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	<title>Revista La Otra &#187; gaceta24</title>
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	<description>Revista de poesía + Artes visuales + Otras letras</description>
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		<title>Presentación La Otra-Gaceta No. 24</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:40:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
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		<description><![CDATA[Versos para devorar sin culpa José Ángel Leyva A reserva de hablar sobre la crisis financiera que agobia al mundo, sobre todo a la clase media, porque para los pobres la crisis es un estado permanente, consustancial a su condición, &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/presentacion-la-otra-gaceta-24/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/leyva-mar09.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-679" title="José Ángel Leyva" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/leyva-mar09-86x100.jpg" alt="José Ángel Leyva" width="86" height="100" /></a></p>
<p><strong>Versos para devorar sin culpa</strong><br />
José Ángel Leyva</p>
<p>A reserva de hablar sobre la crisis financiera que agobia al mundo, sobre todo a la clase media, porque para los pobres la crisis es un estado permanente, consustancial a su condición, sobre todo a la miseria, comparto con los lectores el texto que acompaña al volumen de la antología dedicada a los siete pecados capitales y a las virtudes, en la serie <em>Poesía en el andén</em>. No sólo es preguntarse por qué escribir poesía en tiempos de penuria, sino también por qué la poesía se ha convertido en un medio para ocupar cargos y abonar el prestigio, o también el desprestigio, según sea el caso.</p>
<p><span id="more-682"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><center><img class="alignnone size-full wp-image-679" title="José Ángel Leyva" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/leyva-mar09.jpg" alt="José Ángel Leyva" width="350" height="403" /></center></p>
<p>Baco o Dioniso, son las representaciones divinas de la mitología griega y romana que además de la fertilidad se asocian con el vino y la comida. Dioniso es la deidad que ampara el gusto y la carnalidad de sátiros y faunos, abre la puerta a la bacanal. En contraste con Apolo: equilibrio y armonía, Dioniso es concebido como Dios de los placeres terrenales, del hedonismo, de la euforia. La cultura apolínea y la dionisiaca parecen ser dos vertientes que riñen y se contraponen, pero en otras etapas de la historia se entreveran y se complementan. La moderación y el abuso, la contención y el desbordamiento marcan los ritmos de la conciencia y de los actos humanos.</p>
<p>En el mundo cristiano, la gula forma parte de los siete pecados capitales, pero es, junto con la lujuria y la pereza , uno de los excesos más ligados al placer, más cercano a las pulsiones o instintos que nos ponen en mayor cercanía con la naturaleza o con la bestialidad, sin negar la fuerte carga de racionalidad que pueda haber en su ejercicio. Todos, sin excepción, están ligados a la culpa, a lo prohibido. Representan la trasgresión de normas y preceptos que exaltan la vida ordenada y virtuosa del ideal cristiano. Ante la privación, la renuncia y la mesura, revolotea en el cuerpo y en la mente la tentación del  gozo, del ansia, del desbordamiento, del dejarse ir.</p>
<p>Por su parte, la envidia, la avaricia, la soberbia y un tanto la ira, se hallan más del lado del sufrimiento, de la carencia, del menosprecio. El poder suele ser el eje de rotación de tales conductas.</p>
<p>La gula, la concupiscencia y la pereza suelen compartir seguidores en el festejo, el carnaval, el festín, la orgía, la bacanal. No es casual que la imagen de la carne, del deseo sexual, adquiera con frecuencia expresiones digestivas, ligadas al apetito, a la voracidad, al anhelo de comer. Después de la saciedad viene el ocio, la inactividad, la holganza.</p>
<p>La gula responde a ese refrán popular de que &#8220;el comer y el rascar es cosa de empezar&#8221;. Así, el goloso no limita su demanda y sus antojos, más que un sibarita o un gourmet, suele ser un engullidor compulsivo. El cine, la pintura y en especial la literatura han recreado la imagen de estos personajes que beben y comen más allá de la necesidad, del recato. En particular dan cuenta de ellos las obras que satirizan la realidad, que se edifican en torno al humor, como por ejemplo <em>Gargantúa y Pantagruel</em>, de Rabelais, El Quijote de la Mancha, algunos poemas de Quevedo, los versos de los Goliardos, por citar algunos ejemplos notables, pero la lista es ancha, sobre todo en el plano de la gastronomía. En el cine nadie puede dejar de ver <em>El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante</em> o <em>El Bebé de Mâcon</em>, de Peter Greenaway  para reconocer en medio de escenografías barrocas no sólo las debilidades humanas que llevan a los celos, el odio, la venganza, o al fanatismo destructor, al deseo de poseer lo que el otro es o tiene, literalmente poseerlo, tragarlo, practicar el canibalismo.</p>
<p>La gula toma casi siempre el rostro del cerdo, esa criatura cebada para el sacrificio y la comilona. José Emilio Pacheco lo expone de manera jocosa e irónica. Anne Sexton, lo hace de forma dramática. Pero la expresión porcina es invariablemente signo de glotonería y avidez. No obstante, el buen comer y el beber forman parte de lo más excelso de las culturas. Los banquetes sirven también para acercar a las personas, para llegar a acuerdos, para introducir a la amistad y al amor, para pacificar. La sobremesa da lugar al diálogo, a la anécdota, al buen humor, a la risa, a la satisfacción de los comensales. Los pueblos con culturas más refinadas poseen una vasta y compleja cocina que los identifica y los enaltece. El arte tiene también algo de culinario. No son pocas las obras en las que la comida es asunto o motivo, tema o pretexto para erigir un andamiaje estético. La poesía no está al margen de los hábitos del hombre y la gula misma puede ser la vianda en la que el lector dé rienda suelta a su apetito literario. Aquí hallará un extenso menú que viene desde el Medioevo e inicios del Renacimiento hasta la era del Internet.  Veremos que, en lo esencial, poco ha cambiado. Buen provecho.</p>
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		<title>Novedades editoriales febrero-marzo 2009</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:37:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
		<category><![CDATA[gaceta24]]></category>

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		<description><![CDATA[Primer Premio Nacional de Novela Corta “Rafael Ramírez Heredia”, 2009. Consulte aquí las bases y las características del concurso. El escritor brasileño, Lêdo Ivo, se ha hecho merecedor del Premio Casa de las Américas, 2009, con su libro Requiem, en &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/novedades-editoriales-marzo-2009/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Primer Premio Nacional de Novela Corta </strong>“Rafael Ramírez Heredia”, 2009. <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/01/convocatoria-concurso-novela-corta/" target="_blank">Consulte aquí</a> las bases y las características del concurso.</p>
<p><strong>El escritor brasileño, Lêdo Ivo</strong>, se ha hecho merecedor del Premio Casa de las Américas, 2009, con su libro <em><strong>Requiem</strong></em>, en la categoría literatura escrita en lengua portuguesa. Esta obra fue publicada recientemente por La Cabra Ediciones y la Universidad Autónoma de Nuevo Léon.<br />
<a href="http://www.casa.cult.cu/premios/literario/2009/premios.php?pagina=premios" target="_blank">Ver más&#8230;</a><br />
<br />
<strong>El nadaísta colombiano, Jotamario Arbeláez</strong>,  recibió a fines de 2008, el premio internacional de Poesía Víctor Valera Mora que otorga el gobierno de Venezuela, por su libro <em><strong>Paños menores</strong></em>, publicado en México por ediciones Alforja (hoy La Cabra) y Difocur, de Sinaloa.<br />
<br />
<strong>Ya está en circulación:</strong> El libro de Antonio Cisneros <strong><em>A cada quien su animal</em></strong> con prólogo de Juan Manuel Roca.<br />
Publicado por La Cabra Ediciones y CONARTE de Nuevo León.</p>
<p align="center">
<a href="http://www.laotrarevista.com/images/gaceta/convoca-21d3a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/images/gaceta/convoca-21d3a.jpg" padding="5px" width="100" height="100" alt="La Otra" /></a> &#8211; <a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/requiem.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/requiem.jpg" alt="Requiem" width="65" height="100" padding="5px" /></a> &#8211; <a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/panos-menores.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/panos-menores.jpg" alt="Paños menores" width="65" height="100" padding="5px" /></a> &#8211; <a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/cada-quien-su-animal.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/cada-quien-su-animal.jpg" alt="A cada quien su animal" width="65" height="100" padding="5px" /></a></p>
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		<title>Raúl Gómez Jattin</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:34:18 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[No se trata de una aproximación más al poeta, es una crónica y un testimonio de un coterráneo suyo, de Colombia, que lo descubrió antes de que fuese siquiera tomado en cuenta como un hombre lúcido. Milcíades Arévalo desvela esas &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/raul-gomez-jattin/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_627" class="wp-caption alignleft" style="width: 85px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/gomez-jattin-24i1b.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-627" title="Raúl Gómez Jattin" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/gomez-jattin-24i1b-75x100.jpg" alt="Raúl Gómez Jattin" width="75" height="100" /></a><p class="wp-caption-text">Raúl Gómez Jattin</p></div>
