Presentación La Otra 105

2016, ¿educados para matar el tiempo?
José Ángel Leyva
Leyva-oct2015Desde niño pensé en el o los sentidos de la competitividad, tan cercano al concepto de competencia. Mi padre, profesor y director de primaria en la sierra de Durango, solía desbaratar en sus hijos y en sus alumnos cualquier impulso o instinto de superioridad de unos sobre los otros. Fomentaba, eso sí, con mucha energía el espíritu de superación y de esfuerzo. Premiaba la capacidad surgida de la pasión y la entrega, del tesón. Ser competente no significaba rivalidad, enemistad, oposición, sino en todo caso habilidad, pericia, talento, facultad. El desarrollo de una capacidad al servicio de uno mismo y de los otros. Capacidad para comunicar a los demás los sueños propios y para contagiar la ética del respeto a la vida, para ser un día útiles no sólo a sí mismos sino sobre todo a la sociedad. Porque repetía, todos cosechamos lo que sembramos y los que se apropian de la cosecha ajena tarde o temprano la pierden del mismo modo. Mi padre, por supuesto, era un idealista inconfeso.
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