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Presentación La Otra 120

Adiós al poeta Juan Bañuelos (México 1932-2017)
Amó la poesía y amó a su pueblo, amó las palabras y los hechos. Juan Bañuelos se forjó en la memoria de un país donde hay aún mexicanos como él que creen en la dignidad y la vergüenza. QEPD.
Educar o castigar en el país de la impunidad
José Ángel Leyva
leyvaRecientemente en México se hizo viral el caso de una chica que demandó a un taxista porque le lanzó un piropo: “guapa”, le dijo desde su automóvil, cuando al parecer ésta realizaba una grabación en las calles de la tumultuosa Ciudad de México.

 

 

El atrevido sujeto fue denunciado por la ofendida y, lo extraño del caso, en un país caracterizado no sólo por su machismo sino por la impunidad reinante, fue la aplicación de la norma. El individuo recibió el castigo. Visto como falta administrativa pasó una noche en los separos de la policía, a donde también son remitidas las personas que conducen y han ingerido bebidas alcohólicas, se han drogado, por faltas a la moral, vendedores ambulantes, etcétera. El caso reflejaba varios ángulos que se criticaron en las redes sociales, ese espacio donde se dirimen asuntos de toda índole, sin argumentos, pero con fuertes cargas emocionales y hasta con desplantes inquisitoriales. Uno de éstos es que la chica buscaba notoriedad y lo logró, otro es que se jactaba de mandar a un macho a la cárcel, otro que era un asunto de clase porque se trata de un humilde taxista y allí la ley si aplica, otro porque en verdad el piropo está clasificado como acoso, uno más que los piropos son parte de la cultura mexicana, otros porque en verdad las mujeres en México son víctimas cotidianas en la calle y en el hogar, en los centros laborales y en cualquier sitio, de la violencia, que ha dejado una estela de muertes sin que los gobiernos sucesivos hagan nada, nada efectivo, más allá de la palabrería.

Como quiera que sea, y haciendo abstracción de los verdaderos motivos de la chica para arrodillar a su piropeador-acosador, es que hay una jactancia de cierta parte de la población facebookera de haberle dado una lección a un macho y en él a toda la población masculina de este país. Ese ciudadano ha sido expuesto como ejemplo de eficacia judicial mexicana y como un modelo a combatir. El caso desató todo tipo de juicios entre la nueva clase inquisitorial de Internet, si era o no un acoso, si debía o no de ir a la cárcel, si en él se daba una señal de alerta para detener la violencia de género. Como quiera que sea, una cosa nos queda clara, nadie tiene derecho a piropear a otra persona en la vía pública, ni convertir lo público en privado. No quedan excluídos los piropos, lo que se deja en claro es que deben ser exclusivamente del ámbito privado. El problema es que el Estado Mexicano suele convertir lo público en privado y lo privado en público. Por ejemplo, las playas públicas, de propiedad federal, se privatizan para los hoteles de empresa trasnacionales, las calles son propiedad de quienes las apartan o las administran, los bienes públicos suelen ser utilizados en acciones privadas por las autoridades gobernantes o en turno, y un largo etcétera.        ¿Quién o qué rige entonces los privado y lo público?

Cómo muchas otras noticias de México llama la atención la particularidad cómo ocurren los sucesos y se aplica la justicia. De entrada hay que decir que la excepción justifica la regla. La desmesura es por contraste una monstruosidad. Quiero decir que en un cuerpo llagado y mutilado, purulento y cubierto de tumores aplicar todo el peso de la ciencia en la extirpación de un barro es un tanto no sólo desconcertante, sino inverosímil.

Yo celebro la acción justiciera y deploro a la vez que me parezca ridícula la medida en ese caso, cuando somos testigos y a menudo víctimas, si no cómplices de la gran tragedia que representa nuestra patria. Me desconcierta además la polarización de un asunto que se vuelve viral, banalizando el hecho, y atestiguar la intolerancia de unos y de otros en las redes sociales, pero sobre todo no ver que la extraordinaria acción de la justicia en un hecho de apariencia trivial deja al descubierto esa gran masa descompuesta que se llama gobierno mexicano, sociedad mexicana, estado mexicano. Que esa eficacia de la justicia nos hace temblar porque también podemos ser víctimas de su filosa cuchilla ante una falta administrativa, ante la aplicación selectiva de su poder, pero sobre todo ante el amparo de ese 90 por ciento de intenciones que se llama impunidad. Por eso me digo, no puedo estar en desacuerdo con la acción punitiva, pero me causa profunda desconfianza.