<p>No se trata de una aproximación más al poeta, es una crónica y un testimonio de un coterráneo suyo, de Colombia, que lo descubrió antes de que fuese siquiera tomado en cuenta como un hombre lúcido. <strong>Milcíades Arévalo</strong> desvela esas temporadas en el infierno y su emergencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-675"></span></p>
<p><a title="Ver más" href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/raul-gomez-jattin.pdf" target="_blank">Ver crónica completa, archivo .PDF</a></p>
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		<title>Hugo Gutiérrez Vega. Homenaje por sus 75 años de edad</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:29:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Verso converso]]></category>
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		<description><![CDATA[El poeta mexicano, originario de Jalisco, recibió este pasado mes de febrero un reconocimiento por su trayectoria literaria en Bellas Artes. Los comentarios fueron hechos por Marco Antonio Campos, Carlos Monsiváis y Juan Domingo Argüelles. Aquí la lectura de tres &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/hugo-gutierrez-vega-homenaje/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_638" class="wp-caption alignleft" style="width: 106px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/hugo-gutierrez-24d1a.jpg" alt="Hugo Gutiérrez" title="Hugo Gutiérrez" width="96" height="73" class="size-full wp-image-638" /><p class="wp-caption-text">Hugo Gutiérrez</p></div>
<p>El poeta mexicano, originario de Jalisco, recibió este pasado mes de febrero un reconocimiento por su trayectoria literaria en Bellas Artes. Los comentarios fueron hechos por Marco Antonio Campos, Carlos Monsiváis y Juan Domingo Argüelles. Aquí la lectura de tres poemas en voz del autor.</p>
<p><span id="more-672"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><object width="640" height="505"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/wyK63vrJMMI&#038;hl=en&#038;fs=1"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/wyK63vrJMMI&#038;hl=en&#038;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="640" height="505"></embed></object></p>
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		<title>Venezuela</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:26:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dos notables representantes de la poesía venezolana: Rafael Cadenas y Alfredo Silva Estrada nos hablan de su obra desde la mirada y las interrogantes de los poetas y periodistas Leonardo Padrón y Jacqueline Goldberg. Una muestra amplia de la poesía &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/venezuela/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_634" class="wp-caption alignleft" style="width: 85px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/rafael-cadenas-24i2a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-634" title="Rafael Cadenas" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/rafael-cadenas-24i2a-75x100.jpg" alt="Rafael Cadenas" width="75" height="100" /></a><p class="wp-caption-text">Rafael Cadenas</p></div>
<p>Dos notables representantes de la poesía venezolana: <strong>Rafael Cadenas y Alfredo Silva Estrada</strong> nos hablan de su obra desde la mirada y las interrogantes de los poetas y periodistas Leonardo Padrón y Jacqueline Goldberg. Una muestra amplia de la poesía de Venezuela ocupará el dossier de <strong><em>La Otra</em> número 2</strong>, a punto de salir de prensas</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-668"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong>Rafael Cadenas</strong></p>
<p align="center"><strong>La vida es la protagonista</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Leonardo Padrón*</strong></p>
<div id="attachment_632" class="wp-caption alignleft" style="width: 190px"><img class="size-full wp-image-632" title="Leonardo Padrón" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/leonardo-padron-24i2b.jpg" alt="Leonardo Padrón" width="180" height="271" /><p class="wp-caption-text">Leonardo Padrón</p></div>
<p>La poesía de Rafael Cadenas no pasa impunemente por los ojos de quien la consume. ¿No es esa la consecuencia primera de toda gran poesía? La suya tiene el don de remover arena humana allí donde muchas veces evitamos detenernos y de esclarecer el camino hacia certidumbres mayores y, por lo tanto, perturbadoras. Es incuestionable: la poesía venezolana necesitaba los manuscritos de este ciudadano tan suficientemente herido y atraído por la vida. Creo que no es vano afirmar que si no existiera la obra de Cadenas nuestro mapa literario tendría un rincón oscuro, un salto en el tejido, una laguna insalvable.</p>
<p>No seríamos los mismos lectores que hoy somos sin habernos asomado a ese discurso que sólo propone una ambición: recuperar la nitidez del ser humano. De eso se trata cualquiera</p>
<p>de sus títulos. A eso apuntan <strong>Los cuadernos del destierro</strong>, <strong>Falsas maniobras</strong>, <strong>Memorial </strong>y <strong>Gestiones </strong>(por nombrar un puñado). <strong>Cadenas </strong>-su poesía, sus ensayos, sus jirones- ha insistido en una obsesión: reconciliarse con el acto mismo de estar vivos. No es una   hipótesis mía. Lo ha dicho con todas sus letras: &#8220;el hombre ha perdido la poética del vivir&#8221;. Y en muchas ocasiones se empina un poco más: &#8220;Vivir en el misterio: frase redundante&#8221;. A</p>
<p>veces, cuando asume el tono del aforismo, pareciera que busca convencernos.</p>
<p>Pero no se trata del sabio que pontifica, al contrario, es el derrotado que desgrana sus únicas dos o tres frases posibles con la boca llena de espinas. El lo ha expresado sin neblina alguna: &#8220;La vida es la protagonista&#8221;, no el hombre, ni su obra, y mucho menos sus ideas. Las palabras simplemente pueden servirnos para labrar el camino que nos devuelva a nosotros mismos. Es justo por eso, por esa premisa conceptual, que su poesía, para abolir el yo, se afana en el yo; es por eso que su persona esquiva la luz de los cenitales y su sombra niega el aplauso. ¿Cómo consentir un halago o alguna conclusión si aún estoy perdido dentro del mundo? parecieran decir sus páginas, con cierto pudor.</p>
<p>A <strong>Cadenas </strong>hay que leerlo dos veces en la vida: en la juventud y en la soledad (las otras  diez veces son consecuencia, maravilla, devoción). La primera lectura nos regala una complicidad: son las que a cualquiera de nosotros, seres corroídos por el temor, tipos de brújula y sin ganas de tenerla, perfectos irresponsables, botarates afectivos, hijos del desasosiego, nos hubiera gustado escribir ante la requisitoria de estar vivos, ante la prueba, ardua siempre, de respirar. La segunda lectura nos otorga una revelación: el sitio donde realmente se hospeda el misterio. Y entonces su poesía adquiere estatura filosófica, estos es, se hace más poesía aún.</p>
<p><strong></p>
<div id="attachment_634" class="wp-caption alignright" style="width: 190px"></strong><strong><img class="size-full wp-image-634" title="Rafael Cadenas" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/rafael-cadenas-24i2a.jpg" alt="Rafael Cadenas" width="180" height="240" /></strong><p class="wp-caption-text">Rafael Cadenas</p></div>
<p>Cadenas ha sido quizás, de todos nuestros poetas, el que ha construido con mayor tenacidad un cuerpo reflexivo, no sólo desde libros como <strong>Anotaciones </strong>(un enjambre de fragmentos exquisitos y luminosos), <strong>Realidad y Literatura</strong>, o <strong>Apuntes sobre San Juan de las Cruz y la mística</strong>, sino desde cualquiera de sus poemas. Su poesía es más forma del pensamiento. O para decirlo de una manera brusca: es un poeta que no busca deslumbrar  sino revelar. Sus páginas son la persecución de una ética del vivir. Desde el desarraigo, desde la acera de los desahuciados, con las manos ateridas de frío y en un áspera intemperie</p>
<p>no ha hecho otra cosa que interrogarse (e interrogarnos) sobre el hecho &#8220;nimio&#8221; de estar vivo. <strong>Cadenas </strong>es un antihéroe, como lo somos casi todos los ciudadanos con cédula de identidad y tristeza en los ojos. El se explora, se suprime, se recoge, se abstiene. Con ese talante de burlado, con esa mirada de tardío, de perplejo e inocente. Con sus líneas que hablan de torpes intentos, de tanta inutilidad para el destello, del fracaso como rutina, de jornadas de borrasca y desazón. Cadenas ha asumido una travesía a través de sus propios huesos para encontrarse con una rotunda certidumbre: &#8220;<em>Ser viviente</em>. Es un modo de estar al que no se accede sin trabajo, un temple que cuesta&#8221;. Y tiene una sola valija en el viaje: el idioma. Es su crudo y lujoso instrumento. Para él lo cotidiano es el texto real del misterio, la respiración es una noticia insoslayable. Y en ese sentido el poema se convierte en un medio para develar el sentido de las cosas. Por eso, su poesía es cada vez más magra, más despojada. Importa más su decir que su música. No apela a la trampa de la ambigüedad  (muy socorrida en innumerables poetas), o a las consabidas cabriolas del lenguaje. Mientras más desnudo sea el verbo, más cercano a la verdad. Sus poemas son, no otra cosa, sino  apuntes sobre la realidad. Y la realidad es la que nos debe maravillar. Muchas veces escamoteamos esta idea, nos alejamos de ella, nos buscamos en lo oculto. Pero la poesía de <strong>Cadenas</strong>, por el contrario, nos devuelve al sentido original de la experiencia.</p>
