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Julia Fiedorczuk. «Medulla»

julia-fiedorczukGerardo Beltrán, poeta mexicano, traductor y catedrático en la Universidad de Varsovia nos ofrece un cuento, «Medulla”, de la poeta y narradora polaca Julia Fiedorzcuk, quien trabaja con él los dominios de la ecopoética.

 

 

 

Julia Fiedorczuk
MEDULLA

               The pleasure is all mine…

"Kra, kra." "???" "Kra, kra, kra."
          "Kra, kra kra." Eso es precisamente lo que escucho, aunque en lo que dice no hay ni "k", ni "r", ni a" ni ninguno de esos sonidos que pudieran salir de mi boca, de mi altamente desarrollado aparato fónico. "Desarrollado" repito en mi pensamiento y, totalmente sin sentido, me imagino unas flores. Lo intento de nuevo, tuerzo la cara, torturo mi enorme, carnosa lengua y todo el tiempo es sólo "kra" y "kra".
          O nada.
          Me recuesto sobre la hierba, en un lugar donde justo no hay mierda de perro. Frío. Se me pegan las hojas medio podridas, cubren mi ropa con una capa de herrumbre resbalosa. Aquí no rigen las estaciones del año ni las horas del día. Siempre esa misma luz pardoazulosa, esa hierba rala y esa mierda de perro en distintos estadios de descomposición. Cuando se apaga el sol se encienden los faroles. Cuando no llueve se llena de gente. En el fondo oigo el ruido de la ciudad, algunos murmullos, susurros, rumores y señales, todos reunidos en un gran canto hipnótico. Canto. Más que una suma de sonidos individuales, porque está también en él la dimensión del sonar puro, la sonoridad en sí misma., el tono misterioso que no registra ninguna notación. Mientras estoy así tumbada, pasa volando sobre mi cabeza una bolsa vacía con la inscripción Organic Market. Entrecierro los ojos. Es hora de irse.       

