Alina Dadaeva. La poesía en el mundo apocaLÉCTICO

Alina Dadaeva¿Por qué los tirajes de libros de poesía se reducen? ¿Qué busca en la poesía un lector masivo? ¿Por qué hablamos sobre la desaparición del lector si la cantidad de poetas crece exponencialmente? Sobre ello reflexiona la escritora rusa-uzbeka Alina Dadaeva.

 

 

 

La poesía en el mundo apocaLÉCTICO

Alina Dadaeva

 

Advertencia: estas reflexiones están basadas en hechos reales, sucedidos en la literatura rusa. El autor pide perdón al auditorio hispanohablante por dicho enfoque y espera que más que inspirarle perdón esta experiencia le resulte de interés. Cualquier parecido con la realidad mexicana no es coincidencia.

               El rey ha muerto, viva la democracia.

               Dicen que la democracia es una quimera.  Dicen que la democracia es una utopía. Dicen que la democracia es imposible si en tu polis viven más de diez mil habitantes y menos de treinta mil esclavos. Se equivocan, como siempre. La democracia es una realidad, una reinalidad, que manda, al menos en el mercado de los libros modernos. El pueblo decide qué tipo de literatura debe aparecer en las librerías. El pueblo dicta a los editores qué publicar. El pueblo publica sus propias obras, si tiene con que pagarlas, si tiene o no talento para escribirlas. El pueblo puede crear lo que quiere leer lo que quiere y —lo más importante— no leer lo que no quiere. No leer poesía, por ejemplo.

               Yevgueny Yevtushenko, el poeta más popular de la Unión Soviética, quien visitó al público mexicano en 1968, pudo comprobar sus méritos poéticos vía medios matemáticos: los tirajes de sus publicaciones en la URSS superaban la cantidad de cien mil ejemplares por título. Medio siglo después, Yevtushenko no perdió su estatus de poeta más reconocido por el lector común: su última colección de poesía  Yo no sé despedirme  fue publicada en 2013 por una de las editoriales más grandes y prestigiosas del país. Sólo que el tiraje de este libro no rebasó 3 000 ejemplares.

               La misma cantidad que asignaron a la última obra (Sin anhelo, 2011) de la ex-esposa de Yevtushenko, la gran Bella Ajmadúlina, cuya canonización poética comenzó hace unas décadas y fue concluida hacia el inicio del nuevo milenio. La poeta tenía razones para alegrarse: la colección anterior, titulada  Un botón en la taza china (2009),salió al público con tan sólo 1 000 ejemplares. Mientras que La Cuerda (1962), el primer libro de Ajmadúlina, en aquel entonces, joven y desconocida, tuvo un tiraje de 20 000.

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Alina Dadaeva. Foto: José Ángel Leyva
               Para aquellos que consideran que los éxitos de Yevtushenko y su círculo cercano se deben más a la política que a la poética, viene un ejemplo de Víctor Sosnora, otro gran sesentero, cuya complejidad prosódica y conceptual fue orientada más al underground ruso que a la literatura permitida. En plena festividad del realismo social se publican Los jinetes (1969), la primera obra de Sosnora, con el tiraje de 25 000 unidades. En 2007, en plena festividad de la libertad ciudadana y literaria, su antología personal, No más poemas, fue publicada con 300 ejemplares.

               Allí tal vez radica la respuesta: la poesía se vuelve popular cuando se vuelve más que poesía. Una expresión de la libertad tácita, una protesta interna, una transgresión verbal, una crítica camuflada,  una apelación a la justicia — es lo que realmente busca el lector masivo en el tiempo represivo. ¿Quién diría que todo eso no es poesía? ¿Quién diría que poesía es todo eso? "El poeta en Rusia es más que el poeta", declaraba el mismo Yevtushenko. El lector no acude al poeta, sino al profeta, al héroe, que se atreve a formular algo, mientras el lector sólo se atreve a pensarlo. El lector no espera la palabra, sino el grito, el reto al sistema político y social. El poeta no es la voz, sino el portavoz, el portador del dolor y temor del mismo lector; la lira rima con la ira. Incluso cuando el régimen se cae y dentro de los muros de Berlín y Kremlin se abren las puertas, el lector precavido aguarda; prefiere aún leer sobre lo ocurrido que hablar sobre ello. Los últimos y primeros años antes y después del colapso de la Unión Soviética fueron dorados para las ediciones literarias en Rusia. La revista Nuevo Mundo ("Новый мир"), que en los años ochenta publicaba sistemáticamente las obras prohibidas de Borís Pasternak, Andrey Platonov y Aleksander Solzhenitsyn, en 1990 llegó al tiraje de 2 700 000 ejemplares. Pero en cuanto las ansias de libertad fueron saciadas, las ventas de Nuevo Mundo se redujeron más de mil veces. Hoy en día la revista tiene un tiraje de 2 200 ejemplares; aun así lidera entre otras ediciones aprobadas por el medio literario profesional. Supongo que al menos dos millones de ex-lectores de Nuevo Mundo siguen vivos, pero prefieren dedicar su tiempo a otras cosas.Viajar, por ejemplo, puesto que las fronteras ya no son límites. Salir a las protestas contra la corrupción, pues, pese a que las fronteras ya no son límites, la pobreza sí lo es. Por fin, articular los disgustos y malestares con labios propios, en vocabulario propio. La palabra fue liberada. Lo demás es silencio invertido. ¿Para qué leer poesía?, si el fruto prohibido ya crece en cualquier árbol. La palabra fue liberada y se quedó en la calle. El poeta ya no se necesita más, ya que todos pueden hablar en voz alta y sin consecuencias. Los que no pueden, escriben posts en Facebook.

