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	<title>Revista La Otra &#187; relatos</title>
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	<description>Revista de poesía + Artes visuales + Otras letras</description>
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		<title>Cuentistas de Costa Rica</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 03:28:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuatro escritores ticos ofrecen un muestrario de la actual narrativa de su país, un ejemplo de lo que se escribe y de lo mucho que nos queda por conocer de esta nación centroamericana. Sus nombres son: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/ticos-01.jpg" alt="ticos-01" title="ticos-01" width="239" height="90" class="aligncenter size-full wp-image-1352" /><br />
Cuatro escritores ticos ofrecen un muestrario de la actual narrativa de su país, un ejemplo de lo que se escribe y de lo mucho que nos queda por conocer de esta nación centroamericana. Sus nombres son: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, Guillermo Barquero y Juan Murillo.<br />
<span id="more-1347"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><center></p>
<table align="center" border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" width="600">
<caption>
<strong>M  E N U</strong><br />
</caption>
<tbody>
<tr>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/alfonso-pena.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/2/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/guillermo-fernandez.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/3/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/guillermo-barquero.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/4/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/juan-murillo.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p></center></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>QUÉ HACER CON TANTA PASTA</strong></p>
<p>ALFONSO PEÑA</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller venía dando pasos soneros (nosotros  decimos que el Bachiller tiene ese “tumbao” habanero o santiaguero, debe ser  porque es descendiente del prócer cubano Maceo), él es puro timbal.  ¡Y es que el negrito tiene tumbao! Parece que  cada paso suyo se mueve al ritmo de un guaguancó, o una rumba agitada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Carlitos, el escultor, atravesaba el parque Kennedy;  justo al pasar al lado del busto de JFK (¡cuántas veces lo han querido  pulverizar!) y buscar la salida en diagonal, los res nos encontramos. Al  avanzar entre las aceras concurridas; una inesperada colisión: “Q’hubo compa,  todo bien, así es, linda tarde, casi noche, vamos por ahí…” </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller regresaba de su estudio que estaba por  la calle ácida. Carlitos, mostraba su indumentaria de “rudo”, compuesta de un  mono de mecánico mezclilla azul saturado de polvo de piedra tobita. En el mono  estaban los vestigios de su faena cotidiana. Los lamparazos del polvo de la  piedra se impregnaban por las rodillas, los tirantes, el plexo. No abandonaba  en ningún momento su estilo. El rudo que fragmenta piedra y talla maderas  nobles. No cruzamos la calle encrespada por la circulación de vehículos y  gente; tampoco pasamos por debajo de la luz roja del semáforo, porque en ese  momento el Bachiller espetó: “vamos a tomarnos un tapirol”. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La conversa efervescente  acerca de la tarde azul náutica. Nos  abalanzamos  sobre la puerta grafiteada  del Fitos. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>–Tarde multiácidacolorazulártico.<br />
–Piedra balsámica es la tobita.<br />
–Grafitti saxo bramido.<br />
–Negro sexual.<br />
–Bachiller-negrito, deberías tomarte un mojito en  una bodeguita que está cerca del parque Maceo y ahí verás al negrote que anduvo  por estos parajes y de donde vos venís…<br />
–¿Es imponente la escultura de Maceo?<br />
–Maceo en bronce cetrino por la arenisca habanera.<br />
–Una de mis esculturas en hierro por las Ramblas.<br />
– ¿Tu escultura en hierro por las Ramblas?<br />
–¡Ah!<br />
–¡Oh!<br />
–Desde el parque Maceo se mira el malecón… Suspenso  mar azul cresteante.<br />
–Tres tapiroles.<br />
–Morro Che.<br />
–Bombarda  triple.<br />
–Maceo en Mansión.<br />
–Desde playa Sámara se mira la Mansión de Maceo.<br />
–En Mansión todos somos familia.<br />
–Descendientes de Maceo.<br />
–Claro, es la mansión de Maceo.<br />
–¡Cómo no!<br />
–¡A guarachal!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Brindamos, porque Carlitos estaba de cumple.  ¿Cumpledías? ¡Cumpleaños! Nos vamos de farra. Farragosos. Faranduleros.  Garruleros.  Abordamos un taxi en la  esquina del parque de San Piter y regresamos a la calle ácida. Carlitos nos  dijo que lo esperáramos,  iba a retirar  sus bártulos donde un compadre. Salió de la máquina bamboleando su reciedumbre  y sus greñas enmarañadas. Se deslizó entre la acera y se introdujo en un  edificio grisáceo. Enjambre de apartamentos. Regresó con rapidez. Cargaba un  bolso de tela descolorida  y una carpeta  de dibujos. Con cuidado se arrellanó en el asiento trasero y la máquina tomó la  ruta hacia Chepe. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cumpleaños de Carlitos. El Bachiller dijo: hacemos  la ¿vaquita, banquita? Claro que sí. Por Carlitos. Nada que ver, no lo permito.  