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Apocalipsis Nao. Jesús Alvarado

jesus-alvaradoEn los tiempos del coronavirus, nuestros escritores siguen viajando al futuro con tal de compartir con nosotros sus crónicas de la cuarentena. Esta vez, desde el año 2032, nos escribe el autor durangeño Jesús Alvarado.

 

 

 

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Apocalipsis Nao

Jesús Alvarado

 

I

Día 4484 de la cuarentena. 30 de junio de 2032.

Hoy fue la graduación virtual de mi hija de la Escuela Primaria. Fue emotiva. El ensamble de cuerdas estuvo muy bien coordinado. Una niña con su violín nos dio la impresión a mi hija y a mí de ser un verdadero prodigio. Sentada en medio de su sala, en su banco de prácticas y frente a su atril, la niña nos trasladó con un par de largos solos a una dimensión de arrullo, de sosiego. Los dos, mi hija y yo, cerramos los ojos. Nos conectamos. Es una de las habilidades que hemos adquirido con el encierro. Decirnos cosas sin palabras, conectarnos a través del respiro, del sentirnos ahí siempre cerca.

Coincidió la fecha de la graduación con la conmemoración por los seis meses de la muerte del Gran Patriarca. Los directivos de la escuela le pidieron a mi hija que dijera un poema al respecto, pero no aceptó y lo hizo otra niña, desde su dormitorio, ahí sentada sobre su cama, aunque eso sí, bien vestida para la ocasión, con cierto toque de intimidad para darle mayor peso emotivo al asunto. Fue evidente que alguien más le escribió el poema, quizá su padre o algún maestro. Fue demasiado demagógico, falso, lleno de loas y pastiches.

Así, mi hija perdió la oportunidad de cualquier participación en la ceremonia, pero no importó tanto, igual le aplaudieron mucho, cada quien desde su casa, cuando dijeron su nombre y clickearon Send para mandarnos en archivo anexo su certificado y su diploma. Primer lugar en matemáticas. Aun cuando mi hija salió apenas de la primaria, su conocimiento de esa materia es de nivel superior. Es lo que más le gusta estudiar en los días y días aquí encerrados.

 

Cada vez los virus son más fuertes allá afuera, uno más complejo suple a otro y así y así. Las medidas se han endurecido cada vez más y ahora la gente del Gran Patriarca, los que quedaron en su lugar y siguen al pie las indicaciones que dejó grabadas, han decidido que desde la semana entrante clausurarán también las ventanas y viviremos solo de la luz, el aire y respiro que nos den las lámparas, los climas artificiales y ventiladores empotrados a los muros. Los cada vez más gruesos e impenetrables muros.

 

II

Día 4507 de la Cuarentena. 23 de julio de 2032.

Desde hace tres días vinieron a clausurar las ventanas. Hace un rato terminaron el trabajo. Se aseguraron quedara todo firme, seguro. Ha sido muy triste para mi hija. Ha llorado un poco pero no mucho, apretó los gestos y se contuvo. Aún solía, algunas tardes, asomarse por alguna de ellas. Se quedaba viendo hacia fuera largo rato, hasta que me acercaba junto a ella y le preguntaba:

— ¿Qué miras?

No contestaba. No hay mucho que ver allá afuera. Fachadas de casas igual que la nuestra. Una calle solitaria. El cielo azul, muy azul, demasiado. Cada vez más azul y brillante. A veces un dron que cruza allá arriba. A veces una camioneta-patrulla cruzando lentamente la calle. Nuestros vigías.

Mi hija entonces acababa cerrando las cortinas y volvía a lo suyo: las clases en la pantalla o alguna película vieja repetida mil veces, alguna novedad para leer de lo que nos envía cada dos semanas la Dirección de Educación y Adiestramiento Permanente para el Bienestar, con un mensaje escrito del Gran Patriarca.

Hoy fue la última vez que se asomó por las ventanas. Llegaron con placas de hierro. Desmontaron las protecciones de barrotes gruesos, las mismas que hace años soldaron de urgencia sobre ellas, todo debido el escape masivo del encierro, la última de nuestras grandes crisis nacionales, aquella en que miles salieron a las calles, hartos, histéricos, entre ellos la madre de mi hija; aunque caro pagaron el retar las medidas de seguridad, el enfrentar sin protección la enfermedad. Donde estaban aquellas protecciones, quedaron las placas gruesas. Así, se fueron oscureciendo los cuartos poco a poco y las lámparas de ambiente se encendieron gracias a los sensores internos.

Terminado su trabajo, abrieron la puerta principal, me pasaron un documento que debía firmar; en él yo autorizaba a la Junta de Gobierno del Gran Patriarca a clausurar las ventanas, por nuestra propia seguridad, la salud y el bienestar común de nuestra nación. Firmé, no tenía caso negarme. Volvieron a cerrar la puerta. Solo ellos y la gente de abasto de sobrevivencia tienen llave. Supongo que a fin de cuentas no son más que los mismos.

Tomé algo de café en la pequeña mesa del comedor y luego fui a buscar a mi hija. Estaba frente a la pantalla, pasaban un documental o alguna de las escenas de relajamiento. Paisajes fijos, abiertos, con el mucho colorido de la naturaleza, tomas en vivo de lo que hay allá afuera.

— ¿Qué miras? — le pregunté.

No contestó.

 

III

Día 4509 de la Cuarentena. 25 de julio de 2032.

Ingenuos. Siempre dijimos que el mundo se acabaría. Una guerra mundial con destrucción masiva de ciudades y países completos. Un meteorito que caería y provocaría una explosión inmensa de la tierra, un gran trozo de ella, o a medias, o completa. Monstruos o aliens venidos del cielo o del fondo del mar. Siempre imaginamos la sangre, todo vuelto escombro, escenas terribles. El mundo en llamas.

Nací en medio de ese temor, en plena Guerra Fría entre los dos países poderosos, molestos, muy rabiosos, demasiada ambición, con la amenaza constante de la bomba atómica, nuclear, de neutrones, protones, cualquier cosa que hiciera estallar todo, absolutamente todo.

Y no fue así. Pero luego dijimos: el hombre, la raza humana, pendeja, acabará con el entorno. Nos vimos malos y voraces. La tierra se secará, los mares. El hielo se derretirá. La capa de ozono, el aire puerco, todo se volverá gris y el mar será prieto, oscuro, denso, gran charco de lodo.

Y nada.

Ingenuos.

El mal llegó desde dentro de nosotros:invisible. Algo que alguien tragó y luego estornudó. Así dicen que pasó. Así lo han explicado una y otra vez. Y nos encerraron.