               El tema de la desaparición del lector se vuelve más dramática si recordamos en qué época vivimos. En el principio era la palabra, en la actualidad es la palabra escrita. Nunca antes en la historia humana se ha producido tantos textos como ahora. Apenas hace un siglo saber leer y escribir era un privilegio. Y lo sigue siendo, ya que poder juntar símbolos en oraciones no es lo mismo que poder leer. Cualquier persona es capaz de escribir una nota, una carta o una receta, pero eso no implica ser capaz escribir un poema o una novela. ¿Por qué entonces saber leer una nota, una carta o una receta debe implicar saber leer un poema o una novela?

               Técnicamente hablando, es un hecho asombroso que habitamos la época de las letras. Internet y, en particular, las redes sociales, nos hicieron el regalo más grande que uno podía o, más bien, no podía imaginar: nos otorgaron el campo libre de expresión libre. Que de pronto se ha convertido en el campo de concentración para la literatura. Ella se quedó atrapada entre miles de frases, millones de palabras, miles de millones de caracteres, que no carecen de lectores, esos que tienen tiempo y disposición para leer posts, pero no para leer a prousts. La salida al público general quedó obstruida por los textos mismos. Las letras ahogan las letras.

               La literatura, como cualquier arte, tiene la naturaleza jerárquica. La democracia exige la igualdad, el arte desconoce este concepto. En en terreno creativo lo ético y lo estético se vuelven opuestos. Todo es igual, pero Crepúsculo de Stephanie Meyer no es igual a Tres crepúsculos de Federico García Lorca. Todos somos iguales, pero aquel que canta canciones de Shakira no es igual a aquel que recita sonetos de Shakespeare. Todos pueden leer lo que quieran, pero aquel que lee a Fausto puede más que aquel que lee Facebook. Todos tienen derecho a escoger, pero los que escogen cincuenta obras de Goethe tienen más derecho que aquellos que escogen Cincuenta sombras de Grey. Ambas categorías aspiran encontrar algo detrás de las letras. Y ambos, de hecho, encuentran: сosas diferentes, no iguales entre sí. Al Cesar lo que es del Cesar.

               Cuando el público define qué perfil cultural debe tener la sociedad, la sociedad se condena a la insoportable levedad de ser. Entre un camino largo y difícil y otro, corto y fácil, sólo un tonto escogerá el primero. El público no es tonto. El publico escoge lo que no le cuesta esfuerzo. El público no sabe que estos caminos llevan a diferentes puntos y relieves. El público ni siquiera ve la diferencia entre una montaña y una llanura. Sus ajustes ópticos no le permiten percibir formas, volúmenes y alturas. Pero tonto no es. Si el fruto prohibido ya te parece insípido, come aquel que no te costará trabajo plantar. Serán pocos quienes decidan irse a la búsqueda del paraíso perdido. A Dios lo que es de Dios.

               No debe sorprendernos entonces que la poesía es lo que menos se lee en la sociedad. Entre todas las manifestaciones literarias, la poesía es el género más complicado. Porque reclama alto nivel de interacción de parte del lector. Alta sincronización con los ritmos poéticos. Alta comprensión del campo semántico de cada palabra. Una manzana en prosa no es una manzana en poesía. Para sentir su jugosidad no basta de conocer su sabor en la vida detrás del poema. Hay que comprender en qué árbol crece y qué crece en sus alrededores. El lector de poesía es una libélula, cuyos ojos han de estar formados por miles unidades visuales, algunos de los cuales detectan el movimiento poético antes que lo haya detectado el ojo entero. La poesía moderna más que nada necesita esta habilidad. En muchos casos elíptica e intertextual, no sólo requiere que el lector vea el mundo completo y en megapixeles a la vez, sino que también aprenda a descifrar los símbolos ocultos de otros libros. En muchas ocasiones la lectura de poesía se convierte no tanto en la búsqueda del tiempo perdido, como en la búsqueda del Dalai Lama reencarnado. Sigue mis adivinanzas y me encontrarás. Pero las adivinanzas son para niños. Los adultos ya concibieron el mundo, ya tienen todas las respuestas. La poesía no se lee.