Yo invito, terció  molesto, el escultor.  Tengo suficiente billete. No me lo van a creer, pero me ha ido muy bien con la  escultura. Casi un imposible. No me digas que eso es imposible. Tenemos que ir  un día a mi taller. En Escazú. Cerca de los cerros. Colecciono semillas.  Semillitas. Son mis modelos. Las llevo a la talla y lo que sale es una creación  asombrosa. Vos sabés hay que sacarle partido a las cenizas, a las llamas, a la  madera. Las he visto: multieróticas,   polimórficas. De diversos caracteres y tamaños. No como dicen “los  conocedores”, que son “solo” eróticas. Así es la fauna. Etiqueta a la vista. Ni  que decir de la bronca de los egos. Hay un escultor vecino que me visita. Es de  los que están predestinados a erigirse en maestros. Farfulla: “¿Semillas? Je,  je, qué cursi. Deberías trabajar tus hierros como lo hiciste en Cataluña…, a la  manera de Chillida”. Esos tipos creen que te van a bajar el piso. Que salgas de  tu frecuencia. Es una manera de joderte. De ningunearte. Pasó el tiempo.  Siempre me rondaba, cada vez más mirón y preguntón. Un día visité a otro colega  y después de conversar y conversar me dice: vistes las semillas de “J”. Qué  loquera. Se parecen a las tuyas. Es un ajusticiamiento: Fusilatum, fusilorum.  Es como una anfibioambigüedad (atrocidad). Semillas. Viaje a la semilla.  Corazón de semilla tienes tú, alma mía. Entre semilla y cojón. Entre semilla y  pezón rosado. Cenizo, hojalatilla, flor de muerto, pelo de gato, mal hombre,  zapote,  chichicastle, ceiba,  guanábana, coco, palo mulato, níspero,  durazno, aguacate, laurel,  tamarindo,  cacao,  zapatito de la vaina. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Carlitos, no tenías porque traernos al “As rojo”, es  demasiado costoso. Nos hubiéramos conformado con el “Markus”, o quizá el  “Zanzíbar”. En la mesa de manteles amaranto una botella de scotch. La cosa va  para largo, la casa va para lejos. La casa contenta con los buenos clientes. La  casa tiene la razón y los clientes salen ebrios. Bombeados.  Hasta la médula.  Tiene como pagar el cuentón. Sin problema. No  hay que apurarse. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¡Bachiller, incorregible! Poco a poco las cortinas  del fondo del nait club, se fueron corriendo, moviendo, destapando. Por los  cristales emergieron unos crispados rostros de ojos rasgados, con tatuajes en  las sienes y dragones en el cuello.  Son  los orientales del nait club. El Bachiller los despertó. Los alertó. Los sacó de  su viaje. Comedores de opio. Lotófagos. Bachiller, con sus giros y sus boleros.  Su alegría contagiante. Mire señorita. Señorrrita. Seeññorita. Luz noctámbula.  Luz de mis ojos. Fuego en tus ojos. Tú vives en mis ojos. Y entonces ficheras y  coristas desfilaban de dos en dos y claro las  bailarinas que iban y venían después de cada turno. Otra vuelta. Tres botellas  de riunite. Una grapa. Dos de casillero del diablo.  Yo soy whiskera, de etiqueta azul, es el  color más distinguido, sino, no hay nada. Hablaba y se contorsionaba como una  mariposa de alas nazareno. Linda. Corazón de pedernal. Crema de pipermín. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi cielo dicen mis amigas que si les puedes  “regalar” varias botellitas de vino tinto francés para calentar antes de la  coreografía. Va a ser con música flamenca. Qué dulzura. Orden para allá. Mi  amorcito, cumpleañero, dedicada a ti. Rumba flamenca para ti. Se sentaba en las  rodillas de Carlitos, le restregaba el trasero y le acariciaba la barbilla. Se  levantaba de seguido y aparecía otra con un vestido de plata con hilos carmesí  y le tocaba los bucles desordenados. Todas las bailarinas desfilaban por donde  Carlitos que se sentía un Pachá, Chamangurú, Jeque. El sultán Carlitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo extraño es que en nuestra mesa las botellas de  scotch se multiplicaban; la multiplicación de los panes o la (comenta Carlitos  que él sueña con el escote de María Magdala) espléndida metáfora de las bodas  de Canaán. Todos tenemos algo de magos, prestidigitadores, multiplicar los  senos de todas las bailarinas. Multiplicar y triplicar los tatuajes de los  orientales que por cierto nos ven con caras de pocos amigos, cuesta  entenderlos, son demasiado herméticos, sus risas y los acentos en forma de  daga, puñal, estilete. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En la oscuridad (porque en algún momento se hizo la  oscuridad) avanzó una turbulencia gélida. Era la máquina de niebla que  anunciaba en clara complicidad con el juego de luces que las bailarinas se  aprestaban a iniciar el show de fondo. Tambaleo rítmico, percusión endemoniada,  zapateo acompasado por tacones altos de cristales y guirnaldas volando entre  todo el espacio, eran dos o tres hileras de bellas amazonas de la noche,  corpulentas,  proporcionadas, de narices  perfiladas y cabellos ondulados, de piernas alargadas y cinturas de viola, ojos  moriscos y mulatos y criollos y orientales y mestizos, vestidos hechiceros  rojos y amarillos y celestes con puntos violáceos y rueditas dentadas  crucecitas y alabastros y jades y lindos collares, fantasía pura. Ellas  caracoleaban, se deslizaban con gracia y movimientos de las manos, de vez en  cuando enseñaban sus pasos flamencos y gitanos y Carlitos estaba transformado y  decía venga y ¡olé! y ¡olé! y venga no puede ser, esto no es cierto, es la  magia total, es la cueva de Polifemo pero en el trópico y es que siempre lo he  dicho la vida está en el trópico y ¡olé! y que manera de bailar, son verdaderas  princesas, vamos que esto no se ve todos los días, vamos, vamos a divertirse,  eso es vivir la noche, todo en un solo momento, ¡olé! y ¡olé!