Y nada pasó. El mundo no se acabó, solo nosotros. Poco a poco. En los hospitales, en las casas, en las calles. Y el mundo es mejor ahora sin nosotros. Más limpio. renovado.

Mi hija y yo lo pudimos atestiguar en diversas ocasiones, cuando podíamos aún asomarnos por las ventanas, con unos pequeños binoculares que pudimos rescatar y esconder de las revisiones periódicas. Veíamos lo que alcanzábamos a ver y era hermoso. Verde, azul, brillante. Las noches llenas de estrellas.

También lo sabemos por los programas especiales en la pantalla. Cada cierto tiempo las escenas de relajamiento que se transmiten en vivo tienen un invitado especial. Cuando aún vivía el Gran Patriarca o ahora su Junta de Gobierno, han acostumbrado hacer un sorteo entre todos los buenos ciudadanos encerrados en cuarentena, y se premia a uno o una con un paseo por los mejores paisajes que hay dentro o en los alrededores de nuestras ciudades. El o la premiada dan un testimonio en vivo, con el paisaje de fondo. Así podemos corroborar que no nos están engañando, que vale la pena esperar, que algún día, cuando volvamos a salir, habrá un mundo otra vez colorido, renovado, para todos.

 

IV

Día 4517 de la Cuarentena. 2 de agosto de 2032.

Cada cuatro semanas viene la gente de revisión y abastecimiento. Son tres. Uno de ellos, el vigía, abre la puerta y ahí se queda con su rifle automático de mira larga, macana paralizante y pistola en la cintura. Firme. Su única tarea es quedarse ahí y cuidar que todo suceda sin alteración alguna.

Otro de ellos se dedica solo a hacernos el chequeo sanitario y médico. Nos revisa a mi hija y a mí: la presión, la temperatura, la garganta, la saliva, los ojos, los oídos, el peso, la motricidad, los reflejos. También revisa las condiciones higiénicas del interior de la casa. Anota todo en algunas hojas y las integra a nuestros expedientes, que siempre carga y verifica a detalle. Hace algunas observaciones y recomendaciones. Me hace firmar un documento en el que dice que me comprometo a seguir estas y que estoy de acuerdo con esas revisiones y los resultados, por el buen cuidado mío, de mi hija y el bienestar común. La mayoría de las veces es una mujer la que hace esta tarea, su voz y modos son suaves, delicados. Solo habla lo necesario, igual que los otros, pero en algunas ocasiones se permite intimidar un poco más con mi hija. Le pregunta cómo se ha sentido, cómo va de ánimos con los ejercicios académicos, los de desarrollo personal, los de fortalecimiento físico, los de relajamiento. Incluso bromea un poco con ella. Una ocasión, sabiendo que se acercaba el cumpleaños de mi hija, le dejó discretamente un esmalte de uñas en su regazo y le hizo seña con el dedo índice para que no dijera nada. Mi hija la pasó toda una semana muy contenta, aquel es un tipo de objetos que no nos están permitidos tener, están catalogados como no esenciales para guardar en casa.

El tercero es quien entra con las cajas con alimentos, productos de limpieza y mantenimiento de la casa. Todo exacto para pasar sin problema, pero también sin exceso, las cuatro semanas que tardarán en regresar. Además, una de las cajas contiene mi trabajo para esas próximas semanas: placas y tarjetas de circuitos electrónicos y digitales que debo reparar. Yo le entregó, a mi vez, la caja con los circuitos que pude reparar en aquel periodo. Firmo documentos. En algunas ocasiones la entrega también incluye un sobre con algún mensaje escrito, personalizado, del Gran Patriarca o ahora, de la Junta de Gobierno.

No podemos verles el rostro. Vienen bien envueltos en sus trajes aislantes blancos con caretas grises, solo transparentes en la parte de los ojos. No sabemos si sonríen, mascullan rabia, se compadecen o nos desprecian. Llegan y se van.

Hoy por la mañana tocó su visita de cada cuatro semanas. Hicieron su rutina de manera puntual, sin tropiezos. La persona de la revisión sanitaria no fue en esta ocasión la mujer de casi siempre. Era un hombre oscuro, muy prieto, con ojos muy profundos. Hizo lo que debía hacer y a mí me vio de una manera que sentí muy extraña.

Tocó también que traían sobre con mensaje de la Junta de Gobierno. Cuando terminaron y cerraron la puerta al salir, mi hija y yo leímos el mensaje en la sala. Los dos juntos, cada uno leyendo por su parte en silencio. Nos volteamos a ver, sorprendidos o quizá un poco sin saber cómo reaccionar.

Avisaron que he resultado ganador, gracias a mi comportamiento y buen trabajo por el bien de la nación, del premio para salir por un día, dentro de dos semanas, a pasear, disfrutar los paisajes límpidos de nuestra ciudad y sus alrededores, y dar mi testimonio para un programa especial de las escenas de relajamiento.

 

V

Día 4531 de la Cuarentena. 16 de agosto de 2032.

El mensaje escrito de la Junta de Gobierno fue escueto. En dos semanas, esta fecha exacta, que coincide con el día de cumpleaños de la madre de mi hija, a las nueve de la mañana, pasarán por usted dos personas comisionadas de esta Honorable Junta. Además de eso: nada. Ni qué llevar puesto o qué cargar para cualquier emergencia o apuro que hubiera de enfrentar.

Así llegaron esta mañana. Exacto a las 9.

Me vestí de manera normal, como solía vestir hace años, cuando uno podía salir y andar libre, sin culpa y sin persecución, por las calles, las tiendas, camino al trabajo. Le pedí a mi hija que se vistiera igual, como si fuera a salir.

Ella nació aquí en el encierro. Los primeros meses, cuando aún creíamos que pronto iba a pasar todo. La sacamos algunas veces, en brazos, cuando aún podíamos andar con cuidado en ciertos lugares solitarios, sin vigilancia extrema. Eran salidas rápidas, furtivas. Solo queríamos que ella sintiera el aire, un poco de sol en su rostro, el baño de la luna y las estrellas. Iba cobijada. Lo más oculto que podíamos. Linda. Tan llena de amor. Tan protegida. En aquel tiempo. Mi hija.

Pero ella no recordaba nada de eso. Se lo platicamos un puñado de veces conforme fue creciendo, pero no le causaba curiosidad ni emoción alguna. Lo escuchaba como algo extraño, ajeno. Estaba acostumbrada solo a la realidad de los espacios de esta casa. Solía asomarse conmigo por la ventana, pero para ella era como mirar la pantalla. Bonitos escenarios, curiosos, pero sí: ajenos.

