Yolanda Barrera (Tamaulipas-Monterrey, México)

Yolanda BarreraDe su segundo libro, Mar Abierto, la autora presenta algunos poemas, comentados por Guadalupe Flores Liera.

 

 

Yolanda Barrera

 

Yolanda Barrera
Yolanda Barrera

 

1
Profundo

Abajo
más abajo
mi barco encalla
en el mar-profundo
en el mar-espacio
de los naufragios.

 

= = =

 

2
Mar y ausencia

Tan hondo
es el mar
como tu muerte.
Tú eres
el mar
Padre.
Me hundo
y ahogo
en tu ausencia.

 

= = =

 

3
Aquí no llega el mar
encogió sus brazos
abandonó la tierra
secó los peces.

Solo atravesó la ciudad
rumbo a las nubes
evaporó sus olas
rumbo a la nada
sin alas
abandonó el océano.

Aquí no llega el mar.

 

= = =

 

4
Te regalo el mar
la más profunda rosa
gris
grande
húmeda
flotante
movediza.

 

= = =

 

5
Nudos

Nadie sabe.
Aunque lo hayan
visto caer.
Aunque cargaran
su cuerpo
prestándole voluntad
brazos, pasos, piernas.

Nadie sabe.
Cómo duele
verte inmóvil
sin mirada
ahogado
nadando en sangre
sin ojos
escondido
débil, solo, frío
tratando de respirar
tras la puerta.

Como a ti
nadie sabe
abrazarme
para quitarme
el dolor
para desatarme
el frío.

Nadie sabe
abrazarme
para sacarme
de esta noche
roja
eterna.

 

= = =

 

6
Al Padre Demetrio

Esta ciudad
de calles grises
resbaladizas
de avenidas
que son ríos de gente
apurada
hoy abre sus brazos
a tu muerte
impaciente-fría
un día donde el sol
contrasta ardiente.

¿Pensaste
alguna vez
que ésta sería?
¿Pensaste
que esta ciudad
recibiría
el último respiro
parpadeo
latido
movimiento?

La muerte
llena hoy
esta ciudad
es tu gran iglesia
tierra abierta
con árboles
y pájaros
dolientes
agitando el viento
contando
un gran secreto.

 

= = =

 

7
¿Dónde se esconden las ganas de morir?

¿Cómo se disfrazan
a qué hora se traducen
en una detonación?

¿Cómo cargas ese peso?:
las ganas de morir.

¿Cómo amas
vas al trabajo
miras a tus hijas
a tu esposa?

y las ganas de morir…

¿Cómo amaneces
te levantas
vas al ropero
cargas la pistola?

y las ganas de morir…

Vas al baño
cierras la puerta
cierras los ojos
abres la llave
el agua sale
interminable

y las ganas de morir…

 

= = =

 

8
Espuma

A Francisco José

En mi vientre
olas.
Golpean
moldean
tu cuerpo.
Crece.
Todos los días
el mar
me envuelve
duermo
sobre su piel.
Gravito
en la espuma.

 

= = =

 

9
No

No contaré las horas.
No volveré a imaginar tus ojos
ni el camino de regreso.
Tampoco los días
que podrían faltar
para escucharte.
No tocaré la puerta
no imploraré afecto
ni extrañaré los segundos
en que desviaba tus faenas.
Olvidaré los pasos
recorriendo calles y cuadras.
Guardaré este amor doliente.

 

= = =

 

10
Eclipse

Mi cuerpo-eclipse
oscurece.

Luna
atravesada
acorralada
por la luz negra
del sol.

Mi cuerpo-noche
resplandece.

Cielo rojo
que tras la cortina
de la tierra
abre su centro
calienta
el viento-vientre
tórrida
corona de estrellas.

 

= = =

 

11
Tsunami I

¿Y cómo detienes el mar?

Porque si el mar quiere
crecen sus olas
levanta sus brazos
desborda la playa
ahoga la espuma
se come la arena
los árboles
los niños
los peces.

¿Y cómo detienes el mar?