<p>Quizás estoy derramando agua sobre el agua. Los lectores de poesía de esta comarca sabemos muy bien cuán decisivos son los libros de <strong>Rafael Cadenas</strong>. Sabemos que hay muchos poetas en este país, buenos y malos, pero son pocos los imprescindibles. Estamos,</p>
<p>quién lo duda, ante uno de ellos. Y digámoslo: la mejor manera de celebrar a un poeta es  leerlo con afán, deteniéndose en sus rincones, colocando la mirada donde él, en el poema, logró hacerlo, calcar el instante, y así, entenderlo, descubrirlo. En un país signado por la incertidumbre, balanceándonos entre la zozobra y la vigilia, quizás valga la pena recuperar la voz de nuestros grandes poetas. Y yo sugiero hoy a <strong>Rafael Cadenas</strong>, no como el único, pero sí como alguien que nos puede acompañar a reconciliarnos con el compromiso de estar</p>
<p>vivos. En su poesía no triunfa la belleza, sino la verdad. Y últimamente nos está haciendo  falta mucha verdad. Una exigencia más ardua con el rostro que nos devuelve el espejo. Un compromiso mayor con el amanecer.</p>
<p>_____</p>
<p>*Poeta, ensayista, libretista de telenovelas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El cuento en Chipre</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:23:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Guadalupe Flores, residente en Atenas, nos hace llegar esta nota sobre la narrativa chipriota y un ejemplo mayor, un relato de Giorgos Pieridis. INTRODUCCIÓN AL CUENTO CHIPRIOTA Guadalupe Flores Liera En principio, el cuento en Chipre no fue especialmente cultivado, &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/el-cuento-en-chipre/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/chipre-24d1a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-624" title="Chipre 1" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/chipre-24d1a-80x100.jpg" alt="Chipre 1" width="80" height="100" /></a></p>
<p>Guadalupe Flores, residente en Atenas, nos hace llegar esta nota sobre la narrativa chipriota y un ejemplo mayor, un relato de Giorgos Pieridis.</p>
<p><span id="more-665"></span></p>
<p align="center"><strong>INTRODUCCIÓN AL CUENTO CHIPRIOTA</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="right"><strong>Guadalupe Flores Liera</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>En principio, el cuento en Chipre no fue especialmente cultivado, pese a la antigua tradición literaria de la isla. La falta de condiciones óptimas para crear y editar explica en gran medida su ausencia de los periodos en que la narrativa sentó las bases para el género y produjo en otros países a sus representantes emblemáticos, como fue por ejemplo el siglo XIX.</p>
<p>Las condiciones sociales y políticas impidieron la creación literaria ininterrumpida; por otro lado los escritores creaban a contracorriente de la prohibición y la censura, de la falta de medios y de publicaciones, incluso de talleres tipográficos.</p>
<div id="attachment_625" class="wp-caption alignright" style="width: 360px"><img class="size-full wp-image-625" title="Chipre 2" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/chipre-24d1b.jpg" alt="Chipre" width="350" height="232" /><p class="wp-caption-text">Chipre</p></div>
<p>Chipre se encontraba, primero, bajo ocupación otomana, pasó luego al dominio británico y, desde 1974, el 38 por ciento de su territorio se encuentra de nuevo bajo la ocupación del ejército turco. Muy breve fue su dicha como nación libre, Su  independencia fue reconocida en 1960, pero cuando esta situación comenzaba a reflejarse también en la literatura, la invasión y ocupación de parte del territorio por un ejército extranjero volvió a hacer de la literatura un producto cargado de contenido historiográfico y costumbrista.</p>
<p>Se ha señalado que la literatura chipriota se caracteriza por una falta de destreza plástica y de objetivos limitados, pero es la problemática social y política la que impide la consagración a otro tipo de temas. La situación de injusticia pesa demasiado en el alma de los creadores, son muchas las consecuencias de la ocupación: el territorio dividido, los desaparecidos, los refugiados, la pérdida de archivos y bibliotecas, la destrucción de gran parte de su milenaria herencia cultural. Asimismo, es viva y dolorosa la convicción de que no puede esperarse una solución justa para los  verdaderos afectados, a quienes se impide incluso el derecho de opinar y de participar en plebiscitos cuyos resultados afectan sus destinos, porque continuamente la deseada solución pasa por la imposición de planes que favorecen a los colonos acarreados por el invasor para crear un problema de población, además de otorgarles derechos.</p>
<p>Filippou-Pieridis, al haber vivido en Egipto, nos ofrece una visión distinta, la de la diáspora y su relación con los naturales de otra geografía, en donde tantos helenos destacaron. Su prosa es viva, intensa, realista.</p>
<p>GIORGOS FILIPPOU-PIERIDIS, nació en Dali, Chipre, en 1904. Poco después de nacer él, sus padres se trasladaron a Egipto. Estudió en El Cairo y, más tarde, trabajó en grandes empresas algodoneras. En 1947 regresó a Chipre. Pronto se incorporó a la vida intelectual y política de la isla. Fue director de la Biblioteca Pública de Famagusta. Publicó su primera novela, <em>Los algodoneros</em>, en 1935. Fue autor de varias colecciones de relatos, ensayos y estudios. Una de sus obras más importantes es la <em>Tetralogía de los tiempos</em>. Fue traducido al árabe, al ruso y al rumano. Murió en 1999.</p>
<p align="center">GIORGOS FILIPPOU-PIERIDIS</p>
<p align="center">(Nota y traducción del griego: Guadalupe Flores Liera)</p>
<p align="center">
<p align="center">EL EPÍLOGO DEL SEÑOR TRIKKOS</p>
<p>No hay nadie en el mundo, ni el ser más prosaico, que no goce de instantes de poesía.  El pequeño cangrejo de la arena, que se pasa su corta vida metido en un agujero acechando y temiendo, incluso él pasa por momentos de lirismo, cuando se detiene en su umbral hechizado por la presencia del vasto mar y respira al ritmo de su latido.</p>
<p>El señor Trikkos pasó su reducida vida encuevado como el cangrejo dentro de su tienda, acechando las ganancias y temiendo a las corrientes, a todas las corrientes, a las que producen catarro, pero, más que a todas, a aquellas que buscan alterar el orden social y la tranquilidad de todo señor de su casa. Tenía a sus sobrinos, pero a ellos no les tenía miedo -¿por qué tenérselos?-, lo único que le inspiraban era antipatía, porque se convertían en una razón para pensar en la muerte y para atormentar a su mente en buscar la manera de redactar su testamento, para que no se convirtieran en sus herederos.</p>
<p>Envejecer soltero, pasar carencias y desvelos hasta ponerlo todo en orden y que al final vengan los otros y encuentren la mesa puesta, nada más porque resulta que son tus sobrinos. ¿Por qué razón? El señor Trikkos estaba decidido a dejarlo todo a una institución de beneficencia, que llevaría su nombre -Ioannis P. Trikkos- para toda la eternidad.</p>
<p>Aparte de esta preocupación, sus días transcurrían como una serie cuidadosamente organizada de nada, en la que no cabían más que sus pequeñas comodidades y la grosera satisfacción de su persona.</p>
<p>Pese a todo, también el señor Trikkos tenía sus ratos en los que a través de alguna pequeña ventanita se ventilaba el espacio cerrado de su alma. Era en las horas matutinas, cuando abría su tienda y, en lo que el dependiente limpiaba, él sacaba un par de sillas a la banqueta y se sentaba a tomar su café, a darle los buenos días a los vecinos, a disfrutar del rocío tempranero y de los siempre estereotipados y al mismo tiempo nuevos preparativos del comercio para el día que comenzaba.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-624" title="Chipre 1" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/chipre-24d1a.jpg" alt="Chipre 1" width="180" height="225" />El asfalto de la calle estaba recién lavado, las cortinas de los negocios se enrollaban  una por una con estruendo, los dependientes lavaban las banquetas, la gente trabajadora iba asomando por los callejones, sujetos encorvados por los años y las preocupaciones, jóvenes que todavía no han desaprendido a caminar con la cabeza erguida, muchachas heroicamente elegantes, pasaban de prisa, de uno en uno o en grupo, para ir a ganarse el jornal.</p>
<p>Al disfrutar del rocío y de su cafecito conocía momentos de franco buen humor, algo como un nube de exaltación lo elevaba con suavidad y lo mecía rodeado del resplandor de cierta indefinible magia. Si hubiera estado en posición de explicar lo que le sucedía en esos instantes, hubiera dicho: Pues esto, también nosotros, la gente del comercio, la clase más vulgar, como se nos llama, vivimos fugaces momentos  poéticos. Pero no sólo no estaba en posición, sino que tampoco trató jamás de explicar nada. Simplemente disfrutaba del momento; hasta el cielo, que asomaba tras de los tejados, abría de buen corazón sus brazos.</p>
<p>Vivía en un pequeño departamento arriba de la tienda. (El inmueble era de su propiedad.) Dormía bien, despertaba muy de mañana por una vieja costumbre y bajaba de buen humor, oliendo a colonia. Éste era, como puede verse, uno de sus <em>principios</em>, estar siempre cuidado y bien vestido, porque la buena presentación, en combinación con el comportamiento serio, inspira confianza en el cliente y desalienta a quien pretenda ponerse a regatear con uno como se le regatearía a cualquier mercero. Con este tipo de clientela no se hace sino perder el tiempo. El señor Trikkos sólo se interesaba por atraer a la buena sociedad y tenía una gran habilidad en el arte de darle a su tienda una atmósfera de aristocracia y de etiqueta que servía a sus intereses. ¿Cómo aprendió ese hombre -que comenzó descalzo y harapiento- a distinguir a quién saludar condescendientemente y a quién canalizar al empleado, a quién atender personalmente y a cuál señora de la alta acompañar hasta la puerta haciéndole caravanas? Lo seguro es que con sus habilidades y con la invencible fuerza de un cerebro limitado, consagrado con empecinamiento a una única meta y con unas leyes de vida hechas de una buena vez y para siempre, alcanzaba su objetivo y consolidaba sus leyes con la autoridad indudable de su éxito. Se convirtió en el señor Trikkos y resultaba inconcebible llamarlo Trikkos a secas.</p>