Cuando supimos que había el concurso para salir y pasear, ella mostró cierta emoción. Imagínate, dijimos, andar en esos prados, esas colinas, junto a esos árboles, cerca de esas montañas, pisando y sintiendo cada hojita del césped. Correr mucho sin saber cuándo va a acabar aquello, sin tener un muro donde topar y tener que parar. Aunque luego ella callaba y volvía a hacerlo sentir como algo sin importancia. Pero la tenía. Sentí su decepción cuando vimos mi nombre en el mensaje, no el de ella.

Le pedí que se vistiera. Tenía ropa adecuada: pantalón, blusa, tenis. Un cambio completo que nos habían provisto solo por si acaso, para hacernos sentir que teníamos algo listo para ponernos por si por fin. Ella no supo para qué pero lo hizo, se vistió temprano, en calma.

Llegaron tres en sus envolturas aislantes blancas. Traían un traje extra, rojo, que me ofrecieron a mí. Póngaselo. No lo tomé. Hablé con el que entró primero. Supuse que era él quien comandaba la actividad. Le pedí que fuéramos los dos, mi hija y yo. No podía dejarla sola. Es demasiado pequeña. Me lo negó rotundo. No había manera. Quien venía atrás, una mujer, se quedaría con ella durante esa jornada. Le dije que entonces cambiáramos, que fuera ella, mi hija, quien saliera. No es posible. No. Debe ser mayor de edad. Ninguna posibilidad. Entonces no iría ni yo ni ella, dije. Amagó sobre su cintura, donde traía el arma. Me pasó el traje rojo. Me lo puse. La mujer se sentó en la sala junto a mi hija. Me despedí solo con un movimiento de la mano. Vi su tristeza profunda pero contenida, nunca llegando a las lágrimas. Al cruzar la puerta vi que era un día nublado, con nubes grises, pero aun así, con brillo, resplandeciente.

 

VI

Día 4531 de la Cuarentena. 16 de agosto de 2032.

Subí al asiento trasero de la camioneta blindada. Uno de los hombres se subió al frente, en el asiento del chofer. El otro, aquel que aparentemente comandaba la actividad y se había dirigido en todo momento hacia mí, se sentó atrás, a mi lado, vigilándome en todo momento.

Fue la primera vez que salía después de cerca de 10 años, aquel tiempo en que las medidas de contención de la pandemia empezaron a ser más estrictas. Aun sentado, aquel traje aislante rojo en que yo iba era estorboso para los movimientos normales. El sistema de respiración estaba bien y la vista, con la careta protegiéndome el rostro, era buena. Vi el paisaje de la ciudad a través de ella y de los vidrios polarizados de la camioneta. Íbamos a 40 o 50 kilómetros por hora en promedio. Las calles estaban solitarias. Muy limpias. Nadie transitaba sobre ellas. Solo nos topábamos, de pronto, alguna camioneta similar a esta en que me habían subido. Las casas y gran parte de los edificios estaban igual que la mía, con puertas de hierro y ventanas bloqueadas con placas del mismo material. Si había vida dentro de ella o no, era difícil de saber. Ciudad fantasma. El cielo nublado le daba aquella apariencia, un poco nostálgica, como película en gris, como escenario listo para que, en algún momento, de algún lado, surgiera una multitud y le diera vida.

Después de unos cuarenta minutos, llegamos a uno de los parques públicos, ya casi afuera de la ciudad. La camioneta se detuvo al frente del portón principal. Me ordenaron bajar y solo entonces me di cuenta que atrás venía otra camioneta similar siguiéndonos. En ella venían una mujer y un hombre con traje igual, cerrado, pero de material mucho más ligero. El hombre traía una cámara de video portátil y ella lo ayudaba con un tripié y algo más de equipo. Abrieron la puerta y me ordenaron pasar. El hombre de la cámara empezó a grabar. Me dieron instrucciones de que caminara, que anduviera por donde quisiera, me estirara, contemplara todo aquello tan hermoso por sí mismo, tan triste por solitario, que parecía ya tan ajeno a mi memoria. Estuvimos cerca de dos horas ahí. Luego me pidieron volver a la camioneta y cada uno se acomodó en su mismo lugar.

Salimos de la ciudad y tomamos rumbo al poniente, hacia la sierra. Ya en carretera, el chofer se permitió subir la velocidad a 80 por hora. Así, nos llevó como hora y media llegar a uno de los paseos de la montaña. Bajamos e igual me pidieron andar por donde quisiera, siempre seguido a muy corta distancia por ellos.

Después de un buen rato, la mujer y el hombre de la cámara bajaron unos contenedores plásticos con alimentos y bebidas. Nos sentamos en unas mesas del paseo. Escogieron dos de ellas, las más distantes una de otra. Una para mí y la mujer. En la otra se sentaron el de la cámara y los dos con los que yo viajaba. La mujer acomodó la comida en la mesa que nos había tocado y se quitó la careta. Pude verle el rostro. Era morena, más o menos de mi misma edad. Guapa aun sin traer maquillaje, pero con la mirada un poco triste. Me ayudó a quitarme la mía. Sentí un poco de temor. Aquí no hay problema, me dijo. Todo está limpio.

Comimos en silencio. Luego de descansar un poco, la mujer me indicó que grabaríamos el testimonio. La mujer me acomodó el micrófono inalámbrico e hizo lo mismo para ella. Me acomodaron de pie con una buena toma de paisaje de fondo. Me dieron una hoja con un mensaje escrito para que lo leyera. Era un agradecimiento a la Junta de Gobierno, un relato de lo que recorrimos este día, unas palabras demasiado impostadas sobre la esperanza de que pronto todos estaríamos fuera, juntos, seguros. Acabé el mensaje y de mi propia inspiración reiteré las gracias por el premio y agregué que ojalá muchos más, e incluso los jóvenes, pudieran tener esa oportunidad.

Todo terminó ahí. Empezaron a recoger lo que habíamos traído para volver a la ciudad. La mujer se acercó a mí, se quitó el micrófono inalámbrico, me quitó el mío y me ayudó otra vez a ponerme la careta protectora. Mientras lo hacía me dijo en voz muy baja.

— No es premio.

No entendí bien porqué decía aquello. La miré a los ojos, interrogante.

— Es una trampa.

Igual, así de pronto, no entendí exacto a qué se refería, y no hubo oportunidad de decir algo más. El hombre que aparentemente comandaba la actividad vino y me tomó del brazo para regresar a la camioneta. Volteé hacia atrás y busqué la mirada de la mujer buscando alguna explicación, alguna señal. No hubo nada, solo lo mismo, la mirada un poco triste por algo. Profunda. Como yéndose hacia adentro siempre.

 

VII

Día 4531 de la Cuarentena. 16 de agosto de 2032.

— Es una trampa.

