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	<title>Revista La Otra &#187; Relatos desde la poesía</title>
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	<description>Revista de poesía + Artes visuales + Otras letras</description>
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		<title>Jorge Eduardo Alcalá. Dos cuentos</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Feb 2011 21:07:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[gaceta47]]></category>

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		<description><![CDATA[Poseedor ya de algunos premios internacionales, Jorge Eduardo Alcalá fue uno de los muchos talleristas que aprendieron la teoría del cuento nada más y nada menos que con Edmundo Valadés. &#160; &#160; JORGE EDUARDO ALCALÁ Nacido en 1967, publica sus &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2011/02/jorge-eduardo-alcala-dos-cuentos/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2011/02/jorge-eduardo-alcala-74x100.jpg" alt="" title="jorge-eduardo-alcala" width="74" height="100" class="alignleft size-thumbnail wp-image-2130" />Poseedor ya de algunos premios internacionales, Jorge Eduardo Alcalá fue uno de los muchos talleristas que aprendieron la teoría del cuento nada más y nada menos que con Edmundo Valadés.<br />
<span id="more-2129"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>JORGE EDUARDO ALCALÁ<br />
<div id="attachment_2130" class="wp-caption alignleft" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2011/02/jorge-eduardo-alcala.jpg" alt="" title="jorge-eduardo-alcala" width="250" height="335" class="size-full wp-image-2130" /><p class="wp-caption-text">Jorge Eduardo Alcalá</p></div><br />
Nacido en 1967, publica sus primeros trabajos en revistas<br />
estudiantiles a partir de 1989. En 1997 su libro Viajes en el tren de<br />
los deseos, de corte surreal y basado en la propuesta Velocidad, para<br />
el próximo milenio, de Italo Calvino, es premiado y publicado en<br />
España por la editorial AMG. Ha publicado en las revistas Transición,<br />
El Cuento, Coexistencia, Memorias del Páramo y otras. Candidato a<br />
Maestro en Humanidades por la Universidad Anáhuac-Instituto Cultural<br />
Helénico. Su principal tema, poético y narrativo, es el paso del<br />
tiempo y su naturaleza. Actualmente, prepara el libro Sin Justicia y<br />
sin Gabrielas desnudas. En La Otra presenta trabajos pertenecientes al<br />
libro Tiempo elástico, también en preparación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">Jorge Eduardo Alcalá</p>
<p align="center"><strong>SENDAS Y DIFUSIÓN DE IRENES</strong></p>
<p>La duda vino inmediatamente después de ver a lo  lejos a la otra Irene, luego de dos años en algunos de los barcos más extraños  del mundo, entre los cuales estaba la fragata retirada Molinar, azul y de velamen  beige combinados a la perfección, de quince metros de foque y contrafoque que  transportaba clandestinamente a misioneros cristianos hacia Etiopía en misiones  humanitarias y legítimamente a prostitutas camíticas hacia Nueva Orleans, el  buque Sugar Ray, dedicado a la confección de prendas de vestir, cuyo capitán,  Dire Dawa, compraba lana barata en Marruecos y era capaz de permanecer en la  misma postura durante cuatro días sin dormir y sin comer cosiendo lentejuelas  de color escarlata a un vestido que después vendería en algún puerto perdido en  el Bósforo –o Bosoforos, como le decían ochenta de las innumerables personas  que Irene no conoció-, el crucero comercial Lindsay en el que se podía hablar  grave o agudo y el interlocutor siempre escuchaba el mismo tono de voz, y el  pequeño submarino en que se transportaba droga desde las violáceas playas del  norte de México a los pantanos del Bayou, donde Irene se enamoró de una y de  uno de los posibles rednecks que entregarían la mercancía a quién sabe quién;  luego de dos años de dormir ya en las Aleutianas, en cubierta y en aguas  heladas, con los dedos entumidos y sin poder hablar, ya delirando en el ecuador  americano a casi 50 grados durante semanas que se alargaban como el sol que  nunca se ponía en los círculos polares, tanto ártico como antártico, lugares en  que el sueño era tan sólo un malestar, una precisa náusea en el estómago harto  de sopa de cola de ballena echada a perder, o ya en la mejor cama y la mejor  calma en medio de las islas del pacífico sur, con mucha comida fresca, carne de  res, pescado, mameyes, limones y duraznos y también mucha bebida a bordo, agua  abundante, fría y fresca, cerca del atolón de Mururoa donde los peces salían a  la superficie casi horneados y deliciosos, como si se hubieran aderezado con  azúcar, pimienta y salsa de tomate; dos años más tarde de haber escuchado por  primera y única vez la palabra horoscopología, la ciencia que estudia a los  sujetos que hacen horóscopos, como aquél hombre viejo, de barbas sucias, olor a  aceite de pescado y ropas desgastadas que la había abordabo en el Callao, y le  hablaba en un español casi incomprensible, con acentos en la última sílaba y  casi sin consonantes y que había predicho su desaparición sin que ella, Irene,  la sobreviviente, supiera con exactitud a qué se refería y que sólo entendería  más tarde, al desembarcar finalmente de aquellos barcos extraños en los cuales  había conocido por primera vez muchas de sus emociones, el llanto por soledad e  insignificancia en medio del mar, distinto del llanto del amor perdido,  manifiesto en la dulzura del beso de aquella redneck, distinto del llanto por  dolor físico que manó de sus ojos grises cuando no podía más y le ardían los  ojos por no haber dormido por dos días, mientras Dire Waba enhebraba  lentejuelas y lo seguiría haciendo durante dos días más cuando ella ya dormía y  soñaba con una pick up desvencijada a la cual subía acompañada de un hombre  joven que la acompañaba a su bautismo presbiteriano; dos años más tarde, pues,  de haberse separado de sí misma, una Irene que se embarcó en el Atlantic Louis  y otra que se quedó en tierra firme y haría una vida aparte y caminaría por las  calles azules de Des Moines hasta aburrirse en medio de esos parajes  erosionados y difusos, propios de una fotografía urbana en blanco y negro para  luego regresar a Van Nuys, ese barrio de clase media y media baja y solares  interminables en California  a trabajar  en florerías en ruinas, tristes, con letreros de Cash only, no cards en la  puerta, vestida con la falda azul, la única falda azul que tenía, de tela  áspera, y sin maquillaje, lista, sí, para una vez terminada la jornada ir  caminando a la iglesia de San José, en Cameo Drive, en el condado de Downey,  donde el día más caluroso del noventaynueve conocería a Irving, al jovencito Irving  Colin de pelo amarillo y revuelto, aprendiz de soldador que dormía en un garage  a la vuelta de la iglesia y que conducía una camioneta vieja con un sticker de  los Philadelphia Eagles en la parte trasera, a pesar de estar en Los Angeles;  lista, aquélla Irene, no ésta, la del mar, para después de conocerlo, seguir  caminando hasta la estación de Greyhound de Pasadena, porque allí paraba el  autobús que tomaría hacia Rosita Valley a fin de visitar a la vieja tía Canny,  hermosa anciana de grandes ojos grises, hija de migrantes australianos que  moría lentamente de diabetes en Rosita Valley, cerca de Sacramento, dulcísima  ciudad de atardeceres dorados donde ella, la Irene que no embarcó, tal vez  optaría por un trabajo temporal o tal vez regresaría a la Iglesia después de  que Canny muriera y tal vez vencería su miedo a todo lo que significara agua,  los lagos, las embarcaciones y, especialmente, el mar y entonces una Irene más  quedaría en Sacramento víctima de obesidad mórbida y otra se teñiría el pelo y  regresaría a Downey, para colocar en un altar manteles bordados a mano y en los  pasillos las flores, crisantemos, alcatraces, claveles y una variedad local de  flores del paraíso, una melodía vegetal casi perfecta a cambio de unos cuántos  dólares, treinta o cincuenta y así engalanar las bodas que cada sábado  abarrotaban el templo, y el pastor Sonny Burgie la felicitaría, ignorante de  que años atrás ella había sido florista, mientras la falda azul se desgastaba  en las clases de catecismo y una cuarta o quinta o sexta Irene, al mismo tiempo  que ella dormía, besaba con verdadero amor a Irving Colin y establecía una  pequeña herrería que aprovecharía con instinto financiero la bonanza de la  época de Clinton y cambiaría el sticker de los Eagles por uno de los Rams y en  otro destino probable se acogería al decreto de bancarrota, durante el mismo  periodo de Clinton y una Irene más cuidaba a la tía Canny, la anciana que  moriría o sobreviviría o ambas cosas a la vez, y una vez en la casa heredada  cultivaría con paciencia macizos de flores, gardenias o aves del paraíso para  colocarlos en los balcones y poco a poco construir su refugio de soltera en esa  casa cada día más triste de Rosita Valley y la centésima moría prematuramente  de leucemia y otra más, en el enésimo cambio de ciudad para encontrar un  destino mejor, conocería a la nieta de Mahalia Jackson en un autobús, quien le  inspiraría con una espiritualidad renovada, y le mostraría una nueva palabra de  Dios y le acompañaría a cantar himnos gospel y bluegrass durante tres décadas  en el coro de Abeville, el suave condado de Abeville en Louisiana en el que  finalmente echaría raíces como maestra en un jardín de niños y tendría a Ray  Junior y a la pequeña Sharonda con el herrero Ray Jacobson y aprendería  franglés, el dialecto criollo mitad francés mitad inglés que usan los  pobladores nativos para confundir a los fuereños y se dividíría de nuevo, como  lo había hecho en Des Moines y en el Callao frente a aquél anciano que olía a  leche de tigre, es decir, a pescado crudo, cuyas palabras se fundaban en un  conocimiento empírico de la física más que de la astrología y que por ello  había predicho su desaparición, en sentido figurado, claro está, porque en  sentido lato Irene muchas veces más se desdoblaría hacia distintos universos  paralelos en forma inadvertida al igual que ellas, las otras Irenes, todas  ignorantes del misterio eléctrico que se manifestaba a sus pies, y que,  extrañas cosas de la vida, la Irene del mar intuyó dos años después de haberse  embarcado, cuando las demás se quedaron atrás, en tierra firme, años al cabo de  los cuales regresó con arrugas en los ojos, la piel reseca, el pelo quebradizo,  la fragancia del mar salado que la acompañaría por siempre en boca y nariz y el  corazón dispuesto a renovarse luego de tropezones y amores fallidos, vestida  con unos jeans largos decorados con lentejuela naranja y luego de un primer  paso inseguro, pisó con convicción un muelle en los pantanos del Bayou, el  mismo donde quizá se había enamorado de dos personas al mismo tiempo y vio por  unos segundos, a lo lejos –casualidad que de pronto permite el sistema- a una  mujer idéntica a ella, una Irene de falda azul, una falda azul tableada que le  resultaba vagamente familiar, una dulcísima mujer de sonrisa iluminada y  cabello teñido de castaño claro que se alejaba tomada del brazo de un herrero  llamado Irving o Canny Colin, a quien, incluso visto de lejos, conocía y  sabía su nombre sin haberlo visto nunca y que  luego de cerrar la compuerta trasera de carga, subió con la Irene de tierra a  aquélla viejísima pickup cargada de materiales para la herrería y macetas, con  la defensa trasera decorada con un sticker de los NY Yankees y una placa <em>Sugar Ray, Visit Georgia</em>, una pick up  casi idéntica a la que había soñado en el mediterráneo, aquella noche del dos mil  uno, cuando de pronto, mientras los veía alejarse dejando una estela de polvo  rumbo a la Iglesia presbiteriana de Des Moines donde harían sus oraciones al  tiempo que se apagaba lentamente la melodía gospel de <em>Silent Night, Holy Night</em> , ella, una de las múltiples Irenes  simultáneas tuvo la turbia, perturbadora incertidumbre sobre si alguna vez  había o no estado allí.</p>
<p align="right">&nbsp;</p>
<p align="right">&nbsp;</p>
<p align="right">Jorge Eduardo Alcalá</p>