<p>Sorbió un trago de café y buscó los cigarros en el bolsillo. La vitalidad se le fue. Con mil demonios. Llevaba todo un día sin llevarse un cigarro a la boca, decidido a cortarlo luego de la severa advertencia del médico. Últimamente las piernas le temblaban bajo el grueso volumen del cuerpo y con frecuencia se mareaba. El doctor habló de la presión y quién sabe de qué otras cosas y exigió sin compasión del atemorizado señor Trikkos que se privara del cigarro y de la buena mesa, que tanto amaba.</p>
<p>Se puso de nervios y se desquitó con Vasilis, su encargado, un hombrecillo macizo y obediente como un perro, que había pasado la infancia y la juventud al servicio del señor Trikkos, haciendo el trabajo pesado y los encargos de la tienda, limpiando la casa, lavando -Vasilis para acá, Vasilis para allá- y escuchando con la cabeza gacha, callando y mirando de reojo bajo las cejas el rezongo y los insultos de su patrón.</p>
<p>Porque el señor Trikkos sabía de sobra en qué momento deja de existir la amabilidad fingida y en qué momento puede un subalterno volverse tan exigente y áspero como quiera.</p>
<p>Con todo, desquitarse no le hizo ningún bien. Volvió a apoderarse de él aquel mareo.</p>
<p>«Este animal me pone de malas», dijo y empezó a secarse el sudor con el pañuelo.</p>
<p>La mano, pesada y adormecida, no obedeció su voluntad. Se olvidó del cigarro y permaneció pensativo.</p>
<p>Se pasó la mañana sentado ante su escritorio y sin ganas, sin dar una sola orden al personal.</p>
<p>Hacia el mediodía, súbitamente, un fuerte dolor de cabeza se apoderó de él. Gruesas gotas de sudor corrieron por su frente y no tuvo fuerzas para levantar el brazo y enjugárselas. Sintió náuseas. Se apoyó con ambas manos sobre el escritorio e hizo un intento desesperado por ponerse de pie. Le pareció que, como en un sueño, se levantaba y caminaba rumbo a la puerta, en el instante mismo en que una masa pesada y flácida se desplomaba de boca sobre el escritorio.</p>
<p>Acudieron de prisa Vasilis y los dos empleados y, mientras que los empleados trataban de proporcionarle algún tipo de ayuda y pegaban de brincos de un sitio en otro confundidos y sin saber qué hacer, Vasilis se hizo a un lado mientras observaba hipnotizado a esa cosa digna de lástima que apenas un momento antes era para él sinónimo de una fuerza inclemente. Algo extraño estaba sucediendo en su interior.</p>
<p>Por fin, a alguien se le ocurrió llamar el médico.</p>
<p>La gente se arremolinó en la banqueta a hacer comentarios.</p>
<p>La primera preocupación del médico apenas llegó fue ordenar la salida de quienes se habían amontonado en la tienda. Después atendió al enfermo y llamó a una ambulancia.</p>
<p>«Llevémoslo a un hospital», dijo. «¿Quién se va a hacer cargo de él en su casa?»</p>
<p>Desplomado sobre un sillón que trajeron de su casa, el enfermo miraba estúpidamente a su alrededor. La boca se le había torcido y su cara estaba horriblemente deforme. Cada vez que respiraba se le hundía la mejilla derecha y, a continuación, resoplaba por los labios cerrados&#8230; pff, pff, como quien fuma pipa.</p>
<p>Cuando vio a los hombres de blanco entrar en su tienda junto con la camilla, sus ojos adquirieron una expresión de pánico y extendió la mano izquierda como si quisiera rechazar una visión indeseable. Sólo que agotado por el esfuerzo, volvió a desplomarse en el sillón.</p>
<p>Solicitaron la ayuda de Vasilis para colocar al enfermo en la camilla. Y él, cuando levantaba la pesada y flácida masa, volvió a sentir en su interior algo cruel que desplazaba a la piedad. ¡Tantos años temblando ante este cadáver! Si así como ahora la sostenía por los sobacos de repente lo soltara, se caería y se golpearía la cabeza calva sobre las baldosas y se abriría como una sandía. Tendría gracia, pensó.</p>
<p>En la camilla donde lo recostaron, el señor Trikkos comenzó a agitarse desesperadamente y a querer levantarse. Movía la cabeza de derecha a izquierda y con la mirada, con un inarticulado «pa&#8230;, pa&#8230;, pa&#8230;» que profería su boca torcida, protestaba como si dijera: ¿a dónde me llevan?&#8230;, no quiero, no, no quiero&#8230; ¿Cómo voy a dejar todas las cosas buenas y amadas?&#8230;</p>
<p>En el momento en que levantaron la camilla, encontró la fuerza para extender la mano izquierda y sujetarse de uno de los pilares metálicos del mostrador. Se agarraba del pilar con fuerza, con toda la voluntad que le quedaba, mientras tartamudeaba suplicantemente «pa&#8230;, pa&#8230;, pa&#8230;».</p>
<p>Se volvieron a mirar al médico y él dio la señal: ábranle la mano. Solícito, Vasilis se apoderó de la odiada mano y le despegó los dedos, doblegando sin piedad su desesperada resistencia.</p>
<p>La mirada del enfermo, hasta entonces suplicante, se clavó letal sobre Vasilis por un instante y se apagó. Su cabeza se ladeó agotada.</p>
<p>El médico, que conocía a Trikkos y a sus costumbres señoriales, lo puso solo en un cuarto de primera clase en el hospital y pidió que se quedara Vasilis a su lado, como compañía y servicio personal.</p>
<p>Por la tarde llegaron los sobrinos -un par de jóvenes- que se movían incómodos dentro de sus ropas buenas puestas para la ocasión y en sus intentos de parecer tristes. La chica llevaba un ramo de flores y no sabía qué hacer con él. Finalmente vino una enfermera a traerle un florero y a quitarle las flores de las manos. Intentaron decirle al tío las palabras adecuadas, sólo que él no pareció satisfecho, no hacía sino mirar con frialdad las flores y a la muchacha, que trató de extender la mano para acariciarle probablemente la frente, pero se acobardó y retiró la mano apenas se cruzó con su mirada.</p>
<p>Vasilis estaba sentado en un rincón del pasillo y observaba y se ponía de pie cada vez que algún médico o alguna enfermera pasaba a su lado.</p>
<p>Con el atardecer el hospital se vació de visitas, los médicos realizaron la última revisión, las enfermeras prepararon a los enfermos para pasar la noche y una tranquilidad llena de esperanza se extendió en la penumbra por los cuartos y por los pasillos.</p>
<p>Vasilis estaba sentado en el diván que le habían preparado en el cuarto del enfermo y lo veía hundírsele la mejilla y resoplar, pff&#8230;, pff&#8230;, pff&#8230;, insistente, rítmica, interminablemente.</p>
<p>Conforme pasaba el tiempo más tenso se ponía. Intentó recostarse, pero muy pronto se encontró de nuevo sentado y con los ojos clavados sobre esa criatura repugnante que perturbaba con tanta insistencia el silencio -como si con eso quisiera, incluso en esos momentos, darse su importancia-, y el cerebro de Vasilis comenzó a destilar negrura.</p>
<p>El enfermo abrió los ojos, balbuceó chasqueando la lengua, ladeó la cabeza y balbuceó «pa&#8230;, pa&#8230;, pa&#8230;», mirando con ansiedad el vaso con agua.</p>
<p>Vasilis se le aproximó, lo incorporó y le acercó el vaso a los labios. Intentó beber, se le dificultó; por su parte, Vasilis era torpe y el agua se derramó y le empapó el pecho.</p>
<p>«Pa&#8230;, pa&#8230;, pa&#8230;», pronunció irritado y en su mirada brilló algo que le recordó a Vasilis a su antiguo torturador y lo trastornó.</p>
<p>Apoyó el vaso en la mesita y comenzó a golpear con furor al enfermo en las costillas.</p>
<p>«Pa.., pa&#8230;, pa&#8230;», chillaba el enfermo, y se estremecía pesadamente, como un buey degollado, agitando la cabeza a derecha e izquierda y dirigiendo a Vasilis miradas llenas de salvaje odio. Luego se quedó inmóvil mirando el techo. La ferocidad se le borró de la mirada y un inefable abatimiento se apoderó de su rostro. Dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas.</p>
<p>Vasilis recuperó el juicio.</p>
<p>Se acostó a todo lo ancho en el diván y poco rato después el sueño se apoderó de él.</p>
<p>El señor Trikkos murió la mañana siguiente.</p>
<p>No alcanzó a redactar su testamento.</p>
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		<title>Uberto Stabile</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:19:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
		<category><![CDATA[gaceta24]]></category>

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		<description><![CDATA[Promotor y difusor de la lectura, en particular de la poesía, es fiel hasta los huesos a lo que mejor hace, la poesía. Nació en Valencia, España, vive en Punta Umbría, pero tiene vocación de migrante. &#160; &#160; Uberto Stabile &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/uberto-stabile/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_636" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/uberto-stabile-24i3a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-636" title="Uberto Stabile" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/uberto-stabile-24i3a-100x70.jpg" alt="Uberto Stabile" width="100" height="70" /></a><p class="wp-caption-text">Uberto Stabile</p></div>
<p>Promotor y difusor de la lectura, en particular de la poesía, es fiel hasta los huesos a lo que mejor hace, la poesía. Nació en Valencia, España, vive en Punta Umbría, pero tiene vocación de migrante.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-662"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Uberto Stabile</strong></p>
<p><strong><em>MALDITA SEA LA POESÍA</em></strong></p>
