Cuentistas de Costa Rica

 

 

M E N U

 

 

La interpretación de los signos

Juan Murillo

 

 

El sol blanco de la mañana le había terminado de secar el pantalón que la lluvia de la noche anterior, furtiva compañera de cama, en charco creciente sobre la acera, se había encargado de empapar.  Se ajustó el chonete de ala ancha que usaba siempre para venir a la Plaza de la Cultura,  cruzó las delgadas piernas, miró a sus enemigas las palomas –bichos traidores y falsos- y sacó de la bolsa plástica el libro que había encontrado en la  cornisa de la azotea de La Llacuna, cuando subió a mirar desde el cielo los patrones que hacían los transeúntes al caminar por la plaza donde se sentaba todos los días a buscar su almuerzo.  Por lo visto no sólo él visitaba los aposentos secretos de San José.  Si alguien había dejado ahí el libro, era para que otro lo encontrara, era un mensaje, un mensaje de otro interpretador.  Y no es que estos lugares fueran realmente secretos, no, porque para llegar a ellos sólo había, casi siempre, que doblar a la izquierda donde todos los demás cruzaban a la derecha –una puerta de bodega en el baño sótano del Cine Universal; las escaleras de emergencia del Centro Colón; la azotea del edificio de La Llacuna; los apartamentos en ruinas junto al puente que unía Amón con Tournón, a la sombra de inmensos cipreses;  los jardines abandonados, enclaustrados entre divisorias de latas de zinc en el centro inexplorado de las cuadras al suroeste del Parque Central.  Todos esos sitios eran públicos en realidad, pero como nadie los buscaba, nadie los encontraba, y en ellos se podía disfrutar de una soledad que en la ciudad de otro modo era imposible.  Ahí se podía uno sentar tranquilo y escuchar el rumor de San José como el murmullo de la voz de una amante que habla mientras duerme, susurrando cosas que serían o habían sido.   Pero nadie quería escuchar, por supuesto, todo mundo tenía cosas que hacer, lugares a donde ir, gente que ver, y en esa burbuja envolvente que era la consecuencia lógica de vivir sumidos en un presente imposible de ignorar, se perdían los signos que les mostraba la ciudad.  Por ahora, sin embargo, estaba bien aquí en la Plaza de la Cultura, suspendido sobre el vacío de caracola del Museo que yacía dormido bajo sus pies en un hueco gigantesco que él había visto cavar desde la azotea del Hotel Costa Rica, en el cual una de las retroexcavadoras había descubierto, por 30 segundos, un esqueleto de un bebé enterrado ahí en secreto y lejos de los ritos católicos por una madre atormentada por el dolor cien años atrás, solo para triturarlo en la siguiente palada, dejándolo así transitar de nuevo  hacia la oscuridad.  
Abrió el libro, que tenía la portada ajada y las hojas de color ladrillo y las esquinas manoseadas y curvas como las orejas de una mascota que se acaricia demasiado y leyó:
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los …
 Pero no pudo terminar de leer el verso porque la sombra multitudinaria de las palomas –un tatuaje móvil que también había que aprender a leer- se abalanzó sobre él y una de ellas –bendita- se  despojó generosamente de una masa veteada de blanco y verde translúcido que vino a parar justo sobre el verso que seguía.  Levantó la vista, sonriente, como quien sabe qué esperar de su enemigo.  La gente, pobres inocentes, no sabe que esta suerte era mucho más común de lo que parece, y siempre cuando alguna señora recibe un inesperado aporte a su tocado, fijo de laca, que absorbía la cuita como si tuviera mucha sed, el asco lleno de grititos siempre venía mezclado con un asombro que a él le parecía totalmente fuera de lugar.  El que se mete con palomas termina cuitiado, esa era una verdad incontrovertible de la vida, había que aceptarlo.  Las palomas por supuesto, tenían un punto de ventaja desde el cual poder escoger a la posible víctima.  No tenían que sondear las azoteas de edificios aledaños, no debían burlar ningún guardia u oficial de seguridad, o adivinar dónde estaban las escaleras que subían al techo, ni llevar escondido el paquete bajo el brazo.  Ellas vivían en las cornisas y desde ahí veían todo lo que pasaba por debajo; tenían una ventaja incomparable.  Pero tenían desventajas también, una era su crueldad, algo en lo que nadie reparaba porque nadie se detenía a observarlas con cuidado como tampoco observaban con cuidado ninguno de los otros signos.  