<p align="center"><strong>LOS  CLARIVIDENTES</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Íbamos  de la casa abandonada al puente. Éramos los fracasados, los que así tuviéramos  veinte oportunidades de recomenzar lo haríamos mal. Beatrice, por ejemplo.  Beatrice había sido una estupenda bailarina pero cuando la llamó la mejor  compañía de danza, ella se fracturó los tobillos y ahora apenas caminaba. O  Víctor. Policía de primera, candidato al premio municipal de Altos Honores  hasta antes de conocer a Rita. Y Val. Val era un luchador sueco en declive que  no podía hilar ni siquiera cinco abdominales. Y yo, por supuesto, que en mis  mejores tiempos había sido galán de altura, pero ahora buscaba una mujer que me  sacara a flote. Éramos los que sin querer dan paso a la existencia de los  héroes, los que fallaban quinientas veces los penales. Los momentos clave  simplemente no estaban hechos para nosotros.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A decir verdad la situación era incómoda,  pero se podía vivir. Entre la casa y el puente, yo prefería la casa, a pesar de  que por doquier se veía el desorden: gatos invadiendo la mesa al menor  descuido, vendas y ediciones suecas del Playboy tiradas en el suelo, todo  impregnado de un olor a orines que dejaba Val en sus borracheras, pues vivía  convencido de que el excusado estaba en cualquier lugar.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero eso se podía sobrellevar: Val  se retiraba al puente y miraba el río mientras se bebía una tremenda botella de  dos litros de vodka sin decir palabra. Beatrice jamás dejaba de quejarse, pero  nunca se iba. Víctor postulaba cada año a la policía de nuevo, pero nunca lo  matriculaban porque Rita era la jefa de personal. Yo imaginaba negocios que me  permitían regresar al ambiente de traje y corbata&#8230; Y así nos transcurría la  vida; casi sin darnos cuenta íbamos de aquí para allá, de tropezón en tropezón,  coleccionando nuestras fallas como otros hacen con insectos o timbres postales.</p>
<p>-Míralos, son  asquerosos -me decía Beatrice mientras los muchachos pateaban una pelota hecha  de periódicos- Son como perros: dales un juguete o un hueso. No necesitan nada  más para decirle adiós al mundo.</p>
<p>-De acuerdo.  Pero al menos hacen algo -era mi respuesta. Ella no la escuchaba porque de  nuevo se estaba quejando.<br />
-Además la casa  huele horrible. Val es un cerdo. Y Víctor es un inútil.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y el juego se prolongaba minutos u  horas, dependiendo de “mi” tiempo disponible, que no era otro sino el que  estaba dispuesto a ceder oyendo confabulaciones y sinsentidos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Del puente a la casa abandonada:  cuando Víctor, Val o yo  conseguíamos  algún dinero, lo primero era convencer a Beatrice de que su destino estaba aquí  y ahora, comprarle algún poster de danza y ella a regañadientes nos acompañaba  al puente a ver los barcos que partían mientras Val vaciaba su monumental  botella de vodka. Pero ella no bebía, sólo refunfuñaba. Al poco tiempo se le  oía mascullar “me largo, hato de cerdos”, y después volvía con nosotros porque  no sabía el camino de vuelta a casa ni los tobillos le daban para caminar más.  Pobre Beatrice, no era hermosa -ni por dentro ni por fuera-: cuando se  maquillaba se le corría el rímel y perdía el equilibrio al primer paso. Tampoco  era raro encontrarla en el porche del vecino esperando que alguien le abriera  la puerta porque no sabía cómo hacerlo. Dos cosas no cabían en su pequeño  mundo: la ciudad y sus convenciones.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Val no. Val había atesorado un  carácter duro allá en los viejos días de la Suecia de los cincuentas, en medio  de arenas de lucha internacionales. Hablaba todavía del Brasil coronado, de  Olof Palme, de la fábrica de autos Opel y de las vacaciones en Upsala. Llenaban  su memoria su madre, sus hermanas, sus títulos y su retiro obligado por  alcoholismo justo antes de pelear contra un ruso por el campeonato del mundo.  Pero ahora apenas si podía llegar al puente a ver los barcos que se iban,  empinar el codo y perderse en su colección de Playboy: su redondo cuerpo no  daba para más.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Víctor en cambio pasaba largas horas  imaginando lo que podía haber sido al lado de Rita. Tenía la pensión de  desempleado, pero casi nunca la hacía efectiva.</p>
<p>-Stergios -me  decía- en el momento menos pensado me la subo a un auto y nos vamos hacia el  sur.<br />
-¿Pero en qué  auto? -replicaba yo.<br />
-No se preocupe  por eso que lo resuelvo en dos minutos. Lo difícil es Rita.<br />
-Claro. Ahora  resulta que las mujeres más hermosas del mundo se largan a la aventura con  desempleados. Más encima en autobús.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero él vivía convencido de que un  día de esos iba a conseguir un Volkswagen para recorrer las largas cadenas  montañosas del sur y las playas en compañía de la mujer de sus sueños. El único  inconveniente era que esa mujer lo odiaba a muerte.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El primer signo de que algo andaba  mal vino de Beatrice -que por esos días andaba con el rímel corrido y parecía  sacada de una película de horror de los 50’s- que un día dijo, sin mayor  antecedente:</p>
<p>- ¡Ja!  Este maldito cerdo piensa que va a ganar. Lo  que no sabes -añadió mientras señalaba a Val- es que estás acabado. ¡Finish!  ¡Te van a mandar al hospital! Y por Dios, deja de orinarte en las paredes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No le hicimos caso. Casi enseguida  Val se levantó a orinar. Víctor me golpeó con el codo. Yo lo miré fastidiado  puesto que no me importaba dónde hacía Val sus necesidades.</p>
<p>-Mire. Está  orinando la pared.<br />
-¿Y?<br />
-Que la Duncan  lo predijo -se refería a Beatrice como “la Duncan”- Acá hay un gato y una  liebre.<br />
-¡Por dios si  eso lo hace todos los días!<br />
-Sí, pero ahora  es distinto.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Beatrice contemplaba furiosa la  escena, maldijo quince veces, gritó “me largo” y golpeó la puerta.</p>
<p>-Hay que ver qué  quiso decir con lo de “ganar” -prosiguió Víctor. <br />
-Es natural.  Ella sabe que el gordo es luchador.<br />
-Claro. Pero  también sabe que hace años no pelea -dijo Víctor. </p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En ese preciso instante alguien tocó  la puerta. Un intermediario le ofreció a Val cien dólares por dejarse vencer en  la tercera caída ante Zulema, una luchadora sin prejuicios, decidida a abrirse  paso a como diera lugar, incluso a costa de veteranos y de héroes cansados.</p>
<p>-¡Qué tal!  -gritó Val jubiloso con los treinta dólares de adelanto en la mano- El Gran  Valerio Robson está de vuelta. ¡Como Brasil!</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como era de esperarse, justo la  noche de su inverosímil regreso, Val se emborrachó tanto que no pudo llegar ni  al fin de la primera caída. A los dos minutos vomitó en el ring. El referee lo  echó. Zulema lo pateó de verdad porque había manchado sus botines de charol  dorado. El público aventaba cáscaras de cacahuates y cocacolas.Víctor y yo  sacamos al enorme Val, como un paquidermo derrotado que se movía a duras penas  y lo llevamos al hospital porque comenzó a sangrar por la nariz. Poco antes de  entrar a la sala de urgencias, cuando ya estaba en camilla me confesó:  “Stergios, no hay caso. La muchacha ya sabe que usted es un pobre diablo.  Además, no conjeturen. No los va a llevar a nada”.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me quedé de una pieza. Lo que estaba  ocurriendo era increíble. Nadie sabía que yo cortejaba a una vendedora de  zapatos. Menos ese luchador venido a menos. Víctor me miró y dijo:</p>
<p>-¿Es cierto lo  que dijo Val?<br />
-¿Qué?  -pregunté, haciéndome el que no entendía.<br />
-Ya sabe, lo de  la muchacha.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo pensé que Víctor se estaba  entrometiendo en mi vida privada.</p>
<p>-¿A usted qué  carajos le importa? Supongamos que yo estoy saliendo con una mujer ¿cuál es el  problema? -dije, envalentonándome.<br />
-¿No lo ve?  -contestó Víctor, como si estuviera descubriendo un secreto de la CIA- Val y la  Duncan son clarividentes.<br />
-Me está  diciendo que una bailarina que no se sostiene por sí misma y un luchador que ya  va cuesta abajo saben el futuro. No me chingue&#8230;<br />
-Stergios,  despierte. Explíqueme por qué Val sabe lo de la muchacha. La Duncan predijo  exactamente lo que pasó hoy, lo del hospital incluido ¿qué me dice?</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo le respondí con mi mejor  argumento, esperando que la farsa se le viniera abajo.</p>
<p>-Ya le dije que  no jodiera. Además ¿por qué hace unas horas Val gritó que Valerio No-se-qué  estaba de vuelta? ¿Eh? Evidentemente se equivocó&#8230;Evidentemente no sabe&#8230;<br />
-¡Los que no  sabemos nada somos nosotros! -gritó Víctor- No sabemos nada, excepto que Val y  la Duncan son clarividentes&#8230;<br />
-Ya basta de la  broma -dije yo- Hay que tomar un café. Pronto van a traer el informe médico.<br />
-Espere -me  interrumpió- el gordo también predijo esta discusión. “No conjeturen“, ¿lo  recuerda?. “No los va a llevar a nada”.<br />
-Mierda –susurré  y solté una sonrisa de incredulidad- Es cierto.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nos sentamos en el lobby del  hospital por un rato sin saber qué decir. Parecía que la situación tomaba un  rumbo incómodo y a ninguno de los dos nos agradaba. La enfermera pasó por ahí y  nos dijo que Val estaría en terapia intensiva por lo menos 48 horas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-¡Imbéciles!  -gritó Beatrice- ¡Dejaron la puerta cerrada con candado! ¿Creen que no me doy  cuenta?<br />
-Tranquila -dijo  Víctor- Ya llegamos. Además está abierto.<br />
-¡No es cierto!  Stergios tiene la llave. Pone el candado y ya nadie puede entrar nunca más a la  casa.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me acerqué y giré la perilla de la  puerta, que se abrió inmediatamente.</p>
<p>-Por favor  -intentó calmarla Víctor, conduciéndola hacia el interior de la casa- ¿Lo ve?  Este muchacho&#8230;<br />
-¡No lo  defienda! -le espetó Beatrice y luego me gritó &#8211; Es usted un cretino.  Desperdicia su vida ligando zapateras. Lo peor es que va a terminar buscando  extraterrestres. ¿Me está escuchando?</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Intentó seguir, pero la crisis  nerviosa se le agudizó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.  Víctor la condujo a su habitación en medio de toses y balbuceos ininteligibles.  Yo estaba en medio de la casa, estupefacto, golpeado, aturdido. Me sentía como  un tonto a quien acaban de decirle la verdad. El olor a orines fue entonces tan  intenso que tuve náuseas. Por primera vez reparé en uno de los gatos que  invadían la mesa: sus ojos eran de un azul sobrecogedor y parecía un ser  inteligente, de otro mundo. Sin detenerme a pensarlo más recogí una Playboy del  suelo, saqué una botella de vodka y tomé rumbo hacia el puente. Tenía mucho  miedo de convertirme en uno de esos personajes estrafalarios que cazan OVNIs y  entrevistan abducidos.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A las dos noches, Val regresó hecho  una piltrafa.Tenía la mandíbula rota, collarín y un brazo en cabestrillo. En  cuanto llegó, se fue directamente a la cama. Víctor lo apaleó a preguntas, pero  como tenía la mandíbula rota no podía responder. Al darle lápiz y papel nos  dimos cuenta de que tampoco podía escribir. A señas casi indescifrables nos  preguntó si Zulema le había entregado a alguien los 70 dólares restantes. Nos  exasperamos con su falta de interés sobre la clarividencia. Víctor lo tomó de  la camisa, lo amenazó diciéndole “Deje de jugar”, pero Val no podía entender  muy bien y se recostó de lado. Al poco rato empezó a roncar. Casi al unísono  mascullamos un carajo. Después nos fuimos al puente a beber. Salvo eso, no  había otra cosa por hacer esa noche.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Víctor un día dijo –tenía los ojos  en blanco y los brazos extendidos como los monjes budistas- “las cosas se van a  poner más feas”. Y se cumplió como palabra escrita en piedra. Val insistía en  que golpeáramos a Zulema para cobrarle. Beatrice se encerró por días enteros y  de vez en cuando soltaba frases en lenguas desconocidas como “Behemot, behemot,  tuero behemot”. Víctor otro día dijo “Stergios, Rita es una cualquiera. Se  acuesta con el jefe de la sección, pero el día menos pensado me la subo a un  auto y me largo hacia el sur”. Yo iba a contestarle lo de siempre, pero me  contuve. Sospechaba que él también había adquirido la enfermedad de la  clarividencia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A pesar de que la situación seguía  igual en apariencia (la casa invadida de gatos, el suelo tapizado de  fotografias de mujeres desnudas, Víctor deduciendo cada vez más  inteligentemente acerca de las situaciones, Val bebiendo y orinando, Beatrice  perdida en sus laberintos interiores, los barcos tomando rumbo desconocido)  ciertas sutilezas en ellos tres había cambiado. Parecían invadidos. Beatrice  andaba por la casa como sonámbula, con los brazos extendidos y hablando en sánscrito  o sabe Dios qué idioma. Víctor hacía comentarios más categóricos y acertados,  sacaba conclusiones asombrosas y sus argumentos eran imbatibles. No dejaba de  preguntarme si se gestaba en sus mentes una nueva inteligencia, acaso superior.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con esta inquietud en mente, me  encontré esa misma tarde con la chica que vendía zapatos. Lucía impresionante.  Parecía haber crecido unos centímetros más. Cuando la miré a los ojos,  demasiado azules y sobrecogedores, las escasas dudas que albergaba se  disiparon.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Años después me encontré con Víctor  en una de esas cantinas de paredes desportilladas que sólo visitan los  alcohólicos irremediables. Estábamos viejos, sucios, vencidos. Bebimos no sé  cuántas cervezas, casi en silencio, conscientes de que no traíamos dinero  suficiente para pagarlas y que nos echarían del lugar en forma vergonzosa.</p>