Leda nunca causaba problemas. No llegaba tarde al trabajo. No salía antes de tiempo. No tenía días peores. No se quejaba cuando los últimos clientes se quedaban con una taza vacía mucho después de la hora en que se cerraba el local, por lo que no podía hacer las cuentas y cerrar la caja. Sin protestar cumplía todas sus obligaciones e incluso aquello que no le correspondía. Lavaba el suelo revestido de baldosa, pulía los vasos hasta que los hacía brillar como si estuvieran tallados en el cristal más fino, llenaba las azucareras con endulcorante bajo en calorías. A pesar de todo, no le caía muy bien a nadie en Green Soya. Y con toda seguridad no le caía bien a Vitta, el dueño. De hecho, tenía muchas ganas de deshacerse de ella con cualquier pretexto. Leda despertaba en él cierta inquietud e incluso algo parecido al rechazo. No le gustaba acercarse a ella, y si se quedaban a solas en el café vacío después de cerrar por la noche, sólo él y ella en la penumbra que invadía el lugar, le entraban ganas de escaparse, y se aguantaba sólo gracias a que tenía muy buen contacto con su fuerte yo interior. Con su –le gustaba esta aceitosa palabra– self. ¿Pero de dónde le venía este impulso tan extraño? ¿Es que Leda era fea? No. En cierto modo era incluso guapa, aunque en su rostro había algo tan volátil que, en su ausencia, Vitta, que a veces lo intentaba, no podía recordar cómo se veía. ¿No se preocupaba por su vestimenta? ¡Claro que sí! Sus túnicas de lino (uniforme obligatorio de las meseras) estaban siempre inmaculadamente blancas… Sucedía, es cierto, que en su cabello pelirrojo se enredaban hojas o tallos de hierba seca, pero los clientes que venían a GS a tomarse un café o un cotel Binotauro, especialidad del café, estaban convencidos de que estos accesorios vegetales tenían como objetivo subrayar el carácter verde del lugar. ¿Es que a veces era descortés? Claro que no. Ningún cliente podía quejarse de que lo hubiera atendido mal. Por lo demás, ¿cómo podría formularse esa queja? ¿Que hay algo raro en sus ojos? ¿Que mira como si no mirara? ¿Que mira como si mirara el aire, como si con esa su mirada perdida atravesara a la gente y viera algo que no está permitido ver, algo que debería quedar oculto para siempre? ¿Que su impecable educación, su disposición, su diligencia, su inmediatez de reacción esconden… ¡justo! nadie sabría decir qué es lo que verdaderamente "esconde" la mirada perdida de Leda, sus gestos fluidos, perfectamente diestros, su esmerada apariencia, su humildad…
          Más de una vez Vitta se descubrió observando a Leda tenso, como a un enemigo. Su discreta presencia le resultaba dolorosamente incómoda. Miraba a la muchacha de reojo esperando encontrar algún defecto, alguna fisura, o cuando menos un pequeño rasguño al que pudiera adherir su inexplicable aversión.  Vitta quería encontrar las palabras que le ayudaran a prender con alfileres –neutralizar– su extravagante belleza. Decir: "Leda es así y asado", "Leda, por fin te descifré, eres esto y aquello". Pero no encontraba nada, y su aversión a ella permanecía amorfa y viva como una especie de órgano extraño, suplementario en su cuerpo tenso.
          A veces, cuando Leda llevaba una bandeja llena de vasos altos, Vitta intentaba reunir toda su energía adversa en su mirada y como un haz de potente luz dirigirla hacia ella. Mal ojo. Se imaginaba que Leda tropezaba con algo, con lo que sea, con la pata de una silla, con un mat de yoga enrollado que alguien había dejado en el suelo, veía con los ojos de la imaginación cómo el horror agudizaba los rasgos de su delicado rostro, para un instante después caer tan larga como era, derramando los coloridos cocteles, estrellando los vasos de vidrio, estropeando los caros trajes de hippie de los comensales veganos. Nada de eso, la mirada de Leda, borrosa, ausente, nunca se encontraba con la suya. Concentrada quién sabe en qué, la muchacha era completamente inmune a su deplorable magia negra, los vasos llegaban íntegros a su lugar de destino y Leda se retiraba silenciosamente a la parte trasera del café a preparar los siguientes pedidos: cappuccino con una gran capa de espuma de leche desgrasada, jugos recién exprimidos, yogurt en versión lacto con mus de tallo de alfalfa.

Durante meses, y a veces durante años, las semillas esperaban el momento adecuado, alimentándose solamente con aquello que tenían en sí mismas, muertas en apariencia e inmóviles como pequeñas piedritas. El tiempo de las semillas fluía tan despacio que, si alguien hubiera querido medirlo con la ayuda del reloj, las manecillas habrían tenido que dar vueltas como locas. Bastaba, sin embargo, un poquito de humedad y de calor, y el grano empezaba a hincharse, absorbiendo el agua. Primero las raíces atravesaban la cáscara. Entraban en la tierra como lombrices microscópicas. Después se abrían camino los retoños, pálidos y desnudos, con un gran apetito de sol. Las raíces se bifurcaban y se arraigaban cada vez más profundo, hacia el cálido interior del planeta. En la superficie los retoños ya verdes echaban hojas; arrancaba la fábrica de tejidos, la fotosíntesis.
          Si la planta era un árbol, crecía durante muchos años. Su tallo se hacía más duro y se cubría de corteza, y en el interior se llevaba a cabo un incesante transporte de bienes. Las raíces se volvían tan fuertes que podían reventar el cemento. Y lo reventaron.