No era raro, por ejemplo, que una paloma grande matara a otra a picotazos para quitarle su lugar a los pies de la estatua de La Danza, y él, a quien las palomas muertas le resultaban ya no interesantes sino necesarias, había visto muchas veces bajar del frontispicio angelado del Teatro Nacional palomas heridas de muerte por sus hermanas, impedidas para volar, caer en la cuneta en la que algún misericordioso taxi rojo le majaba por fin la cabeza y terminaba con sus sufrimientos.   Otra desventaja era la aparente estupidez de las palomas, que en realidad no lo era, aunque pocos lo sabían, porque no podían observarles de cerca los ojos, en los que se podía percibir claramente una pupila exageradamente dilatada que en el albor deslumbrante del mediodía les hacía imposible ver bien lo que no estuviera directamente a sus lados, una mutación que venía agravándose desde que liberaran a un grupo de veinte Columba livias traído de Washington D.C. para la inauguración de la Plaza de la Cultura, que portaban el gene de una eventual ceguera.  Esto podía ser desventajoso para las palomas, pero a él le había permitido desarrollar un método de caza prácticamente infalible, cuyo único riesgo consistía en ser visto por los otros visitantes de la Plaza que uniformemente creían en el mito de la paloma como un símbolo de paz y de belleza y no tenían muy a bien que él las quisiera atrapar –todo eso aún en ignorancia de que su propósito final era comerlas, dato que sin duda hubiera ocasionado un linchamiento de algún tipo. 
            Cerró el libro sin limpiarlo –quién era el para discutir sobre crítica literaria con las palomas- y lo puso en el poyo junto a él.  Luego sacó unas boronas de pan tieso de la bolsa y las esparció en el suelo adoquinado frente a sus ajados tenis.  Varias palomas que deambulaban por ahí, al ver el movimiento del brazo, se acercaron de inmediato a picotear.  Nadie lo miraba.  Una de las palomas, la más cercana, le daba la espalda.  Levantó el brazo con suavidad y tomó el sombrero por el ala.  Miró de nuevo a su alrededor, para cerciorarse de que no lo miraban.  Una señora en una banca aledaña le limpiaba la cara llena de Chocoleta derretida a un niño.  Un hombre con un fedora de fieltro y una guayabera almidonada leía los titulares de La Nación que hablaban sobre el Diálogo de San José.  En un acto de una soltura y una belleza perfeccionadas por la repetida práctica de muchos días, descolgó el sombrero y lo dejó caer sobre la paloma.  El sombrero era suficientemente pesado para que la paloma no lo pudiera levantar o mover.  El truco consistía en cubrir a la paloma en el primer lance.  El sombrero seguía inmóvil sobre el suelo, como debía ser.  Miró a su alrededor.  Tan sólo un hombre, de los muchos que montaban los toldos enfrente del Teatro Nacional para la cumbre de presidentes lo miraba con atención, o por lo menos miraba en su dirección.  ¿Lo habían descubierto?  No.  En frente de él, a unos pasos del sombrero,  pasó una muchacha en el diminuto y casi transparente uniforme de la POPS y la mirada del instalador la siguió con atención hasta que se perdió detrás de la boletería del Teatro, camino de la Avenida Segunda.  El siguiente era el momento de más alto riesgo de la maniobra y si salía mal sin duda lo descubrirían.  Esperó a que el viento le moviera el flequillo de la frente y al unísono con la ráfaga levantó el pie y lo puso de un pisotón sobre el sombrero, con suficiente violencia para matar a una paloma, pero no tanta como para despanzurrarla.  Luego con toda naturalidad recogió el sombrero a dos manos y lo metió en la bolsa plástica.  El asunto del almuerzo estaba solucionado.  Se levantó con la bolsa en la mano y miró el libro que aun yacía con la enjuta cara de su autor suplicando al cielo desde la portada.  El libro podía quedarse ahí, para que lo encontrara, tal vez, algún otro que supiera leer la lengua de las palomas y la miseria.  A él la poesía no le interesaba, algún verso había escrito muy joven, antes de descubrir que las palabras solo servían para confundir a los hombres.  Abandonar cosas al azar en cambio era darle voz a la ciudad a través de los signos, signos que no mentían y que no hablaban a menos que uno los quisiera escuchar.  No sólo él transitaba esas aceras que eran la suma de todos los tiempos vividos en la gran mole que era San José, leyendo signos: había otros, algunos cómplices ignorantes, otros deliberados lectores.  