               …Salvo la poesía de grandes clásicos.

El público no es tonto. El público escoge la mercancía con garantía. No necesariamente para el consumo. Los libros de Cervantes, Neruda, Darío son un buen adorno para las paredes. Y para los sentimientos: de vez en cuando resulta placentero pasar los ojos por las estrofas de, digamos, Lord Byron (¡oh amor, amor!) o, digamos, Sor Juana Inés de la Cruz (¡oh feminismo, feminismo!). La poesía se lee.

               …En pequeñas dosis, incluso la poesía de los poetas vivos. Si los libros de autores apremiados por el tiempo encuentran, al fin y al cabo, sus novecientos noventa compradores y diez lectores, el poeta contemporáneo también puede pretender a cierto auditorio, específico, casi familiar, auditorio-que-escribe. En todos los siglos el poeta era el lector principal del otro poeta. "Y no se acabará mi gloria, mientras que en este mundo debajo de la luna / Viva al menos un poeta", decía Aleksander Pushkin, el rey de los reyes en la poesía rusa. ¿Quién entendería la magia de los ritmos, la hechicería de aliteraciones y anáforas, el misterio de la métrica, el peso y la ligereza de la palabra mejor que aquel que también escribe? Cuando un poeta lee al otro poeta, se convierte en un lector ideal, que más allá de sentir —sabe. Más allá del contenido del poema ve su forma. Más allá de la forma, ve el aire, que rodea la forma. Más allá del aire, percibe la respiración del poema. Más allá del poema, disfruta la poética. Más allá de lo que dice el poeta, oye lo que el poeta no dice. Cuando un poeta lee al otro poeta. Pero eso no pasa tan frecuentemente, como debería.

               "Сasi siempre los que escriben versos son lectores malos, poco atentos. Sin gustos ni preparación, siendo no-lectores por la naturaleza, sólo se ofenden cuando les aconsejas aprender a leer antes de empezar a escribir.
A nadie de ellos ocurre que leer poesía es un arte muy grande y muy complicado. El título del lector no es menos honorífico que el título del poeta, pero el destino de un lector modesto no les satisface y, repito, son no-lectores por la naturaleza".

               Es un pasaje del ensayo "El ejército de poetas", de Osip Mandelshtam, escrito en 1923. Mandelshtam lamenta que, desafortunadamente, "decenas de miles de jóvenes logran encontrar tiempo para escribir poemas, por encima de la necesidad de luchar para sobrevivir". Los jóvenes de ahora siguen viviendo con dicha necesidad, el arte y la literatura perdieron el peso social que tenían hace un siglo y, sin embargo, la cantidad de "escritores" creció exponencialmente. En el portal ruso Stihi.ru (Versos.ru), creado en el año 2000, donde cualquier autor puede publicar sus textos de una manera gratuita, hoy en día están registrados 42 650 397 de "poemas", escritos por 802 971 "poetas". Esto es lo que me indicada la página Web al momento de escribir este texto, pero para la hora en la que ustedes lo estén leyendo, la cifra, seguramente, será mayor. Stihi.ru es el portal literario más popular en la CIS, pero no es el único, así que fácilmente podemos agregar a la cantidad indicada otro millón de versificadores. En el último mes el sitio fue visitado por 62 322 473 de usuarios. ¿Quién, al ver estos datos, osaría decir que la poesía no se lee? Pero si al menos la décima parte de estos usuarios comprara susodicho Nuevo Mundo, la revista superaría el récord del año noventa. Pero sesenta millones prefieren publicar sus propios versos (en 99% la grafomanía unívoca) y leer únicamente a los que les comentan elogiosamente sus "obras". Y comentar elogiosamente a cambio. Y publicar sus propios libros de veinte tomos. Y organizar sus propios festivales y concursos, donde no participaría ningún poeta profesional, por nombrarlo así. Y si participara, nunca ganaría. No por alguna conspiración massoniana, sino porque estos millones de jóvenes (¡y viejos!), idénticos a los del ensayo de Mandelshtam, están seguros que la poesía está atada a florecitas, pajaritos y besitos debajo de las estrellitas. Todo lo demás es el ultrasonido. El rey (¿Pushkin? ¿Shakespeare?) ha muerto y todos vamos a imitar al rey. A medida de nuestras posibilidades. Las que, por cierto, son ilimitadas, puesto que somos la mayoría. El totalitarismo y el elitismo se acabó. Las revistas literarias ya no disponen del poder de señalarnos qué es lo que debemos leer. Nuevo Mundo es el mundo viejo, del cual hemos felizmente inmigrado. No somos lectores, somos escritores. La poesía no se lee.

