a la narración, a la novela, pero que poco o nada tiene que ver con el discurso poético, nacido bajo el signo de la síntesis y por eso mismo opuesto al universo de las prosas narrativas (entre otras, la novela, el psicoanálisis, la autobiografía). En todo caso Borges atribuye a ese Paul Valéry creado por su obra una “misión” ejemplar: “Proponer a los hombres la lucidez en una era bajamente romántica, en la era melancólica del nazismo y del materialismo dialéctico, de los augures de la secta de Freud y de los comerciantes del surrealismo, tal es la benemérita misión que desempeñó (que sigue desempeñando) Valéry.”

Se trata ciertamente de un repertorio general de las obsesiones (para no decir los demonios) de ese Borges de 1945, a saber el nazismo, el estalinismo, el psicoanálisis (una “secta” de adivinos) y los “comerciantes del surrealismo”, todo encuadrado en “una era bajamente romántica”. Tal vez en 2012 nuestras relaciones con el psicoanálisis y con el surrealismo sean menos asustadoras. En cambio, en América Latina podemos ver en la “era bajamente romántica” una poesía que sufre de una primera persona puramente biográfica o de los excesos del compromiso político, incluyendo en esto a la muy militante literatura “de género”. Es claro que son temas totalmente legítimos. Lo que no resulta estéticamente legítimo son las soserías “políticamente correctas” que se encuentran con demasiada frecuencia en ese tipo de productos literarios. Por lo demás, los excesos de semejante retórica terminan por volver anodino el compromiso social propuesto y por eso mismo empañan la literatura resultante.

Borges acaba su elogio por un cuádruple “símbolo”. Leeré ese párrafo final pero les pido que reflexionen sobre todo en el segundo: Valéry es un poeta “que trasciende los rasgos diferenciales del yo”, “He is nothing in himself”. Es lo que yo querría que ustedes dijeran cuando acabe la lectura de mis poemas: ese hombre que viene de los confines de América del Sur, ese uruguayo que vive en el Brasil no es nadie, es un poeta. 
El párrafo final de Borges: «Paul Valéry nos deja, al morir, el símbolo de un hombre infinitamente sensible a todo hecho y para el cual todo hecho es un estímulo que puede suscitar una infinita serie de pensamientos. De un hombre que trasciende los rasgos diferenciales del yo y de quien podemos decir, como William Hazlitt de Shakespeare: He is nothing in himself. De un hombre cuyos admirables textos no agotan, ni siquiera definen, sus omnímodas posibilidades. De un hombre que en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden.

 

 

2 comentarios

  1. Annie Salager