<p>-¿Por qué se fue  cuando vivíamos con Val y Beatrice? ¿Qué sentido tenía irse? -me dijo.<br />
-Vamos -le  contesté- Yo era un hombre crédulo y usted un policía en busca de un caso.<br />
-Bah. Con que  eso fue. <br />
-¿Qué pasó con  ellos? -pregunté.<br />
-Es una historia  rara. Muy rara. Luego de que usted se fue, Val se empleó con Zulema. La Duncan  vive de una herencia, habla en lenguas y todavía no puede abrir las puertas, es  increíble. Rita se largó conmigo al sur, pero nos alcanzó la fatiga y ya nunca  nos volveremos a ver. El tiempo pesa, uno se cansa&#8230;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hicimos una pausa porque la única  solución que nos quedaba luego de esa revisión tan inclemente del pasado estaba  en la cerveza. No era fácil darse cuenta de que la vida se nos había ocultado  entre casas abandonadas, fatales rings de lucha, mujeres que se iban y destinos  brumosos, erráticos al menos.</p>
<p>-¿Y el asunto de  la clarividencia? En el fondo parecía bastante cierto -inquirí al cabo de un  rato.<br />
-Fracasamos -me  dijo y le dio un profundo trago a la cerveza- Parece que la clarividencia  tampoco estaba hecha para nosotros.<br />
-Sí, mierda. Sé  a lo que se refiere -le contesté casi murmurando, triste, demolido, sabiendo en  el fondo que todavía le miraba los ojos a las personas, a la busca del fatídico  azul, como un barco que navega intuyendo que el horizonte es en realidad un  precipicio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Fernando Sorrentino</title>
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		<pubDate>Wed, 12 May 2010 20:28:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[La otra gaceta]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[gaceta38]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace tiempo que venimos publicando los relatos de este autor argentino, de quien además hemos leído con enorme placer “Siete conversaciones con Borges”, editorial El Ateneo. Nos obsequia ahora un libro completo y gratuito, de la biblioteca de Fernando Sorrentino. &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2010/05/fernando-sorrentino-2/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2010/05/sorrentino-fernando.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2010/05/sorrentino-fernando-71x100.jpg" alt="sorrentino fernando" title="sorrentino-fernando" width="71" height="100" class="alignleft size-thumbnail wp-image-1652" /></a>Hace tiempo que venimos publicando los relatos de este autor argentino, de quien además hemos leído con enorme placer “Siete conversaciones con Borges”, editorial El Ateneo. Nos obsequia ahora un libro completo y gratuito, de la <a href="http://www.fernandosorrentino.com.ar" target="_blank">biblioteca</a> de Fernando Sorrentino.<br />
<span id="more-1664"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a title="View Fernando Sorrentino Cuentos on Scribd" href="http://www.scribd.com/doc/31270012/Fernando-Sorrentino-Cuentos" style="margin: 12px auto 6px auto; font-family: Helvetica,Arial,Sans-serif; font-style: normal; font-variant: normal; font-weight: normal; font-size: 14px; line-height: normal; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; -x-system-font: none; display: block; text-decoration: underline;">Fernando Sorrentino Cuentos</a> <object id="doc_14997" name="doc_14997" height="640" width="640" type="application/x-shockwave-flash" data="http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf" style="outline:none;" ><param name="movie" value="http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf"><param name="wmode" value="opaque"><param name="bgcolor" value="#ffffff"><param name="allowFullScreen" value="true"><param name="allowScriptAccess" value="always"><param name="FlashVars" value="document_id=31270012&#038;access_key=key-2n06mckzt0k8vb1r6ksk&#038;page=1&#038;viewMode=list"><embed id="doc_14997" name="doc_14997" src="http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf?document_id=31270012&#038;access_key=key-2n06mckzt0k8vb1r6ksk&#038;page=1&#038;viewMode=list" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="640" width="640" wmode="opaque" bgcolor="#ffffff"></embed></object></p>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_1652" class="wp-caption aligncenter" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2010/05/sorrentino-fernando.jpg" alt="sorrentino fernando" title="sorrentino-fernando" width="250" height="352" class="size-full wp-image-1652" /><p class="wp-caption-text">Fernando Sorrentino</p></div>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Cuentistas de Costa Rica</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/</link>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 03:28:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuatro escritores ticos ofrecen un muestrario de la actual narrativa de su país, un ejemplo de lo que se escribe y de lo mucho que nos queda por conocer de esta nación centroamericana. Sus nombres son: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/ticos-01.jpg" alt="ticos-01" title="ticos-01" width="239" height="90" class="aligncenter size-full wp-image-1352" /><br />
Cuatro escritores ticos ofrecen un muestrario de la actual narrativa de su país, un ejemplo de lo que se escribe y de lo mucho que nos queda por conocer de esta nación centroamericana. Sus nombres son: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, Guillermo Barquero y Juan Murillo.<br />
<span id="more-1347"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><center></p>
<table align="center" border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" width="600">
<caption>
<strong>M  E N U</strong><br />
</caption>
<tbody>
<tr>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/alfonso-pena.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/2/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/guillermo-fernandez.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/3/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/guillermo-barquero.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
<td valign="top"><a href="http://www.laotrarevista.com/2009/11/cuentistas-de-costa-rica/4/"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/11/juan-murillo.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"></a></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p></center></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>QUÉ HACER CON TANTA PASTA</strong></p>
<p>ALFONSO PEÑA</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller venía dando pasos soneros (nosotros  decimos que el Bachiller tiene ese “tumbao” habanero o santiaguero, debe ser  porque es descendiente del prócer cubano Maceo), él es puro timbal.  ¡Y es que el negrito tiene tumbao! Parece que  cada paso suyo se mueve al ritmo de un guaguancó, o una rumba agitada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Carlitos, el escultor, atravesaba el parque Kennedy;  justo al pasar al lado del busto de JFK (¡cuántas veces lo han querido  pulverizar!) y buscar la salida en diagonal, los res nos encontramos. Al  avanzar entre las aceras concurridas; una inesperada colisión: “Q’hubo compa,  todo bien, así es, linda tarde, casi noche, vamos por ahí…” </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller regresaba de su estudio que estaba por  la calle ácida. Carlitos, mostraba su indumentaria de “rudo”, compuesta de un  mono de mecánico mezclilla azul saturado de polvo de piedra tobita. En el mono  estaban los vestigios de su faena cotidiana. Los lamparazos del polvo de la  piedra se impregnaban por las rodillas, los tirantes, el plexo. No abandonaba  en ningún momento su estilo. El rudo que fragmenta piedra y talla maderas  nobles. No cruzamos la calle encrespada por la circulación de vehículos y  gente; tampoco pasamos por debajo de la luz roja del semáforo, porque en ese  momento el Bachiller espetó: “vamos a tomarnos un tapirol”. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La conversa efervescente  acerca de la tarde azul náutica. Nos  abalanzamos  sobre la puerta grafiteada  del Fitos. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>–Tarde multiácidacolorazulártico.<br />
–Piedra balsámica es la tobita.<br />
–Grafitti saxo bramido.<br />
–Negro sexual.<br />
–Bachiller-negrito, deberías tomarte un mojito en  una bodeguita que está cerca del parque Maceo y ahí verás al negrote que anduvo  por estos parajes y de donde vos venís…<br />
–¿Es imponente la escultura de Maceo?<br />
–Maceo en bronce cetrino por la arenisca habanera.<br />
–Una de mis esculturas en hierro por las Ramblas.<br />
– ¿Tu escultura en hierro por las Ramblas?<br />
–¡Ah!<br />
–¡Oh!<br />
–Desde el parque Maceo se mira el malecón… Suspenso  mar azul cresteante.<br />
–Tres tapiroles.<br />
–Morro Che.<br />
–Bombarda  triple.<br />
–Maceo en Mansión.<br />
–Desde playa Sámara se mira la Mansión de Maceo.<br />
–En Mansión todos somos familia.<br />
–Descendientes de Maceo.<br />
–Claro, es la mansión de Maceo.<br />
–¡Cómo no!<br />
–¡A guarachal!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Brindamos, porque Carlitos estaba de cumple.  ¿Cumpledías? ¡Cumpleaños! Nos vamos de farra. Farragosos. Faranduleros.  Garruleros.  Abordamos un taxi en la  esquina del parque de San Piter y regresamos a la calle ácida. Carlitos nos  dijo que lo esperáramos,  iba a retirar  sus bártulos donde un compadre. Salió de la máquina bamboleando su reciedumbre  y sus greñas enmarañadas. Se deslizó entre la acera y se introdujo en un  edificio grisáceo. Enjambre de apartamentos. Regresó con rapidez. Cargaba un  bolso de tela descolorida  y una carpeta  de dibujos. Con cuidado se arrellanó en el asiento trasero y la máquina tomó la  ruta hacia Chepe. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cumpleaños de Carlitos. El Bachiller dijo: hacemos  la ¿vaquita, banquita? Claro que sí. Por Carlitos. Nada que ver, no lo permito.  Yo invito, terció  molesto, el escultor.  Tengo suficiente billete. No me lo van a creer, pero me ha ido muy bien con la  escultura. Casi un imposible. No me digas que eso es imposible. Tenemos que ir  un día a mi taller. En Escazú. Cerca de los cerros. Colecciono semillas.  Semillitas. Son mis modelos. Las llevo a la talla y lo que sale es una creación  asombrosa. Vos sabés hay que sacarle partido a las cenizas, a las llamas, a la  madera. Las he visto: multieróticas,   polimórficas. De diversos caracteres y tamaños. No como dicen “los  conocedores”, que son “solo” eróticas. Así es la fauna. Etiqueta a la vista. Ni  que decir de la bronca de los egos. Hay un escultor vecino que me visita. Es de  los que están predestinados a erigirse en maestros. Farfulla: “¿Semillas? Je,  je, qué cursi. Deberías trabajar tus hierros como lo hiciste en Cataluña…, a la  manera de Chillida”. Esos tipos creen que te van a bajar el piso. Que salgas de  tu frecuencia. Es una manera de joderte. De ningunearte. Pasó el tiempo.  Siempre me rondaba, cada vez más mirón y preguntón. Un día visité a otro colega  y después de conversar y conversar me dice: vistes las semillas de “J”. Qué  loquera. Se parecen a las tuyas. Es un ajusticiamiento: Fusilatum, fusilorum.  