Entré a la casa. Algo estaba mal, en efecto. Todo oscuro, en silencio. No estaba mi hija ni la mujer con la que se había quedado en resguardo. Se la habían llevado.

Volteé rápido hacia la puerta aún abierta tras de mí. Quien la había abierto, aquel que aparentemente comandaba todo aquello, la cerró de inmediato y no pude hacerlo enfrentar el grito-alarido de reclamo-rabia.

¿Dónde está mi hija?

Me lancé sobre la puerta y me detuvo seco aquel bloque de hierro. Las cerraduras y bisagras de alta seguridad no permitían hacer ningún intento por abrirla, derrumbarla.

Una trampa.

Durante el regreso de aquel viaje-¿premio?, había pensado una y otra vez qué harían, ¿a qué llevaría todo aquello?, ¿por qué me lo había dicho de tal forma aquella mujer?

— ¿A dónde vamos? — le pregunté a aquel hombre que venía a mi lado. No hubo respuesta. Luego volví a hacer, otra vez y otra. Nada. Inmutable. No me fijé en el paisaje del camino de regreso. No vi las calles. Oscurecía ya pero todavía eran visibles algunos lugares y edificios, aunque todo era borroso para mí. Presentía que todo iría sobre mí. Iban a ejecutarme. Rápido. Algo había hecho mal. O me abandonarían en algún lugar. infectado. Quizá los resultados de la última revisión habían dado positivos. De alguna manera me había infectado. Sin remedio ya.

Me desesperé y le grité: — ¿A dónde me llevan, chingado?

Sacó la pistola rápidamente y me apuntó preparando el gatillo. Estuvo a punto de disparar y cerré los ojos. Respirando agitado. Uno-dos-tres-veinte-treinta segundos. Mi respiración fue calmándose. De haber visto, me habría dado cuenta que regresábamos a casa.

Llegamos y abrí los ojos. Bajamos. Abrió la puerta. Me dio la entrada y ahí esperó junto a la puerta. Entré. Me lancé sobre él. Cerró.

¿Quién habría podido escuchar mi alarido, mi llanto desesperado?

Mi hija: ¿Por qué?

Busqué alguna pista, alguna clave. Urgente, enloquecido. Nada. Se llevaron sus cosas, su ropa.

Dejaron varias cajas sobre la mesa. Solo era algo de comida, mucho menos de la ración habitual. Quizá para una o dos semanas. Había también un sobre con un mensaje de la Junta de Gobierno.

«Agradecemos su labor por el bien común de nuestra nación. Sus servicios no son necesarios ya.

Le conminamos a la pronta aceptación de su final.

Su hija estará bien, en un mejor lugar. Gracias a su talento y capacidad, le espera un futuro promisorio. Alégrese por ella.

Cuando usted termine, a la hora que decida. Esperaremos. Al final iremos por su cuerpo y le procuraremos una despedida digna. Ha vivido usted una buena vida y, con el cuidado y guía que ha dado a su hija, ha dado un servicio invaluable a nuestra nación. Alégrese y agradezca por ello.»

 

VIII

Para Rubem Fonseca.

 

Día 4534 de la Cuarentena. 19 de agosto de 2032.

Junto al mensaje había una navaja pequeña, muy filosa.

«Cuando usted termine, a la hora que decida…»

Es la única arma. Para usarla contra quien sea.

La he tomado en mis manos. He recorrido con ella cada parte de mi cuerpo. Está destinada solo para mí, aquí no hay nadie más. ¿De dónde viene el peligro? ¿De dónde la amenaza? De mí. No hay nada más.

La paso por encima, apenas tocando la piel. En silencio. A oscuras. Trato de adivinar en qué punto clavarla, fuerte, de un solo golpe, y acabar con todo. Terminar. Decidir.

Casi todo a mi alrededor está destruido ahora, literalmente. Me lancé sobre los muros. Aventé todo contra ellos tratando de abrir un hueco para salir e ir por ella. Grité su nombre tratando de que me escuchara. Después de mucho tiempo volví a pronunciar, a gritar el nombre de mi hija. ¿Por qué fui dejando de pronunciarla? De pronunciarla de veras, de sentirla de veras. ¿Por qué la dejé desaparecer así? ¿Por qué desaparecí yo desde antes y luego la dejé desaparecer a ella? ¿Por qué dejé que el encierro fuera más que estos malditos muros?

El encierro ya estaba aquí, dentro de mí. Las hienas malnacidas de afuera solo aprovecharon que fuera cada vez más fuerte, más estricto, y luego se llevaron a mi hija, se llevaron todo.

Lo poco que quedó está destruido. Lo aventé sobre los muros. Quise desempotrar la pantalla pero no pude, hicieron bien su trabajo. Es la única ventana que dejaron.

Esperan que muera aquí encerrado. Una forma de no cargar con el crimen. Cuando yo termine. A la hora que decida.

La navaja se detiene en mi muñeca izquierda. Es lo más fácil, lo más común, clavarla ahí, de un solo golpe, deslizarla abriendo un surco. Recostarme y dejar la sangre salir. Pero no. Aún no. Mejor respirar, contemplar lo destruido. Sentir alguna esperanza. ¿De dónde sacar ahora alguna esperanza?

Lo que ellos nos dieron era una esperanza falsa. Nos repitieron una y otra vez promesas que solo eran distracción. Una manera de seguir teniéndonos adormecidos, cada vez más.

Eso empezó a conformarnos: Un día saldremos. Será como antes. ¿Cómo antes qué? ¿Cómo antes para qué?

La navaja destinada para mí.

El futuro de mi hija, nuestros hijos, destinado para ellos.

Tengo que acabar con el peligro. Tengo que acabar con la amenaza. Pero no hay nadie más aquí adentro. Solo yo.

 

IX

Para Luis Sepúlveda.

 

Día 4536 de la Cuarentena. 21 de agosto de 2032.

Aquí recostado.

A oscuras. En silencio.

Me preguntó qué habrá ahora afuera. Sol. Luna. Aire. Viento apenas. Viento fuerte. Brisa. Tal vez algunas aves volando, cantando. Algo de eso. No más. No nosotros. Los que acostumbrábamos andar ahí, en cada espacio, en cada maldito rincón. Arrollando todo. Invadiendo. Conquistando. Hundiendo la tierra. Poniendo un pie o un edificio o un monumento o una torre, un palacio, o un poste de cemento, de hierro, de plástico, o los cables que cuelgan o una casa ficticia de dioses ficticios.

No sé qué horas serán allá afuera.

Apenas recuerdo lo que solía hacer ahí. Apenas recuerdo a la gente que veía en esas calles, a la gente que le hablaba. ¿Qué le decía? ¿De qué hablábamos tanto o poco?