La gente dejaba cosas abandonadas todo el tiempo en la ciudad, cosas deliberadamente abandonadas para ser encontradas.  No abandonadas como un billete caído en el suelo, pensaba, de camino a la parada de Sabana Cementerio, qué cosa más prosaica y literal había que un billete.  No; cosas abandonadas; cosas como la carta de amor que había descubierto metida como un tapón en un hueco entre los ladrillos en la base de la columna a la entrada de la Iglesia de San Francisco, esperando a un destinatario que nunca había llegado, o la  estampilla de carne curada que cayó del hoyo que había hecho el perdigón de una bala en el costado sur del Cuartel Bellavista, sin duda un trozo del corazón de un hombre que murió fusilado pensando que no conocería a su hija que aún no nacía; o el rifle de asalto que había encontrado embutido en las paredes medianeras de la quinta comisaría, con el que habían asesinado a Viviana Gallardo, terrorista adolescente, en su calabozo, mientras esperaba juicio.  Ese rifle lo había encontrado cuando vivió por un tiempo en la casa presidencial abandonada, un edificio mágico, al este de la comisaría, de seis pisos, que tenía solo techos y columnas y ninguna pared, y desde el que se podía ver toda San José de un vistazo mientras se cocinaba algo en una fogata sobre el suelo del quinto piso.  Esa ruina había sido suya y de otros por un par de años hasta que decidieron desalojarlos, probablemente a instancias del nuevo presidente Arias, que seguramente lo querría para él, ahora que andaba de importante reuniéndose con otros presidentes tratando de protagonizar pacificaciones que seguramente sucederían igual sin su ayuda.  Esos habían sido buenos tiempos, los que pasó en la casa presidencial, tiempos durante los que el que mandaba ahí era él y no un tipo que solo veía en periódicos o la televisión de las vitrinas de la Universal, sin volumen, la imagen del joven presidente enmarcada en el reflejo oscuro de su cabeza que le devolvía el vidrio de la vitrina.  En esa época, antes de que cerraran su edificio y lo echaran a la calle, apenas empezaba a entender cómo hablaba la ciudad.  Después de la poesía había por un tiempo deseado ser pintor.  Pintar era un arte más honesto que escribir, se creaba algo donde antes había nada, no era lo mismo que combinar palabras que en otros contextos se usaban para comprar remolachas o engañar a los amigos.  Pero más rápido que inmediatamente había descubierto que para pintar había que ser rico, algo que no pasaba con la poesía donde no había problema con ser pobre.  La única parte de la pintura que era gratis era la observación, que además era quizás también la parte más importante y la más divertida.  De modo que se había dedicado a observar.  Observaba la gente.  La gente como objetos era poco interesante, a pesar de la diversidad de sus formas y colores.  Lo interesante eran sus reacciones, los gestos que hacían, lo que delataban sus movimientos y posturas sobre lo que sucedía en su interior.  Si se formaba en la fila de la parada del autobús y silbaba una tonada completa, invariablemente obtenía como respuesta todo un filón de miradas y gestos que delataban más de cada persona de lo que podía obtener de una conversación de media hora con cada uno, algo que además, ya se sabe, es imposible de lograr en la ciudad.  Después, cansado de tener que interactuar siempre para poder observar, se había dejado un poco llevar por lo que pasara frente a él.  Había empezado a notar cosas que antes no veía, cosas sencillas, como la configuración de las aceras, la forma de los rieles del tren, las manchas de las cortinas metálicas, las divisiones de la pintura donde dos casas se juntaban.  En todas partes descubría historias, historias que se conectaban unas con otras y que se prolongaban hacia el pasado, pero también hacia el futuro. Y a esa observación se había dedicado por mucho tiempo, a ver y a entender.  Veía por ejemplo, con cuidado, los monumentos de su ciudad.  El obelisco roto que había una cuadra al sur del Bar La Flota y que un día unos felices albañiles habían terminado, sin saber que se llamaba el Obelisco Inconcluso en honor a la vida trunca del Dr. Moreno Cañas.  En la esquina noroeste de Plaza Víquez, por ejemplo, se alzaba un inmenso falo coronado por la roma cabeza calva de Cleto González Víquez, a sus pies una figura femenina -¿la patria agradecida?- en una actitud que no se podía describir más que como erótica, se abrazaba desnuda a la base del falo gigante.  