Hace calor. La ciudad está cada vez más saturada de sol, el aire es cada vez más denso, los sonidos cada vez más pesados, más sensuales. Leda está detrás del bar, vierte el vino de la botella a la garrafa marcada con un logo enredado como una serpiente: GS. El tacto del vidrio frío le causa placer. Le gusta el rojo profundo del vino, la oscura, encarnada voz del líquido que poco a poco va colmando el recipiente vacío hasta convertirlo en una valiosa joya. Un rubí, piensa Leda. El sol que se pone. Sangre viva. Leda sonríe totalmente embebida en su tarea. La mirada de Vitta intenta agarrarse a su cara, a su cuerpo, sin ningún resultado. La mirada de Vitta baja por la cara sonriente de Leda, por su cuerpo, por su blanquísima túnica. La mirada de Vitta desciende por Leda hasta la tierra, se derrama en el suelo como un charco de agua turbia. En el centro del charco flota un ojo solitario; mira hacia todos lados, impotente como una granada desactivada.

"¿Cómo que no están sucias? ¿Zarpas, tierra santa, tierra santa detrás de las zarpas? ¿Escarbaste en la tierra? ¿Pero, pero, pero? Querida, aquí no se trabaja con las garritas sucias."

Cada año llegaba abono. Tierra fértil, compositum. Las hojas de los helechos jóvenes parecían apretadas bolas de estambre de color verde claro, pequeños animales inmaduros. Quién sabe cuándo se enderezaban estos caracoles verdeceledones, nadie los sorprendía en el acto, nadie les sacaba fotos, nadie les hacía películas que luego en una proyección acelerada mostraran a los ojos impacientes el lento movimiento de estos cuerpos verdes. Penachos. Quién sabe cuándo en el envés de las hojas, escondido del sol, aparecían manchitas pardas. Crecían, se hinchaban y en el momento adecuado estallaban. Desde el oscuro esporangio se esparcían las energéticas esporas. Ímpetu, crecimiento, transformación de la energía en materia. Protallos cordiformes: velludos, húmedos, fuertemente aferrados a la tierra. En su viscosa humedad el espermatozoide llega al óvulo. Crecimiento, multiplicación, efervescencia de la verde vida. Cada vez más hojas jóvenes.
          Al mismo tiempo, los jóvenes troncos de los pinos se cubrían de hiedra, se clavaba en el yeso, se abría paso al exterior.  

Vitta estaba sentado detrás del bar. Se sentía muy mal. No tenía ganas de sonreírle a los clientes ni de mirar por sobre el hombro de los cocineros ni de comprobar si la lechuga estaba fresca, si las fresas no estaban aplastadas, si la yerbabuena era lo suficientemente aromática. Simplemente no tenía ganas de nada. En el espejo, por entre las filas de vasos, vio fragmentos de su cara. De nuevo se le había estropeado la piel. Tenía la frente llena de granos, y alrededor de la nariz y en la barbilla aparecían irritaciones rojas y feas. Los nervios, los nervios deterioran mucho la piel. Ojeras. Falta de sueño. Un verdadero desastre.                             
          La hora del lunch es el momento más difícil. Es el momento en que el contenido orgánico de los rascacielos se abre paso el exterior, directo al sol de la gran ciudad, directo a la niebla de la gran ciudad, a la insumisa luz de los neones. En chanclas durante todo el año, se esparcen por los cafés vecinos, por fitnessclubes, parques cagados por los perros. Vienen en chanclas, con gorras, a GS. Piden un omelette de claras, a condición de que las gallinas hayan sido criadas en granjas en las que no hay más de dieciocho pollos por metro cuadrado. O dieciséis, el avergonzado Vitta admite que no se acuerda. Estudian la composición de las ensaladas, tras de lo que exigen modificaciones, cada uno de acuerdo con su fe, sus alergias, su estilo de vida. "Para mí sin queso". "Sin cebolla roja". "Tengo alergia a las espinacas". "Los germinados a un lado, en un plato aparte". Y cualquier otra cosa. Vitta sintió un repentino flujo de irritación y se volvió del espejo hacia la sala. Los meseros se las arreglaban como podían, pero desde que despidió a Leda, la hora del lunch se había convertido en una grotesca pesadilla. Cada rato se retrasaban con algo, se equivocaban de pedido o se les caían los cubiertos. "Perdón, pedí un Laguna Beach, esto no es un Laguna Beach, por favor tráigame mi sándwich" –dijo enojada una mujer con un tatuaje en lugar de cejas. "Vieja pendeja", pensó Vitta, aunque no le gustaba pensar mal de la gente, sobre todo de los clientes de su café, de esos pensamientos fluía una energía negativa, y la energía negativa, como se sabe, produce cáncer.
          El problema es que desde que se fue Leda –desde que la echó—, pensaba mal de la gente con más frecuencia. Lo irritaban los clientes, lo ponía nervioso la inutilidad de los meseros, de hecho, lo encabronaba todo el maldito café. Lo que más quería era empezar todo de nuevo, sin Leda, sin su callada e inquietante presencia, sin esos sus extraños, llanos e inexpresivos ojos, quería comenzar todo otra vez, dejar el café, apuntarse a los pilates, ejercitar el pensamiento positivo. Y un carajo. Nada de eso. Es verdad que después de que se fue Leda no tomó café durante tres días completos, en cambio, el cuarto día en la noche, cuando cerró GS, se bebió en la trastienda toda una botella de vino ecológico. Es verdad que compró un carísimo carnet para el fitness club, pero fue sólo dos veces, porque después le dolió la garganta (Vitta no dejó pasar ese recuerdo a su conciencia, pero el hecho es que una semana después de la salida de Leda encontró en su cajón una cajetilla de cigarros rancios y, y, y —). Desde luego, días enteros repetía saludables mantras leídos en el manual de la vida larga titulado ¡Tienes derecho!, pero su indómito pensamiento una y otra vez se le salía de control…
          La vieja del tatuaje, en el colmo de la insolencia, fue ahora directamente al bar. "Dos Binotauros pero sin betabel". "No modificamos las recetas", refunfuñó Vitta y sintió como en su torrente sanguíneo se liberaron quince millones de radicales libres.