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>–¿Qué hiciste Bachiller? –protestó Carlitos, en medio  de aquel frenesí, la confusión de las tres de la madrugada. Y es que antes de  “eso” demostró sus habilidades, bailaba y se retorcía entre las butacas, y es  que habían butacas, si señores, ahí se podían encontrar visitantes noctívagos  de muy diversos linajes. El show era total. Antes del final, bailó las fusiones  musicales. Hizo acopio de sus aptitudes histriónicas y dramáticas. Contó  chistes e hizo retozos de muy diversas maneras. Aquel matiz del Bachiller nos  era desconocido. ¡Bravo!, Bachiller! Es probable que el scotch haya calado en  él. Cuando Monique apareció en el tablado, parece que se nubló. Ella era la  bailarina que cerraba el show. Dio tres y cuatro pasitos para delante y para  atrás. Su sombrero llamaba la atención. Se dice que fue el color chispeante del  sombrero. No lo creemos. Más bien pensamos en el scotch y la damisela de la  noche. No se sabe cómo, el Bachiller se fue hasta la parte de atrás de las  butacas y tomó impulso: dio un salto largo y cayó en el tablado. Las “damas de  honor” de Monique se hicieron a un lado y él sin dejar de sentirse un “elegido”  bailó o trató de danzar a la par de la princesa. El acoso fue total, la siguió  por el tablado, hasta que los orientales entraron y con hostilidad lo tomaron  de los hombros y entre sacudidas lo sacaron de escena. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller se refugió en la mesa de manteles  amaranto. Los orientales llegaron como hormigas. No nos imaginábamos que  aquello era una madriguera de chinos. Algunos se insinuaban como tahúres  genuinos y conocedores expertos de las artes marciales. Solo quedaba una  salida, pagar y salir limpios. Hubo miradas intermitentes. Gestos feroces.  Palabras ininteligibles. Hasta que un oriental que mascullaba el idioma,  rezongó entre dientes una cifra astronómica. Inalcanzable. Dijimos cómo y qué.  Policía, aulló uno de los orientales; de inmediato enseñó una  daga reluciente. Otro se carcajeó. Carlitos  se ajustó el mono de mecánico. Miró a los orientales de arriba abajo. Les paseó  con insolencia su mirada de jaguar ancestral. Volvió a preguntar por la cuenta.  Otro oriental le enseñó una daga filosa y alargada, Carlitos con prudencia  pidió calma, por favor calma. Durante unos minutos hubo expectación. Lo vimos  inclinarse en su asiento, y con mucho cuidado levantar de las baldosas su bolso  de tela incolora. Lo colocó sobre la mesa y como si  se tratase de un “pase mágico”, del bolso  emergió otra bolsa de papel craft. Fue maravilloso. De la bolsa de papel craft,  bien acomodados, se asomaron muchos fajos de billetes verdes. Los chinos  estaban estupefactos. Nosotros no podíamos creerlo. Pero así fue. Tomó unos  cuantos billetes verdes y los lanzó en la mesa. Los asistentes que aun se  encontraban en las butacas comentaban y aplaudían. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando dejamos atrás el “As rojo”, Carlitos, el  escultor, el coleccionista de semillas, cerró el episodio con una especie de  frase dirigida a la madrugada gloriosa: “Les dije que me va muy bien con la  escultura; esta tarde El<em> club de polo</em> me pagó los trofeos que les hice para su campeonato; no sé que voy a hacer con  tanta pasta”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ALFONSO PEÑA, San José, Costa Rica.<br />
Narrador, ensayista,   editor, agitador cultural.<br />
Dirige la revista Matérika (<a href="http://www.materika.org/">www.materika.org</a>). Entre algunos de sus libros  mencionamos <em>Noches de celofán</em>, <em>La Novena generación</em>, <em>Desde el  centro</em>, <em>Labios pintados de azul</em>. Buena parte de sus ficciones han  sido vertidas al portugués, inglés, italiano, francés. Colabora con diversos  medios latinoamericanos. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8212;-</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Francisco Villalpando (mención honorífica en el Premio de novela corta “Rafael Ramírez Heredia”)</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/07/francisco-villalpando-mencion-honorifica/</link>
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		<pubDate>Thu, 16 Jul 2009 22:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Este es un fragmento de la novela que el jurado calificador del concurso, constituido por Hernán Lara Zavala, Eugenio Aguirre y Oscar de la Borbolla, propuso para recibir mención honorífica por verle suficientes méritos para quedar en la pelea por &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/07/francisco-villalpando-mencion-honorifica/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando-93x100.jpg" alt="francisco-villalpando" title="francisco-villalpando" width="93" height="100" class="alignleft size-thumbnail wp-image-1144" /></a>Este es un  fragmento de la novela que el jurado calificador del concurso, constituido por  Hernán Lara Zavala, Eugenio Aguirre y Oscar de la Borbolla, propuso para  recibir mención honorífica por verle suficientes méritos para quedar en la  pelea por el primer lugar.<br />
