joselo-gomez

Joselo Gómez . Voces que circunnavegan: Timor, México y otros accidentes necesarios

joselo-gomezJoselo Gómez, ensayista y traductor mexicano, cuenta sobre “la fiesta de los invisibles”: la residencia para traductores en Banff International Literary Translation Centre (Canadá)— y su trabajo sobre la novela de Luís Cardoso de Noronha, uno de los más importantes escritores timorenses.

 

 

Voces que circunnavegan:
Timor, México y otros accidentes necesarios.
Joselo Gómez

Quisiera recordar si cuando Lawrence Venuti señaló la violencia cultural implicada en la “invisibilidad” del traductor literario se había limitado a señalar su invisibilidad en el texto, o si también pensaba en la invisibilidad del oficio, de las personas que están detrás de ese arduo trabajo con las palabras y las visiones de mundo. La gente reconoce nombres de autores, los cita con voz engolada, les enciende veladoras y les reserva lugares especiales en sus estanterías; se editan libros con retratos y reproducciones de manuscritos que son comprados con una sonrisa. Todo bien: que la literatura haga feliz a las personas es quizá uno de los propósitos más motivantes para un traductor literario al que, desde luego, nadie hace retratos ni se preocupa por fotografiar sus borradores y diccionarios. Todo bien: el traductor ha aceptado por mucho tiempo el moverse en las sombras.

La sorpresa para mí, estudiante universitario que –a pesar de los años entrometido en asuntos de literatura– empieza a adentrarse en el “misterio” de la traducción, fue descubrir la existencia de una cofradía. Reunión de gente cuyos nombres siguen muchas veces sin aparecer en las portadas de libros a los que dedican tanto esfuerzo, gente sin nombre, invisible. De gente tan misteriosa esperaría un encuentro en sótanos y mazmorras, en callejones alejados. Segunda sorpresa: los cófrades se reúnen cada verano en el Banff Centre for Arts and Creativity desde 2003. Ríos de aguas azules, bosques perfumados de montañas amables, un aire que el habitante de una megalópolis cochista como México difícilmente imagina, sol de las cinco de la mañana a las nueve de la noche, habitaciones luminosas con vista a los picos nevados y rostros, sobre todo, rostros.

Lejos de los jerónimos encapuchados y sombríos que imaginaba, los traductores se paseaban con rostros casi siempre luminosos, sonrientes, comunicativos. Tres intensas semanas de convivencia entre personas dedicadas al trabajo de quebrar las barreras que alejan a unos hombres de los otros y las literaturas de sus lectores posibles. Y otra vez Venuti y su hincapié en cómo el hacer invisibles a los traductores los hace participar de una estandarización lingüística que, en aras de la claridad, aplasta las diferencias y favorece la uniformidad del pensamiento. El rostro en la solapa del libro guiña el ojo al rostro que va a comenzar la lectura. Gesto engañoso, hay un tercer rostro en la sombra, que es donde se combate la uniformidad del mundo y se acortan las distancias.  
En el Banff International Literary Translation Centre (BILTC) estos rostros salen de las sombras. La uniformidad se combate deliberadamente al evitar en lo posible el uso de una língua franca. Los cófrades tenían que sentirse simultáneamente como en casa y en constante extranjería según su interlocutor y los alcances de sus capacidades multilingües: luchar con el inglés, lucir el español, saborear el portugués, recordar el francés, escuchar con curiosidad y desconcierto el concierto de lenguas que no conocemos y son hogar de otros traductores, prometeos que iluminan el albergue de la lengua con la antorcha de la palabra ajena: ruso, polaco, italiano, alemán, danés, holandés. También la luz de universos literarios más remotos relumbraba cerca: una antorcha hindi albergada en el hogar vecino del inglés.

Y el albergue de lo lejano era también la profundidad de las Rocallosas, como podría serlo una alberca de aguas termales en el corazón de las montañas en deshielo y su viento helado. Ínfima y pintoresca, la ciudad de Banff permite esta experiencia humana de las culturas que nos distinguen y las necesidades que nos unen: comer, tomar el aire, caminar entre los árboles, horas de paz para los que vivimos en grandes ciudades. Un hogar nuevo y provisorio donde todo lo aparentemente secundario y que a la vez toma tanto tiempo de nuestras vidas está resuelto. No más preocupaciones para el traductor: ocuparse de su trabajo, compartir su rostro y su experiencia.
Mis pésimas habilidades sociales, mi dificultad para hablar inglés, mi temor a mostrarme a los demás (que con la más mínima confianza se me vuelve una necesidad) me auguraban tres largas semanas de encierro y trabajo duro. La misión era presentar un proyecto que hasta hoy sigue en marcha: acercar al público hispanohablante el producto de un universo lingüístico quizá no muy lejano, el portugués, pero de un lugar que sí lo es: Timor Oriental. Luís Cardoso de Noronha, el responsable de esta novela, es uno de los más representativos escritores de la narrativa de este pequeño país, perdido para Occidente, en los linderos del Índico y el Pacífico; responsable indirecto también de mi ida a Canadá y de esta crónica.