Ahí estaba todos los días del mundo como la cosa más natural y nadie que le pasaba por enfrente se detenía a maravillarse de esa mezcla inusitada de arquitectura recordatoria y amatoria, detrás de la cual sin duda había una historia. Esas, entre las muchas otras historias sobre monumentos con propósitos obvios de homenaje.  Pero también había descubierto monumentos siniestros e inexplicables, con historias imposibles de entender.  En uno de los bajorrelieves laterales de la estatua a Juanito Mora, frente al Correo, había un hombre arando la tierra con una yunta de bueyes, pero sobre los bueyes, emborronada por la distancia, había una figura siniestra de capucha mirando sus esfuerzos y esperando.  ¿Que esperaba esa figura? ¿Qué quería con el pobre hombre del arado? ¿Quién era?  Luego descubrió la misma figura mucho más grande y más temible en el Monumento Nacional, adorado todos los años en el aniversario de la independencia por los poderes políticos del país, en brazos de la figura que supuestamente representaba a Costa Rica, protegida por ella, la cara invisible en las tinieblas de la capucha, una espada rota, semejante a la daga traidora, en su mano.  Había en el Monumento Nacional siete figuras:  un pobre hombre muerto -el hombre común seguramente-, las figuras que representaban a Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, y la figura de la capucha, misteriosa, siniestra, representando a alguien a quien no se le podía ver la cara porque la tenía oculta.  Pero había que reconocer que las cosas suelen permanecer ocultas porque la gente decide no mirarlas, basta observarlas con cuidado, sacarlas del ruido cotidiano y ponerlas de pie en la nada para empezar a entender que son signos, signos que debemos interpretar.  Esa fue entonces una época de interpretación, de dormir en las aceras, cosa que todavía hacía de vez en cuando, para escuchar la voz de la ciudad colarse sobre los mosaicos o las baldosas o la trama hexagonal, o sobre el concreto estriado por el agua que antes de que fraguara lo cicatrizó, por sobre las tapas de metal que cubrían alcantarillas o medidores, con acrónimos de instituciones aéreas e inmensas que cruzaban la ciudad como arterias invisibles o sellos de compases y pirámides que indicaban que en el umbral de esa casa se entraba a un reino regido por otras reglas.  En todas esas aceras había dormido, y había escuchado las aceras alargarse hacia el pasado y el futuro y había visto y comprendido los signos de lo que había sido en secreto y de lo que vendría pero permanecería oculto, y finalmente había comprendido lo que le decía la ciudad.
            Se bajó en la parada del Cine Universal y subió la cuadra hasta el Teatro Lawrence Oliver, frente al cual estaba una casa abandonada, con el número 2666 junto a la puerta, en la se había metido a vivir Don Pancho desde hacía seis meses y a quien él le hacía esporádicamente de guardia y de mensajero, a cambio de algunas monedas.  Don Pancho no salía porque le daba miedo no poder volver a entrar, visto que había que trepar por la pared del edificio contiguo para llegar al techo y luego al patio en donde habían roto el llavín para poder habitarla.  Don Pancho había sido un señor de dinero que lo había perdido todo y a quien no le sentaba bien vivir en la calle.  No comprendía nada sobre los signos, era un hombre imposiblemente literal.  Su familia no lo quería ver, porque los había hecho sufrir mucho, perdiendo su dinero en una lista infinita de negocios que a pesar de los buenos prospectos, había logrado siempre arruinar.  En su último restaurante, por ejemplo, se dedicaba a contar chistes de negros cuando había algún cliente de esa raza presente, para luego consolar al enfurecido cliente diciéndole que no se enojara porque él no era negro sino que tenía un lunar gigante que lo cubría por completo.  Otras veces, si el cliente llegaba mojado por la lluvia, lo despedía de inmediato argumentando que ahí no le servían a gente que anduviera sudada.  Cuando contaba esas anécdotas se reía tanto que se le salían las lágrimas.   Él lo escuchaba en silencio, porque la voz de Don Pancho, que hablaba sin cesar y sin requerir respuesta, era como había sido antes el ruido del viento, un sonido vacío que aclaraba la mente y acallaba la voz de la ciudad que ahora lo encontraba en todo momento y en cualquier lugar y le pedía que actuara.  