<span id="more-1143"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><center><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg" alt="francisco-villalpando" title="francisco-villalpando" width="350" height="375" class="alignnone size-full wp-image-1144" /></a></center></p>
<p align="center"><strong>“LOS DEMONIOS DE PROELESA”  (fragmento)</strong></p>
<p>La luz se alcanza a ver a lo lejos como un pequeño punto en medio de  la oscuridad, poco a poco va aumentando su tamaño y luminosidad conforme se va  haciendo más fuerte el sonido de unos tambores que parecen acompañar la  solitaria carrera de  cinco hombres, que  sin descanso avanzan por la accidentada ladera de la montaña con gran agilidad  en medio de la noche; cuando se aproximan se puede ver con mayor claridad que  el hombre que va al frente carga la antorcha que les ilumina el camino,  mientras que el que va detrás de él avanza pateando con la parte externa de sus  pies una bola de madera; atrás de él vienen otros tres miembros del grupo, que  a su debido tiempo relevaran a los de enfrente. Saben que no pueden detener su  marcha, están muy cerca de completar el rarajípari conforme espera su pueblo,  pronto podrán ser proclamados dignos aspirantes a gobernadores y a chamanes;  después de haber recorrido casi en su totalidad los 200 kilómetros entre  montañas, llevando con ellos la bola hecha con madera de encino que representa  a su gente, la cual deberán hacer pasar la meta ya cercana. Mientras continúan  corriendo el guía voltea hacia atrás y se percata de que el grupo del otro  pueblo ya ha quedado muy atrás, la antorcha de ellos no se puede distinguir.  Repentinamente se escucha el zumbido de un objeto que se desplaza por el aire a  gran velocidad, el hombre guía que cargaba la antorcha cae inerte atravesado  por una flecha que salió de en medio de la oscuridad&#8230;</p>
<ul>
<li>¡No! &#8211; Grita Roberto Bautista  despertando abruptamente en su cama.</li>
</ul>
<p>Se reincorpora aún con la respiración agitada, tratando de entender  lo que la visión en su sueño le quiere decir. Roberto estaba aprendiendo las  artes del chamanismo en las que su tío lo estaba iniciando, para que en un  futuro el asumiera la responsabilidad de ser owirúame, el guía espiritual y  sanador de su pueblo. Basado en las enseñanzas de su tío el Chamán, sabía que  el espíritu también hablaba por medio de los sueños, por lo que el tenía que  interpretar el mensaje que acababa de recibir.</p>
<ul>
<li>Aún no es tiempo de mi  rarajípari, ¿de que se trata todo esto? </li>
</ul>
<p>Se preguntaba Roberto mientras observa que en su reloj despertador  se están marcando las 2:35 de la madrugada.</p>
<ul>
<li>No logro interpretarlo, creo  que tendré que consultárselo a mi tío.</li>
</ul>
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		</item>
		<item>
		<title>Amalia Lú Posso Figueroa</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/03/amalia-lu-posso-figueroa/</link>
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		<pubDate>Fri, 27 Mar 2009 13:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Amalia Lú Posso Figueroa recoge la tradición oral de su región natal, el Chocó colombiano, en el Pacífico negro, para dar cauce a una escritura alegre y erótica, imaginativa. Una buena parte de sus relatos están recogidos en lu libro &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/amalia-lu-posso-figueroa/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-742" title="Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/amalia-lu-75x100.jpg" alt="Amalia Lu" width="75" height="100" />Amalia Lú Posso Figueroa recoge la tradición oral de su región natal, el Chocó colombiano, en el Pacífico negro, para dar cauce a una escritura alegre y erótica, imaginativa. Una buena parte de sus relatos están recogidos en lu libro <em>Vea ve mis nanas negras</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-747"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CON EL RITMO EN EL SEMBRAR</strong><br />
AmaliaLú Posso Figueroa</p>
<p>Secundina Caldón, la nana Caldondina, tenía el ritmo en el sembrar o, como decían todas las gentes: tenía buena mano.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-741" title="Libro Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/afiche-amalialu.jpg" alt="Libro Amalia Lu" width="450" height="631" />Lo que tocaba la nana Caldondina embarnecía, florecía, engrosaba y se enhiestaba, por eso en una época se pensó que podía hacer tratamientos cuando a los hombres no les funcionaba el carrizo, pero la nana Caldondina necesitaba la tierra como elemento de embarnecira, la frondosidad, espesura y los palos erguidos se lograban pero saliendo siempre de la tierra y quedándose en ella. A la orilla del San Juan, en Samurindó, pueblo donde nació Secundina, decían que ella le había hecho florecer la varita a san José.</p>
