Omar Ortiz Forero

ortiz foreroDe su reciente libro, Cequia grande, publicamos aquí algunos de sus poemas.

 

 

Omar Ortiz Forero, Bogotá, Colombia, 1950

 

CEQUIAGRANDE

 

Cuando la ceiba muda sus hojas,
las piedras repican una risa escondida.
Es verano,
 la mañana se abre con la jocunda luz
de las veraneras.
En la tarde,
las muchachas depositan sus espejos
en el río.
Pretenden atrapar los secretos de la luna,
más sólo logran multiplicar las escamas
del salmón que avanza.

A Carolina Urbano.

 

Arte Poética

La poesía es una golondrina. Golondrina que viste falda de colores, tiene sexo, ama, odia, se levanta con ojeras, vive en la acera de enfrente pero irrumpe en mi casa como un torbellino y casi nunca tiene lo suficiente para saciar sus apetitos. Pero vuela, vuela, porque de lo contrario se torna estática, de bronce. Y este pesado elemento sólo existe para que lo caguen las palomas. Por eso cuando me envuelvo en el traje con el que burlo a mis implacables acreedores, mi ojo descubre esa imperceptible manchita que disparada al cielo hace que el mundo sobreviva, y te escriba. 

 

HOMENAJE A LEONARD COHEN

Mas que la nieve circula el polvo blanco
en este invierno de Times Square.
Los enganchados,
muestran carteles sucios de malos sueños.   
Si armas un porro o bebes de la botella
pueden darte un golpe en los testículos
o condenarte a cadena perpetua.
Si usas una jeringa nadie parece notarlo
hasta que convulsionas como Janis Joplin.
Pasa un viento helado por Times Square,
deben ser las tripas de los mejicanos muertos
camino a Texas las que refrigeran los canticos
de San Patricio.
Pero nadie quiere a los mejicanos,
pongamos mejor una ofrenda floral por los caídos en Irak.
De los talibanes y las burka de sus mujeres debe provenir
ese aliento gélido.
Hay un olor de alcantarilla en Times Square,
pero los chinos
que se hacinan bajo tierra hacen comestible
el icopor que los jóvenes ejecutivos consumen
a las 12 m en las escaleras que conducen al éxito en Times Square.
Aunque caminemos hasta el final de Harlem,
de visita en la milenaria abadía,
nadie te nombra Susana
y no subiremos a una limosina,
ni menos haremos el amor en un  hotel de Chelsea.
Aun espero la primavera en Times Square.

 

INVENTARIO

Poseo
nidos de pájaros entre los anaqueles de mi biblioteca
y un rico tiempo que los nutre.
Una brizna de hierba que me regaló una muchacha de ojos claros. 
Con ella y con los penachos de la última cosecha de maíz
mis aves construyen sus refugios.
Tengo también un papel que sueña ser un barco
y en él una mano desconocida escribió: te espero.
Algunos versos acompañan mis pertenencias,
pero es mejor no citarlos pues serán otros mañana.
Hay un río, como uno de los bienes por fuera del comercio,
nacido en la lustrosa cabellera de la más joven de las hechiceras.
Además, en el marco de la ventana florece el jazmín
recordando el olor de una vieja fotografía.
Para ser preciso, mi casa del barrio de los salesianos sólo existe,
con su mobiliario y sus espejos, desde el sueño donde la arena dibuja tu cuerpo.

 

OAXACA

 Mientras Araceli lee a Sabines,
María prepara los revoltijos que usará en la limpia.
De la cocina llega un fuerte aroma a chocolate
que pone a salivar al poeta Herrera
quien prepara un mole negro.
La zapoteca me saca la camisa,
me palpa suavemente las costillas y con un puñado
de albahaca esparce sobre mi piel agua de clavelina mezclada con manzanillo,
-Para que los mayores te saquen el chingadazo de Tlacolula- dice.
En el Zócalo, los zapatistas leen a Flores Magón y preparan el sendero de los caracoles.
La mano de María pasa sobre mi cabeza untada de mezcal,
-Para que el señor de los estambres te permita el regreso-agrega.
Por el camino del peyote la otra María, la Sabina, encarna en el nanactl, el hongo sagrado.
De la piedra verde, brotó el árbol y el mundo se posó en su copa,
Santa María El Tule, te invocamos.
El sol anidó en Cerro Santo y la milpa se esparció sobre la tierra.
-No es nada, no es nada. Ya pasará la molestia, hermanito-
me susurra María como cantando.
Del patio, llega la voz de Araceli:

 

Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando,
La hermosa vida”. 

 

ortiz forero
Omar Ortíz Forero
ORTIZ FORERO, Omar. Bogotá, 1950.
Abogado y poeta. Esta radicado en la ciudad de Tuluá donde dirige la revista Luna Nueva. Ha realizado una intensa labor crítica como colaborador del Magazín Dominical del diario El Espectador de Santafé de Bogotá. Ganador del XII Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia en 1995, en la modalidad poetas mayores de 25 años. Su obra se encuentra publicada en siete libros: La Tierra y el éter (1979); Que Junda el Junde (1982); Las muchachas del circo (1986); Diez regiones (1987); Los espejos del olvido (1991); Un jardín para Milena (1993); El libro de las cosas (1995); La luna en el espejo (1999), y Diario de los seres anónimos (2002). Su obra poética, de 1983 al 2002, está recogida en la antología Los Espejos del Olvido, publicada en el año 2002.

 

 

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3 comentarios sobre “Omar Ortiz Forero”

  1. Muy cierto, cuando la ceiba muda sus hojas nos anuncia la llegada del otoño, desnuda se ve ella mostrando su majestuosidad, las piedras gritan la huida de la lluvia, se contemplan sus puas y sus raices en el aire.

    Libertad, viajes entre soplidos del viento, nidos y lugares nuevos nos muestran las aves, sus agiles alas y su continuo pasar entre hojas, frutos mostrando lo lindo que es la vida, comprendemos el valor del vuelo, de su migraje solitario o acompañado.

    Poemas cotidianos nos muestran los conflictos del mundo, sera por tierra, sera por religion, por diferencias de ideas, se matan, huyen, guerras frias o exageradamentes cargadas de balas, bombas, virus, bacterias, vivo reflejo del mundo real en el que vivimos.

    Anaqueles nos muestra la necesidad de un refugio, de un lugar lleno de comida, tierno y seco, tranquilo y el comercio, la humildad, el exilio.

    Entre sabores y aromas nos revelan los lugares divino donde camina el autor, el saber de las tierras, pueblos y el transitar de la gente de manera sencilla ya que se llega rapido, muy rapido a la conciencia.

  2. Cequia grande. ¡Mira nada más! en Durango, yo vivía cerca de la cequia grande, ahora tapada y convertida en carretera.
    Sí, la poseía de Omar, la tuya amigo, me gusta porque está cargada de una sencillez que pesa, que – a mi parecer -casi no se acostumbra ya en los poetas. Al leerla mezclo la vida cotidiana, esa que vivimos así nomás como si nada, y los sueños que me remontan a la magia tan necesaria para levantarse y dormir.
    México te caló en el alma, al menos eso parece y qué bueno, porque dice otro amigo, poeta enamorado hasta el tuétano de Colombia, que nos parecemos.

    Un abrazo, felicidades y gracias por tu trabajo.
    Un abrazo,
    Carmen

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