<p align="right">ALFONS CERVERA</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No sé cuántas veces he hablado de los libros de Uberto. Seguro que casi tantas como poemas lleva publicados. Más de mil. Ya sé que exagero. Pero es que Uberto es una exageración. En todo. Escribe, vive, viaja, lee, dirige la Casa de Cultura en Punta Umbría, quiere a sus amigos. Para todo eso, sobre todo para querer a los amigos, se necesita una cantidad inaudita de tiempo. No sé de dónde lo saca. Sabemos, eso sí y muy bien, dónde lo mete. Ahí están las huellas que va dejando del paso de ese tiempo, la plusvalía afectiva que como dice Ángel Petisme derrocha Uberto allá donde se encuentra.</p>
<p>Una vez vivió en Valencia. Tenía una librería cuando yo lo conocí: hace de esto más o menos veinticuatro años. Una exageración de años. Como dice Benedetti, hay conmemoraciones que es bueno revivir. Siempre que regresa Uberto a Valencia nos juntamos para revivir algo: el tiempo, que no es nunca el mismo. Ya digo que él tenía una librería, creo que con Ignacio y Clara. Estaba en la Calle Cavallers, esquina con esa otra que lleva hasta la plaza del Negrito. Barrio del Carmen. Años ochenta. Como leer y beber son almas gemelas, cortaron la librería en dos pedazos y la gente acudía allí a comprar libros y a beber. No es una exageración -esto no- pensar que la gente acudía más a lo segundo que a lo primero. Total: que los dos pedazos se convirtieron en uno solo. El bar, evidentemente, le ganaba la partida a la librería. Bueno, la verdad es que los libros no desaparecieron del todo de aquel antro. Los llevábamos bajo el brazo quienes empezábamos a emborronar folios con los poemas primerizos, con las novelas que mostraban tanta indocilidad como torpezas, con las ganas de contarnos unos a otros que la vida es más vida cuando se vive por las noches, que la vida que se vive por el día no es vida sino una emboscada.</p>
<p>Así pasaba el tiempo. El café Cavallers de Neu era una concentración de actividades a destajo. Todos los días de la semana había algo: presentaciones de libros, lecturas, hasta cabaret llegó a haber algunas noches porque al final el pequeño escenario servía para todo. Luego el tiempo hace de las suyas y lo pone todo patas arriba. La ciudad de Valencia empezaba a desguazarse culturalmente, se convertía en pequeñas taifas, la gente empezó a regresar a los cuarteles de invierno. La diáspora. Un día José María se fue a Noruega porque allí estaba Sonia. Y allí sigue. Con el frío de la hostia. Con sus estudios de la literatura de la memoria. Nos cruzamos noticias. Nos vemos cuando viene algunas veces. Cuando todo se iba poco a poco volviendo más o menos monótono, Uberto también se fue. Era -como él mismo dice de una chica en uno de sus poemas más hermosos- &#8220;un lujo para esta ciudad&#8221;. Y era ésta una ciudad que no estaba por la labor de reconocer determinados lujos. En otra parte, a Uberto se le hubiera levantado una estatua. Aquí se le cursaban -a él y otros como él- invitaciones para la huida.</p>
<div id="attachment_636" class="wp-caption alignright" style="width: 260px"><img class="size-full wp-image-636" title="Uberto Stabile" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/uberto-stabile-24i3a.jpg" alt="Uberto Stabile" width="250" height="177" /><p class="wp-caption-text">Uberto Stabile</p></div>
<p>Uberto se fue a Huelva. Dejaba atrás tantos años de trabajo, tantos libros, tanta actividad cultural que era como si de repente la ciudad se convirtiera en un boquete donde iban a parar las ilusiones de la gente. Los libros, los amigos, el humo de los bares: fue como si todo eso se hubiera ido con Uberto al sur, a inventarse una identidad nueva, lejos de la parafernalia urbana que tomaba el relevo de los viejos tiempos. Nos fuimos cada uno por su lado. A escribir. A no escribir. A ver qué pasaba en la orilla desconocida, donde los días ya no eran una emboscada: o si acaso, no más emboscada que las noches. Cavallers de Neu ya no existe. No sé qué hay ahora allí. Me cuentan que no queda nada de entonces. En casi ningún sitio queda nada de lo de antes: quizá sólo la manta negra de los obispos cubriendo de mierda el territorio hermoso de la libertad. Eso sí que viene de antes, de cuando no había nacido Uberto Stabile.</p>
<p>El tiempo no es sólo contarte en un poema cómo te vistes para salir a buscar en un taxi al amor de tus sueños mientras llueve: si quieres contar eso como una experiencia alucinante es que eres gilipollas. Has de contar también qué arañazos te deja en la piel la metralla de lluvia y cómo antes esa metralla ha dejado la plancha del auto como un coladero, y seguramente habrás de contar también que la poesía no sirve para contar otra experiencia que no sea la de una vida llena de agujeros. ¿Cómo puede devenir Rodrigo Rato en un poema? Por ejemplo. Quizá sí: para que el poema se ensucie con la coloración marrón de la ignominia. Digo ese nombre pero podría añadir bastantes más: esos amos del mundo globalizado. Casar el amor que espera la llegada del taxi con los agujeros de la metralla y con la ignominia de Rodrigo Rato ya es otra cosa. Tal vez, aunque a muchos les parezca raro, un poema de los que a algunos amigos míos les gusta escribir para mostrarnos a quienes los leemos que la poesía no se hace con sangre -como decía Baroja de las malas novelas- sino con sangre y goterones de lluvia y bombas que dejan tullida la dignidad del mundo.</p>
<p>Desde que le conocí anda Uberto escribiendo poemas. Sin parar. En casa hay media estantería con sus libros. Si vierais: hay libros, libritos, plaquettes cosidas casi a mano, folios que parecen impresos en aquellas viejas vietnamitas de cuando la vida pensábamos que iba a ser otra cosa tan distinta. La otra media estantería está llena de poetas que a Uberto le gustan, de los que saca las citas que encabezan sus versos, de esos poetas que te hacen feliz cualquier regreso urgente a la poesía para que no se te coma el horror de la peor literatura que te venden como la de más éxito. Hoy también es eso: el éxito se obtiene desde el acomodo, desde la complacencia, desde la aceptación como inevitable el desbarajuste moral que imponen los que mandan.</p>
<p>La poesía -la de Uberto y la de tantos otros- no es placidez sino desasosiego, no es ombligo sino extrarradio, no es sólo un sueño sino el sueño que se enreda persistentemente en la riña contra lo imposible: &#8220;la utopía, ese lugar de la memoria que habito con orgullo&#8221;, escribe Uberto en <em>El corazón del tiempo</em>, uno de los poemas espléndidos de <em>Empire eleison</em>, el libro de poemas que publicó hace ocho años y donde están algunos de los que llenan el libro que hoy presentamos. Es precisamente <em>Maldita sea la poesía</em> uno de esos poemas. No es fácil meterte entre el pecho y la espalda de la poesía que imponen las modas. Aquella utopía de la que hablaba hace un instante se ha perdido en el bazar de los destinos fallidos, increíblemente sumidos en el cambalache abrupto del sistema, de un sistema que desarbola la dignidad del planeta y la convierte en ese sumidero moral que es el mundo devenido en espectáculo: la vida, dicen ellos, es la vida sin el polvo y la paja que enturbia la tranquilidad. Vale la vida que se muestra por encima del dolor, como hacen los telediarios. Esa vida vale, ésa, la del compromiso con los lenguajes de la distancia, nunca de la disidencia. Palabra maldita ésta, como la poesía que cuenta Uberto en su libro menudo lleno de grandezas. He leído estos poemas como los leí siempre: con la seguridad de que siempre hay un cuchillo dispuesto a agrandar con su filo las dimensiones de la belleza: desgarrándola. Es la poesía que me gusta. La que me gustó desde el día, hace ya la friolera de veinticuatro años, en que sin conocerlo de nada y como un crío cagado de miedo entré en la librería Cavallers de Neu y Uberto me dijo que había leído <em>De vampiros y otros asuntos amorosos</em>, aquel libro primero y mío, tan lleno de inseguridades y ningún recelo, porque no hay recelos ni cautelas cuando uno es apenas más que menos un recién llegado.</p>
<p>Aquel día fue el inicio de la amistad implacable que hoy todavía dura. La amistad que Uberto deja en las dedicatorias de todos sus libros, de todos. Como en ese <em>Empire eleison</em> que antes comentaba: &#8220;Para Alfons, desde el corazón insurrecto, desde la más sincera amistad&#8221;. Eso pone en la primera página en blanco. Y si me gusta lo de la amistad, más todavía me satisface y me llena de orgullo por ser su amigo y él mío lo del corazón insurrecto. Ésa, al cabo, es la poesía de Uberto, la de la insurrección, la del granizo sobre la tabla rasa de la complacencia. Ése es su autor, alguien que no para de ir de acá para allá sin perder un palmo de su tiempo, el de antes, cuando los años que os contaba al principio de bares y madrugadas infinitas, y el de ahora: juntos los dos en la memoria que sale en sus libros de poemas. Sus mil libros de poemas hollando su memoria, que muchas veces es la nuestra. Porque al cabo, seguramente también es Uberto ese acopio de vidas propias y ajenas que nos van construyendo hacia lo que somos, seguramente es todavía -y así lo sigo viendo muchas veces- aquel &#8220;enorme niño recordando&#8221; , como decía para otras cosas Raúl Núñez en un poema tremendo que hablaba de sueños y naufragios.</p>
<p align="right"><span style="text-decoration: underline;">Valencia, 25 de enero de 2008</span></p>
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		<title>Narrador indú</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:15:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
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		<description><![CDATA[Maria Helena Ramos escribe sobre el escritor Vaikom Basheer; una literatura desconocida en América Latina a la que debemos asomarnos. &#160; &#160; Vaikom Basheer, la narrativa como destino María Helena Barrera-Agarwal mhbarrerab@gmail.com El sur de la India jamás sufrió el &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/narrador-indu/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_637" class="wp-caption alignleft" style="width: 85px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/vaikom-basheer-24d2b.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-637" title="Vaikom Basheer" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/vaikom-basheer-24d2b-75x100.jpg" alt="Vaikom Basheer" width="75" height="100" /></a><p class="wp-caption-text">Vaikom Basheer</p></div>