<p>La paliadera de mi casa, que cuidaba con esmero la nana Caldondina, era una explosión de color: salían juntas, mano de león, lluvia de oro, heliotropo y buenas tardes; brotaban flores amarillas incandescentes, casi naranja, flores rojas en todas las gamas hasta llegar a un rojo-negro, flores blanquísimas en forma de cartucho con espigo amarillo, llamaban niño en cuna; había jazmín del cabo, dalia, bonche, corona de espinas y zapatico de la reina, el milpesos estaba al lado del palo de culebra, del árbol del pan y del corozo, y entre todas crecía el borojó; para sembrarlo la nana Caldondina se rodeaba de la magia que exige sembrar borojó: enterraba dos palitos, uno muy cerca del otro, la hembra pegada del macho, es la única forma en que pelecha el borojó,el palo hembra que da la olorosa bola café oscura, rozando al palo que ostenta su capacho largo, amarillo, pálido, con el que la toca como picha suave hasta que brota el borojo. El pedazo de la paliadera sembrado de magia, se movía por las noches con el vaivén que tiene el ritmo del amor.</p>
<p>Al lado crecían los palos de bija, que la nana Caldondina disfrutaba en su mejor momento cuando estaban listas para bajar del árbol todas las cajeticas verdes en forma de corazón, llenas de la hermosa sorpresa que da el fruto del árbol de bija: muchísimas bolitas rojo intenso, que después las olorosas cocinas del Chocó tendrán siempre en un frasco con aceite, para darle color de corazón a todas las comidas y al amor.</p>
<p>Secundina Caldón, la nana Caldondina sabía mucho del monte, de los árboles, de sus frutos, de sus flores y sembradas, lo aprendió toditico en Samurindó cuando estuvo trabajando por mucho tiempo en la casa de Floremiro Agualimpia Cañadas, botánico por instrumentos, que alimentaba la tierra para que ésta agradecida, le regalara frutos, flores, capachos y capachitos.</p>
<p>Floremiro vivía en y para la tierra hasta que supo que Secundina Caldón no sabía leer y resolvió enseñarle en el único libro que había en la casa, era un libro de árboles que decía todo dizque sobre las especies, llamaba &#8220;Ciencias de la Tierra&#8221; y era un corrinche de libro que llamaba al plátano <em>Himatanthus articulata</em>, si era de hojas alternas, ápice agudo, flores blancas de corola tubulosa y no daba fruto, pero si era el plátano que toro mundo come frito, se llamaba <em>Musa sp.</em> y era de la familia <em>Musaceae</em>; maunífica creo, habráse visto el problema.</p>
<p>La nana Caldondina pensaba que eso de aprender a leer era complicadísimo y para qué se aprende si lo que una lee es una arrechera durísima que naides entiende.</p>
<p>El libro decía que dizque el maíz tiene al tiempo flores masculinas y femeninas, que no necesita de otro árbol cerca y que la papaya tiene flores femeninas, masculinas y hermafroditas, ¡que corrompisiña!; que el <em>Cativo prioria copaifera</em> es monosperma (¿sólo una?), que el <em>Cucharo colorado</em> da flores con un solo pétalo y es amarillo no colorado, que el <em>Vitex cooperi truntago </em>tiene inflorescencias axilares (¿como gente?) flores con cáliz cupuliforme, pubérulo y fruto drupáceo negro hasta de 13 mm. de largo (eso si no es del grandor de mi gente ), que el corcho da fruto negro y se llama peine de mono, que el <em>Hura crepitans</em> es la ceiba blanca, arenillero o lo que ella llamaba milpesos, que secreta savia lechosa, tóxica e irritante, que tiene flores unisexuales (¿cómo así, yo con yo?), que su fruto es una cápsula discoide, dehiscente con violencia, originando una pequeña detonación con semillas aplanadas que son purgantes. Por la hostia, ¡qué maravilla!</p>
<p>Secundina cogía una pensadera, para tratar de explicarse qué carajo era lo que leían los blancos, por qué a una cosa tan sencilla como a la nascencia de un árbol, le ponían tanto nombre raro; al zapote, su zapote de fruta anaranjada, que comía todos los días, lo bautizaron <em>Pouteria neglecta</em>, hasta vulgaridá será; ve vé, las hojas tienen pelos esparcidos ferruginosos y a las pepas tan sabrosas les dicen protuberancias aterciopeladas rojizas. Uujú.</p>
<p>Por las noches, cuando Floremiro Agualimpia Cañadas llegaba lleno de tierra y olor a flores, se quitaba las botas de caucho se lavaba manos, uñas, cara, cabeza y pies con abundante agua y jabón, prendía la vela, comía chucula y llamaba a Secundina, para que sentada a su lado husmeara página a página el interminable libro que sólo cosas raras tenía; lo importante le decía Floremiro, es aprender a leer, para después en otros libros más fáciles, entender eso que usté llama corrinche y así se le organiza la pensadera.</p>
<p>Iban en la página cinco y Secundina leyó: enredaderas. Alabao, casi gritó, al fin un corrinche serio, de eso sí que sé yo, pero continuando el renglón encontró: <em>Passiflora puritana</em>, <em>Passiflora adulterina</em>; no es justo con yo, me está diciendo este libro que mis enredaderas ¿son monjas o son mujeres de la vida? Eso no lo conozo yo, dizque ponerle nombre a las matas con conducta de mujer sonsa o arrecha, no me parece de justicia, no. Este libro no me está gustando, la mayoría no lo entiendo y cuando capto un <em>ítem</em> , me le ponen calentura y pres  pres a los árboles, a las flores y a las matas chiquitas también. Ay hombe, ¿será que los blancos no tienen oficio?</p>
<p>Floremiro Agualimpia Cañadas, se carcajeaba con las ocurrencias de Secundina, pero casi la obligaba a seguir leyendo: <em>Euforbiasis, euforbiaceae</em>: no cumple con patrones de familia con características definidas. Vean vé, ¿será que ahora están hablando de los hombres? ¿Dígame usté si puede decirse que los hombres son euforbiaceos?</p>