Había que contar la historia: el siglo XVI, glorioso para algunos portugueses, había hecho un largo camino de vuelta hacia la Europa contemporánea. Para llegar a Banff, lo natural hubiera sido que, levando anclas en Dili, la novela cruzara el Pacífico para atracar en Vancouver y llegara por tren hasta la sala donde la presentaría a los cófrades. Pero la historia se escribe principalmente con las líneas accidentadas del poder, la sangre y la desigualdad, que siempre transitan los caminos más enrevesados.

¿A dónde van los gatos cuando mueren? –traduje el título, literalmente. La voz de un timorense adulto emprende el camino de vuelta hacia la voz de la infancia hasta llegar a la pregunta que más tarde habría de llevarlo a Europa en busca de entender sus antepasados y el origen de una cultura persistente en un punto del globo donde parece demasiado extraña.

Extraña, porque el portugués es la otredad en un mundo de lenguas papúes y austronesias. Una lengua oficializada, junto con el tetum, después de sangrientas guerras por la autodeterminación del país, que se vio amenazado también por la ambición territorial de los vecinos indonesios cuando la Revolución de los Claveles dejó a Portugal sin saber qué hacer con sus colonias, sus “provincias de ultramar”, como las llamaban los salazaristas en un intento absurdo por resistir a la ola descolonizadora de los vecinos europeos.

Al morir, los gatos podrían ir de vuelta a Portugal y entender ese mundo ajeno, origen de la herencia colonial. Podrían ir también a buscar a Eustacio, uno de los personajes desaparecidos de la novela, hasta Nueva York, donde se suponía que debía estar, medrando con el negocio de las kamparas (1) (los gatos estarían más cerca entonces de los cófrades y huirían despavoridos de los ciervos que se paseaban por el Banff Centre en plena temporada de apareamiento). Lo cierto es que los gatos, como Eustacio y la madre desaparecida del protagonista son las ausencias y enigmas que un niño timorense llamado Ernesto intenta resolver y subsanar mientras aprende la complejidad del pequeño mundo de su país y las fuerzas que tiran de él desde el exterior.

Ernesto busca albergarse, en la escritura y en la memoria, de la incertidumbre sobre su origen y su orfandad a la vez que va cumpliendo el destino que parecería haber sido tejido para él, desde un lugar remoto. El regreso del viaje y el contacto con la tierra de la infancia lo hacen vivir nuevamente sus primeros años, agitados y determinantes. Ernesto nos relata en portugués los años anteriores a ese viaje, y aunque su identidad entre en conflicto por todo el tiempo que ha pasado fuera de Timor, hay aspectos de su relato que lo delatan, como la necesidad de acudir al tetum para decirnos cosas que el portugués no alcanza a expresar de la misma manera.
A través del personaje, Luís Cardoso de Noronha muestra a sus lectores lusófonos la puerta a un universo paralelo de lenguaje que convive con el suyo. Es lejos – dirán estos lectores – pero también es nuestro hogar. Veo encenderse desde México esa luz en el hogar vecino del portugués y empiezo a imaginar cómo luciría bajo el techo del español, los ajustes que debería hacer para que no pierda por competo su peculiaridad, su olor a isla del más lejano oriente que no conozco más que a través de libros como éste. Hasta donde tengo entendido (e investigado), nadie ha traducido a este autor a nuestra lengua. Se le ha traducido al inglés, al francés, al sueco, al italiano, al alemán, al holandés. La hospitalidad del Banff Centre es reproducida por cada uno de los cófrades que alberga en el hogar de su lengua la lejanía de personajes como Ernesto. Sin esa hospitalidad primera, las posibilidades de ofrecer una segunda no serían las mismas.