<p>Maria Helena Ramos escribe sobre el escritor Vaikom Basheer; una literatura desconocida en América Latina a la que debemos asomarnos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-659"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong>Vaikom Basheer, la narrativa como destino</strong></p>
<p align="right">María Helena Barrera-Agarwal</p>
<p align="right"><span style="text-decoration: underline;">mhbarrerab@gmail.com</span></p>
<p align="right">
<div id="attachment_462" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/mahelena-barrera-23i2b.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/mahelena-barrera-23i2b-100x100.jpg" alt="Ma. Helena Barrera" title="Ma. Helena Barrera" width="100" height="100" class="size-thumbnail wp-image-462" /></a><p class="wp-caption-text">Ma. Helena Barrera</p></div>
<p>El sur de la India jamás sufrió el destino que le cupo al norte. Nunca fue el escenario de conquistas, repetidas y violentas, ni se convirtió en la presa codiciada de dinastías, sucediéndose las unas a las otras con la regularidad de las gotas del oriental proverbio. Su estabilidad, reflejo tal vez de aquella solidez tectónica que lo convierte en el más inalterable  espacio geológico del planeta, se percibe sin dificultad en sus templos. Los hay, como Tirupati, que alcanzan los dos mil quinientos años de tradición sin aparente tensión para la imaginación o la historia.</p>
<p>La influencia de los mongoles, omnipresente en el norte, es simplemente un hecho de alejada rememoración en el sur. Los avances de sus ejércitos, como aquellos de muchos otros, apenas si pudieron socavar pequeñas regiones, por tiempo limitado, a la integralidad de la vasta región. Solo cuando el avance británico se convirtió en dominio subcontinental, el sur se vio existir como parte de un todo centralizado fuera de sus fronteras ancestrales, y manejado por un poder extranjero. Aún así, lo dilatado de su particular pasado no pudo ser modificado en apenas cien años y continuó a ser el más indio de los elementos constituyentes de la nueva, independiente India de Ghandi y Nehru.</p>
<p>Tal vez el cambio más importante jamás sufrido por el sur y su destino ha sido el promovido por la llegada de la cultura digital. Centrada en gran medida en la urbe jardín de Bangalore, su impacto ha sido substancial y ha radiado a urbes como Madras y Hyderabad. No es difícil hallar jóvenes pujaris (sacerdotes hindúes), quienes conjugan su ancestral profesión con aquella, moderna, de ingeniero en sistemas. O encontrar entre las nuevas representaciones de Ganapati, dios del buen comienzo y de la escritura, imágenes que lo muestran cómodamente sentado frente a una computadora, en lugar del tradicional cilindro de papel.</p>
<p>A pesar de ello, o tal vez en su virtud misma, es imprescindible retrotraerse a las épocas en las que el presente panorama no se encontraba ni siquiera en la imaginación más febril. Para hacerlo, la mayor parte de los lectores debe resignarse a contar con traducciones, generalmente al inglés, ante la imposibilidad práctica de dominar la larga lista de idiomas que  puntean el sur y lo determinan, lingüística y socialmente. Del canara al malayo, del tamil al tulu, son lenguas que han permanecido, hasta hace relativamente poco, al abrigo de las influencias que determinaron la formación de idiomas como el urdu y el hindi.</p>
<p>Esos aspectos son necesarios al reflexionar sobre la obra de un preeminente escritor de la región, Vaikom Basheer. La importancia de su trabajo, múltiple en géneros y generoso en significados, se comprende mejor al considerar el ámbito en el que fue creado, y las raíces de su autor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Cumpleaños</strong></p>
<div id="attachment_637" class="wp-caption alignright" style="width: 190px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/vaikom-basheer-24d2b.jpg" alt="Vaikom Basheer" title="Vaikom Basheer" width="180" height="240" class="size-full wp-image-637" /><p class="wp-caption-text">Vaikom Basheer</p></div>
<p><em>Cumpleaños</em>, publicado en 1944, es un cuento de rara perfección estilística. Trata de un día en la vida de un joven. El título puede ser traicionero en sus implicaciones festivas. Tal vez ello fue precisamente lo que impulsó a Basheer a escogerlo. Gradualmente, sin prisas pero con la precisión de quien manipula un escalpelo cerca de la raíz de la memoria, Basheer va delineando la personalidad del muchacho y sus circunstancias.</p>
<p>La primera línea establece firmemente el escenario, temporal y emocional. &#8220;Es el octavo día de Makaram &#8211; hoy es mi cumpleaños.&#8221; Makaram es sexto mes del tradicional calendario usado en el estado de Kerala. El joven que cumple años efectúa sus diarias abluciones matutinas, se viste y toma asiento en una veranda. Todo es normal, aparentemente, hasta que el narrador se describe como poseyendo un &#8220;corazón agobiado&#8221;. La razón se vuelve obvia a medida que los párrafos pasan: no posee en el mundo ni siquiera las ropas que lleva puestas.</p>
<p>Las horas se acumulan, y sus pensamientos se aceleran, desde el ansia por una taza de té que no puede comprar, hasta la amenaza de la policía, que lo busca por su fama de agitador político. Posee también otro renombre, el de un autor de talento. El mismo de nada le sirve a la hora de ganarse el sustento. La miseria lo está consumiendo, igual que la incertidumbre.</p>
<p>Se consuela con la noción de que el almuerzo de ese día, al menos, le está asegurado. Hamid, un amigo &#8211; descrito como un poeta menor y un hombre muy rico &#8211; lo ha invitado a comer. Ello le ayuda a sobrellevar el hambre que lo acosa desde que despertó. Ello también aviva y torna más acre su desesperación, cuando al ir a casa de Hamid, se entera de que éste ha partido de improviso, solicitado por algún negocio urgente. &#8220;Estaba suficientemente famélico como para comerme el mundo&#8221;, exclama, y su ansia claramente no cesa en los bordes de una mera necesidad de alimentos.</p>
<p>En su búsqueda, visita un editor, conocido suyo. El hombre lo recibe y conversan de nimiedades. El editor pide un té, y al pagar saca de su bolsillo un grueso rollo de billetes. Luego de recibir la bebida, pregunta al joven, en una digresión despreocupada, si quiere beber un té. El muchacho, quien ha estado suplicando interiormente por una taza del líquido, enfrentado ante la fría arrogancia responde que no.</p>
<p>El único ser que le demuestra compasión en un niño, sirviente de un conocido suyo. Percibiendo que el joven se encuentra en un estado de miseria aún más dramático que el suyo, el chiquillo le ofrece un préstamo, dinero suficiente para pagarse dos tés. Es entonces cuando un amigo del joven acierta a aproximarse. Viéndolo reposar en una silla, lo recrimina por haberse aburguesado. El joven no se molesta en corregir la imagen que proyecta, y pide los dos tés, compartiendo lo que no tiene con quien lo acaba de juzgar. Poco después un policía aparece, lo lleva a la delegación, amenazando con arrestarlo. Lo dejará libre, eventualmente.</p>
<p>La noche llega. El joven ha pedido un préstamo a un estudiante, vecino suyo. El mismo se ha negado, argumentando que no tiene moneda suelta. El desprecio de la respuesta es aplastante. Sin poder conciliar el sueño, cavilando sobre su hambre, el joven decide finalmente introducirse en la cocina de otro vecino y robar arroz recién cocido, cuando el sirviente ha salido brevemente. Luego de comerlo, está a punto de dormir cuando el vecino a quien ha robado llega a su puerta y lo despierta. El terror de haber sido descubierto lo domina. El vecino, sin embargo, solo quiere hablarle de una película que acaba de ver y el recuerdo de una abundante cena, con la implícita invitación a compartir la que lo espera en su habitación. El joven dice que ha comido ya. Las últimas palabras del cuento son &#8220;buenas noches&#8221;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El sino del creador</strong></p>
<p>Cumpleaños está más cerca de la realidad que de la ficción. Durante muchos años Basheer recorrería la delgada línea que divide la miseria ligeramente tolerable de aquella que es fatal. Nacido en enero de 1908, en una familia musulmana, en el área rural de Kerala, se comprometió desde muy joven con la idea de la independencia de la India. Entre uno de sus amados recuerdos de la época se encuentra una escena de un simbolismo agudo. Durante la famosa Marcha de la Sal de Ghandi, Basheer, apenas un adolescente tendría la oportunidad de tocar los ropajes de Mahatma Ghandi.</p>
<p>Su pasión por la causa le costaría caro. A medida en que el movimiento crecía, más pronunciada era la reacción de las autoridades británicas. Basheer se vería obligado a abandonar su tierra, dejando atrás estudios formales y familia, para recorrer interminablemente la geografía de la India e incluso del extranjero. Su naciente fama como autor, igual que al protagonista de Cumpleaños, no lo auxiliaría en su odisea. Al contrario, lo tornaría más visible, codiciado blanco de quienes habían prohibido la difusión de la totalidad de sus obras por el contenido contestatario de algunas de ellas.</p>