<p>Seguí leyendo Secundina, dijo Floremiro, no hablés tanto que se nos acaba la vela. Y la nana Caldondina continuó: <em>Machaerium Moritzianum</em>, familia <em>Fabaceae</em>, arbusto espinoso, flores de cáliz campanulado, ápice redondeado, emarginado, inflorescencia en racimos de raquis tomentoso, pubescente, parte seminal arqueada, aplanada en forma de machete.</p>
<p>Maunífica <em>ánima mea</em>, no me vaya a regañá, pero este arbusto tiene que ser de la familia de los euforbiáceos; ve que estoy aprendiendo, algo me tenía que llegar a las entendederas y antes de que Floremiro se desesperara por la conversadera, Secundina dijo, sigamos pues: <em>Conocarpus  erectus</em> , frutos alados agrupados en cabezuelas globosas, se conoce como mangle negro; ujú , siguen hablando de los hombres, vea Floremiro, usté me va a tené que explicá toro este bororó de pouteria, puritana, adulterina, tomentoso, pubescente, pero sobre todo lo del erectus.</p>
<p>Floremiro se desconcertó con las asociaciones de la nana Caldondina, y más que desconcertarse, se intranquilizó, nunca se había hecho esas preguntas frente a los nombres y características de las especies; encontró en la vela un cómplice, pues estaba por consumirse y fue la excusa perfecta para cerrar el libro y dejar las preguntas para un lejano después.</p>
<p>Pero Floremiro Agualimpia Cañadas se azaró al sentir que la nana Caldondina le estaba pasando los problemas de una pensadera que no tenía cómo responder y que empezaba a generarle características de especie, para ser más exacto, de <em>Conocarpus especie</em>. Durmió mal, sudó mucho, se movía en la cama, pá&#8217;llá, pá&#8217;cá y a las cuatro de la mañana que se levantó, se sintió extenuado, por haber estado toda la noche como un mangle negro.</p>
<p>Se fue rapidito sin desayunar, no quería encontrarse con Secundina y que ella leyera en sus ojeras que era verdad lo que había leído en el libro. Pasó un día de espanto, sin que pudiera mirar los árboles, las flores, los frutos, las hojas, las enredaderas, con los mismos ojos de antes, ahora eran erectus, pubescentes, tomentosas, adulterinas, puritanas o pouterias, pero para él, todas tenían el envés completamente tormentoso. Le daba temor el tener que regresar por la noche a la rutina de lavada, comida, vela prendida, pero sobre todo se enmiedó con la leída. ¿Qué más cosas podían aparecer en ese libro, que le alborotaran a Caldondina la pensadera y la preguntadera, y a él la sudadera y el conocarpus de su mangle negro?</p>
<p>Llegó a la casa y le dijo a Caldondina sin mirarla a los ojos, que se sentía mal, que el viento y el aguacero lo tenían ardiendo. No se lavó, no comió, no prendió la vela y se acostó a revolcar en la estera todo: su cuerpo y su conocarpus.</p>
<p>Secundina no se enteró que Floremiro Agualimpia Cañadas había llegado, no con fiebre sino con el envés tormentoso, prendió la vela, cogió el libro y empezó a leer: <em>Ochroma lagopus sw</em>,<em> </em>palo de balso: tronco liso, ramificación abierta en sombrillas, flores con cáliz en forma de embudo, tomentoso exteriormente, interiormente seríceo, fruto erecto dentro de un abundante vello sedoso, pardo amarillento.</p>
<p><em>Bursera simaruba: </em> indio desnudo, secreta savia aromática.</p>
<p><em>Brosimun utile</em>: Perillo, secreta látex blanco, tiene inflorescencia grande leñosa, en forma de borla espinosa, pero solitaria.</p>
<p>Sin saberlo estaba leyendo el tomento que acongojaba a Floremiro Agualimpia Cañadas, sudoroso y solo en la estera, por primera vez no hizo la asociación, apagó la vela y se fue a dormir.</p>
<p>Al día siguiente, y todos los días que siguieron, aumentó el tomento de Floremiro, que se agravó, tanto que tuvieron que llevarlo urgente en la champa al hospital de Quibdó.</p>
<p>Caldondina se quedó en Samurindó al cuidado de la casa y de los árboles, de flores, frutos, enredaderas, pouterias, pubescentes, tomentosas, adulterinas y puritanas, sin sospechar que el conocarpus de Floremiro lo había enfermado porque era al tiempo palo de balso, <em>Bursera simaruba</em> y <em>Brosimun utile</em>.</p>
<p>Floremiro nunca regresó a Samurindó y cuando llegó un nuevo botánico a reemplazarlo, Secundina metió en una chuspa dos blusas, una falda, miles de piececitos de todo lo que estaba sembrado, y el libro &#8220;Ciencias de la Tierra&#8221; y se embarcó hacia Quibdó. Vino a trabajar a mi casa, llenó la paliadera de ritmos de luz, movimiento, color y olor, con todo lo que sembró y sólo cuando se percató de la arrechera del meneo que se veía donde se amaban los palos de borojó, supo que todo su ritmo se desasosegó cuando Floremiro Agualimpia Cañadas, le enseñó a leer que la calentura, el amor y la arrechera, tienen el mismo ritmo en los hombres, en las mujeres, en los árboles, en las flores, en los frutos, y lo más revelador para ella: en el <em>Conocarpus erectus</em> y no sólo en el envés sino en el raquis tomentoso. Desde ese momento, ella siempre soñó en llegar a ser como el sapotillo para encontrar a Floremiro y tener con él un fruto pero con ritmo de cáliz persistente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong>AMALIALÚ POSSO FIGUEROA</strong></p>
<p>AmaliaLú escribe cuentos que traen los dejos tiernos de la gente del Chocó, población negra entre el Caribe y el Pacífico colombianos. En sus relatos descubre la sensualidad de la etnia Afrocolombiana, de donde provienen  los recuerdos de su infancia.</p>