Esa noche Don Pancho le contó sobre su padre, un mexicano que de tan macho andaba siempre tragos de tequila servidos en vasitos en los bolsillos, y de su madre, una señora terrible con la que no había hablado por muchos años luego de tener su última, definitiva pelea con ella y que cuando, antes de morir, lo había llamado para pedirle perdón, había tenido que escuchar cómo su hijo le decía, morite llena de remordimiento, vieja hijueputa.  Compartieron la paloma, como lo hacían siempre.  No era mucha comida, pero las palomas tienen más carne de lo que la gente piensa, el truco estaba en buscar la carne pegada a los huesillos.  La piel tostada al calor de la fogata, dulce, crujiente y grasosa, era como un premio y como un perdón.  Esa noche le trajo el sueño envuelto en un silencio absoluto que agradeció porque en sus últimos momentos de vigilia le pareció que el silencio era, después de todo, una especie de inocencia.
            A la mañana siguiente se despidió de Don Pancho y le rogó que se cuidara.  Don Pancho le preguntó que si lo esperaba esa noche, quizá pensando más en la paloma que en él, y él le dijo que no, que probablemente no regresaría.  Luego bajó al Paseo Colón y cruzó frente a la casa donde en el 48 habían asesinado al Doctor Valverde, frente a la capilla donde rezó alguna vez la madre desesperada de un enfermo mental internado en el infierno del hospital psiquiátrico Chapuí.  Pasó frente a La Alondra, en el mercado central, en cuyo frío umbral, entre un sueño duro y sucio como la acera misma, había por fin comprendido lo que tenía que hacer; frente a Manolos donde una vez una niña le había regalado un churro relleno de dulce de leche, para disgusto de su madre; y finalmente a la Plaza de la Cultura, en la que en pocas horas se llevaría a cabo la reunión de los presidentes de Centroamérica para firmar un acuerdo que el presidente Arias quería promover, en el que se le daba un ultimátum a Nicaragua.
Se sentó en un momento a mirar las palomas.  De aquí en adelante las cosas transcurrirían inexorablemente hacia su destino, no a gran velocidad, pero sí a velocidad constante y sin posibilidad de escape. 
Necesitaba orinar.  Orinar para un hombre que vive en la calle es la cosa más sencilla del mundo, pero por eso mismo se puede convertir en un lujo, las cosas que parecen obvias no tienen porque serlo y hacer un rito de algo que es trivial lo eleva a niveles casi sagrados.  Orinar, por ejemplo, se puede hacer en cualquier esquina de cualquier edificio, pero en la ciudad hay lugares donde orinar se convierte en un placer de una magnificencia casi real.  El Hotel Aurola por ejemplo, tiene baños en el lobby de exquisito mármol crema y fontanería dorada, lo iluminan hermosos candelabros, las lozas son de una cerámica blanquísima en su interior.  Cuando uno está solo, se escucha únicamente el ronroneo silencioso del edificio de quince pisos en cuyas entrañas verdaderas no habita nadie.  El Hotel Costa Rica tiene también baños hermosos, al fondo del inmueble, atrás y abajo del Candy Shop, que aunque no llegan a la suntuosidad exagerada de los del Hotel Aurola, son también sumamente agradables para orinar.  Estos además tienen unos aros hermosos en las tazas, sobre los cuales le gusta sentarse a descansar cuando logra entrar sin contratiempos.  Para entrar en los hoteles la técnica es bastante simple: primero hay que asegurarse de no hacerlo demasiado a menudo, para no ser reconocido; segundo, cuando uno entra debe hacerlo con la postura y el paso acelerado de quien se dirige hacia su cuarto, saludando con un golpe de cabeza al recepcionista, si es que este decide levantar la vista cuando se pasa frente a él.  Luego hay que dirigirse directamente a la puerta del baño, sin titubeos, para no despertar sospechas.  Una vez en el baño es mejor meterse en una cabina para evitar contacto con los clientes. Satisfechas las necesidades biológicas, lo que dicta la seguridad es abandonar el hotel inmediatamente.  Pero esta mañana no es como todas las mañanas, esta mañana es la mañana inexorable a la que lo ha traído la interpretación de los signos, esta mañana ha visto los toldos, las mesas donde se sentarán lo presidentes al aire libre frente al Teatro para firmar, todo está listo y solo resta dejarse llevar.  Al salir del baño se detiene un momento frente a la puerta que se abre del elevador, fingiendo sorpresa al notar que la pared trasera del elevador es de vidrio y que en el ascenso seguramente se tendrá una vista magnífica del la nave interior del hotel.  