Apenas recuerdo cuando ya empecé a no reconocer a la gente. Quizá eso fue antes de la Cuarentena, antes de todo esto de la pandemia. Quizá los veía y los saludaba, pero no los reconocía. Quizá desde antes ya era todo sombras.

Y de pronto nos llegó el aviso. Alguien se tragó un murciélago. Se enfermó y empezó a toser y estornudar. El murciélago revoloteaba dentro de su estómago. Había llegado al límite de su hartazgo. Era la encarnación de la naturaleza revoloteando en la panza de aquel insensato, la encarnación encabronada, y se lo comió por dentro, se hizo como polvo, un ser infinitamente pequeño, y salió por su boca y por los poros de su piel y empezó a enfermarnos y matarnos a todos.

Nos avisaron. Nos dijeron enciérrense. Tápense el rostro. Pero quizá yo desde antes ya no reconocía a nadie. Y entonces empezamos a contar y fue más fácil, todo se volvió solo números. Apenas recuerdo aquello, cuando llevábamos cuenta de infectados, de muertos, de recuperados.

Recuerdo que cerramos la puerta. Nosotros primero, por dentro. Ellos después, por fuera. Luego ya no decían nada aquellos números siempre ascendentes, y para no aturdirme, solo quedó anotar el número de días encerrados y la fecha en este cuaderno.

Aquí recostado.

Recuerdo sí a mi mujer. Un día se largó, huyo.

La recuerdo a ella y en esta oscuridad, en este silencio, debo no olvidarme de mi hija. Aunque mi cuerpo y mi cabeza adormezcan y caiga de pronto en la nada o en todo. El maldito todo que es maraña, pasta negra.

Debo esperar, concentrarme. Tomar fuerzas. Debo pensar, no olvidarlo, cómo puedo salvar a mi hija. Cómo ir por ella. ¿Cómo lo hacía antes, hace muchos años? ¿Cómo salía y pisaba sobre ellos, sobre las casas ficticias de sus dioses ficticios?

 

X

Día 4547 de la Cuarentena. 1 de septiembre de 2032.

Ya consumí casi todo lo que dejaron de comida. Quedan un par de latas, algo de pan de caja y leche. Era justo para unos cinco días, pero lo he hecho durar un poco más comiendo raciones pequeñas. Solo lo suficiente para que me dé fuerzas para continuar.

Lo único que tengo es la navaja que me dejaron y algunos utensilios plásticos de cocina. Se llevaron mi herramienta de trabajo: un par de cautines, soldadura de estaño, pinzas, un par de desarmadores, algunas lijas y cosas pequeñas así. Se llevaron también todas las placas y tarjetas electrónicas y digitales, las ya reparadas y las pendientes.

Con lo poco que dejaron es con lo que he intentado algo por salir. Los primeros dos o tres días, no sé, perdí la cuenta, estuve recostado, dejándome ir, lamentándome y esperando morir sin tener valor para tomar la decisión. Pero a la muerte no le gustan ese tipo de asuntos fáciles. No viene nomás a capricho de uno. Luego me despabilé, hay que dar pues un poco de pelea. Toqué los muros laterales y el trasero con todo tipo de claves. Traté de escuchar qué hay del otro lado. No logré escuchar nada. No hay alguien ahí. O se esconden. Tienen miedo. ese mismo miedo que yo he tenido tanto tiempo. Les hablé. Supliqué. Les grité. Expliqué a detalle lo que pasó. Nada. Solo he alcanzado a escuchar una pantalla encendida allá, atrás de la casa, en algún lado, todo el tiempo, pero es solo como un arrullo. En un momento logré incluso escucharme a mí mismo en ella, la grabación de cuando salí y les seguí el juego del teatrito, sintiéndome privilegiado, agradeciendo y agachándome.

Toqué el piso y el techo igual, no para ver quién escuchaba sino para localizar por dónde escarbar, pero es pura loza firme, muy sólida.

La única opción ha sido escarbar sobre el muro del frente, con la navaja y las cucharas de plástico. He avanzado cerca de quince, veinte centímetros, en un hoyo de cerca de treinta centímetros de ancho, pero poco a poco va siendo más cansado porque la navaja ha ido perdiendo filo.

Todo lo hago a oscuras. Solo cuando me llega demasiado la ansiedad voy y prendo la pantalla de nuestra casa. En silencio. Tarde o temprano van a venir por mi cuerpo, a revisar que ya esté bien muerto, y debo estar tendido en algún lugar para aprovechar, sorprenderlos y pelear. En alerta continua ya que, en cuanto escuche algún ruido, caeré así para luego, con la navaja en la mano, levantarme de pronto y lanzarme sobre ellos.

Mucho tiempo lo paso aquí tirado, jugando este engaño de la muerte. Pienso en mi hija. También he pensado en mi mujer. Después de que salió de la casa, huyendo, traté de no pensar en ella, ni como cobarde ni como valiente, ni como héroe, ausencia, dolor, como nada. Solo eso, no aguantó, enloqueció y se fue. Nunca pensé dónde ni cómo estaría. Tuvimos tiempos felices, sí, eso se vuelve un poco grato al pensar en ella. Tal vez logró dejar en verdad todo esto atrás y vive feliz en algún lugar, lejos. Y pensando en eso me voy adormeciendo. Sin fuerzas. A veces ya un poco delirando. Sabiendo que un día no lejano en verdad ya no despertaré y seré ya el cadáver que ellos desean encontrar. Y me digo que está bien. Está bien ya acabar así. Darme cuenta que todo estaba perdido para mí y para cualquiera ya desde antes, desde muy antes. Y dormir ya casi en la muerte es relajante, como una caricia en todo mi cuerpo y espíritu. Y de pronto, alguien abre la puerta y yo ya me olvidé de todo, incluso de empuñar la navaja, solo seguir así, en un profundo y grato olvido.

 

XI

Para Amparo Dávila.

 

Día 4548 de la Cuarentena. 2 de septiembre de 2032.

Abrí los ojos. Tardé varios segundos para poder conectarme otra vez con el exterior. Y luego, al recuperar un poco el sentido, de pronto me ganó la alarma. ¿Quién había abierto la puerta? ¿Me habían creído muerto y me esperaban ya listos para acabar conmigo, en algún rincón, allí junto?

Busqué la navaja rápido. Nada. No.

Vi hacia la puerta pero no había resplandor alguno. Estaba cerrada. me fui levantando poco a poco. Me dolían los brazos. Estaban entumidos y fue demasiado el esfuerzo para apoyarme en ellos.

La mujer se acercó e inclinó hacia mí. La reconocí de inmediato.