<p>En su espectáculo, con el que se ha presentado entre otros en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, en octubre 2002, en abril 2004,en abril 2006,y en marzo 2008, recrea algunos de los personajes de los 25 cuentos de su libro <strong>&#8220;Vean Vé, mis nanas negras&#8221;</strong> y nos presenta un Chocó festivo, caliente, erótico, lleno de sabor y de ritmos que enriquecen nuestros sueños y nuestros más profundos deseos.</p>
<p>Es un trabajo escénico donde el lenguaje es acariciador y descarado, y donde los bailes y tradiciones negras alcanzan una expresión festiva para el disfrute del público.</p>
<p>En el prólogo de su libro <strong>&#8220;Vean Vé, mis nanas negras&#8221;,</strong> el antropólogo colombiano, Jaime Arocha, dice:</p>
<p>&#8220;AmaliaLú Posso Figueroa habla bien el chocoano. De ella, un lingüista diría que es competente en el dialecto del norte del litoral pacífico. Sabe decir &#8220;bambazú&#8221; y &#8220;desguayangamiento&#8221; cuando toca; usa negativos dobles -&#8221;así no bailo, no&#8221;y en especial cuando actúa, le da a sus manos, caderas, miradas y palabras la posición, malicia y entonación necesarias para que todas juntas representen el humor y el amor, conforme los expresan los chocoanos. Es inocultable que las nanas que saltan a escena, le enseñaron a AmaliaLú cómo es que se amalgama voz y gesto.</p>
<p>Refresca que AmaliaLú Posso Figueroa, al contrario de casi todos los que nos hablan del Chocó, no se regodee en inventarios de marginalidades y carencias. Ella habla de erotismo, pero sobre todo, de las alegrías rebeldes y palenqueras que habitan las almas de esas nanas quienes con tan sólo pisar el suelo hacen que el paisaje de selvas, ríos, lluvias y soles vibre con el ritmo que llevan sus cuerpos.&#8221;</p>
<p align="center"><strong>¨</strong><strong></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-742" title="Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/amalia-lu.jpg" alt="Amalia Lu" width="180" height="240" />AmaliaLú Posso Figueroa, nació y creció en Quibdó, Chocó, Colombia y es Psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia, se ha desempeñado como Psicoterapeuta; Directora Psicóloga del Centro de Atención Integral al Preescolar; y Coordinadora de Excelencia Académica de la Universidad Nacional de Colombia.</p>
<p>Ha sido profesora catedrática en las universidades: Pontificia Bolivariana de Medellín, Jorge Tadeo Lozano y Los Andes de Bogotá.</p>
<p>Un cuento de su libro <strong>&#8220;Vean vé mis nanas negras&#8221;,</strong> <em>Honoria Lozano, la que tenía el ritmo en el sentar</em>, ha sido incluído en la antología de la literatura colombiana, publicada por el Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2005. Y otro cuento,<em> Delfa</em> <em>García y Jesusita Blandón</em>, ha sido traducido al portugués en <strong>Histórias das terras daqui e de lá.</strong> Editora Zeus, Río de Janeiro, 2007</p>
<p>Con su espectáculo <strong>Cuentos eróticos del Pacífico colombiano</strong>, se ha presentado en escenarios de Colombia, España, Francia, Venezuela, Argentina, México, Brasil,</p>
<p>Ecuador , Jamaica y Estados Unidos.</p>
<p>Ha sido distinguida con el Decreto 0010 de la Gobernación del Chocó, enero 2007</p>
<p>Exaltar la vida y obra de la escritora y poeta chocoana, Amalia Lú Posso Figueroa.</p>
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		<title>Un cuento de Milcíades Arévalo (Colombia, 1943)</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/02/cuento-de-milciades-arevalo/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Feb 2009 17:18:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[En &#8220;El caballo del viento y la muchacha desnuda&#8221;, el autor nos impulsa en dirección de las sublimes tentaciones. &#160; &#160; &#160; EL CABALLO DEL VIENTO Y LA MUCHACHA DESNUDA Milcíades Arévalo Un sueño es una escritura, y hay muchas &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/02/cuento-de-milciades-arevalo/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_439" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><img class="size-thumbnail wp-image-439" title="Milcíades Arévalo" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/milciades-arevalo-100x100.jpg" alt="Milcíades Arévalo" width="100" height="100" /><p class="wp-caption-text">Milcíades Arévalo</p></div>
<p>En &#8220;El caballo del viento y la muchacha desnuda&#8221;, el autor nos impulsa en dirección de las sublimes tentaciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-438"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong>EL CABALLO DEL VIENTO Y LA MUCHACHA DESNUDA<br />
Milcíades Arévalo</strong></p>
<p align="right"><em>Un sueño es una escritura, y hay muchas<br />
escrituras que sólo son sueños.</em></p>
<p align="right"><strong>Umberto Eco</strong></p>
<p align="center">El día que leí mi primer  poema comenzó mi desgracia.<br />
Si bien es cierto  que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a  la congregación con poemas de este tenor: <em>Ecia vlume veldé, eninoc qu, </em> que en idioma vulgar no  era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio  me mandó a refrescar el magín al río.</p>
<p align="center">No había terminado de saborear el agua, que a esa hora de la tarde era  de vidrio, vi a unas  muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!</p>