Es como una anfibioambigüedad (atrocidad). Semillas. Viaje a la semilla.  Corazón de semilla tienes tú, alma mía. Entre semilla y cojón. Entre semilla y  pezón rosado. Cenizo, hojalatilla, flor de muerto, pelo de gato, mal hombre,  zapote,  chichicastle, ceiba,  guanábana, coco, palo mulato, níspero,  durazno, aguacate, laurel,  tamarindo,  cacao,  zapatito de la vaina. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Carlitos, no tenías porque traernos al “As rojo”, es  demasiado costoso. Nos hubiéramos conformado con el “Markus”, o quizá el  “Zanzíbar”. En la mesa de manteles amaranto una botella de scotch. La cosa va  para largo, la casa va para lejos. La casa contenta con los buenos clientes. La  casa tiene la razón y los clientes salen ebrios. Bombeados.  Hasta la médula.  Tiene como pagar el cuentón. Sin problema. No  hay que apurarse. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¡Bachiller, incorregible! Poco a poco las cortinas  del fondo del nait club, se fueron corriendo, moviendo, destapando. Por los  cristales emergieron unos crispados rostros de ojos rasgados, con tatuajes en  las sienes y dragones en el cuello.  Son  los orientales del nait club. El Bachiller los despertó. Los alertó. Los sacó de  su viaje. Comedores de opio. Lotófagos. Bachiller, con sus giros y sus boleros.  Su alegría contagiante. Mire señorita. Señorrrita. Seeññorita. Luz noctámbula.  Luz de mis ojos. Fuego en tus ojos. Tú vives en mis ojos. Y entonces ficheras y  coristas desfilaban de dos en dos y claro las  bailarinas que iban y venían después de cada turno. Otra vuelta. Tres botellas  de riunite. Una grapa. Dos de casillero del diablo.  Yo soy whiskera, de etiqueta azul, es el  color más distinguido, sino, no hay nada. Hablaba y se contorsionaba como una  mariposa de alas nazareno. Linda. Corazón de pedernal. Crema de pipermín. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi cielo dicen mis amigas que si les puedes  “regalar” varias botellitas de vino tinto francés para calentar antes de la  coreografía. Va a ser con música flamenca. Qué dulzura. Orden para allá. Mi  amorcito, cumpleañero, dedicada a ti. Rumba flamenca para ti. Se sentaba en las  rodillas de Carlitos, le restregaba el trasero y le acariciaba la barbilla. Se  levantaba de seguido y aparecía otra con un vestido de plata con hilos carmesí  y le tocaba los bucles desordenados. Todas las bailarinas desfilaban por donde  Carlitos que se sentía un Pachá, Chamangurú, Jeque. El sultán Carlitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo extraño es que en nuestra mesa las botellas de  scotch se multiplicaban; la multiplicación de los panes o la (comenta Carlitos  que él sueña con el escote de María Magdala) espléndida metáfora de las bodas  de Canaán. Todos tenemos algo de magos, prestidigitadores, multiplicar los  senos de todas las bailarinas. Multiplicar y triplicar los tatuajes de los  orientales que por cierto nos ven con caras de pocos amigos, cuesta  entenderlos, son demasiado herméticos, sus risas y los acentos en forma de  daga, puñal, estilete. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En la oscuridad (porque en algún momento se hizo la  oscuridad) avanzó una turbulencia gélida. Era la máquina de niebla que  anunciaba en clara complicidad con el juego de luces que las bailarinas se  aprestaban a iniciar el show de fondo. Tambaleo rítmico, percusión endemoniada,  zapateo acompasado por tacones altos de cristales y guirnaldas volando entre  todo el espacio, eran dos o tres hileras de bellas amazonas de la noche,  corpulentas,  proporcionadas, de narices  perfiladas y cabellos ondulados, de piernas alargadas y cinturas de viola, ojos  moriscos y mulatos y criollos y orientales y mestizos, vestidos hechiceros  rojos y amarillos y celestes con puntos violáceos y rueditas dentadas  crucecitas y alabastros y jades y lindos collares, fantasía pura. Ellas  caracoleaban, se deslizaban con gracia y movimientos de las manos, de vez en  cuando enseñaban sus pasos flamencos y gitanos y Carlitos estaba transformado y  decía venga y ¡olé! y ¡olé! y venga no puede ser, esto no es cierto, es la  magia total, es la cueva de Polifemo pero en el trópico y es que siempre lo he  dicho la vida está en el trópico y ¡olé! y que manera de bailar, son verdaderas  princesas, vamos que esto no se ve todos los días, vamos, vamos a divertirse,  eso es vivir la noche, todo en un solo momento, ¡olé! y ¡olé!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>–¿Qué hiciste Bachiller? –protestó Carlitos, en medio  de aquel frenesí, la confusión de las tres de la madrugada. Y es que antes de  “eso” demostró sus habilidades, bailaba y se retorcía entre las butacas, y es  que habían butacas, si señores, ahí se podían encontrar visitantes noctívagos  de muy diversos linajes. El show era total. Antes del final, bailó las fusiones  musicales. Hizo acopio de sus aptitudes histriónicas y dramáticas. Contó  chistes e hizo retozos de muy diversas maneras. Aquel matiz del Bachiller nos  era desconocido. ¡Bravo!, Bachiller! Es probable que el scotch haya calado en  él. Cuando Monique apareció en el tablado, parece que se nubló. Ella era la  bailarina que cerraba el show. Dio tres y cuatro pasitos para delante y para  atrás. Su sombrero llamaba la atención. Se dice que fue el color chispeante del  sombrero. No lo creemos. Más bien pensamos en el scotch y la damisela de la  noche. No se sabe cómo, el Bachiller se fue hasta la parte de atrás de las  butacas y tomó impulso: dio un salto largo y cayó en el tablado. Las “damas de  honor” de Monique se hicieron a un lado y él sin dejar de sentirse un “elegido”  bailó o trató de danzar a la par de la princesa. El acoso fue total, la siguió  por el tablado, hasta que los orientales entraron y con hostilidad lo tomaron  de los hombros y entre sacudidas lo sacaron de escena. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Bachiller se refugió en la mesa de manteles  amaranto. Los orientales llegaron como hormigas. No nos imaginábamos que  aquello era una madriguera de chinos. Algunos se insinuaban como tahúres  genuinos y conocedores expertos de las artes marciales. Solo quedaba una  salida, pagar y salir limpios. Hubo miradas intermitentes. Gestos feroces.  Palabras ininteligibles. Hasta que un oriental que mascullaba el idioma,  rezongó entre dientes una cifra astronómica. Inalcanzable. Dijimos cómo y qué.  Policía, aulló uno de los orientales; de inmediato enseñó una  daga reluciente. Otro se carcajeó. Carlitos  se ajustó el mono de mecánico. Miró a los orientales de arriba abajo. Les paseó  con insolencia su mirada de jaguar ancestral. Volvió a preguntar por la cuenta.  Otro oriental le enseñó una daga filosa y alargada, Carlitos con prudencia  pidió calma, por favor calma. Durante unos minutos hubo expectación. Lo vimos  inclinarse en su asiento, y con mucho cuidado levantar de las baldosas su bolso  de tela incolora. Lo colocó sobre la mesa y como si  se tratase de un “pase mágico”, del bolso  emergió otra bolsa de papel craft. Fue maravilloso. De la bolsa de papel craft,  bien acomodados, se asomaron muchos fajos de billetes verdes. Los chinos  estaban estupefactos. Nosotros no podíamos creerlo. Pero así fue. Tomó unos  cuantos billetes verdes y los lanzó en la mesa. Los asistentes que aun se  encontraban en las butacas comentaban y aplaudían. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando dejamos atrás el “As rojo”, Carlitos, el  escultor, el coleccionista de semillas, cerró el episodio con una especie de  frase dirigida a la madrugada gloriosa: “Les dije que me va muy bien con la  escultura; esta tarde El<em> club de polo</em> me pagó los trofeos que les hice para su campeonato; no sé que voy a hacer con  tanta pasta”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ALFONSO PEÑA, San José, Costa Rica.<br />
Narrador, ensayista,   editor, agitador cultural.<br />
Dirige la revista Matérika (<a href="http://www.materika.org/">www.materika.org</a>). Entre algunos de sus libros  mencionamos <em>Noches de celofán</em>, <em>La Novena generación</em>, <em>Desde el  centro</em>, <em>Labios pintados de azul</em>. Buena parte de sus ficciones han  sido vertidas al portugués, inglés, italiano, francés. Colabora con diversos  medios latinoamericanos. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8212;-</p>
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		<title>Francisco Villalpando (mención honorífica en el Premio de novela corta “Rafael Ramírez Heredia”)</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jul 2009 22:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Este es un fragmento de la novela que el jurado calificador del concurso, constituido por Hernán Lara Zavala, Eugenio Aguirre y Oscar de la Borbolla, propuso para recibir mención honorífica por verle suficientes méritos para quedar en la pelea por &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/07/francisco-villalpando-mencion-honorifica/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando-93x100.jpg" alt="francisco-villalpando" title="francisco-villalpando" width="93" height="100" class="alignleft size-thumbnail wp-image-1144" /></a>Este es un  fragmento de la novela que el jurado calificador del concurso, constituido por  Hernán Lara Zavala, Eugenio Aguirre y Oscar de la Borbolla, propuso para  recibir mención honorífica por verle suficientes méritos para quedar en la  pelea por el primer lugar.<br />
<span id="more-1143"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><center><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/07/francisco-villalpando.jpg" alt="francisco-villalpando" title="francisco-villalpando" width="350" height="375" class="alignnone size-full wp-image-1144" /></a></center></p>
<p align="center"><strong>“LOS DEMONIOS DE PROELESA”  (fragmento)</strong></p>
<p>La luz se alcanza a ver a lo lejos como un pequeño punto en medio de  la oscuridad, poco a poco va aumentando su tamaño y luminosidad conforme se va  haciendo más fuerte el sonido de unos tambores que parecen acompañar la  solitaria carrera de  cinco hombres, que  sin descanso avanzan por la accidentada ladera de la montaña con gran agilidad  en medio de la noche; cuando se aproximan se puede ver con mayor claridad que  el hombre que va al frente carga la antorcha que les ilumina el camino,  mientras que el que va detrás de él avanza pateando con la parte externa de sus  pies una bola de madera; atrás de él vienen otros tres miembros del grupo, que  a su debido tiempo relevaran a los de enfrente. Saben que no pueden detener su  marcha, están muy cerca de completar el rarajípari conforme espera su pueblo,  pronto podrán ser proclamados dignos aspirantes a gobernadores y a chamanes;  después de haber recorrido casi en su totalidad los 200 kilómetros entre  montañas, llevando con ellos la bola hecha con madera de encino que representa  a su gente, la cual deberán hacer pasar la meta ya cercana. Mientras continúan  corriendo el guía voltea hacia atrás y se percata de que el grupo del otro  pueblo ya ha quedado muy atrás, la antorcha de ellos no se puede distinguir.  Repentinamente se escucha el zumbido de un objeto que se desplaza por el aire a  gran velocidad, el hombre guía que cargaba la antorcha cae inerte atravesado  por una flecha que salió de en medio de la oscuridad&#8230;</p>
<ul>
<li>¡No! &#8211; Grita Roberto Bautista  despertando abruptamente en su cama.</li>
</ul>
<p>Se reincorpora aún con la respiración agitada, tratando de entender  lo que la visión en su sueño le quiere decir. Roberto estaba aprendiendo las  artes del chamanismo en las que su tío lo estaba iniciando, para que en un  futuro el asumiera la responsabilidad de ser owirúame, el guía espiritual y  sanador de su pueblo. Basado en las enseñanzas de su tío el Chamán, sabía que  el espíritu también hablaba por medio de los sueños, por lo que el tenía que  interpretar el mensaje que acababa de recibir.</p>
<ul>
<li>Aún no es tiempo de mi  rarajípari, ¿de que se trata todo esto? </li>
</ul>
<p>Se preguntaba Roberto mientras observa que en su reloj despertador  se están marcando las 2:35 de la madrugada.</p>
<ul>
<li>No logro interpretarlo, creo  que tendré que consultárselo a mi tío.</li>
</ul>
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		</item>
		<item>
		<title>Amalia Lú Posso Figueroa</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/03/amalia-lu-posso-figueroa/</link>