— ¿Estás bien? — me preguntó.

— No —le contesté —, tengo mucha sed.

Ella fue y trajo un poco de agua del lavatrastes en un vaso. Me lo pasó. Lo agarré ansiosamente e igual, rápido, me tomé el agua de un solo trago. Le regresé el vaso.

— ¿Qué haces aquí? ¿Vienes por mi cuerpo? A matarme, supongo, porque aunque lo parezca, aún no estoy muerto.

Fue a dejar el vaso en la mesa del comedor. Ahí estaba la navaja. Era la mujer morena de ojos tristes. Venía en ropa normal: pantalón de mezclilla, tenis y una sudadera café con capucha. No alcancé a distinguir si traía algún arma. Supuse que traía aquella encomienda oficial. Era parte de ellos.

Se sentó en la mesa. Dijo que tal vez ahí estaríamos mejor para hablar. Me pidió que fuera y me sentara. En esta ocasión fue todo el cuerpo el que sentí adolorido y entumido cuando me levanté y caminé hacia allá.

— Te reconocí cuando saliste y te entrevistamos —me dijo—. Soy amiga de tu mujer.

Me dijo su nombre, el de ella y el de la madre de mi hija, pero le entendí a medias y no me lo grabé. Desde hace ya mucho la memoria me ha dejado de funcionar para esos detalles nimios de la vida. Me he acostumbrado a saberme solo los escenarios, las situaciones generales.

No le regresé la deferencia de presentarme ante ella. Supongo que mi mujer le dijo mi nombre, cualquiera, el que hubiera querido, real o inventado, y estaba bien así.

— Mi mujer, la madre de mi hija. Ella se fue hace mucho tiempo… —solo eso atiné a decirle. Quería más agua. Aquella cercanía a la muerte me había chupado más el agua del cuerpo que la sangre. Me sentía muy seco, casi marchito, retorcido como una tripa que se desquebraja por cada milímetro y pierde cualquier flexibilidad.

— Sí, me la reencontré afuera. La veo frecuentemente. La conocía ya desde mucho antes de la pandemia y la Cuarentena. Vivíamos muy cerca y jugábamos juntas. No la había vuelto a ver y fue una sorpresa verla ahí en la maquila estatal. Me enseñó fotos donde salen usted tres, me platicó todo y por eso te reconocí cuando te entrevisté allá, fuera de la ciudad.

La miré. Aún me sentía muy aturdido.

— Entonces, explícame, ¿vienes a matarme, sí o no?

Su mirada seguía triste. Cansada. Yo también. ¿Por qué? No sabía qué malditas horas eran, por qué estábamos tan cansados.

— Vengo a salvarte. A sacarte de aquí.

Lo dijo con cierta convicción, tal vez en otro tiempo le hubiera creído a primeras de cambio, pero algo en aquello, o en mí, me advertía no confiar, sospechar siempre.

— ¿Quién dijo que quería que me salvaran o sacaran de aquí? Si hubiera querido ya desde hace mucho tiempo habría salido, sin ayuda de nadie.

Ella sonrió. Fue raro el contraste de la sonrisa con los ojos tristes.

— Tu mujer me lo advirtió.

— ¿Qué? — pregunté intrigado.

— Que tú ya estabas infectado. No del virus que tanto temía todo mundo, más tú, sino infectado de lo otro, de otros venenos, otros miedos, otros rencores, otros encierros.

 

XII

Día 4548 de la Cuarentena. 2 de septiembre de 2032.

— ¿Cómo está realmente allá afuera? — le pregunté a la mujer morena. Fue una pregunta sincera. Aquel era ya un mundo desconocido para mí. No es que sintiera algún temor por enfrentarlo, sino que era una real incógnita. La vez que salí por una jornada solo vi algunos escenarios, solo un recorrido por calles, sitios, parajes, tal vez muy bien seleccionados. Hacía cerca de diez años que me había desconectado de aquel mundo y en verdad no sabía ya mucho de él.

— ¿Tú que crees que pasa allá afuera? —contestó mi pregunta con otra, algo que realmente siempre me ha parecido un juego muy enojoso. Pensé qué contestarle.

— No sé. No tengo la mínima idea. Es peligroso aún. Eso nos han dicho. No es seguro. Los riesgos de contagio son todavía muchos y los hospitales terminaron por colapsarse hace ya demasiado tiempo. La gente sigue encerrada. No sé. El Gran Patriarca murió pero de alguna manera continúa presente. Es difícil saber qué es verdad, qué es mentira.

Ella tomó aire. Es mal presagio tomar aire, es como una señal de alarma. O tal vez solo mi figuración, ¿qué de malo puede tener solo respirar?

— ¿Recuerdas que te dije, allá en la sierra, fuera de la ciudad, que te quitaras la mascarilla, la careta completa, que ahí no había riesgo? Pues así es. No hay riesgo ya, para nadie, en ningún sitio. El virus existió, eso es verdad, como fuera que haya surgido pero existió. Aunque duró solo tres o cuatro años. Se encontraron las vacunas y los brotes, cada vez más aislados, se fueron extinguiendo. A nivel mundial todo mundo estuvo encerrado pero los gobiernos y los corporativos vieron con eso la oportunidad de crear un nuevo orden. El medio ambiente se había recuperado en gran medida, podía seguir así. La población más miserable se acabó pronto: aquellos que vivían en la calle, en las zonas más marginadas, desaparecieron, sea por haberse contagiado o por no tener medios para sobrevivir. Ellos, los gobiernos y los corporativos, tal como muchos de nosotros, se preguntaron: ¿a qué vamos a volver después de esto?: ¿a ensuciar el mundo?, ¿a dejar salir a la gente para que se hicieran trizas entre ellos o a cualquiera que quisiera ponerlos en orden y que todo volviera a ser ingobernable? Pero no dejaron que cada quien lo decidiera como pudiera, dijeron: Nosotros sabemos lo que le conviene a ellos, lo que le conviene al mundo y lo que nos conviene a nosotros. La tentación fue mucha, era el momento de controlarlo todo. Que murieran los que debieran morir y que aquellos sobrevivientes aún útiles, cumplieran su función precisa, controlada, por el bien de las futuras sociedades.

— ¿Y mi hija? ¿Y yo? ¿Qué tenemos que ver son eso? —la interrumpí.

— Todos estamos vigilados, controlados. Cumplimos una función. Sobreviviste estos años gracias a tu hija. Eras una presencia importante en su infancia y adolescencia, y a pesar de la falta de su madre, la guiaste bien, tuvo buen desarrollo contigo. Pero ya no es necesario. Está en la edad ya adecuada para que la Junta de Gobierno y los corporativos se hagan cargo de ella. Es privilegiada. Heredará y construirá el nuevo orden en que se viva en este mundo. Tú no, esto ya terminó para ti.