Como en los siglos XVIII y XIX, la muchedumbre de las redes se agolpa para celebrar el castigo sobre los infractores y subversivos. Unos y otros se lanzan piedras y se dan con palos por defender sus verdades sin argumentos, sólo vierten insultos y denigran personas, pero muy pocos, muy pocos se preguntan sobre las causas por las que están las cárceles llenas, de que haya tanta violencia, de que se arrasen ciudades y poblaciones enteras, de que haya fosas clandestinas y desaparecidos por doquier. Lo importante, dice la mayoría vociferante, es que se castigue con rigor, que se den ejemplos de tolerancia cero. La segunda pregunta es ¿ignoramos contra quiénes se ejerce la tolerancia cero? ¿quiénes están exentos de penas no obstante sus crímenes y fechorías? Pero ¿qué hacemos para salirnos de las redes narcisistas en las que estamos atrapados para actuar y exigir los cambios? ¿En verdad estamos libres de culpas de esas faltas menores en las que incurre el populacho?

El común denominador son nuestros males más acentuados y generalizados: machismo, clasismo, racismo, hipocresía y corrupción. Porque las grandes masas de esta sociedad tan poco cívica suelen resolver las infracciones con sobornos, léase mordidas, y suelen también hacer expeditos los trámites con sobornos, y suelen conseguir posiciones y privilegios con sobornos y con trampas. No obstante, nos desgarramos las vestiduras con gestos harto histriónicos.

El problema real está en la educación. No sólo en la teoría, sino en el ejemplo. Las autoridades de este país, elegidas popularmente, son en su gran mayoría, machistas, e incluyo a las mujeres. La educación no es una prioridad, ni una estrategia de crecimiento democrático y cultural. La educación se basa en el castigo y no en la enseñanza. El mejor ejemplo es el de los maestros, se les reprime y se les amenaza, se les menosprecia y se les evalúa, sin haberlos formado y capacitado para tales exámenes. La consecuencia es dejarlos sin empleo o reprimir sus protestas, y en el “mejor” de los casos, cooptar sus dirigencias.

La educación no pasa por un ejercicio de coherencia entre el aprendizaje y la práctica ciudadana. No se forma al chico para respetar y triunfar en sus objetivos sociales, comunitarios, se le enseña a competir y a ganar cueste lo que cueste. Pero el problema más profundo está en la educación en la que se enseña a que ser hombre es ser proveedor, a no llorar, a no ser débil, a ser muy macho. La realidad es que todos esos hombres-machos son también sometidos, violados, humillados, frustrados y convertidos en la negación de un ciudadano. El resentimiento social es brutal y es también un caldo de cultivo para el crimen y la violencia.

El problema no es hombres contra mujeres, o mujeres contra hombres, como suelen entretener los programas de televisión, sino personas poderosas contra personas que casi no son personas. Y además, cierto, están los medios masivos con sus mensajes misóginos y enajenantes. ¿Pero quién castiga a las televisoras?

Quizás cuando avancemos más en la educación no haya hombres que sientan el impulso de gritar piropos a las personas, porque… tal vez, tal vez, encuentren que la base del respeto es el principio de la libertad. Pero mientras tanto, México es un país de fosas y de ejecuciones, un país donde gobierna la impunidad, y ésta no tiene género.

 

 

 

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Un comentario en “Presentación La Otra 120”

  1. UN ARTÌCULO CERTERO CON EL QUE ESTOY EN TOTAL ACUERDO.
    LA SELECTIVIDAD DEL CASTIGO NOS LLEVA, NO A SOSPECHAR SINO A CONSTATAR LA APREHENSION DE CHIVOS EXPIATORIOS EN EL DÌA A DÌA DE LA “APLICACIÒN DE LA JUSTICIA”

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