		<comments>http://www.laotrarevista.com/2009/03/amalia-lu-posso-figueroa/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 27 Mar 2009 13:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Amalia Lú Posso Figueroa recoge la tradición oral de su región natal, el Chocó colombiano, en el Pacífico negro, para dar cauce a una escritura alegre y erótica, imaginativa. Una buena parte de sus relatos están recogidos en lu libro &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/03/amalia-lu-posso-figueroa/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-742" title="Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/amalia-lu-75x100.jpg" alt="Amalia Lu" width="75" height="100" />Amalia Lú Posso Figueroa recoge la tradición oral de su región natal, el Chocó colombiano, en el Pacífico negro, para dar cauce a una escritura alegre y erótica, imaginativa. Una buena parte de sus relatos están recogidos en lu libro <em>Vea ve mis nanas negras</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-747"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CON EL RITMO EN EL SEMBRAR</strong><br />
AmaliaLú Posso Figueroa</p>
<p>Secundina Caldón, la nana Caldondina, tenía el ritmo en el sembrar o, como decían todas las gentes: tenía buena mano.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-741" title="Libro Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/afiche-amalialu.jpg" alt="Libro Amalia Lu" width="450" height="631" />Lo que tocaba la nana Caldondina embarnecía, florecía, engrosaba y se enhiestaba, por eso en una época se pensó que podía hacer tratamientos cuando a los hombres no les funcionaba el carrizo, pero la nana Caldondina necesitaba la tierra como elemento de embarnecira, la frondosidad, espesura y los palos erguidos se lograban pero saliendo siempre de la tierra y quedándose en ella. A la orilla del San Juan, en Samurindó, pueblo donde nació Secundina, decían que ella le había hecho florecer la varita a san José.</p>
<p>La paliadera de mi casa, que cuidaba con esmero la nana Caldondina, era una explosión de color: salían juntas, mano de león, lluvia de oro, heliotropo y buenas tardes; brotaban flores amarillas incandescentes, casi naranja, flores rojas en todas las gamas hasta llegar a un rojo-negro, flores blanquísimas en forma de cartucho con espigo amarillo, llamaban niño en cuna; había jazmín del cabo, dalia, bonche, corona de espinas y zapatico de la reina, el milpesos estaba al lado del palo de culebra, del árbol del pan y del corozo, y entre todas crecía el borojó; para sembrarlo la nana Caldondina se rodeaba de la magia que exige sembrar borojó: enterraba dos palitos, uno muy cerca del otro, la hembra pegada del macho, es la única forma en que pelecha el borojó,el palo hembra que da la olorosa bola café oscura, rozando al palo que ostenta su capacho largo, amarillo, pálido, con el que la toca como picha suave hasta que brota el borojo. El pedazo de la paliadera sembrado de magia, se movía por las noches con el vaivén que tiene el ritmo del amor.</p>
<p>Al lado crecían los palos de bija, que la nana Caldondina disfrutaba en su mejor momento cuando estaban listas para bajar del árbol todas las cajeticas verdes en forma de corazón, llenas de la hermosa sorpresa que da el fruto del árbol de bija: muchísimas bolitas rojo intenso, que después las olorosas cocinas del Chocó tendrán siempre en un frasco con aceite, para darle color de corazón a todas las comidas y al amor.</p>
<p>Secundina Caldón, la nana Caldondina sabía mucho del monte, de los árboles, de sus frutos, de sus flores y sembradas, lo aprendió toditico en Samurindó cuando estuvo trabajando por mucho tiempo en la casa de Floremiro Agualimpia Cañadas, botánico por instrumentos, que alimentaba la tierra para que ésta agradecida, le regalara frutos, flores, capachos y capachitos.</p>
<p>Floremiro vivía en y para la tierra hasta que supo que Secundina Caldón no sabía leer y resolvió enseñarle en el único libro que había en la casa, era un libro de árboles que decía todo dizque sobre las especies, llamaba &#8220;Ciencias de la Tierra&#8221; y era un corrinche de libro que llamaba al plátano <em>Himatanthus articulata</em>, si era de hojas alternas, ápice agudo, flores blancas de corola tubulosa y no daba fruto, pero si era el plátano que toro mundo come frito, se llamaba <em>Musa sp.</em> y era de la familia <em>Musaceae</em>; maunífica creo, habráse visto el problema.</p>
<p>La nana Caldondina pensaba que eso de aprender a leer era complicadísimo y para qué se aprende si lo que una lee es una arrechera durísima que naides entiende.</p>
<p>El libro decía que dizque el maíz tiene al tiempo flores masculinas y femeninas, que no necesita de otro árbol cerca y que la papaya tiene flores femeninas, masculinas y hermafroditas, ¡que corrompisiña!; que el <em>Cativo prioria copaifera</em> es monosperma (¿sólo una?), que el <em>Cucharo colorado</em> da flores con un solo pétalo y es amarillo no colorado, que el <em>Vitex cooperi truntago </em>tiene inflorescencias axilares (¿como gente?) flores con cáliz cupuliforme, pubérulo y fruto drupáceo negro hasta de 13 mm. de largo (eso si no es del grandor de mi gente ), que el corcho da fruto negro y se llama peine de mono, que el <em>Hura crepitans</em> es la ceiba blanca, arenillero o lo que ella llamaba milpesos, que secreta savia lechosa, tóxica e irritante, que tiene flores unisexuales (¿cómo así, yo con yo?), que su fruto es una cápsula discoide, dehiscente con violencia, originando una pequeña detonación con semillas aplanadas que son purgantes. Por la hostia, ¡qué maravilla!</p>
<p>Secundina cogía una pensadera, para tratar de explicarse qué carajo era lo que leían los blancos, por qué a una cosa tan sencilla como a la nascencia de un árbol, le ponían tanto nombre raro; al zapote, su zapote de fruta anaranjada, que comía todos los días, lo bautizaron <em>Pouteria neglecta</em>, hasta vulgaridá será; ve vé, las hojas tienen pelos esparcidos ferruginosos y a las pepas tan sabrosas les dicen protuberancias aterciopeladas rojizas. Uujú.</p>
<p>Por las noches, cuando Floremiro Agualimpia Cañadas llegaba lleno de tierra y olor a flores, se quitaba las botas de caucho se lavaba manos, uñas, cara, cabeza y pies con abundante agua y jabón, prendía la vela, comía chucula y llamaba a Secundina, para que sentada a su lado husmeara página a página el interminable libro que sólo cosas raras tenía; lo importante le decía Floremiro, es aprender a leer, para después en otros libros más fáciles, entender eso que usté llama corrinche y así se le organiza la pensadera.</p>
<p>Iban en la página cinco y Secundina leyó: enredaderas. Alabao, casi gritó, al fin un corrinche serio, de eso sí que sé yo, pero continuando el renglón encontró: <em>Passiflora puritana</em>, <em>Passiflora adulterina</em>; no es justo con yo, me está diciendo este libro que mis enredaderas ¿son monjas o son mujeres de la vida? Eso no lo conozo yo, dizque ponerle nombre a las matas con conducta de mujer sonsa o arrecha, no me parece de justicia, no. Este libro no me está gustando, la mayoría no lo entiendo y cuando capto un <em>ítem</em> , me le ponen calentura y pres  pres a los árboles, a las flores y a las matas chiquitas también. Ay hombe, ¿será que los blancos no tienen oficio?</p>
<p>Floremiro Agualimpia Cañadas, se carcajeaba con las ocurrencias de Secundina, pero casi la obligaba a seguir leyendo: <em>Euforbiasis, euforbiaceae</em>: no cumple con patrones de familia con características definidas. Vean vé, ¿será que ahora están hablando de los hombres? ¿Dígame usté si puede decirse que los hombres son euforbiaceos?</p>
<p>Seguí leyendo Secundina, dijo Floremiro, no hablés tanto que se nos acaba la vela. Y la nana Caldondina continuó: <em>Machaerium Moritzianum</em>, familia <em>Fabaceae</em>, arbusto espinoso, flores de cáliz campanulado, ápice redondeado, emarginado, inflorescencia en racimos de raquis tomentoso, pubescente, parte seminal arqueada, aplanada en forma de machete.</p>
<p>Maunífica <em>ánima mea</em>, no me vaya a regañá, pero este arbusto tiene que ser de la familia de los euforbiáceos; ve que estoy aprendiendo, algo me tenía que llegar a las entendederas y antes de que Floremiro se desesperara por la conversadera, Secundina dijo, sigamos pues: <em>Conocarpus  erectus</em> , frutos alados agrupados en cabezuelas globosas, se conoce como mangle negro; ujú , siguen hablando de los hombres, vea Floremiro, usté me va a tené que explicá toro este bororó de pouteria, puritana, adulterina, tomentoso, pubescente, pero sobre todo lo del erectus.</p>
<p>Floremiro se desconcertó con las asociaciones de la nana Caldondina, y más que desconcertarse, se intranquilizó, nunca se había hecho esas preguntas frente a los nombres y características de las especies; encontró en la vela un cómplice, pues estaba por consumirse y fue la excusa perfecta para cerrar el libro y dejar las preguntas para un lejano después.</p>
<p>Pero Floremiro Agualimpia Cañadas se azaró al sentir que la nana Caldondina le estaba pasando los problemas de una pensadera que no tenía cómo responder y que empezaba a generarle características de especie, para ser más exacto, de <em>Conocarpus especie</em>. Durmió mal, sudó mucho, se movía en la cama, pá&#8217;llá, pá&#8217;cá y a las cuatro de la mañana que se levantó, se sintió extenuado, por haber estado toda la noche como un mangle negro.</p>
<p>Se fue rapidito sin desayunar, no quería encontrarse con Secundina y que ella leyera en sus ojeras que era verdad lo que había leído en el libro. Pasó un día de espanto, sin que pudiera mirar los árboles, las flores, los frutos, las hojas, las enredaderas, con los mismos ojos de antes, ahora eran erectus, pubescentes, tomentosas, adulterinas, puritanas o pouterias, pero para él, todas tenían el envés completamente tormentoso. Le daba temor el tener que regresar por la noche a la rutina de lavada, comida, vela prendida, pero sobre todo se enmiedó con la leída. ¿Qué más cosas podían aparecer en ese libro, que le alborotaran a Caldondina la pensadera y la preguntadera, y a él la sudadera y el conocarpus de su mangle negro?</p>
<p>Llegó a la casa y le dijo a Caldondina sin mirarla a los ojos, que se sentía mal, que el viento y el aguacero lo tenían ardiendo. No se lavó, no comió, no prendió la vela y se acostó a revolcar en la estera todo: su cuerpo y su conocarpus.</p>
<p>Secundina no se enteró que Floremiro Agualimpia Cañadas había llegado, no con fiebre sino con el envés tormentoso, prendió la vela, cogió el libro y empezó a leer: <em>Ochroma lagopus sw</em>,<em> </em>palo de balso: tronco liso, ramificación abierta en sombrillas, flores con cáliz en forma de embudo, tomentoso exteriormente, interiormente seríceo, fruto erecto dentro de un abundante vello sedoso, pardo amarillento.</p>
<p><em>Bursera simaruba: </em> indio desnudo, secreta savia aromática.</p>
<p><em>Brosimun utile</em>: Perillo, secreta látex blanco, tiene inflorescencia grande leñosa, en forma de borla espinosa, pero solitaria.</p>
<p>Sin saberlo estaba leyendo el tomento que acongojaba a Floremiro Agualimpia Cañadas, sudoroso y solo en la estera, por primera vez no hizo la asociación, apagó la vela y se fue a dormir.</p>
<p>Al día siguiente, y todos los días que siguieron, aumentó el tomento de Floremiro, que se agravó, tanto que tuvieron que llevarlo urgente en la champa al hospital de Quibdó.</p>
<p>Caldondina se quedó en Samurindó al cuidado de la casa y de los árboles, de flores, frutos, enredaderas, pouterias, pubescentes, tomentosas, adulterinas y puritanas, sin sospechar que el conocarpus de Floremiro lo había enfermado porque era al tiempo palo de balso, <em>Bursera simaruba</em> y <em>Brosimun utile</em>.</p>
<p>Floremiro nunca regresó a Samurindó y cuando llegó un nuevo botánico a reemplazarlo, Secundina metió en una chuspa dos blusas, una falda, miles de piececitos de todo lo que estaba sembrado, y el libro &#8220;Ciencias de la Tierra&#8221; y se embarcó hacia Quibdó. Vino a trabajar a mi casa, llenó la paliadera de ritmos de luz, movimiento, color y olor, con todo lo que sembró y sólo cuando se percató de la arrechera del meneo que se veía donde se amaban los palos de borojó, supo que todo su ritmo se desasosegó cuando Floremiro Agualimpia Cañadas, le enseñó a leer que la calentura, el amor y la arrechera, tienen el mismo ritmo en los hombres, en las mujeres, en los árboles, en las flores, en los frutos, y lo más revelador para ella: en el <em>Conocarpus erectus</em> y no sólo en el envés sino en el raquis tomentoso. Desde ese momento, ella siempre soñó en llegar a ser como el sapotillo para encontrar a Floremiro y tener con él un fruto pero con ritmo de cáliz persistente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong>AMALIALÚ POSSO FIGUEROA</strong></p>