— ¿Y los otros? ¿Qué ha pasado con los otros?

— ¿Los otros? ¿Cuáles otros? ¿Los encerrados? No quedan muchos, solo hay ya muy pocos como tú. Casi todos murieron dentro esperando salir. Ese destino era el único para los que no se llevaron a las maquilas, las granjas y las líneas alternativas de producción, o para los que, como tu hija, acabarán de ser educados en escuelas especiales, para construir otras sociedades, otro futuro. Ellos, la elite, los gobiernos y los corporativos.

 

XIII

Día 4548 de la Cuarentena. 2 de septiembre de 2032.

— Tu mujer me pidió que viniera por ti —me dijo la mujer morena. La noté ya un poco intranquila, volteando constantemente hacia la puerta. Temía que la descubrieran. — Me ofreció algo a cambio, algo que es importante para mí. Debo llevarte con ella, como sea.

¿Qué podría hacer la madre de mi hija por aquella mujer? Hacía mucho que alguien pudiera siquiera pensar en la posibilidad de acciones heroicas. Había que sobrevivir, eso era lo importante. ¿Cuánto riesgo estaban tomando ellas? ¿O yo? Más de los que pudieran haberse tomado antes, incluso antes de todo esto.

Cuando la madre de mi hija se fue, huyendo, me quedé con una sensación extraña. Aprovechó la oportunidad. No lo pensó dos veces. Tuvo el valor de salir huyendo como fuera y yo no. Ella ya me lo había propuesto un par de veces: No podemos seguir aquí, me dijo. Yo traté de ser racional, de no actuar sin medir el riesgo: ¿Cómo haríamos con nuestra niña, tan pequeña? ¿A dónde iríamos? ¿Qué pasaría si esto? ¿Qué pasaría si lo otro? Lo posponía. Me conformaba por el momento. Tenemos que planearlo bien. Ver las posibilidades. Estar mejor preparados. Pero cuando la puerta quedó abierta porque uno de los vigías-proveedores sufrió un desmayo y el otro corrió a socorrerlo, ella no lo dudó. Con lo que traía, se dirigió a la puerta, nos vio desde ahí a mí y a la niña, y corrió, corrió. El vigía reaccionó. Cerró la puerta, supongo que de alguna manera acomodó a su compañero desmayado en la camioneta y salió tras ella. Después de eso, no supe nada. Debía haber sido yo el que mostrara valor. Huir. Esconderme. Sobrevivir. Encontrar a dónde ir. Encontrar y preparar un refugio. Un lugar mejor. Regresar por ellas y llevármelas. Protegerlas. Luchar. Ser herido pero ganar batallas. Por mi familia. Por ella muero. Me entrego. Renazco. Aplaco la injusticia. Pero no. Me quedé. Solo encontré justificación y consuelo cuidando y educando a mi hija lo mejor que pude. Mi sensatez nos salvó, nos mantuvo a salvo, me dije, me repetí cada día.

La mujer morena me veía, esperaba respuesta.

— Tiene un plan bien trazado. Hay lugares en lo más profundo de la sierra, en las tierras que antes eran propiedad de narcos, donde se están formando poblados clandestinos. Ella ya sabe la ruta, ya tiene los contactos para asegurar la salida de la ciudad y el tránsito por caminos alternos. Tiene que ser ya. No sé cuándo vayan a descubrir que me robé las llaves y vine por ti.

Miré la casa, el interior, la oscuridad ahí adentro. ¿Qué quedaba ahí? ¿Qué esperar ahí dentro? ¿Mis enterradores? ¿Dónde había quedado la locura que invadió a mi mujer? ¿La emoción de mi hija por aprender, por descubrir cosas? ¿Dónde había quedado el delirio que le dio valor a mi mujer? ¿Se lo había llevado todo? ¿Cuánto tardaría yo en esta ocasión para prepararme, para tener todo listo? ¿Dónde el qué, los cómos, los porqués y los paraqués?

Salir como sea. La navaja. Solo la navaja tomé y por fin di por terminado el encierro. Más de doce años después. Cruce la puerta y la cerramos por fuera, tras de nosotros.

 

XIV

Día 4549 de la Cuarentena. 3 de septiembre de 2032.

Era ya noche. No sé exactamente qué hora. Quizá la madrugada, no sé, era difícil saberlo, no había ya claves del tiempo. Nos escabullimos por un par de calles, caminado aprisa, casi corriendo, seleccionando las mejores sombras, las más profundas. Ella iba adelante, guiando la huida. La alcancé en una esquina, mientras ella medía riesgos y tanteaba posibilidades. Me emparejé con ella: — ¿A dónde exactamente vamos? —le pregunté.

— A la antigua zona industrial. Ahí hay varias líneas de producción y los dormitorios colectivos para los obreros. Todo en grandes cobertizos y bodegas. En uno de ellos nos espera ya tu mujer. Tendremos que ir caminando, es la única forma segura.

La antigua zona industrial, ubicada al noreste de la ciudad, quedaba lejos de donde estábamos, al extremo de esta.

Seguimos pues nuestro rumbo. La mujer morena se mantenía en buena forma y conocía bien cada calle y cruce. Seleccionaba bien la ruta a seguir. De pronto, se detenía y yo, que la seguía lo mejor que podría, me veía detenido de golpe por su brazo, y entonces veía, en alguna avenida o bulevar más adelante, una camioneta pasar, o una patrulla, o una ambulancia. No había más. No había perros callejeros ladrando o aullando. No había gatos sorprendiéndonos de pronto, entre los botes de basura, atravesándose con su buenos o malos, negros augurios. No había, en efecto, como había dicho la mujer morena, vagabundo, indigentes, tipos enloquecidos, lunáticos o lunáticas. Solo un silencio profundo demasiado incómodo, artificial. Pasábamos por las laterales o las vías alternas de los bulevares y avenidas, por abajo de los puentes vehiculares, por lo más oscuro. Cada vez empezó a ser más frecuente en que tuviera que detenerme para agarrar aire. y cada vez era más el tiempo que debía tomar para recuperarme. La mujer me esperaba. Ansiosa veía su reloj de pulsera o cronómetro, no sé, y miraba hacia todos lados. Eran acrobacias muy riesgosas aquellos pasos.

