Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946)

El mexicano Margarito Cuéllar realiza un ejercicio de aproximación a uno de los poetas más relevantes de la escena lírica de Colombia e Hispanoamérica al mismo tiempo nos conduce por la poesía de un país que le resulta tan entrañable.

 

Roca: Un ciudadano de la noche

Margarito Cuéllar

Margarito Cuellar
Margarito Cuellar - Foto: Gabriela Bautista

En la tradición de la poesía colombiana, hay nombres cuya obra por lo menos a mí como lector me han aportado lo suficiente, unos más cercanos que otros, entre ellos: José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Jorge Zalamea, Eduardo Carranza, Aurelio Arturo, Luis Vidales, Fernando Charry Lara, Rogelio Chavarría, Jaime Jaramillo Escobar, Héctor Rojas Herazo, Mario Rivero y Jotamario Arveláez,  por hablar de varias generaciones que se enlazan o se apartan, y que tienen su época dorada en la historia de la poesía colombiana de los siglos XIX y XX.

Ellos serían el equivalente a nuestros Manuel Acuña y Ramón López Velarde; a Contemporáneos, Taller, a Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño, Alí chumacero, por lo menos como referente histórico. Incluso entre algunos de ellos, se dan ciertas correspondencias; sucede por ejemplo con algunos poemas de Eduardo Carranza y de Octavio Paz, quienes además nacen en el mismo año, 1914.
Los años setenta son, a mi entender, una época de irrupción, de novedad, de provocación en cierta forma para la poesía colombiana. Han saltado al escenario los poetas de la Generación Perdida, nacidos en los años 40 y cuya artillería la encabeza nada menos que Juan Manuel Roca, Darío Jaramilllo Agudelo, María Marcdes Carranza, Fernando Garabito, Juan Gustavo Cobo Borda.

Tarea complicada para un grupo de poetas que además ni siquiera son grupo, tienen en común haber nacido en la misma década, y quizá entre ellos tienen más divergencias que coincidencias, pues en cada uno de los nombres que he señalado las poéticas varían de un extremo a otro. Complicada porque atrás de ellos estaba una generación que se fue dando a conocer como la vanguardia de la poesía colombiana a través de estruendosos manifiestos distribuidos en algunas ciudades del interior de Colombia, como Cali y Medellín, posteriormente, según las memorias de Jotamario Arveláez, habrían tomado y conquistado Bogotá.

Salvo contados casos, parte de la obra poética  de Jaime Jaramillo Escobar, quien firmaba como X-504, Jotamario Arbeláez y Armando Romero, los manifiestos estaban muy lejos de incomodar a las buenas conciencias de la época; hablo de los turbulentos años sesenta. De todas formas los nadaistas se fueron haciendo un mito, y ese mito estaba vigente, según yo, cuando irrumpe la Generación Perdida, que en realidad no resultó tan perdida, pues hoy en día vemos que algunos de sus bastiones, María Mercedes Carranza por ejemplo, si bien no alcanzó a consolidar una obra, sí deja un patrimonio poético digno de respeto. La de Darío Jaramillo es también una obra en ascendencia y que sigue dando sus mejores frutos.

Juan Manuel Roca

Caso aparte es el de Juan Manuel Roca. Y en poesía, los casos aparte suelen dividir las aguas de los ríos: adquieren simpatías y diferencias, en el caso de Roca no podría ser la excepción. Y no porque Roca se lo haya propuesto así, sino porque en un país que ha pasado por todo tipo de guerras, violencia extrema, ya por parte del Estado hacia su gente, los paramilitares, las distintas guerrillas desde las Farc al M-19 y el ELN. El Bogotazo mismo es un parteaguas que cimbra a un país, Roca me dirá si estoy equivocado, donde los poetas son capaces de guardar para sus colegas los rencores más absurdos, los odios más enconados, las disputas más tristes, las infamias y las calumnias más encarnizadas. ¿Por qué? No acabaríamos nunca si seguimos por esta línea. Y sería desperdiciar la oportunidad de escuchar a un poeta cuya obra, desde los años setenta, a golpe de martillo y de picar piedra, se consolida como una de las voces más sólidas de su país. “Roca es el poeta de Colombia”, me decía Marco Antonio Campos. Y vaya que Colombia es tierra de buenos poetas, eso ya lo digo yo.
Buena época la de los años 70 para la poesía colombiana. Luna de ciegos, de Juan Manuel Roca, se publica en 1975; aunque dos años antes se arrojó con Memoria del agua. Y todavía antes, Antes, en 1973, habían empezado a circular Este Lugar de la Noche de José Manuel Arango, Combate del Carnaval y la Cuaresma de Raul Henao; Libro del Encantado de Gioanni Quessep, salió en 1978.

Como podrán comprobarlo quienes lean Ciudadano de la noche, libro que se publica por primera vez en 1989, y La farmacia del ángel, de 1995, reunidos pulcra y dignamente por Posdata Ediciones y la Universidad Autónoma de Nuevo León en un solo volumen, Roca es un obsesivo del lenguaje, revitaliza a la imagen dotándola de frescura, capacidad de asombro y profundidad; si fuera sólo forma con eso bastaría, pero no es así. Y en las historias, nocturnas en la mitad de este libro, mas no oscuras, provee de una luminosidad pocas veces vista, “las flores braile de remoto perfume”, tal y como lo hace sentir y ver en “Biblioteca de ciegos”. Nos hace ver la infancia, más que como una reminiscencia o un lamento, como un cuadro en movimiento, una pantalla por la que pasa un cuadro tras otro tal y como se vivía aquel momento: de manera vertiginosa.
La presencia de Nadie está en ambos libros, la magia de abrir un libro y las puertas que se cierran al cerrarlo. Ciudadano de la noche, Roca, sobreviviente del mar de los augures, lector de lluvias, sabe, lo sabía desde entonces, que en la punta de un puñal cuelga un grito, y que “ningún puñal de sombra tan hiriente/ como la larga ausencia de tu cuerpo”.

Juan Manuel Roca Foto: JAL

Roca es un renovador de la poesía latinoamericana. A lo dicho anteriormente agreguemos su ironía, que suele encender la ira de los  críticos de mala leche, su capacidad para hilar una poética de los sueños, cierto desencanto a la hora de dibujar el mapa de su país y capacidad de absorción para darle fuerza al poema mediante la puesta en marcha de fantasmas como César Vallejo, José Guadalupe Posada, a nuestro Juan Rulfo, y lo digo no solo por uno de los poemas finales de La farmacia del ángel, “Oración a nuestra señora de Comala”, sino porque la atmósfera rulfeana parece respirar en algunas zonas de su obra literaria, quizá no sólo en su poesía.
El tiempo, la patria, los fantasmas de la memoria, las tinieblas, los espejos, el miedo, personajes extraviados o iluminados como Rimbaud o Vallejo mismo, son los pobladores de una poética de lo inusual, siempre sorpresiva, que no busca sorprender pero que siempre sorprende.

Paralelo a sus temas a los que siempre regresa con nuevos bríos, una realidad que apabulla, un país en llamas permanentes. Ciudadano de la noche y La farmacia del ángel no es el primer libro de Roca en México, su poesía tiene en este país un buen número de seguidores, yo entre ellos, que desde 1999, año en que tuve contacto con su poesía, le sigo los pasos. Gocé enormemente, Biblia de pobres, libro con el que ganó el premio Casa América hace algunos años, se lo dije y lo reafirmo aquí, sin otro afán que el de reconocer en él a un hermano mayor, a un poeta, a un amigo.

Monterrey, NL,
Octubre 26 011

 

 

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