Porque si lo desea
entra en la ciudad
arranca miradas, murallas
iglesias, escuelas
devora gritos
jóvenes, ancianos
llena sus pulmones
de miedo
de dolor
de agua
de muerte
de tierra.

¿Y cómo detienes el mar?

Si lo decide
ya no cabrá en esta ciudad
seguirá avanzando
ciego, cruel
frío, interminable
inmenso.

 

= = = 

 

12
Tsunami II

Ahí está el mar
y yo ya no quiero verlo.
Aunque vivía dentro
no quiero ver el mar.
No, no subiré más a mi barca
no me deslizaré sobre sus olas
no arrojaré mis redes
no comeré sus peces.

No quiero volver
a ver el mar.

Descansaré
en el centro de la tierra.
Lejos de sus ojos
del filo de sus olas
sus lágrimas.

 

= = =  

 

 

PRESENTACIÓN

mar-abierto

Escribió Gaston Bachelard que la primera visión que el Universo tiene de sí mismo es el reflejo sobre las aguas y que el ser humano al hundir en ellas su mirada ve desplegarse la profundidad de su propia naturaleza. Mar Abierto, de Yolanda Barrera, nos ofrece el producto de la mirada en el mar-abismo interior. Este libro es el relato de una travesía íntima: el largo recorrido de la noche a la luz –marcado por un sinfín de barcos encallados y de esfuerzos frustrados-; el de la lucha por superar la desolación y la pérdida para conquistar la tranquilidad y el consuelo. No es extraño que la autora haya encontrado en el mar el elemento que mejor expresa ese combate íntimo.
La imagen del artista Francisco Larios que precede a los textos, y que resume de manera gráfica el contenido del libro, no es en absoluto gratuita. Ha conseguido captar el momento exacto en el que el tiempo sufrió una fractura y la vida se desvió de su curso de aparente normalidad para convertirse en materia dolorosa. La lectura de Mar Abierto nos desvela la relación de la autora con la imagen de esa niñita de siete u ocho años en el instante en que, acaso interrumpiendo la ocupación más propia de esa edad que es el juego, realiza su primer encuentro casual con la muerte. La chiquilla sostiene entre sus brazos una calavera y sus pies están hundidos en las aguas inexplicablemente quietas del mar; instante de inmovilidad –de perplejidad- que sólo es el preanuncio de los cambios que empiezan a gestarse en su alma. Y es que la experiencia de la muerte y de la pérdida inexorable nos convierte en seres frágiles y desamparados. La imagen de una niña enfrentándose al insonoro misterio de la muerte es tan profunda, tan fuerte, que el mar –que empieza a formarse a sus pies- deja de ser símbolo de movimiento y de vida para convertirse en aguas anegadas, sobrecogedoramente quietas, que alertan ya al lector y lo introducen en el clima de la calidad de la ola que se gesta en el alma de ese ser inocente e indefenso que por primera vez toca el verdadero, el absoluto e impenetrable silencio que se establece entre el vivo y el muerto.
El mar de estas páginas no es la masa arrulladora que acompaña los paseos de los soñadores y de los amantes, el que enmarca el esparcimiento o el reposo, el visto desde la playa, sino el otro, el temible, el feroz, que conocen quienes se han hecho a la mar para buscarse el destino. Ni su sonido es el acariciante de la ola sobre la arena, sino el que azota como un látigo los arrecifes y los acantilados, el que destroza y hunde los barcos, el que se sale de sus márgenes y destruye la tierra a su paso, igual que un puño desesperado que llama a una puerta que no se abre.
Pero es que el mar de Yolanda Barrera no es tampoco el mar físico, sino uno personal, formado por el luto y el llanto. Personifica la soledad; la insistencia en la interrogación; el abismamiento en el dolor sin explicación; el movimiento palindrómico de la vida en sus instantes de tensión y de serenidad; el temor a la exploración de la fuerza propia y de las debilidades; el amor mismo manifestándose en sus diferentes formas, según el instante y según el destinatario. Hay que señalar, por cierto, que las figuras femeninas de su vida están ausentes en este libro, apenas sugeridas, y que incluso su mar no es la madre generadora ni la mar-madre de los pescadores que en ella depositan su vida y su manutención, sino que se trata del mar en sus fases más terribles, elemento poseedor de los atributos que tradicionalmente caracterizan al varón aguerrido.