<p>AmaliaLú escribe cuentos que traen los dejos tiernos de la gente del Chocó, población negra entre el Caribe y el Pacífico colombianos. En sus relatos descubre la sensualidad de la etnia Afrocolombiana, de donde provienen  los recuerdos de su infancia.</p>
<p>En su espectáculo, con el que se ha presentado entre otros en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, en octubre 2002, en abril 2004,en abril 2006,y en marzo 2008, recrea algunos de los personajes de los 25 cuentos de su libro <strong>&#8220;Vean Vé, mis nanas negras&#8221;</strong> y nos presenta un Chocó festivo, caliente, erótico, lleno de sabor y de ritmos que enriquecen nuestros sueños y nuestros más profundos deseos.</p>
<p>Es un trabajo escénico donde el lenguaje es acariciador y descarado, y donde los bailes y tradiciones negras alcanzan una expresión festiva para el disfrute del público.</p>
<p>En el prólogo de su libro <strong>&#8220;Vean Vé, mis nanas negras&#8221;,</strong> el antropólogo colombiano, Jaime Arocha, dice:</p>
<p>&#8220;AmaliaLú Posso Figueroa habla bien el chocoano. De ella, un lingüista diría que es competente en el dialecto del norte del litoral pacífico. Sabe decir &#8220;bambazú&#8221; y &#8220;desguayangamiento&#8221; cuando toca; usa negativos dobles -&#8221;así no bailo, no&#8221;y en especial cuando actúa, le da a sus manos, caderas, miradas y palabras la posición, malicia y entonación necesarias para que todas juntas representen el humor y el amor, conforme los expresan los chocoanos. Es inocultable que las nanas que saltan a escena, le enseñaron a AmaliaLú cómo es que se amalgama voz y gesto.</p>
<p>Refresca que AmaliaLú Posso Figueroa, al contrario de casi todos los que nos hablan del Chocó, no se regodee en inventarios de marginalidades y carencias. Ella habla de erotismo, pero sobre todo, de las alegrías rebeldes y palenqueras que habitan las almas de esas nanas quienes con tan sólo pisar el suelo hacen que el paisaje de selvas, ríos, lluvias y soles vibre con el ritmo que llevan sus cuerpos.&#8221;</p>
<p align="center"><strong>¨</strong><strong></strong></p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-742" title="Amalia Lu" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/03/amalia-lu.jpg" alt="Amalia Lu" width="180" height="240" />AmaliaLú Posso Figueroa, nació y creció en Quibdó, Chocó, Colombia y es Psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia, se ha desempeñado como Psicoterapeuta; Directora Psicóloga del Centro de Atención Integral al Preescolar; y Coordinadora de Excelencia Académica de la Universidad Nacional de Colombia.</p>
<p>Ha sido profesora catedrática en las universidades: Pontificia Bolivariana de Medellín, Jorge Tadeo Lozano y Los Andes de Bogotá.</p>
<p>Un cuento de su libro <strong>&#8220;Vean vé mis nanas negras&#8221;,</strong> <em>Honoria Lozano, la que tenía el ritmo en el sentar</em>, ha sido incluído en la antología de la literatura colombiana, publicada por el Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2005. Y otro cuento,<em> Delfa</em> <em>García y Jesusita Blandón</em>, ha sido traducido al portugués en <strong>Histórias das terras daqui e de lá.</strong> Editora Zeus, Río de Janeiro, 2007</p>
<p>Con su espectáculo <strong>Cuentos eróticos del Pacífico colombiano</strong>, se ha presentado en escenarios de Colombia, España, Francia, Venezuela, Argentina, México, Brasil,</p>
<p>Ecuador , Jamaica y Estados Unidos.</p>
<p>Ha sido distinguida con el Decreto 0010 de la Gobernación del Chocó, enero 2007</p>
<p>Exaltar la vida y obra de la escritora y poeta chocoana, Amalia Lú Posso Figueroa.</p>
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		<title>Un cuento de Milcíades Arévalo (Colombia, 1943)</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Feb 2009 17:18:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[En &#8220;El caballo del viento y la muchacha desnuda&#8221;, el autor nos impulsa en dirección de las sublimes tentaciones. &#160; &#160; &#160; EL CABALLO DEL VIENTO Y LA MUCHACHA DESNUDA Milcíades Arévalo Un sueño es una escritura, y hay muchas &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/02/cuento-de-milciades-arevalo/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_439" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><img class="size-thumbnail wp-image-439" title="Milcíades Arévalo" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/milciades-arevalo-100x100.jpg" alt="Milcíades Arévalo" width="100" height="100" /><p class="wp-caption-text">Milcíades Arévalo</p></div>
<p>En &#8220;El caballo del viento y la muchacha desnuda&#8221;, el autor nos impulsa en dirección de las sublimes tentaciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-438"></span></p>
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<p align="center"><strong>EL CABALLO DEL VIENTO Y LA MUCHACHA DESNUDA<br />
Milcíades Arévalo</strong></p>
<p align="right"><em>Un sueño es una escritura, y hay muchas<br />
escrituras que sólo son sueños.</em></p>
<p align="right"><strong>Umberto Eco</strong></p>
<p align="center">El día que leí mi primer  poema comenzó mi desgracia.<br />
Si bien es cierto  que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a  la congregación con poemas de este tenor: <em>Ecia vlume veldé, eninoc qu, </em> que en idioma vulgar no  era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio  me mandó a refrescar el magín al río.</p>
<p align="center">No había terminado de saborear el agua, que a esa hora de la tarde era  de vidrio, vi a unas  muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!</p>
<p align="center">Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en  extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio,  las muchachas comenzaron a gritar en coro: &#8220;¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!&#8221;, porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.</p>
<p align="center">Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha,  para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios  delante del espejo y  nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa</p>
<p align="center">Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? &#8211;¡Válgame Dios!&#8211;. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi  puñal de tormento,  con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.<br />
Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera,  ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.</p>
<p align="center">Todo se lo conté. Sin embargo,  fue como si no me oyera. En volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de  la biblioteca de la venerable congregación,  para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.</p>
<p align="center">Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan  el caballo del viento y  la  muchacha desnuda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><div id="attachment_439" class="wp-caption alignleft" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/02/milciades-arevalo.jpg" alt="Milcíades Arévalo" title="Milcíades Arévalo" width="250" height="270" class="size-full wp-image-439" /><p class="wp-caption-text">Milcíades Arévalo</p></div><strong>Milcíades Arévalo</strong>,nació en Colombia, en El Cruce de los Vientos (1943).  Periodista cultural, fotógrafo,  narrador, dramaturgo  y editor, director  de la revista Puesto de Combate de la Sociedad de la Imaginación, fundada en 1972.  Entre sus libros publicados  se destacan <em>El oficio de la Adoración</em> (Relatos, 1988), <em>Inventario de Invierno</em> (Cuentos juveniles, 1995) y <em>Cenizas en la Ducha</em> (Novela, 2001<em>.</em> Tiene varios libros inéditos, entre ellos: <em>Manzanitas verdes (</em>Cuentos), El Jardin Subterráneo (Teatro)<em> Galería de la memoria</em> (ensayos), La Loca poesía (Antología)  y <em>El Héroe de todas las derrotas</em> (Novela).</p>
<p>Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: <em>Conmemoración de los 10 años de la muerte de  Pablo Neruda</em>, Universidad  Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); <em>Viaje por la Literatura Colombiana</em>, realizado por el Banco de la República (1984); <em>Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro</em> (Madrid, 1985), con presentación de su obra El Jardín Subterráneo en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo; Realizador del 1o, 2º y 3º  <em>Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios en la Feria del Libro de Bogotá</em>, durante los años 1988, 1989 y 1990; <em>Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe</em>,   invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).</p>
<p>Durante su vida ha sido marinero, empleado bancario, vendedor de libros, publicista, jurado en distintos concursos de cuento y poesía, conferencista de literatura colombiana, editor de libros y  corrector de estilo. Aunque estudió  Español y Literatura, se considera autodidacta por naturaleza. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital.</p>
<p><strong>Dirección: </strong><br />
milciadesarevalo@gmail.com<br />
milciadesarevalo@hotmail.com<br />
sociedadelaimaginacion@gmail.com</p>
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		<title>Un relato de Ana Clavel</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Jan 2009 14:57:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>
		<category><![CDATA[relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[La escritora mexicana hace suya La Otra y ofrece un atisbo a su escritura. &#160; &#160; &#160; &#160; &#160; Siempre el paraíso Ana Clavel Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/01/relato-de-ana-clavel/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><div id="attachment_221" class="wp-caption alignleft" style="width: 110px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-221" title="Ana Clavel" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a-100x100.jpg" alt="Ana Clavel. Foto: JAL" width="100" height="100" /></a><p class="wp-caption-text">Ana Clavel. Foto: JAL</p></div><br />
La escritora mexicana<br />
hace suya <em>La Otra</em> y ofrece<br />
un atisbo a su escritura.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-392"></span></p>
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<p><strong>Siempre el paraíso</strong></p>
<p><em>Ana Clavel</em></p>
<p><div id="attachment_221" class="wp-caption alignright" style="width: 260px"><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/clavel-ana-22d5a.jpg" alt="Ana Clavel. Foto: JAL" title="Ana Clavel" width="250" height="423" class="size-full wp-image-221" /><p class="wp-caption-text">Ana Clavel. Foto: JAL</p></div>Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada transformación. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.</p>
<p>Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Dalila, el dolor de Salomé y me contuve.</p>
<p>&#8220;Tuve un sueño raro&#8221;, me dijo al despertar. &#8220;Eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte -yo entre ellos-. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo -el cuenco líquido de tu cadera, creo- cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma.&#8221;</p>
<p>Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.</p>
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		<title>Con las tijeras en la mano, recortando un círculo en el aire</title>
		<link>http://www.laotrarevista.com/2009/01/con-las-tijeras-en-la-mano/</link>
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		<pubDate>Wed, 07 Jan 2009 17:13:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[La isla del deseo, de Juan Carlos de Sancho. Este escritor canario nos entrega un relato que pasa como un albatros por la imaginación y la reflexión. Es el viaje del hombre y de la poesía. (La venerable paciencia del &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2009/01/con-las-tijeras-en-la-mano/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/sancho-juan-carlos.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-197" title="Juan Carlos de Sancho" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/sancho-juan-carlos-100x100.jpg" alt="Juan Carlos de Sancho" width="100" height="100" /></a>La isla del deseo, de Juan Carlos de Sancho.<br />