<p align="center">Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en  extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio,  las muchachas comenzaron a gritar en coro: &#8220;¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!&#8221;, porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.</p>
<p align="center">Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha,  para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios  delante del espejo y  nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa</p>
<p align="center">Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? &#8211;¡Válgame Dios!&#8211;. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi  puñal de tormento,  con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.<br />
Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera,  ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.</p>
<p align="center">Todo se lo conté. Sin embargo,  fue como si no me oyera. En volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de  la biblioteca de la venerable congregación,  para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.</p>
<p align="center">Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan  el caballo del viento y  la  muchacha desnuda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><div id="attachment_439" class="wp-caption alignleft" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/milciades-arevalo.jpg" alt="Milcíades Arévalo" title="Milcíades Arévalo" width="250" height="270" class="size-full wp-image-439" /><p class="wp-caption-text">Milcíades Arévalo</p></div><strong>Milcíades Arévalo</strong>,nació en Colombia, en El Cruce de los Vientos (1943).  Periodista cultural, fotógrafo,  narrador, dramaturgo  y editor, director  de la revista Puesto de Combate de la Sociedad de la Imaginación, fundada en 1972.  Entre sus libros publicados  se destacan <em>El oficio de la Adoración</em> (Relatos, 1988), <em>Inventario de Invierno</em> (Cuentos juveniles, 1995) y <em>Cenizas en la Ducha</em> (Novela, 2001<em>.</em> Tiene varios libros inéditos, entre ellos: <em>Manzanitas verdes (</em>Cuentos), El Jardin Subterráneo (Teatro)<em> Galería de la memoria</em> (ensayos), La Loca poesía (Antología)  y <em>El Héroe de todas las derrotas</em> (Novela).</p>
<p>Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: <em>Conmemoración de los 10 años de la muerte de  Pablo Neruda</em>, Universidad  Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); <em>Viaje por la Literatura Colombiana</em>, realizado por el Banco de la República (1984); <em>Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro</em> (Madrid, 1985), con presentación de su obra El Jardín Subterráneo en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo; Realizador del 1o, 2º y 3º  <em>Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios en la Feria del Libro de Bogotá</em>, durante los años 1988, 1989 y 1990; <em>Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe</em>,   invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).</p>
<p>Durante su vida ha sido marinero, empleado bancario, vendedor de libros, publicista, jurado en distintos concursos de cuento y poesía, conferencista de literatura colombiana, editor de libros y  corrector de estilo. Aunque estudió  Español y Literatura, se considera autodidacta por naturaleza. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital.</p>
<p><strong>Dirección: </strong><br />
milciadesarevalo@gmail.com<br />
milciadesarevalo@hotmail.com<br />
sociedadelaimaginacion@gmail.com</p>
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		<title>Un relato de Ana Clavel</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Jan 2009 14:57:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[La escritora mexicana hace suya La Otra y ofrece un atisbo a su escritura. &#160; &#160; &#160; &#160; &#160; Siempre el paraíso Ana Clavel Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/01/relato-de-ana-clavel/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><div id="attachment_221" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-221" title="Ana Clavel" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a-100x100.jpg" alt="Ana Clavel. Foto: JAL" width="100" height="100" /></a><p class="wp-caption-text">Ana Clavel. Foto: JAL</p></div><br />
La escritora mexicana<br />
hace suya <em>La Otra</em> y ofrece<br />
un atisbo a su escritura.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-392"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Siempre el paraíso</strong></p>
<p><em>Ana Clavel</em></p>
<p><div id="attachment_221" class="wp-caption alignright" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a.jpg" alt="Ana Clavel. Foto: JAL" title="Ana Clavel" width="250" height="423" class="size-full wp-image-221" /><p class="wp-caption-text">Ana Clavel. Foto: JAL</p></div>Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada transformación. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.</p>
<p>Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Dalila, el dolor de Salomé y me contuve.</p>
<p>&#8220;Tuve un sueño raro&#8221;, me dijo al despertar. &#8220;Eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte -yo entre ellos-. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo -el cuenco líquido de tu cadera, creo- cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma.&#8221;</p>
<p>Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.</p>
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