<p>Basheer emergería de esos infortunios sin perder su integridad ética o su efusión por justo. Esas mismas características serían evidentes en su obra: convertido en novelista de superaba sensibilidad y cuidada técnica, sus libros reflejarían la realidad inmediata de su lugar de origen, en una visión que rescata las fugaces realidades que lo rodeaban. Así, generaciones y costumbres serían rescatadas para la posteridad. Sus historias están impregnadas de humor y son, al mismo tiempo, a veces cáusticas por la fuerza de una sátira imprescindible. A diferencia de Tagore, su legado no es abundante. Perfeccionista a ultranza, sus textos son tan limitados en número y extensión como bien labrados.</p>
<p>Basheer puede muy bien calificarse como un humanista, en el más amplio sentido de la palabra. Ello, no solo por los valores que su prosa destila &#8211; tolerancia, patriotismo sin nacionalismos, absurdos religiosidad sin fanatismos &#8211; sino por su habilidad de tornar arquetipos locales en personajes de un brío universal, respetando y realzando sus idiosincrasias. Leer su precisa, franca narrativa, es encontrarse de repente en el centro de un mundo, en el que imperan tradiciones tal vez lejanas, pero jamás extrañas. El mundo que en que surgió su talento, señero y singular como el sur de la India y su destino.</p>
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		<title>La obra de Juan Gelman</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:12:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
		<category><![CDATA[gaceta24]]></category>

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		<description><![CDATA[Alfredo Fressia, aborda la poesía de Gelman con al afán de mostrarnos por qué este poeta argentino es tan universal y por qué y cómo ha cubierto de palabras el mundo que ha querido cambiar. &#160; &#160; JUAN GELMAN EL &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/la-obra-de-juan-gelman/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.laotrarevista.com/images/gaceta/fressia-21i1a.jpg" alt="" width="75" height="90" class="alignleft" /><br />
Alfredo Fressia, aborda la poesía de Gelman con al afán de mostrarnos por qué este poeta argentino es tan universal y por qué y cómo ha cubierto de palabras el mundo que ha querido cambiar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-654"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>JUAN GELMAN</strong></p>
<p align="center"><strong>EL POEMA INFINITO</strong></p>
<p align="right">Alfredo Fressia</p>
<p><center><div id="attachment_630" class="wp-caption aligncenter" style="width: 460px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/juan-gelman-24i4b.jpg" alt="Juan Gelman" title="Juan Gelman" width="450" height="327" class="size-full wp-image-630" /><p class="wp-caption-text">Juan Gelman</p></div></center></p>
<p>La editora Seix Barral, Buenos Aires, viene haciendo un doble trabajo de publicación de la poesía de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930). Por un lado, republica el conjunto de la obra ya édita del poeta, lo que implica un relativo orden diacrónico, y al mismo tiempo edita los nuevos poemarios del autor desde <strong>Dibaxu</strong>, 1995, al que sucedieron <strong>Incompletamente</strong>, 1997, y en 2001, <strong>Valer la pena</strong> (situado en &#8220;México, 1996-2000&#8243;). En el mismo año 2001, la editora presentó el tomo <strong>Anunciaciones</strong> <strong>y otras fábulas</strong>, que reúne tres poemarios de momentos (históricos y poéticos) diferentes: <strong>Fábulas</strong>, Buenos Aires, 1971, <strong>La junta luz</strong>, París, 1982, y <strong>Anunciaciones</strong>, también de París, 1987.</p>
<p>Así, los dos tomos recientes de Seix Barral, <strong>Anunciaciones&#8230;</strong> y <strong>Valer la pena</strong> son sin embargo distantes en cuanto al momento y al <em>locus </em>de creación, aun teniendo en cuenta la (relativa) unidad de la &#8220;firma&#8221; Gelman. Más bien, se diría que el poeta de <strong>Gotán</strong> (1962), de los 29 poemas en sefardí, con su correspondiente versión castellana de <strong>Dibaxu,</strong> de los sonetos &#8220;implodidos&#8221; de <strong>Incompletamente</strong>, este poeta que recupera a creadores tan variados como Catulo o ciertos trovadores, o los místicos españoles, buscó siempre la diversidad en lo poético, y que obstinadamente las circunstancias trágicas de su país (del Continente), su militancia política, primero en el PC (1945-1964), después en Montoneros (hasta 1979), el exilio (a partir de 1975, voluntario desde 1988 en México), la desaparición de su hijo Marcelo (asesinado en el campo de concentración de Automotores Orletti en 1976) y de su nuera María Claudia Iruretagoyena, la búsqueda por su nieta secuestrada, Andrea, ya en Uruguay, todo contribuyó a que demasiadas veces se leyera su obra como &#8220;meramente&#8221; testimonial o comprometida.</p>
<p>Se trata de atributos que en principio nada tienen de peyorativo, pero que resultan precarios en la poesía de Gelman, una obra siempre interrogada por su misma condición poética, por su ser poesía, por la palabra y su salto de la &#8220;realidad&#8221; al arte. Ese movimiento entre la obra artística y las circunstancias sociales y biográficas, que también resultan colectivas, entre la urgencia de un Continente violentado desde su misma colonización y la poesía que se crea es un sino recurrente de la escritura latinoamericana, una &#8220;marca&#8221; dinámica de la que Gelman conoce los márgenes sutiles: &#8220;<em>Cuando un poeta se posa sobre el mundo lo desplaza./ Cuando el pájaro muere, ¿qué pasa?/ A lo mejor le falló el corazón por instalar su levedad en el suelo./ O tenía la memoria cargada con cada vuelo que voló</em>&#8221; (&#8220;Joseph Brodsky&#8221;, de <strong>Valer la pena</strong>). No es ciertamente una experiencia única o meramente personal. Gelman publica su primer poemario, <strong>Violín y otras cuestiones</strong>, con prólogo de Raúl González Tuñón, en 1956, cuando el poeta integraba el grupo &#8220;El pan duro&#8221;, al que se sumaría, por ejemplo, una poeta como Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937), también futura exiliada y cuya obra se inscribe en un proyecto estético semejante, que incluye la reconstrucción del mundo por la palabra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>CONTRA EL SILENCIO</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><div id="attachment_631" class="wp-caption alignleft" style="width: 359px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/juan-gelman-24i4c.jpg" alt="Gelman y Leyva" title="Gelman y Leyva" width="349" height="265" class="size-full wp-image-631" /><p class="wp-caption-text">Gelman y Leyva</p></div><br />
Es sin duda esa dinámica perpetua de mundo y palabra, memoria y poesía, lo que explica la vastedad de la obra de Gelman, la locuacidad -en un poeta de lenguaje preciso, que no le teme al minimalismo- que lo convierte en uno de los creadores latinoamericanos que más ha publicado. Es como si Gelman, mucho más allá del fracaso o no de una militancia o de un proyecto de cambiar el mundo, tuviera que cubrirlo de palabras. O como si el silencio, que es en principio la irreemplazable parte en blanco donde la poesía se explica y cobra un significado nuevo, resultara intolerable en esta obra que tiende vocacionalmente al infinito. <strong>Valer la pena</strong> recoge 136 poemas, la poesía reunida del autor pasa de una decena de tomos (que por su vez recogen libros o plaquettes). Y lo extraordinario, por infrecuente, es que esa producción &#8220;respira&#8221;, logra siempre cambiar estilos, revisitar retóricas, géneros, estéticas. Es decir, más que una obra, Gelman crearía el <em>moto perpetuo</em> de toda una literatura.</p>
<p>El lector de <strong>Anunciaciones&#8230;</strong>, por ejemplo (décimo tomo, en las ediciones Seix Barral) encuentra las &#8220;Fábulas&#8221;, que pueden reunir el amor napolitano del almirante Nelson y Lady Hamilton, &#8220;Joaquín el anarquista&#8221; o la diosa hindú Urvasi, Lautréamont o José Gervasio Artigas, el militante Emilio Jáuregui, muerto por la policía de Onganía el 27 de junio de 1969, en una manifestación contra la presencia de Nelson Rockefeller, poco antes del &#8220;Cordobazo&#8221;, o el amor amazónico del botánico Bonpland y la india Nunu, y aun Leopoldo Marechal o un amor de Osaka. Es sin duda uno de los momentos altos de esa ternura con que Gelman también cubre al mundo, &#8220;expropiado&#8221;, sin fronteras, para recuperarlo bajo un orden nuevo, obediente sólo a la poesía. Pero el lector encuentra enseguida &#8220;La junta luz&#8221;, escrito mientras se ejecutaba el crimen de la junta militar en su país (lo que, por cierto, no ocurrió sólo en su país) y dedicado &#8220;a las madres de Plaza de Mayo&#8221;. Se puede definir este texto como una obra dramática, donde todo es poesía, aun las indicaciones escénicas. Pero no se trata de cualquier obra de teatro ni de cualquier poesía, sino de una paradójica tragedia paralizada, sin acción, donde sólo queda la Némesis, bajo la forma de la tortura policial, y la anagnórisis del amor (madres, hijos), todo construido sobre la forma coral y sobre el collage de un soneto de Vallejo, los diálogos absurdos recogidos durante las sesiones de tortura por Carlos Gabetta en su libro <strong>Todos somos subversivos</strong>, y el enigma poético que puede crearse en el discurso de y dirigido a esos coreutas femeninos que reflexionan sobre la vida dada y negada.</p>