               "Eres rey, vive sólo", decía Pushkin sobre el destino del poeta. Claro, cuando esto dice  un rey con el reino, la sentencia se vuelve algo coqueta. Los tirajes de Pushkin durante su vida eran de 1 000-1 200 ejemplares más los de las segundas ediciones. Podrían parecer a las cantidades de hoy, si no consideramos que en 1820, cuando, por ejemplo, fue publicado El jinete de cobre, la población del Imperio Ruso era aproximadamente de 48 millones (contra 147 millones actuales) y el porcentaje de los alfabetizados no superaba 10%. Para el inicio del siglo XX la población creció considerablemente (hasta exceder 100 millones), igual que el porcentaje de los alfabetizados (alrededor de 22%), pero los tirajes no se incrementaron. Con 1 200 ejemplares salían los libros de dos líderes del simbolismo ruso: Valery Bryusov (Urbi et Orbi, 1903) y Aleksander Blok (La Mascara de Nieve, 1905). Los libros de los jóvenes Osip Mandelshtam, Nikolay Gumiliev, Anna Ajmátova, Georgiy Ivánov tenían tirajes de 300-500 ejemplares. El primer libro de Borís Pasternak (El doble en las nubes, 1913) tenía tan sólo 200 ejemplares. Como podemos ver, las últimas décadas sólo redujeron algo que siempre ha sido marginal (los sesenteros soviéticos eran más bien un caso excepcional y, como explicamos arriba, extrapoético). La poesía nunca era para todos. Mientras que Coliseo acomodaba 50 000 espectadores, el teatro poético de Meacenas, sólo un par de docenas. Sin embargo, el rey no deja de ser rey si su reino consiste de unos toros y un campo, que él mismo debe labrar.

               Pero aunque Odiseo sigue siendo Odiseo, la poesía hoy en día se vuelve más parecida a la filatelia o a la pesca de los fines de semana. Un ingenuo hobby que uno comparte exclusivamente con otros aficionados, porque no lo entienden ni los familiares, ni los colegas. La única diferencia es que ningún pescador, ni siquiera el más ambicioso, aspira pescar a Moby-Dick. Mientras que cualquier poeta…

               Hay sólo un Moby-Dick en el océano, hay muchos poetas en la modernidad. Y no me refiero a aquellos millones que pescan las botellas de plástico con las redes de Internet. Al lado de no-lectores vagan, por la orilla de la contemporaneidad, cientos de buenos autores que anhelan la lectura. La democratización lectoral, tal vez, les quitó el privilegio de ser leídos, pero a cambio les dio el beneficio de leer. Independientemente de las posibilidades económicas  y estratos sociales. Ahora para tener una biblioteca de babel en la casa sólo hay que tener el acceso al Internet. La isla de tesoros resultó ser una isla flotante y se acercó a nuestra orilla. No es sorprendente entonces, que, además de la cantidad de poetas, crezca la cantidad de poetas verdaderos. Poesía, como la palabra misma, tiene misión dialógica. Pero si nadie escucha tu discurso, puedes dirigirlo al futuro. O al doble en las nubes. O a las nubes. O la ballena de 52 hercios que posiblemente picará en cuanto tú sueltes la caña de pescar. El rey ha muerto, vive el rey. ApocaLECTIS, tal vez, está por llegar.  El ApocaLETRIS no llegará antes del Apocalipsis.

 

 

Alina Dadaeva, escritora. Nació en 1989 en la ciudad de Dzizak (Uzbekistán). Egresada de la Universidad Nacional de Uzbekistán (maestría en Periodismo). Desde 2014 vive en México. Trabaja de traductora en el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
Los poemas y cuentos cortos han sido publicados en almanaques y revistas literarias de Rusia, Uzbekistán, Armenia, Ucrania y los Estados Unidos. En 2017 fue galardona de premio del primer lugar en el Concurso de traducción de poesía, organizado por la Universidad de Escritura Creativa de Moscú , premios de segundo lugar en los concursos de traducciones "Petersburgo Leyente" (San Petersburgo) y "Eurasia" (Orenburgo), premio del tercer lugar en el concurso internacional de cuentos cortos "Hoffmann Ruso" (Moscú-Kaliningrad). Fue residente del Programa Internacional de escritura de la Universidad de Iowa (IWP 2012, EU). Autora del libro de poesía  Nódulos y Charadas, publicado por la Unión Estatal de Escritores de Uzbekistán.

 

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