Con todo, es necesario decir que Mar Abierto es un libro que fundamentalmente nos habla del amor. Sólo que el tapiz de su amor es tan denso y los hilos que lo forman están tan apretadamente tejidos que es necesario leer muy despacio. Un amor, sobre todos los otros, gravita dolorosa y oscuramente sobre el panorama de sus afectos, y la flama y la urgencia con que lo requiere es tan ardiente que éste se desdobla y se confunde con el que se dedica al compañero o al amante, o hay depositado tanta ternura y tanto afán de protección en él que se confunde con el que se destina al hijo. Tres personajes –el padre muerto, el compañero en la vida y el hijo- coexisten y se desdoblan y, al mismo tiempo, representan su propia necesidad de protección y tacto. Temor y temblor, goce y herida conviven estrechamente y muy pronto comprendemos que, así como su visión del mar no es la idílica, tampoco la del amor es la del éxtasis y la del enamoramiento, sino la de un amor que exige ser entregado y rescatado cotidianamente.
Desde las primeras páginas, Yolanda Barrera nos describe su espacio como zona de naufragios y pérdidas, pero estos cantos dulces y melancólicos muy pronto adquieren el acento de una oración fúnebre. El tono confesional de los poemas estremece por su desnudez, no hay lugar para la elipsis, las palabras son las justas, las exactas, todo ha sido escrito con cuidado y trabajado hasta depurar el sentido. El amor y el dolor conviven y la autora nos confía la causa de su desolación: La muerte en circunstancias trágicas del ser más amado tiñó para siempre de luto y temor todas las otras relaciones, tendió sobre todos los actos su manto de sospecha y la redujo a ella a sujeto consciente de su desamparo. Cuando la vida gana terreno y la rutina envuelve con su placidez aparece siempre la sombra de aquella experiencia –el cuerpo exánime del padre, herido de muerte por su propia mano, frío, solo, escondido atrás de una puerta.
El luto es un proceso particular y solitario, a veces demasiado largo. La consciencia de que hay otra vida detrás del movimiento diario y de las apariencias y el temor a que los actos consuetudinarios puedan ser solamente máscaras, de que las intenciones, los sueños, los deseos subyacen y el amor no nos vuelve clarividentes, ni es capaz de servir de muro ante la muerte –ante toda forma de muerte, pues el desgaste por el roce cotidiano y los agravios al amor son también una forma de muerte- son un tormento cotidiano que no deja disfrutar de los acontecimientos simples.
Pese a todo, si en un principio el dolor adormece, a la larga, ya sosegado, despierta las potencias dormidas y agudiza los sentidos. Mar Abierto nos transmite las imágenes de lo que suele llamarse la “vida en tono bajo”, “en silencio”, “discretamente”. He aquí, sin embargo, que el día a día es el verdadero campo de batalla del ser humano, pues incluso a puertas cerradas y con los postigos asegurados la vida continúa inexorable sus procesos. La autora vive con el oído atento a los movimientos imperceptibles, porque es en ellos donde germina el cambio; sabe que todo esfuerzo por detener el tiempo es inútil, así que no escapan a ella los sonidos mínimos: el abrir de una flor, el crepitar de una llama, el crujir de una puerta, el clima que cambia, el matiz de un rayo de sol, el brillo o la opacidad de una mirada. La descripción de esos hechos que generalmente pasan inadvertidos dota a su poesía de especial fuerza y belleza. El temblor del cuerpo, el alma en su estremecimiento, el pensamiento, la memoria, los sentimientos, el correr silencioso de la sangre, el amor, el dolor, todo aquello que ocurre, mientras se lleva de la mano al hijo a la escuela o se sacude un mueble, son los espacios de su exploración.  Se les recorre como vuelve a recorrerse ese mar sombrío formado de llanto y duelo, otra vez de la mano del padre, como cuando siendo una niña la llevó por vez primera a conocer el otro mar.