Lo aborda como quien opta por complacer un capricho espontáneo.  Se da vuelta y mira hacia las puertas que se cierran.  En esos últimos instantes en que las puertas se deslizan la una hacia la otra un hombre de traje, con un audífono en el oído, se cuela en el elevador y se para a su lado, mirándolo.  La postura del hombre es poco natural, se le nota la tensión, las manos unidas frente al abdomen parecen listas para saltar en cualquier momento.  Está aquí por mí, piensa él, mientras el elevador asciende por la columna central del hotel hacia la azotea.  La puerta se abre en uno de los pisos superiores y alguien entra al elevador.  Cuando las puertas están por cerrarse, sale de un salto y emprende una carrera desesperada por el pasillo.  El hombre trata de detener las puertas con sus manos. La puerta se abre de nuevo, el hombre sale y corre tras de él.  En el pasillo hay varias puertas pero todas estarán cerradas.  Detrás de él el hombre está gritando algo.  Instrucciones, posición, sospechoso.  Mira la puerta con el llavín de barra horizontal.   Es la puerta de emergencias, se abalanza sobre ella y la abre de un empujón.  La puerta se cierra tras de sí.  En un segundo debe decidir: arriba o abajo.  Si sube se sabrá todo y solo le quedará el recurso de saltar.  Baja.  Escucha al hombre entrar al ducto de la escalera.  De abajo suben otras voces en dirección a él.  Se da cuenta de que no puede escapar.  Se detiene.  El hombre que lo persigue lo alcanza.  No ha desenfundado el arma y topárselo de frente lo alarma visiblemente y pierde preciosos segundos sacando la pistola de la sobaquera.  Pero él ya ha decidido entregarse y no oponer resistencia.  Él no es más que un hombre común, que vive en las calles de la ciudad, y entró a usar el baño.  No tiene por qué huir.  ¡Al suelo!, le grita el hombre, ¡al suelo!  Lo esposan y lo bajan alzado boca abajo, colgado de los brazos en jarra y las mangas del pantalón.  Abajo lo sientan en una banca y se paran alrededor.  Nadie le habla.  Nadie le pregunta qué andaba haciendo, si ocupaba el baño, si le gustaban los elevadores con el fondo de cristal.  Nadie le pregunta si corrió porque estaba asustado, nadie le pregunta nada.  Al rato llega un policía y lo escolta esposado, cruzando frente a las sillas vacías de los presidentes que han puesto frente a las gradas de mármol del Teatro, hacia la patrulla.  Trata de imaginarse al presidente Arias en su silla, mientras camina hacia la Avenida Segunda.  Si corre, lo quemo, le dice el policía.  Lo mete en el asiento trasero, en el que no logra sentarse porque tiene las manos esposadas tras la espalda.  Lo conduce en silencio a un edificio celeste sin marcas, frente al Gimnasio Nacional,  en cuyo techo hay una antena gigante y en cuyo frente hay dos astas: en una ondea la bandera de Costa Rica, la otra no tiene bandera.  Lo meten en un calabozo.  Le quitan los cordones de los zapatos y la faja.  Espera un rato en la celda, en cuyas paredes lee mensajes que otros prisioneros han dejado, encomendándose a dios, o a sus seres amados.  Luego lo sacan y lo interrogan dos agentes.  Luego lo interrogan otros dos agentes.  Todos son jóvenes, demasiado jóvenes, casi bebés.  Se les nota que sienten que saben muchas cosas, pero él sabe que ellos no entienden los signos con los que habla la ciudad.  Por las preguntas que hacen parece que no saben nada, que no entienden.  Luego uno dice lo mejor es llamar a Papi, lo cual le resulta gracioso, porque en efecto los agentes parecen ser todos casi niños.  Luego otro dice, metámoslo al foso y le hacemos unos cariñitos para que se le afloje la lengua.  Él les va a decir todo, todo lo que sabe, no hace falta que lo lleven a ninguna parte, porque nunca entenderán lo que él les va a decir y que comprende desde hace tanto.  En realidad, piensa, nada de lo que él diga cambiará las cosas, las palabras no valen nada.  Lo único que importa es si han descubierto o no el rifle del asalto que hay empastado en el filo de la azotea del Hotel Costa Rica, ese último signo sin interpretar, de cuya lectura dependía la historia de su ciudad y de cuyo silencio depende ahora su vida.

 

 

Juan Murillo, Costa Rica. Ha publicado “Algunos se hacian dioses” (cuento, EUCR 1996). Compilador, junto con Guillermo Barquero, la antología de narrativa de autores nacidos después del 66, “Historias de nunca acabar” (ECR, 2009)

 

 

4 comentarios

  1. luis estrada