Este escritor canario nos entrega un relato que pasa como un albatros por la imaginación y la reflexión. Es el viaje del hombre y de la poesía.</p>
<p><span id="more-196"></span></p>
<p align="center"><strong>(La venerable paciencia del pensamiento)</strong></p>
<p align="center"><strong>por Juan Carlos de Sancho</strong></p>
<p align="center">
<p align="center">
<p>Eliminando poco a poco el material sobrante y seleccionando herramientas cada vez más pequeñas y consideradas, el florentino  Miguel Angel Bunarroti supo descubrir  el David que ya  había imaginado en el interior del  bloque de mármol. La lentitud fue su éxito.</p>
<p>Desde hacía años yo buscaba una manera similar de trabajo que me permitiera avanzar en mis reflexiones literarias</p>
<p><strong>LA VENERABLE PACIENCIA DEL PENSAMIENTO</strong></p>
<p>Ocurrió en una  panadería cercana a mi casa. En un cartel publicitario de helados aparecía una seductora señorita detrás de unas rejas, lamiendo un apetitoso cucurucho de vainilla. Sobre ella, la frase: &#8220;El deseo te atrapa&#8221;. Fijé la mirada en la foto y quedé momentáneamente hipnotizado. &#8220;Lo que ahora veo &#8211; pensé- es un simple anuncio, pero esto es una revelación. Vivo en un mundo ficticio que cada vez comprendo menos. ¿Estaré realmente atrapado en él?&#8221;.</p>
<p>Hablo con amigos y me cuentan con el mismo estupor  que últimamente  viven un estado de desbarajuste cercano a la estupidez. Nos reunimos en casa y hablamos que todo está ligado cada vez más a lo que no existe, a lo banal. Confirmado que estamos atrapados en un envoltorio aparente, comienza a renacer en nosotros un íntimo deseo de retornar al nomadismo fundacional. O sea, a salirnos de órbita.</p>
<p>Busco ideas refrescantes, pero la palabra intelectual ya designa cualquier cosa y los periodistas sumisos sólo buscan una opinión pública estable y obediente. Sin embargo descubro que renacen otras formas de libertad, permitiendo a cada persona experimentar la multiplicidad de seres que la habitan. Yo opto por la venerable paciencia del pensamiento, un viaje para  escritores de viaje lento y nada seguro.</p>
<p><img src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2009/01/las-palmas.jpg" alt="las-palmas" title="las-palmas" width="640" height="480" class="aligncenter size-full wp-image-204" /></p>
<p><strong>LA ISLA DE LA PLÁCIDA  IGNORANCIA</strong></p>
<p>Parto en un pequeño velero. Encuentro en alta mar una botella. La abro y en su interior encuentro este mensaje: &#8220;no hay nada en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre si todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia&#8221;* ¡La isla de la Plácida Ignorancia! ¿Será hasta allí donde debo dirigir el rumbo? Después de un largo viaje llego a la Isla consumido por mis dudas. Intuyo que si no paso antes por este lugar no habrá manera humana de localizar otro mundo.</p>
<p>Me acerco a un bar regentado por un anciano filósofo. Me comenta: &#8220;Nos suelen visitar espíritus inestables como el suyo y sobre todo escritores que saben relativizar los libros a través de la existencia. También pasan por aquí los que practican el vagabundeo iniciático y los encuentros efímeros. Aquí un pájaro puede ser también una nube, una palmera, una canoa de mimbre. En este lugar, fundamentalmente, somos. ¡Somos! ¿Sabe usted?</p>
<p>Descubro que en esta Isla aún se conserva la luminosidad, un lugar donde abunda la inteligencia natural y quizá por ese motivo observo que por aquí rondan pocos escritores profesionales. Todo es buena educación en la Isla de la Plácida Ignorancia.</p>
<p><strong>LOS VIAJES CIRCUNSTANCIALES Y LA INSULAS DEL DESEO</strong></p>
<p>Llevo aquí varios días y  tengo la impresión de haber recuperado el aspecto dual de la vida: lo original y lo desmedido. Doy mis últimos paseos y subo a una montaña. En la lejanía descubro un misterioso archipiélago oculto entre las nubes. Soy un  escritor isleño que sigue las pautas que describen a las islas como pequeños continentes en miniatura, lo más parecido a los libros que escribimos. Así que me invito a mi mismo a  conocer ese mundo clandestino.</p>
<p>Navego ahora sobre las olas como un catamarán. Me deslizo a gran velocidad y descubro entre la niebla las Ínsulas del Deseo.</p>
<p><strong>LAS ISLAS DEL DESEO </strong></p>
<p>Acabo de llegar y me encuentro con el Gran Motor. Alrededor unos malabaristas realizan juegos con palabras de cristal que reflejan fragmentos de un bosque enigmático, que va variando de formas y perspectivas a medida que los ilusionistas  afinan su trabajo. Uno de ellos, se acerca y me dice: &#8220;Soy viejo, soy nuevo, he estado muerto, ahora estoy vivo&#8221;.</p>
<p>Ya navego por el Archipiélago del Deseo y me cruzo con navegantes solitarios. Curiosamente todos llevan un manuscrito en sus bolsillos. A ratos se detienen y escriben sus impresiones. ¿Vendrán todos a la Isla del Deseo o están de paso? ¿Irán de regreso a Ignorancia o han perdido el rumbo? Me hago estás preguntas porque muchos no paran de dar vueltas sobre si mismos, formando grandes remolinos; otros van como perdidos, esquivando al resto. Los más cautelosos no paran de mirar la brújula y otros no dejan de mirar hacia atrás. Mientras tanto los dioses del camino deliran con nuestros titubeos.</p>
<p><strong>EL SALMON DEL CONOCIMIENTO</strong></p>
<p>Me adentro en una isla de vapores. Me enredo en las nubes  que desprende un volcán apagado. Huelo la antigüedad de la tierra  y me detengo a mirar un bosque de avellanos donde hay un pozo que desprende burbujas de inspiración. Me gusta que en estas islas recónditas las ideas se dibujen con imágenes tan contundentes. De pronto se acerca un anciano venerable. Se sienta a mi lado y me comenta: &#8220;Los duendes del bosque escondieron toda la sabiduría de la Tierra en siete avellanos, para protegerla del Demonio. Del Avellano del Saber una de las avellanas cayó a este pozo, donde un salmón se la comió, convirtiéndose así en el ser más sabio de la tierra. Si pruebas éste salmón te transformarás interiormente, te iniciarás en altos conocimientos. Esa es la función de la sabiduría. Los seres reducidos están privados de la espontaneidad del deseo, la interioridad que busca su conservación&#8221;.</p>
<p>Seguí al anciano. Hacía años había leído de Leonardo De Vinci que &#8220;el mayor bien es la sabiduría&#8221;. Esta era el momento y la oportunidad de comprobarlo por mi mismo.</p>
<p><strong>EL ARCHIPIELAGO DEL DESEO</strong></p>
<p>Atravesé con el druida el Archipiélago del Deseo. A veces el suelo era de tierra, otra parecía que andábamos entre pequeñas olas, a ratos se hacía de papel. Entonces yo era incapaz de distinguir si estaba en una isla o dentro de un libro. Mientras avanzaba apuntaba en  mi cuaderno los lugares de sabiduría que iba descubriendo. Estos fueron los que más me llamaron la atención:</p>
<p><strong>Laberintos de piedra</strong>: Eran transitados por los pescadores antes de salir a faenar. Conseguían así despistar a &#8220;los malos espíritus&#8221; que quedaban confundidos y perdidos  dentro del laberinto, pudiendo entonces pescar sin ningún  peligro. Han pasado los años y ahora son utilizados por los artistas del lugar. Cuando un artista entra en el laberinto recupera Conocimiento.</p>
<p><strong>La Escuela de Humor: </strong>Los isleños de por aquí son muy humoristas. &#8220;Demasiada seriedad- me cuentan en la Escuela de Humor- incluso en la virtud, es algo sospechoso e inquietante: por debajo debe haber algún espejismo o algún fanatismo. Carecer de humor es carecer de humildad, es carecer de lucidez, es carecer de ligereza, es estar demasiado engreído, demasiado engañado con respecto a uno mismo&#8221;.</p>
<p><strong>El árbol de los objetos nuevos añadidos al mundo</strong>: Es un árbol donde cuelgan <em>los fragmentos de eternidad.</em> Es un árbol para contemplativos.  En él cuelgan poemas, fotos fijas, cuadros, películas, esculturas, novelas, cuentos Estos <em>objetos</em> nacen de tarde en tarde e &#8220;iluminan&#8221; el porvenir del Archipiélago clandestino. Da muy pocos ejemplares. El árbol tiene la capacidad de cambiar de frutos. A veces se recogen películas eternas, otros relatos que abren el alma, otros libros inclasificables, etc. En fin todo lo que da este árbol son &#8220;presencias que incrementan nuestro ser&#8221;- me comentan los isleños.</p>
<p><strong>Grandes Motores de Inutilidad:</strong> En ellos la ambición se transforma en apetito. El apetito se sacia, la ambición nunca. Así que es muy utilizado por sus habitantes para deshacerse del acoso de la vanidad. El deseo se sacia sobre la marcha probando Los Productos de la Inutilidad.</p>
<p><strong>Museo de heterónimos</strong>: En estas islas los escritores pueden ser varios a la vez. Al no estar sometidos al supremo esfuerzo de ser reconocidos  públicamente tienen la libertad de ser varios a la vez y no morir en el intento.</p>
<p><strong>El árbol de la Mortalidad: </strong>A diferencia del Árbol de las Manzanas de Oro, el árbol de la mortalidad da unos diminutos frutos donde el que los prueba cae rápidamente en la cuenta sobre lo efímero de la vida y lo importante que es mostrase independiente de la aprobación popular. Lleva colgado un cartel que dice: &#8220;Planta árboles para que sirvan en otro siglo&#8221;. Lo firma Cicerón.</p>
<p><strong>El club Nómada: </strong>La fuerza irreprimible del andar y la llamada del vacío, la importancia de la experiencia vivida y la pluralidad de la realidad humana son el perfume del club Nómada, un club a donde nadie acude porque todos siempre están de viaje.</p>
<p>Todos los viajes tienen un final y este es el mío. Cuando llegué a estas islas del Deseo nunca pensé que tendría que pasar antes por las Isla de la Plácida Ignorancia          (quizá el lugar más enigmático de todos los que he visitado). Por costumbre intenta uno explicar estos sucesos de una forma intelectual pero al llegar a este punto tengo claro que me sobran las palabras, que escribo este relato pese a las palabras. Quiero pescar el Salmón del Conocimiento. Quiero pescar algo que me invite a volver.</p>
<p>Quiero esculpir una idea mientras pesco una fantasía en una lago lleno de burbujas de inspiración. Quiero escribir para seguir perfilando la idea que ya imaginé mientras me acercaba a este mundo imaginario. Creo que comienzo a vislumbrar la venerable paciencia del pensamiento.</p>
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		<title>La invención según Oscar de la Borbolla</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 20:08:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mexking</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos desde la poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[Ese gran fabulador mexicano, inventor de historias de apariencia imposible, borbollantes, obsequia a los lectores de La Otra con este manifiesto ucrónico, para quienes ignoren y para quienes conozcan la naturaleza de esta rebelión contra el silencio de los adormecidos. &#8230; <a href="http://www.laotrarevista.com/2008/12/la-invencion-segun-oscar-de-la-borbolla/">Ver más <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_28" class="wp-caption alignleft" style="width: 130px"><a href="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2008/12/oscar_de_la_borbolla.jpg"  rel="lightbox[roadtrip]"><img class="size-thumbnail wp-image-28" title="oscar_de_la_borbolla" src="http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2008/12/oscar_de_la_borbolla-120x120.jpg" alt="Oscar de la Borbolla" width="120" height="120" /></a><p class="wp-caption-text">Oscar de la Borbolla</p></div>
<p>Ese gran fabulador mexicano, inventor de historias de apariencia imposible, borbollantes, obsequia a los lectores de <em>La Otra</em> con este manifiesto ucrónico, para quienes ignoren y para quienes conozcan la naturaleza de esta rebelión contra el silencio de los adormecidos.</p>
<p><span id="more-27"></span></p>
<p style="text-align: left;"><strong>MANIFIESTO UCRÓNICO</strong><br />
Óscar de la Borbolla</p>
<p>Hartos de callar. Hartos de mantener ese silencio que sirve de mordaza y vuelve llevadera la injusticia. En contra de los traidores y los equivocados, de los cómplices inconscientes y de los verdugos de vocación. Contra todos aquellos que con su ignorancia o ingenuidad, o con su espaldarazo meditado y científico brindan su irresponsable apoyo al desastre. Y en contra también de los que canalizan la protesta hacia infiernitos o perfilan su crítica para distraer con minucias la generalizada inconformidad, elevamos este Manifiesto.