<p>Pero el tomo no se queda ahí, como si el silencio después de ese &#8220;espectáculo&#8221; imaginado fuera irresistible. Sigue entonces, el extenso, desbordado poemario &#8220;Anunciaciones&#8221;, de 1987, año de revelaciones, aceptaciones imposibles, con una poesía que se crispa entre el dolor, la ternura difícil y necesaria, la memoria y el imposible perdón. El poeta recurre a exacerbaciones de la imagen, casi siempre entre puntos de exclamación, con las barras que demarcan los versos, y con un significativo predominio del bestiario, como si el autor de <strong>Cólera buey</strong>, de 1965, volviera ya no con sus revisitados <em>pájaros</em>, orfeicos, sino con las mismas bestias, incomprensibles (&#8220;<em>lavás la noche con tu rabia harapienta/ duele al cuerpo el pensamiento infeliz/ alma flaca en amor/ (&#8230;)¡enterremos las bestias sin que ellas se den cuenta!/ ¡no nos vendrían mal unos baldazos de candor!/</em>&#8220;. El predominio de la segunda persona, que puede ser plural, colabora en la unidad del poemario, versátil como el amor, la patria, el pasado, y suscita paralelismos como los de un salmo: &#8220;<em>¡inventen una lengua donde quepa/ todo el furor que falta!/ ¡acaballen su número para que sude Venus!/ ¡cuenten los años del cariño lavado!</em>&#8220;. Es como si &#8220;los ríos de Babilonia&#8221;, los del exilio, del célebre Salmo 137, reaparecieran, desbordados, apenas limitados por puntos de exclamación y barras, como para poder sobrevivir, y lo hicieran en la sintaxis misma, tortuosa, de estos poemas, en esas imágenes que se bifurcan, que tienen demasiado dolor para nombrar y necesitan demasiada ternura para &#8220;enterrar las bestias&#8221;. Y es por eso que se exasperan, en estos poemarios de <strong>Anunciaciones&#8230;</strong>, las transgresiones del idioma en las que el poeta encuentra una forma de extrañamiento (&#8220;la mundo&#8221;, &#8220;la país&#8221;, &#8220;el peste&#8221;, &#8220;la perro&#8221;), los verbos conjugados por analogía (&#8220;las tuvió&#8221;, &#8220;corazón/ ponido&#8221;), las dobles acentuaciones (&#8220;descangallándosé&#8221;), las sustantivaciones insólitas (&#8220;<em>estaban barcos tus podríamos como regalos de confín</em>&#8220;), maneras, en fin, de señalar la autonomía del idioma poético convocando, en muchos casos, la prístina mirada infantil.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A LA ALTURA DE LA PENA</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Valer la pena</strong>, el libro más reciente, juega sobre el &#8220;exceso&#8221; en cuanto a la cantidad de poemas, esa imperiosa necesidad de decir, y, al mismo tiempo, la precisión de cada uno de los textos, generalmente breves, llenos a veces de un paradójico silencio. Escrito durante la búsqueda y el encuentro de su nieta, el poemario recupera las imágenes de abuelos, los padres, los hijos secuestrados, muerto uno, la mujer, la nieta, el enigma del pertenecer a una tierra, a una familia, o a un exilio (un tema fundacional para Gelman, el primero en su familia de judíos rusos que nació en Argentina), y los compañeros, esa presencia entrañable que abre el poemario: &#8220;<em>el leve sonido a compañeros/ colgados en la noche, son/ urgentes, hacen/ un país que nadie conoce/ en el camino que</em> <em>empieza/ donde acaba la lengua del empujado</em>&#8221; (&#8220;Torcazas&#8221;). Y sin embargo, la palabra y la poesía constituyen tal vez el motivo, la permanente reflexión del libro, el modo de &#8220;valer la pena&#8221;, de ser digno de esa pena, ese dolor tantas veces enunciado y siempre escondido en su misterio, &#8220;<em>el dolor que trabaja/ afuera del dolor</em>&#8220;. Porque &#8220;<em>Vasto es el mundo y más vasta la pérdida./ Lo único que no se pierde es la pérdida./ Escribe en tu cuerpo que pasa/ lo que no sabe</em>&#8221; (&#8220;Olores&#8221;).</p>
<p>El poeta rasga la superficie de esa pena y de ese valor deslindando los ámbitos nuevos que provienen de los muchos &#8220;entre&#8221; del libro, situados &#8220;entre&#8221; lugares próximos, que son también entrelíneas, entrepanes, entretiempos: &#8220;<em>el pasado y la conciencia del pasado</em>&#8220;, &#8220;<em>entre/</em> <em>la sangre y la tinta de su sangre</em>&#8220;, &#8220;<em>lo que perdí/ y el recuerdo de lo que perdí</em>&#8220;, o &#8220;<em>Entre Hölderlin y la locura de Hölderlin</em>&#8220;, &#8220;<em>la distancia entre Dios y Dios</em>&#8220;, &#8220;<em>entre/ el</em> <em>ser y la ficción de ser</em>&#8220;, &#8220;<em>la distancia entre él y él mismo</em>&#8220;. Es de lejos el recurso más usado en el libro, y sin duda el más sabio para quien se propuso estar a la altura de la &#8220;pena&#8221;, cuando las fronteras del ser, como las de la poesía, se deslíen y se reconstruyen inesperadamente, o casi, y &#8220;<em>todo horizonte viene de otro/ atrás</em>&#8220;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juan Gelman, <em>Anunciaciones y otras fábulas</em>, Seix Barral, Buenos Aires, 2001, 173 págs.<br />
Juan Gelman, <em>Valer la pena</em>, Seix Barral, Buenos Aires, 2001, 157 págs.</p>
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		<title>Carlos Barbarito</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 22:09:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Poemas de este prolífico poeta argentino que nos ofrece también una radiografía de sí mismo. &#160; &#160; Carlos Barbarito nació en Pergamino, Argentina, el 6 de febrero de 1955. Su obra literaria comprende quince libros de poesía y dos de &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/carlos-barbarito/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_623" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/barbarito-carlos-24d3a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-623" title="Barbarito Carlos" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/barbarito-carlos-24d3a-100x75.jpg" alt="Carlos Barbarito" width="100" height="75" /></a><p class="wp-caption-text">Carlos Barbarito</p></div>
<p>Poemas de este prolífico poeta argentino que nos ofrece también una radiografía de sí mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-650"></span></p>
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<p><div id="attachment_623" class="wp-caption alignleft" style="width: 360px"><img class="size-full wp-image-623" title="Barbarito Carlos" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/barbarito-carlos-24d3a.jpg" alt="Carlos Barbarito" width="350" height="263" /><p class="wp-caption-text">Carlos Barbarito</p></div><br />
<strong>Carlos Barbarito</strong> nació en Pergamino, Argentina, el 6 de febrero de 1955. Su obra literaria comprende quince libros de poesía y dos de crítica de artes plásticas. Premios y distinciones: • Premio Fundación Alejandro González Gattone. • Premio Fondo Nacional de las Artes. • Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía. • Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber. • Premio César Tiempo. • Premio Raúl Gustavo Aguirre de SADE. • Mención de Honor Leopoldo Marechal, • Mención de Honor Carlos Alberto Débole. • Gran Premio Libertad. • Premio Francisco López Merino. • Premio Hespérides. • Premio Iparragirre Saria • Mención Plural de México. • Mención honorífica Concurso de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Figura en: Breve diccionario de autores argentinos desde 1940 .Inventario Relacional de la Poesía en Lengua Española 1951-2000, de Juan Ruiz de Torres y José Javier Márquez Sánchez . • ABC de las artes visuales en la Argentina • Diccionario de autores argentinos .Sus textos sobre arte y literatura y su obra poética están traducidos, en parte, al inglés,al francés, al portugués, al catalán y al holandés.</p>
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<p><strong>Carlos Barbarito/introducción breve a su poesía inédita 2006/2008</strong></p>
<p><em>¿Qué perdurará?</em> A veces, cuando llueve, me respondo a mí mismo: <em>Nada sobrevive</em>. Otras veces, también con lluvia: <em>Algo quedará, algún párrafo, algún pasaje, ciertos y determinados versos. </em>Porque nada dura, escribo y celebro que a mis letras y al resto de las cosas en el mundo les aguarde el mismo destino; porque algo dura, escribo con alguna esperanza de que al menos una línea mía sea capaz de sobrevivirme. Pero, en esta tarde en que en el cielo no hay ni una nube, me pregunto: <em>¿para qué esta apelación al futuro si escribir es dialogar con el presente, con los vivos? </em>Los muertos no leen. O leen con otros ojos, que los vivos desconocemos. Los muertos no escriben, sólo los vivos. Y si los difuntos escriben seguro es en una lengua para difuntos que ignoran hasta los médiums. Estoy vivo y leo con ojos de vivo y escribo en lengua de vivos. Quiero decir, converso con los otros, los lectores, que, lo sé, son escasos -no porque yo lo quiera, así son las cosas-, y mi modo de conversar se llama poesía que, como bien decía Lezama Lima, significa una arborescencia en la que caben poemas, ensayos, cuentos y novelas -en mi caso personal, poemas y ensayos, jamás logré narrar o nunca realmente lo quise-. <em>Todo dualismo</em>, sostenía el cubano, <em>es superficial</em>.</p>
<p>Reúno aquí mi producción de los últimos tres años. Se trata, para ser preciso, de lo que yo mismo elegí; en ésta, como en toda selección, ya sea por decisión ajena o propia, hay arbitrariedad y hasta capricho. Tal vez no esté aquí todo cuanto debiera estar, quizás hay más de lo aconsejable, no lo sé, corro el riesgo y lo ofrezco a los lectores. Aquí encontrarán -los que me leyeron antes- las mismas sombras y claridades de antes, en versiones tal vez mejoradas, acaso un tanto más precisas, los mismos asuntos vistos desde lados diferentes, las mismas figuras reflejadas en espejos un tanto mejor pulidos. Aquí hallarán -los que jamás me leyeron hasta ahora- lo que hizo un poeta sudamericano, argentino para ser exacto, y aún más exacto, nacido y criado en la llanura pampeana, al cabo de más de treinta y cinco años de labores. Con los primeros, se trata de reiniciar el diálogo, con los segundos, de comenzarlo. De un modo u otro, el mismo blasón o insignia: les hablo pero lo que hablo sin ustedes nada vale, a ustedes reclamo para que esto adquiera dimensión, espesor, se complete y alumbre.</p>
<p align="right">C.B.</p>
<p align="right">Muñíz, Buenos Aires, diciembre 3, 2008</p>
<p><strong>Ver poemas siguiente página &#8211;></strong></p>
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