"La flor es un corto tallo de crecimiento determinado que lleva hojas modificadas estructural y funcionalmente para realizar las funciones de reproducción de la planta. Las partes más importantes de la flor son los estambres con las anteras –órganos masculinos, y los carpelos con los embriones –órganos femeninos".  Leda cerró el libro y se levantó de la mesa. Anduvo dando vueltas un rato, empacando distintos objetos en una gran bolsa de lona. Su departamento, en tanto que se nos permita suponer que en realidad era el departamento de Leda, consistía de una sola habitación de tamaño medio, una cocina integrada y un baño microscópico, oh, justo ahora Leda va al baño, se pone frente al espejo, se arregla el cabello. Del pequeño armario saca el cepillo de dientes y la pasta, y luego (ya lo adivinaron, ¿verdad?) empieza a lavarse los dientes con mucho esmero. Pone los utensilios en su lugar, sale del baño, descuelga del gancho una chamarra color kaki, se la pone. La chamarra le queda un poco grande, pero eso no le molesta. Finalmente coge la bolsa de lona y sale.
          Bajo la tierra, en el metro (porque entre tanto Leda recorrió la distancia entre "su" departamento y la estación del metro, picó el boleto, entro en el vagón, etc., etc.) Leda piensa de nuevo en las flores. El Murmullo del tren le recuerda el viento: tiene que comprar un ventilador, muchos ventiladores, porque ahí a donde va no va a poder abrir las ventanas.

