José Ángel Leyva

Presentación La Otra 121

Rodolfo Hinostroza, objetos perdidos
José Ángel Leyva
José Ángel LeyvaA Rodolfo Hinostroza lo conocí casi al mismo tiempo que a su compatriota Antonio Cisneros (1942-2012), de quien nos referíamos entre amigos, con cariño y humor, como el tsunami peruano. Ambos provenían de una generación formada a la luz de la revolución cubana y las ideas de la subversión política contra lo regímenes militares, particularmente el que dominaba en su país en 1963, año en que muere su amigo común Javier Heraud, quien se había incorporado a las filas del Ejercito de Liberación Nacional.

 

 

rodolfo-hinostroza
Rodolfo Hinostroza

La muerte en acción de este poeta, de apenas 21 años, dejaría cicatriz en la memoria de los jóvenes de esa generación de escritores, que en su mayoría se tornarían críticos del régimen cubano. Con la reciente defunción de Hinostroza (1 de noviembre, 2016), en Perú languidece la marquesina de su poesía, pues recientemente, en febrero de 2016, también perdió la vida otro autor de gran calado, Eduardo Chirinos (1962), que era ya el portaestandarte de una nueva y brillante generación lírica a la que iluminaba aún el magisterio de Emilio Adolfo Westphalen y el delicado misterio de Blanca Varela.

Después de un largo proceso de psicoanálisis que inició en su natal Lima, con su amigo Max Hernández y concluyó en París con el doctor Philippe Levy, Rodolfo Hinostroza entró en un largo silencio poético, pero se desplegó fértil en otros quehaceres y escrituras, comenzando por una especie de revisión de su experiencia lacaniana que tituló Aprendizaje de limpieza (1978). Hinostroza había alcanzado fama internacional con sus dos libros icónicos,  Consejero del Lobo, La Habana, Cuba, 1964, y Contranatura, Seix Barral, Barcelona 1971. Rodolfo solía narrar con esa voz herrumbrosa, que aseguraba alguna vez había sido dulce y entonada, de tenor, su estancia en Cuba durante la crisis de los misiles y la Guerra Fría, cuando los habitantes de la isla veían como un hecho el inicio de una guerra nuclear en y desde su territorio. De ese miedo había nacido Consejero del Lobo, a los 21 años, que lo pondría en la mirada de los lectores exigentes, y más tarde, ya en plena vorágine del París de 1968, y en los socavones del psicoanálisis, daría luz a Contranatura, en 1971, premio Maldoror de Barcelona. Maldolor, dirían las solapas de la edición peruana de la Universidad de San Marcos en el 2002. No obstante, Hinostroza siempre se había sentido más narrador que poeta. Había comenzado su carrera escribiendo cuentos y su novela Fata Morgana (1994) era, según él, «donde pueden leerse los mejores polvos del Perú». El teatro fue también visitado por el autor, quien se negaba a ser considerado exclusivamente como poeta y no como un escritor de líneas transversales. Su último poemario conocido fue Memorial de Casa Gran (Lustra Editores-La cuadrilla de la langosta, Perú-México, 2005).
No recuerdo ya cuál fue la primera vez que establecimos una conversación, pero sí recuerdo cuando fue la primera vez que me habló de su vida y de su relación con la poesía y la literatura, con la cocina y el mundo de la astrología. Le pregunté cómo era su relación con los escritores de su país, «bien, bastante bien, aún no me he peleado con Toño Cisneros», me respondió sonriente pasando de inmediato a otro tema. Después de varios días de charla nos dimos cita en la relativa tranquilidad del Hotel Majestic, pues nos encontrábamos en la Feria del Libro en el Zócalo, en el 2004.  «Preguntas mucho, por qué no me haces mejor una entrevista», me sugirió un día antes mientras exaltaba las virtudes del tequila. Pusimos una grabadora en la mesa y dimos curso a las interrogantes de una conversación que mantuvimos hasta pocos meses de su desaparición.

En otra ocasión vino a comer a mi casa acompañado del chileno José María Memet. La comida se hizo cena y la cena puso fin a mi cava. Sólo quedaba un pisco y lo ofrecí como una bebida que me había obsequiado una amiga de Chile. De inmediato Hinostroza me aclaró el origen de la bebida y dio una lección de cómo preparar un buen pisco sour. Allí comenzó un contrapunteo de reclamos históricos. Conforme se agotaba el contenido de la botella los ánimos se tornaban más fraternos y esa noche pactaron la organización de un encuentro en Santiago, «Cuecas y Marineras», en el festival Chile Poesía, que dirigía Memet.  Raúl Zurita y Rodolfo Hinostroza aparecen en algunas fotografías juntos, leyendo desde un lanchón, como gesto de hermandad entre los pueblos y la poesía.

En República Dominicana tuvo la deferencia de obsequiarme Primicias de cocina peruana, libro merecedor de varios premios internacionales que leí y cargué con enorme gusto. Un volumen de 240 páginas con fotografías y recetas que contiene una investigación rigurosa de la historia culinaria de Perú. A propósito del libro vino a la Universidad Intercontinental en el 2012 a impartir un curso de cocina peruana. Hinostroza venía de una familia de cocineros, su hermana y él fundaron en 1989 el restaurante «El mono verde», donde solían experimentar y rescatar platillos de herencia peruana y familiar. Para Rodolfo, la tradición mexicana perdió terreno ante la «taquización» como fenómeno derivado del Fast Food. Para él nuestra cocina dejó de ser la primera en América: «Una grande y sabia cocina vela por la salud de su pueblo, no lo hace engordar grotescamente como ha ocurrido en México, que ostenta el poco apetecible récord de tener la población de niños más gordos del mundo, y a los adultos más gordos después de los gringos, lo que es ya un problema de salud pública y constituye un fracaso culinario para cualquier cocina nacional.» Remataba con franqueza el autor de las guías de Perú, Bolivia y México.

Poco antes de su muerte descubrí con asombro al Hinostroza cuentista, quien me había enviado para su publicación un inédito, «Memorandun». Intercambiamos algunas impresiones y mi opinión de su vena narrativa en Memorial de casa grande, los inicios de su trayectoria literaria en el relato, su premio Juan Rulfo en 1987, por «El benefactor», que luego reuniría en su libro Cuentos de Extremo Occidente. La noticia de su final me llegó en estos días cuando le contaba a un amigo el largo proceso psicoanalítico de Hinostroza y cómo se resolvió. Un día tuvo un sueño y se lo expuso a su psicoanalista en París: de niño había perdido un abriguito y lo castigaron por ello. En el sueño veía con claridad la rama del árbol donde aparecía colgada la prenda, vieja y raída como un fantasma. Rodolfo lo narraba con una sonrisa de satisfacción: había recuperado la memoria.