Un trayecto que debería haber sido de una hora aproximada, se volvió de cerca de dos horas y media. Esa ciudad en la que crecí y que tiempo atrás conocía tan bien de cada rincón, de cada detalle, ahora era algo muy desconocido para mí. Las tiendas, plazas comerciales, oficinas de gobierno, antes abiertas o con paredes enormes de cristal, iluminadas, con fuentes y luces de colores, ahora eran solo edificios bien sellados, oscuros, con cajas externas enormes, de cableado, circuitos, alarmas, antenas. Reconocí uno de esos edificios, ahí había trabajado al principio de mi antigua carrera de ingeniero. Sin vida, gris. ¿Cómo se vería eso a la luz del día? Tal vez igual de marchito. Tal vez como un escenario de teatralidad horrorífica, de un montaje musical frustrado, fracaso en taquilla, despreciado.

La cartelera externa, monumental, de un cine, donde me paré buen rato para recuperar el aire, anunciaba, con letras ya demasiado gastadas pero una legibles, que pronto volveríamos a los finales felices.

Libramos por fin aquel camino y llegamos a las calles, volcánicas ya, de la antigua ciudad industrial.

Al ver aquellas estructuras largas, de techos metálicos, algunas encendidas por dentro, señal de trabajo continuo, y por las áreas de estacionamiento, empecé por primera vez a sentir una emoción grata, algo creciente. De verdad estaba a punto de ver a mi mujer después de tanto tiempo. Podría hablar con ella, reconocerla. Podríamos huir juntos, buscar esas nuevas posibilidades. tal vez podríamos ir por mi hija y recobrar algo. Recobrar la alegría, la sonrisa, la vida. Recobrar suena a palabra extraña. Recobrar, de cobro, de alguna deuda pendiente, añeja. Como recuperar, que me sonaba a volver a nuestro cuerpo. Así sonaban y resonaban esas palabras dentro de mí.

— Aquí es —me señaló uno de los edificios, de los que estaban muy iluminados por dentro.

Avanzamos hacia una de las puertas laterales. Me indicó que yo entrara primero, que ya era seguro ahí, mientras ella vigilaba que no se acercara alguien. Así lo hice.

Me deslumbró la luz.

Ingenuos. Creímos que nos mataría la naturaleza o seres extraños, de otros mundos o dimensiones. Lo que nos mata es el hombre, nosotros, lo que está adentro, ahí, a la espera.

Siento un disparo en la nuca, un dolor agudo, indescriptible, y mi cuerpo que pierde ya cualquiera mínima fuerza que hubiera podido quedar. Y empiezo a caer. Y atrás de mí alguien, algo, o nadie, contemplando el final. O una multitud, la que por fin tendrá salud y bienestar. O una grabación cíclica. O un anuncio: Aquí acabo el peligro, el veneno.

Algo que tardó en llegar pero llegó.

 

 

XV

«Es como si la literatura distópica del siglo XX nos hubiera

sobreentrenado para el desastre.»

Julián Herbert.

Día 37 de la Cuarentena. 24 de abril de 2020.

Hoy salimos a ver al ginecólogo. Faltan ya pocos meses para el parto. Nos ha confirmado que será una niña. Lloramos un poco al ver su imagen en el estudio tridimensional. En el regreso hemos discutido un poco sobre el nombre que tendrá. Mi mujer ha propuesto varios y de alguna manera, me he opuesto pues quisiera pensarlo mejor.

El bombardeo de avisos y advertencias por todos lados ha empezado a mellar en mí. Siento cómo va cambiando nuestra percepción del entorno. Todo es riego. Las medidas de cuidado se van volviendo apabullantes y pienso que la forma humana de responder es la negligencia, estupidez, este comportamiento pueril de infantes que esperan mamá los cuide, se haga cargo de cada detalle de sus vidas, pero hacen berrinche cuando no les complace el cuidado, les priva de su falso albedrío. Lo único que estamos logrando es darles cada vez más control con tal de que nos cuiden. Tanto los que sí quieren como los que no, los que creen que haciendo lo contrario se vuelven ilustres, conquistan parcelitas de libertad.

Son miles las teorías, las lecturas. Vemos conspiración donde sea pero nos conformamos con entender todo a partir de un chiste, de una caricatura difundida por redes y cadenas.

Así, salimos bajo esos riesgos. Con mascarillas, guantes, ropa para un momento. El temor a los otros. Tuvimos que enfrentar tres filtros de ida y dos de regreso. Preguntan a dónde vamos, qué hacemos, qué somos, qué y cuánto traemos, cuánto sabemos, cómo nos cuidamos. Están despejando las calles, limpiando el espacio. Cuando regresamos fue para los dos ya una sensación de gran apuro por regresar a la casa y encerrarnos rápido, descontaminarnos y dejar atrás todo ese agobio.

En su mensaje diario en televisión y redes, el Presidente de la Nación y su Junta de Gobierno han dicho que la cuarentena se extenderá aún por cerca de mes y medio, pero que quizá no. Todo depende de cómo nos comportemos en el encierro, pero también de otras cosas, los datos, las cifras. Habla del futuro, de planes, pero sin tiempo claro. Nos estamos acostumbrando a pensar la vida con plazos frágiles, demasiado frágiles.

Veo el vientre de mi mujer y me niego a eso. Hay otros plazos que sí se cumplen, que no dominamos nosotros ni nuestros temores. Los plazos de vida. Mi hija no esperará para salir.

Toda la historia hemos intentado decidir sobre los plazos de la muerte. Primero la retamos con jueguitos de osadía simplona, pero luego queremos que no llegue, peleando, sacando nuestras débiles garras. La retamos y reculamos. La retamos y damos marcha atrás. La retamos y nos escondemos.

Los anuncios, los mensajes, dicen que volveremos a ganar. Habrá recuperación económica, política y social. Habrá recuperación del espíritu. Un día. El plazo que hoy se les ocurra. Veo el vientre de mi mujer, pienso el nombre que tendrá nuestra hija, y solo espero que ella salga, niegue este encierro. Que ella y sus amigos jueguen libre allá afuera, pronuncien y griten fuerte ese lindo nombre que ella tendrá.

 

Para Eli del Mar, Karen y Cristo Daniel.

 

FIN.

 

 

 

Jesús Alvarado nació en Durango, Durango, el 16 de agosto de 1969. Narrador. Licenciado en Ingeniería Electrónica por el Instituto Tecnológico de Durango. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Estatal de Nuevo México, en Las Cruces. Maestro en Literatura por la Universidad Juárez del Estado de Durango. Profesor investigador en el Centro de Actualización del Magisterio en Durango. Fue director del Instituto Municipal del Arte y la Cultura en Durango. Ha colaborado para las revistas Bajo Este Cielo Desperdiciado, Fronteras y Polvo que Llama. Becario del FONCA en el Programa Jóvenes Creadores 2000 para novela. Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2002 por Bajo el disfraz (Los cantares prohibidos).