Digámoslo sin rodeos: Vitta estaba enfermo. Adelgazó, se puso más feo y perdió fuerzas. Desde que se enteró, a través de su terapeuta, de que amaba a Leda, dejó incluso de fingir que todo estaba bien. En GS le costaba cada vez más trabajo mantener una calma profesional. Le daban ataques de cólera y de un gran desaliento, en la trastienda tomaba vino, fumaba y se mordía las uñas. Cada vez cerraba GS un poco más temprano, hasta que un día le confió esta tarea a una de las meseras. Pasaba en el café cada vez menos tiempo, hasta que finalmente dejó de aparecer por completo. Embrutecido por la nostalgia, se pasaba todo el día en su casa, que de apartamento de lujo se fue transformando en desaliñada madriguera. A veces ni siquiera salía de su dormitorio. Se quedaba tumbado en la cama, entre las sábanas revueltas, soñando con Leda. Durante horas enteras intentaba reproducir en su memoria los delicados rasgos de su claro rostro. Anhelaba besar los dedos de sus menudos pies, sus pequeñitas uñas rosadas, sus delgadas pantorrillas, sus rodillas… soñaba con los pechos de la muchacha, pesados y calientes, cuando se inclinaba desnuda sobre su enflaquecido cuerpo. Desde luego, Vitta nunca había visto los pechos de Leda. Ocultos bajo la amplia túnica de lino podrían haber sido grandes o pequeños, de hecho, podría no haber ahí ningunos pechos, ni vientre ni rodillas ni muslos, de hecho, podría no haber ahí mujer alguna… ¿Pero a quién entonces le tendía los brazos con tanta añoranza? ¿Los pechos de quién encerraban sus hambrientas manos? ¿Quién era es desinhibida desnudilla que se paseaba por su departamento meneando las caderas? ¿Quién se acostaba a su lado en la cama, de quién era la boca que vagaba por su piel, de quién eran esos fuertes muslos que se enredaban alrededor de sus caderas?
          Vitta cayó, jadeando, sobre la almohada empapada de sudor. Cuando su respiración volvió a la normalidad se secó con la sábana y cogió el teléfono. Marcó por centésima vez el número de Leda. Y por centésima vez escuchó el mismo comunicado: EL NÚMERO QUE USTED MARCÓ ESTÁ FUERA DE SERVICIO. EL NÚMERO QUE USTED MARCÓ ESTÁ FUERA DE SERVICIO. EL NÚMERO QUE USTED MARCÓ ESTA FUERA DE SERVICIO

Leda estaba totalmente concentrada. Los ventiladores trabajaban a todo vapor. La muchacha desgarraba grandes bolsas de plástico llenas de estiércol, esparcía la tierra entre los arbustos y los sotos de hierbas, emparejaba, rastrillaba, allanaba, esparcía las semillas, regaba. Cuando terminaba, miraba su reino con satisfacción. Los pequeños pinos verdeceladones entraban en fase de florecimiento. Los arbustos echaban hojas de todas las formas imaginables y de todos los tonos posibles de verde. Muy cerca del suelo, crecía de manera cada vez más exuberante todo tipo de grama y de hierba. Leda pensó que en cierto momento habría que traer abejas. Empacó las cosas en la gran bolsa de lona. Se la cruzó por el hombro, después de lo cual encontró entre los enebros el extremo pendiente de una gruesa cuerda, que colgaba de las vigas que sujetaban el techo de vidrio del recinto. Leda se agarró a la cuerda e inició su penosa escalada hacia el sol.

"No importa lo que cueste. Por favor encuentre a la muchacha".
          Vitta se meneaba nerviosamente en la silla labrada cubierta de piel. Del otro lado del pesado escritorio estaba sentado el señor Kos, el mejor detective privado de la ciudad. Vitta daba la impresión de alguien que desesperadamente intenta conservar algún resto de dignidad. Llevaba puesta una camisa limpia, aunque muy arrugada, en su rubio cabello, desde luego lavado, podían verse las oscuras raíces de un centímetro de largo.
          "Tengo dinero –aseguró una vez más. Usted solamente encuéntrela".
          El señor Kos miró a Vitta largamente. ¿Cuántos hombres jóvenes y desesperados se habían sentado antes en esa misma silla, moviendo nerviosamente los dedos, con este mismo gesto de angustia y pidiendo lo mismo? Y sin embargo mirando ante sí una víctima más del deseo, un paciente más atormentado por esta incomprensible e incurable enfermedad, no fue capaz de negarse. Respiró pesadamente, abrió su pequeño laptop y se quedó un momento en silencio, golpeteando con los dedos sobre el teclado y observando atentamente la pantalla. Finalmente preguntó:
          "¿Descripción de la desaparecida?"
          "La más hermosa del mundo".