Y así como Ernesto va formándose y descifrando sus enigmas, el trabajo de la cofradía hace lo propio por medio de colaboración y la comunicación de experiencias. Ernesto comparte su historia de vida, y los traductores la suya con el texto: las dudas, las dificultades, lo emocionante y tormentoso que puede ser este acto de albergar, en el que tanto insisto con el señor Berman. Progresivamente, también los traductores descifran sus enigmas y sus identidades. Salen de la sombra y dan a conocer sus nombres, sus trayectorias, sus intereses. En el secreto profesional se guarda el rostro y el nombre de un autor que ha reescrito un mensaje que proviene de la lejanía y lo ha puesto de manera que podamos familiarizarnos con él. Porque traducir literatura es reescribirla y este secreto a voces se vuelve una certeza compartida por personas que saben cuánto trabajo –creativo casi siempre– hay detrás de cada palabra y cada ritmo, de cada imagen, y el trabajo nos humaniza, humaniza un intercambio de bienes que ninguna máquina, servidor informático o inteligencia artificial han podido reproducir.

El libro de Luís Cardoso fue publicado en 2017. Sus palabras tuvieron que viajar de Timor a Portugal para hacerse visibles, cruzaron el Atlántico, ligeramente desviadas hacia el sur para llegar a México. Al llegar a Banff había avanzado dos husos horarios más en su viaje de circunnavegación, el mismo en que Cardoso de Noronha se basó para su novela de 2013, O ano em que Pigaffeta completou a circum-navegação. Pero todo lo bueno termina y tres semanas nunca son suficientes. De vuelta en México, la megalópolis del smog y las preocupaciones infinitas, y ya sin estar albergado en la comodidad del verano y la despreocupación por los asuntos domésticos, el texto espera mis pocos ratos libres para las últimas revisiones antes de saltar el gran charco del Pacífico. Ernesto volverá a casa una vez más, hablando una lengua distinta tras un viaje mucho más largo, que no estaba contemplado en su historia.

Los cófrades vuelven a la oscuridad de sus oficios solitarios, la reclusión. Involuntariamente, creo, han aprendido a querer las mazmorras y los sótanos. Tanto así, que bautizaron como “The dungeon” a la sala subterránea de las reuniones nocturnas en uno de los edificios del Banff Centre. Escritos en sus plafones y tuberías quedan los nombres, los apodos de cada miembro. Dejaría de ser un dungeon sin ellos. El testimonio de que las diferencias pueden convivir incluso en un sótano sin vista a las montañas nevadas, el testimonio de que ejercer la traducción también es un descenso a los oscuros sótanos del alma humana a través de su lenguaje, sótanos cuyas penumbras nos esforzamos por entender, para ver lo que hay dentro y albergarlo en nosotros, una apropiación del otro y de lo otro por medio de las designaciones que damos a las cosas.

Por lejos que Banff siga estando de nosotros, los nombres ahí escritos se han apropiado de sus cimientos. Con su oscuridad, su amueblado austero y sus plafones pintados, “The dungeon” podrá ser querido y recordado como el lugar donde los cófrades también descansan de la lengua para compartir lenguajes más universales: el entendimiento no verbal del juego, del baile, de la bebida, la secuencia de imágenes en una película, la música. El traductor ha de pasar por estas experiencias de visibilidad que lo hagan sentirse en albergado en la lejanía de ciudades y lenguas ajenas. Metáfora viva de que la comunión rebasa a la comunicación, entendida habitualmente en forma de palabras en orden y bien articuladas, ¿no busca algo similar la literatura cuando reconoce la insuficiencia de la lengua y rompe sus normas? ¿No es ahí cuando la expresión se olvida de la claridad pero se vuelve más tangible como experiencia? Es en la expresión y en la experiencia que nos volvemos visibles, ¡qué paradoja!, en los sótanos oscuros de la desinhibición. Además del peleado nombre en la portada, un traductor puede reconocer su trabajo por aquellos momentos en que se aleja del maquinismo de la equivalencia y abre la puerta al dungeon de la creatividad.

 

1. Voz tetum para referirse a una especie de sandalia con suela de madera.

José Luis Gómez es maestro en Letras Modernas por la UNAM. Actualmente estudia el Doctorado en Letras. Ha impartido clases de Literatura a nivel bachillerato. Desde 2015 imparte clases de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido beneficiario del programa Banff Internacional Literary Translation Centre (BILTC) en Canadá, con lo que ha iniciado su carrera como traductor literario. Escritor aficionado en su tiempo libre, principalmente de ensayos.