</p>
<p style="text-align: left;">No nos mueve a ello ningún hecho reciente, ni siquiera la reiterada y procaz indiferencia e ineficacia que caracterizan las decisiones de este tiempo, sino la vergonzante confirmación, repetida como un delirio, de que en todos los pueblos –geográfica e históricamente revisados– predomina la sujeción, el sometimiento y la represión. Tal pareciera que un único designio gobierna el mundo desde sus inicios: oprimir al hombre, sujetarlo como a los gansos que se clavan al piso para que graznen y le crezca el hígado, o doblarlo como a una carta que se envía a la vida y que debe pasar por la estrecha ranura del buzón.</p>
<p style="text-align: left;">Por ello juzgamos necesario, nos sentimos obligados, reconocemos lo imperativo de suspender esta producción de paté foiegras y de vidas timbradas que desembocan en la dirección de la muerte sin otro remitente que el absurdo o la nada. Pues aunque el coro de la ortodoxia oficial ha comenzado a reconocer la crisis, y los corifeos de la disidencia se desgañiten al enfatizarla, todavía no se deja oír la voz que dé en el blanco del desastre. La voz que señale, sin rodeos ni matices, el verdadero motivo de la protesta; porque hasta hoy la insatisfacción metafísica ha sido capitalizada por grupúsculos políticos con idearios miserables que, al no proponer horizontes sucesivos hasta el infinito, sino metas mediocres más allá de las cuales se abre el acantilado de la desesperanza, frustran a los rebeldes y transforman su indignación en desgano y sus sueños en pesimismo.</p>
<p style="text-align: left;">Esta es la razón de quebrantar el silencio de los adormecidos o el ruido vocinglero de las estridencias políticas, y ésta la justificación que nos da derecho a tomar la palabra por todos aquellos que, como nosotros, se rasgan el vientre con un puñal japonés, se levantan el capacete del cuero cabelludo de un balazo, se arrojan al precipicio de un puente, se empastillan con cianuro, se amarran al cuello una piedra que florece en ondas sobre la espantada superficie de un lago, se tiran a la cama de una habitación perfumada con gas, se serruchan las muñecas en un baño público, se rocían de gasolina en un bosque donde se prohíben las fogatas o inauguran una desviación hacia el paisaje abierto de la barranca, o saltan al fondo del alcohol o al fondo del opio o al fondo de un recuerdo o al fondo de un libro que vale más que la vida diaria que se desperdicia.</p>
<p style="text-align: left;">Adquirimos el derecho de tomar la palabra –y también nuestros motivos– de la montaña de cacharros donde se han acumulando los actos sin despliegue de los temerosos, los actos que abandonan los arrepentidos, las promesas rotas y, en general, todas las acciones tronchadas por la conspiración de los vitaltraidores, pues más allá de ellos, más allá del impedimento de las estrechas condiciones reales o de la mezquindad de quien no supo, no quiso o no pudo llevar sus deseos hasta el fondo, más allá: en esa montaña de despojos donde hincamos nuestro derecho de tomar la palabra, germina la fuerza de esos actos huérfanos reclamando un protagonista que la encarne, alguien dispuesto a ponerse delante del toro desbocado de la marcha histórica, un nuevo movimiento capaz de descarrilar la inercia humana y hacer que se estrelle en el espejo de sus desatinos. Un movimiento comprometido, nada más, con el limbo imperecedero de los anhelos y los sueños incumplidos del hombre.</p>
<p style="text-align: left;">Nuestra oposición, en consecuencia, no puede ser parcial. Los críticos parciales, partidistas (y no se han conocido otros), cumplen un papel funcional: generan las enmiendas, los parches, los pegotes que sirven para reestructurar las sociedades; son pivotes de escape que aplazan la explosión; son reformistas que sólo atacan una ley o buscan un sistema distinto, como si la ley o el sistema no fuesen simples fragmentos de una realidad más compleja, de una totalidad completamente insufrible.<br />
Nosotros estamos en contra de la ordenanza estúpida, del decreto perjudicial; pero también en contra de la disposición certera, de la orden correcta, pues la esencia misma del mandato es la represión.<br />
Nosotros estamos en contra de los gorilas públicos que desde el poder asesinan y queman a los disidentes, y en contra de los gorilas privados que en un callejón arrebatan al que pasa su verdadero y único patrimonio: la vida. Pero también en contra de la muerte que acreditada como ley natural siega año con año y mes a mes a millones de seres sin reparar siquiera en la índole personal de aquellos a quienes aplasta. Estamos en contra de esa ley que pretende ostentar su ceguera como equidad cabal y no es sino la peor de las canalladas y la más grande de las injusticias. Estamos en contra de la muerte y en contra de sus más eficaces instrumentos: los dictadores que multiplican su capacidad de aniquilación desde el poder.<br />
Desaprobamos la injusta desigualdad social, pues no sólo condena al hambre a más de las tres cuartas partes de la población del mundo, sino que agrava con las taras de la anemia el desequilibrio de una biología de por sí arbitraria que asigna a cada individuo una inequitativa dotación psicobiológica. Desaprobamos el orden genético pues, más allá de todo esfuerzo de instauración de la justicia y de cualquier intento de reparto equitativo, siempre ha desnivelado las posibilidades humanas. Nos declaramos también enemigos del racismo, del racismo con el que se agrede a todos aquellos que son discriminados por cualquier causa, pues la exclusión es una práctica universal en la que el desprecio ejerce sus infamias indistintamente contra los débiles sean negros o blancos, cobrizos o amarillos, grupos minoritarios o mayorías interminables. Nuestro antirracismo propone la inclusión absoluta, pues no es posible que siendo el universo un espacio infinito no quepa todo en un jarrito sabiéndolo respetar.</p>
<p style="text-align: left;">Estamos, pues, en contra del dolor y de la muerte, de la escasez de oportunidades y de la falta de libertad para poder tener muchas vidas distintas y no estar asfixiados por ninguna. Nos inconformamos ante el hecho de tener que cargar con nuestro pasado y no poder cambiarlo como quien se muda de ropa o elige otro dentífrico. ¿Por qué no todo el mundo puede hacer y vivir lo que le plazca, en lugar de tener que hacer aquello a que lo obligan y las más de las veces lo que puede? ¿Por qué sólo tenemos este remedo de vida suficiente para encender la pira inmoral de la subsistencia?<br />
Impugnamos a los políticos que por motivos inconfesables o por ineptitud probada no han conducido a la sociedad hacia el mundo al que apuntan los suspiros utópicos.<br />
Impugnamos a los científicos por no haber aplicado toda su ciencia en reparar las graves fallas del cosmos.</p>
<p>Impugnamos a los artistas y a los intelectuales que con su genio no han sabido poner o siquiera proponer un mundo hacia el que habríamos podido dirigirnos.</p>
<p>Impugnamos a los vendedores por no vender las claves de la vida o al menos una satisfacción duradera.</p>
<p>Impugnamos a los ingenieros que no hacen casas donde pueda caber toda la gente, ni los puentes para que la humanidad atraviese hacia la otra orilla.</p>
<p>Impugnamos a los médicos que no encuentran el remedio definitivo contra la gripe y la muerte.</p>
<p>Impugnamos a los barrenderos que no barren tanta indignidad y podredumbre.</p>
<p>Impugnamos a los obreros que no han construido el brazo de palanca ni la catapulta que podría levantarnos y, en síntesis,</p>
<p>Impugnamos a todos los seres humanos por su milenaria semejanza con los taxistas, pues sólo son capaces de ir al sitio que se les ordena por más que elijan la ruta más larga, la del rodeo torpe y el errar inútil.</p>
<p>Se ha edificado un mundo ominoso frente al que sólo quedan dos respuestas: despedazarlo hasta sus cimientos y hundirlo en el fondo de las raíces sin memoria o abandonarlo: emprender el éxodo al Mundo Ucrónico: exiliarnos en masa al inconmensurable espacio onírico que resulte de juntar los islotes de nuestros sueños individuales.</p>
<p>Comencemos la fuga. Sólo si universalmente desertamos del mundo real se creará un movimiento capaz de volver inoperante la inercia de un proceso histórico que a estas horas se dirige ya de modo fatal hacia el desastre. No es una convocatoria enloquecida, aunque sí exasperada. En el mundo se ha estrangulado la posibilidad de vivir y, por eso, la alternativa racional, la alternativa sana, la alternativa posible recae, por rigurosa eliminatoria, en una solución fantástica: trasladarnos en bloque a la Ucronía para fundar allí una civilización distinta.</p>
<p>Nadie puede tachar de utópica una salida en la que no haya empeñado todas sus fuerzas.<br />
¡Por el triunfo de la vida y la ampliación de la esperanza!<br />
¡Por la instauración de un mundo nuevo!<br />
¡Por la posibilidad total de lo imposible!<br />
¡Por la destrucción de la realidad!<br />
¡PROHIBIDO MORIR!</p>
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