El edificio habitacional del número 11 de la calle Parkowa tiene diez pisos y la forma de un gran bloque. Las rectas filas de ventanas reflejan de día y de noche la gris luz de la ciudad. Un chirriante elevador transporta los cuerpos de la gente hacia arriba, para que puedan irse a dormir; los transporta hacia abajo para que puedan ir a trabajar.
          Desde luego, en el edificio también hay escaleras. Escalón por escalón, recodo a recodo, se empinan hasta el décimo piso, ahí dan vuelta por última vez hasta que de pronto se detienen a mitad del camino hacia el undécimo piso. Sólo que, claro, el edificio de Parkowa 11 no tiene undécimo piso. Tampoco tiene desván. En cierto momento, las escaleras se meten en la pared. Y eso es todo. Así como si el arquitecto se arrepintiera a la mitad de la realización de un proyecto sólo conocido por él… o como si de esta manera quisiera expresar un pensamiento de naturaleza existencial., por ejemplo: "miren, el camino no conduce a ningún lugar". Pero un momento, un momento. En la pared hay una ventana, una ventanita, un ojo gris hacia el gran mundo… Sea como sea, ninguno de los inquilinos se preocupó nunca por el mensaje del arquitecto, hasta cierto día.

La mujer estaba en el último escalón viendo a través de la ventanilla abierta. "Hay una escalerita" –llamó al hombre que esperaba unos escalones más abajo. La mujer se asomó más allá, se aferró fuerte al primer peldaño de la escalerilla, se apretujó como pudo por la pequeña ventana y se encontró en el exterior – a la altura del piso 10 1/2 parecía un insecto crecido. Es decir, habría parecido si alguien la hubiese mirado, pero nadie miró hacia arriba, todos corrían hacia algún lado con la mirada clavada en el suelo y desde arriba parecían, parecerían, insectos crecidos. Pero la mujer no miraba hacia abajo, sino que escalón por escalón se encaramaba hacia arriba. Ahora, por su parte, el hombre se acercó a la ventana. Se aferró a la escalera, se apretujé como pudo por la ventana y siguió los pasos de la mujer. Muy pronto se encaramaron hasta la cima, hasta el tejado que –asombrados no tenían palabras– era de cristal.
          Pisaron con cuidado al caminar por esta extensa pista de hielo, en el espejo en el que se miraba el cielo pardo… bajo sus pies, bajo el cristal, bajo la lívida efigie de las nubes vieron verdor, un mar de hojas verdes – vieron, detrás del cristal, un jardín que alguien había sembrado en un lugar donde no debería haber un jardín – en un lugar donde no debería haber nada, pues no debería haber ahí ni siquiera un lugar. Ambos, el hombre y la mujer, pegaron la cara al cristal. Hierbas, arbustos, flores, hiedra… Pinos verdeceledones en la plenitud de su hermafrodita florecimiento.     

Vitta está sentado en el suelo del recinto que alguna vez llamó (que todavía llama) "sala". Sus ojos, oscuros y hermosos, brillan en su enflaquecido rostro como dos estrellas afiebradas. NO se ha rasurado cuando menos desde hace dos semanas y su enmarañado peinado atestigua que ya hace un par de meses que no visita a don Marek (éste, preocupado por la prolongada ausencia de su cliente favorito, había intentado varias veces llamar a Vitta, pero sin resultado). Está sentado, pues, en el suelo, enflaquecido, peludo, desnudo, si no contamos la toalla de color indefinido enrollada en la cadera. La cocina llena de botellas vacías, paquetes de cigarros y paracetamol, muslos de pollo a medio comer, restos de manzana, cáscaras, algunas semillas, cubiertos desechables, bolsas de papel manchadas de grasa. Y alrededor del semidesnudo Vitta una pila de papeles: libros, hojas sueltas, recortes de periódico. Vitta busca palabras. Busca algún mensaje cifrado, una carta en una botella, aunque sea una frase dirigida expresamente a él en la que suene la voz de Leda contrabandeada desde otro mundo. A veces le parece haberla encontrado. Se aprende entonces de memoria la sucesión de palabras, su melodía, e incluso la apariencia de las letras en la página. En su pensamiento le da vueltas a estas palabras de todas las maneras posibles, las lleva consigo, las explora con los dedos, con la lengua, hasta que al final acaban por desmoronarse, desprovistas de sentido, como un puñado de arena seca.     

