Pablo Antúnez. Oaxaca-Durango, México, 1982

pablo-antunezDe “Mi casa se ha vuelto ave” son los poemas que este joven poeta nacido en Oaxaca y radicado en Durango expone a los lectores de La Otra.

 

 

Pablo M. Antúnez

Es autor de los títulos “El amor es una bestia sin huesos” (2008) y “Mi casa se ha vuelto ave” (2011). Varias revistas han publicado sus obras, entre ellas, la revista del Instituto Nacional de Bellas Artes de la Ciudad de México; Replicante de Guadalajara, México; Gavia de la Universidad de José de Caldas de Bogotá, Colombia; Paralelo 30 (Portugal-Brasil); la revista trilingüe ILA-To de la fundación Cross-over y muchas más. Poemas de él han sido traducidos a otros idiomas.

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MÁS AZUL QUE TODOS LOS CIELOS JUNTOS

 

I

yo tuve un abuelo
que predicaba su muerte con un violín
por las avenidas de mi infancia

un día
cuando mi cielo estaba más azul que todos los cielos juntos
mi abuelo se cansó de mirar a los pájaros pardos
que sólo él veía con sus ojos de abuelo

la vejez
-esa rabia telúrica de los mortales-
le injertó demasiadas fantasmas a sus ojos
y fue la flecha más inhumana para mi niñez

llevar su nombre bajo la piel     no es fácil
despertar cada mañana
sin la bofetada de su voz caliente
es resignarse a vivir de rodillas
                                               sin su música

 

II

hay un calabozo de resignaciones que calcina poco a poco
mis pies y manos
¿qué duda cabe en la fe
cuando  Dios nos asigna un punto en el tiempo sin derecho a elegir
siquiera nuestra propia  tragedia?

ni hablar
mi abuelo me enseñó a masticar la lluvia de la vida
                                         dormir sobre la lumbre  ciencia-fe
aunque la fe
es un volcán en erupción que nos  traga
nos desnuda
y nos arroja  lejos de sí

¡me ha dolido la piel estúpida!
como si la muerte se anidara en mi boca
como si preparara una nueva embestida desde mi costado
para arremeter contra mi abuelo
tal vez la lluvia de tulipanes que cae en las madrugadas
borre la herida
para no arrastrar al mundo
ni sus templos funerarios

tal vez la mirada de la orquídea más divina
me duerma despacio
para no sentir
cuando el paraíso ardiente
se arroje sobre mis costillas

 

III

abuelo
          ya no hay pájaros pardos
          se han ido contigo

ya no buscaré la otra cara de la lluvia
ni las ciudades levantadas por los jejenes

ya no hay agua
que no sea imagen de tu patria
mar de angustia o sal de muerte

hoy
sólo tienes conciertos y miradas para Dios
nadie se arrastra en tu pozo de ausencia
                                                                si acaso tu violín

no es suficiente ser artesano de la mentira
para borrar tu música o tu rostro

abuelo
alguien te ha retratado
una lluvia
         una orquídea
                            un ángel
                                   alguien que te sabe masticar en mi memoria

renunciaré ser el adán sin costilla
quizá no tiene importancia serlo
hay otras locuras
caos que calan más en esta tierra prometida de la biblia
                             el olvido de Dios
                             puede ser más penetrante
                             que todos los abismos imaginados
tu ausencia es muy ancha

y aunque una reliquia divina me arrulla
el tiempo rueda quedito sobre mi pecho
               pequeño animal
               que me cura el rostro de la soledad
               agua loca que me traga
               cuando olvido la carne hecha polvo
en esta tierra petrificada por los ángeles justicieros

y tu sinfonía
esa música que dejaste en tu aposento
y luego
arrancaste mis orejas
debe ser enterrada en la última casa del cielo

tus manos sobre mis hombros
y tu sonrisa de abuelo
que ya es risa de muerte
deben ser incineradas junto al vino del olvido

abuelo
debo construir un altar para tu escapulario
la insignia de tu rostro
ahora será el rostro fúnebre de tu fe

lo sé     lo sé
cada invierno tendré que añadirle un ladrillo

abuelo
desde que te fuiste
¡cuántas melodías se han entonado!
todas llanas     todas  iguales
todas negras e inútiles
¡cuántas aves han volado!
todas sucias
y sin cabeza

los versos de la biblia
que tus anteojos recitaron
ahora son
escondites de tus días

¡oh! Dios
y tus miradas
en aquellas ventanas
yo tendré que romperlas con mis lágrimas

¿en cuál jardín me dormiré ahora?
¿en cuál ciudad construiré mi cabaña?
¿en qué avenida sembraré el rosal que me dejaste
para no escuchar más tu música
que como un temblor rabioso
ahuyenta  mi paz angelical?

tu recuerdo de abuelo me aprisiona
en esta cuenca feroz de la lluvia
                                                      y no hay barca

 

IV

abuelo
      mi abuelo
                       amigo
                               hermano
de rodillas llegué hasta tu tumba
y arden las casas de papel que ya son noticias
que se desenrollan poco a poco en mis pupilas

las promesas se levantan en gesto de oración
sobre los arrecifes del dolor
las penas en manadas se arrojan sobre mi rostro
y me encajan sus garras hasta mis huesos

¡ay!      ¡ay!
cómo muerden las espinas de tu ausencia
ésas espinas me odian demasiado

los girasoles en huelga marchan en tu jardín
y los claveles
almuerzan tus recuerdos
las aguas
te preparan el último adiós
con las miradas de un Cristo crucificado.

 

Primer capítulo del libro “Mi casa se ha vuelto ave”, colección “Textos para leer en  las plazas  (Instituto de Cultura de Durango,  2011)

 

 

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