La vida, como el mar -en contraste con el sombrío de la muerte, que es estático y no conoce la luz ni el tiempo- está siempre en movimiento, equilibrada en el misterio. Por eso estos poemas pueden pasar de una a otra tonalidad, y si bien son producto de la aflicción, de la tortura, de la culpa, del llanto, de la dificultad para sobrellevar la ausencia, son también ofrendas de ternura y de calidez, declaraciones de deseo urgente y de necesidad de conciliación y perdón.
Se ha dicho, en una frase desgarradora, que los muertos están siempre jalando por los pies a los vivos, atrayéndolos a la fosa, pero ¿qué pasa cuando son los vivos los que no dejan descansar a los muertos?, ¿cuando el impacto de la pérdida los arrastra a vivir bordeando el caos? Reconciliarse con el muerto, concederle su derecho a elegir su último acto, a marcharse sin despedidas llorosas y erigir en su memoria un libro de amor y de memoria eterna, un pacto de perdón para que puedan el finado y el sobreviviente descansar en paz están quizás entre los momentos más bellos o intensos de estas páginas. La vida gana siempre la batalla y nuestra autora decide dejarse vencer por ella.
En uno de sus poemas, Yolanda Barrera menciona la palabra Viacrucis, lo que nos recuerda de nuevo que el suyo no es un viaje de placer por los sentimientos, sino de exploración en pliegues recónditos dominados por el dolor. Y que, aunque muchos de los poemas escritos a su padre adquieren el tono de una oración, no hay un sentimiento religioso en sus palabras, porque no es el consuelo de la fe lo que busca, sino el de la comprensión. Con los pies definitivamente puestos en lo terreno su poesía está habitada por el mundo de los sentidos. Su amor es tan urgente que roza siempre el erotismo, aún cuando se dirija al padre o al hijo adquiere el tono de la urgencia con que se requiere al amante, porque para su subsistencia requiere de la certeza de la carne y de las sensaciones. Sabedora muy bien de que los muertos no pueden regresar, porque es el vivo el que tiene que ir hacia ellos, atiende la llamada de la vida y se entrega a vivirla. Si el amor es un juego o una cacería que tiene por recompensa la entrega y la fusión, ella se entrega a ese destino mejor que a la claudicación, sabedora también de que es aquí y ahora cuando hay que conquistarlo y que darlo.
El milagro de la vida, prodigio funambulesco, buscando a diario su equilibrio sobre el hilo frágil que tiende el misterio, es el reto del vivo y a éste se somete la autora. Su lucha, tan desgarradora y tan dolorosa que hasta las aguas que componen  su mar desean escapar de su cuenca y alcanzar la tierra, parece haber alcanzado su objeto: la serenidad. Los tres poemas últimos, si bien estremecen, abren una esperanza: acaso el mismo mar que todo lo destruyó acabe también por llevarse los añicos del mundo que fue, que no será ya, para que la tierra quede limpia de todo lastre y herida, limpiar el terreno para volver a empezar. De este lado están el hijo y el amor conyugal, la vida cotidiana y el hogar construido para ser un refugio, y todo esto es también producto de una conquista.
Yolanda Barrera nos entrega un libro denso, difícil, escrito con palabras tan precisas que muchas veces una sola conforma todo un verso y unas cuantas un poema compacto. Son como trozos de rocas desgajados por los embates de sus aguas tenebrosas e íntimas que los días de luto y de llanto fueron desbastando, igual que el agua del mar, hasta formar guijarros redondos y pulidos. Y si bien son fragmentos duros desprenden una particular hondura y belleza.

Deseo dar las gracias a Yolanda Barrera por estos poemas escritos con tanta gallardía, tan cuidadosamente alambicados y por su confianza al permitirme presentar su segundo título a los lectores. A Reynol Pérez Vázquez, querido amigo y excelente escritor, atento a todo lo nuevo, por su invitación a colaborar en este proyecto de edición. Y a la Dirección General de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León por albergar estas páginas. Mi enhorabuena a quienes han hecho posible la publicación de este libro.

 

Guadalupe Flores Liera
(Isla de Eubea, Grecia. 1º. de agosto de 2008.)

 

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