Yacen uno al lado del otro, sobre el musgo, entre los pinos, bajo un cielo de vidrio. La mujer pone la mano del hombre sobre su muslo. Las manos del hombre, cálidas y ásperas como corteza de abedul, sobre sus muslos y sus nalgas. El hombre besa la parte interior de sus muslos, con la boca busca sus labios, encuentra con la lengua el pequeño, húmedo centro del mundo, el ombligo del sueño. Ella siente un golpe de calor, al principio casi insoportable, pero que inmediatamente se transforma en una placentera deriva, puede ahora navegar bajo el agua, casi no tiene que respirar, vive gracias a la luz, gracias a burbujas de energía concentrada que ahora van a explotar arrojándola a la orilla.          

Vitta ocupa su lugar en la fila de limosneros sin casa. Cada uno de los hombres tiene en las manos algún letrero. NECESITO PARA MEDICINAS, dice uno. NO TENGO DÓNDE VIVIR, dice otro. "Vaya descubrimiento –se encabrona en silencio Vitta. De otra manera cualquiera pensaría que lo espera una suite en el Ritz". Irritado, Vitta pide prestado un plumón y escribe en un pedazo grande de cartón: EVITA EL CONTACTO VISUAL. Después se queda inmóvil en su lugar. Mira a lo lejos. No detiene su mirada en nada. Ya no tiene que ver nada. Nada le interesa. Nada más que el sonido de las monedas que de vez en cuando aterrizan en el platito de plástico colocado a sus pies, nada más que el eléctrico canto de la ciudad viva.   

El señor Kos en su oficina con una pila de periódicos. Ni huella de la muchacha. Ni huella del cliente. El mundo se acaba y ellos se vuelven locos. La obtusa, predecible fuerza del aturdimiento carnal. ¿Cuánto todavía?, piensa. ¿Cuánto va a durar todavía? ¿Cuántas víctimas consumirá este fuego que a cambio da… El señor Kos no quiere pensar en eso. Comienza a revisar los periódicos apilados sobre su escritorio. LAS PLANTAS ATACAN, anunciaba uno de los encabezados. En el número 11 de la calle Parkowa se ha encontrado un jardín ilegal. Las raíces de las plantas han penetrado los techos del edifico representando un peligro para los inquilinos. Han sido evacuados. Las brigadas antiterroristas se preparan para entrar en la zona de peligro" –

Uuuuuuuuuuuu cantaba el tren. Leda iba de pie de espaldas a la dirección del movimiento, con las manos en los bolsillos. La enorme bolsa de lona estaba junto a ella. ¿Qué había en la bolsa? Nadie lo sabe. ¿Un cambio de ropa interior? ¿Una bomba? ¿Algunos libros? ¿Un magnetófono con grabaciones del eco de trinos de pájaros? Uuuuuuuuuuuu, cantaba Leda. El tren pasaba por sucesivas estaciones vacías. La ciudad había quedado atrás, había desaparecido, se había desvanecido en la niebla. Finalmente, el tren bajó la velocidad. Leda se tambaleó, pero inmediatamente recuperó el equilibrio. Stop. El tren se detuvo a la mitad del campo. Al abrirse, las puertas rechinaron como una mal aceitada maquinaria del sueño.      

Traducción de Gerardo Beltrán