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Juan Manuel Roca. Rimbaud, El espíritu de rebeldía

Durante la más reciente edición del Festival Internacional de Poesía de Medellín se hizo un homenaje al poeta de “Una temporada en el infierno”, Arthur Rimbaud, en la forma de un libro. Juan Manuel Roca nos habla del espíritu que permea esta obra que reúne textos del poeta, cartas, y poemas de numerosos admiradores de su obra y de su vida.

 

 

 

ESTACIÓN RIMBAUD
(Al espíritu de rebelión)

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I.
UN MANOJO DE VOCES

De Rimbaud se ha dicho todo, o casi todo, inclusive lo que no agrega nada a su obra, a su vida y a su incalculable legado, pero todos los días tenemos noticias suyas, reales o fabuladas. Cada vez que hay una certeza sobre Rimbaud, gracias a sus múltiples rostros, se evade. Se evade de la civilización, sea esto lo que fuere, de su familia, de su palabra, de la cultura togada, pero no ha podido evadirse de la gloria, así la supiera sol de muerto, luna de estercolario.

Su obra se evade de las interpretaciones privativamente religiosas, ocultistas, políticas, nacionales (“tengo horror a la patria”), simbolistas, historicistas, apocalípticas; pero todas lo que hacen es señalar que el poeta de Charleville era una paradoja en movimiento.

La tarea de reunir esquirlas de lo que sembró en otros este irremediable contemporáneo del futuro podría llevarse décadas y aun así no bastarían miles de legajos, anaqueles y
bibliotecas del mundo, para abarcar su prontuario.

Estación Rimbaud es un pequeño aporte a esas pesquisas, a las diversas interpretaciones, para armar su gran rompecabezas. Está dirigido, aunque no sea el único propósito, a nuevos lectores. Es como una llave para abrir puertas que una vez cruzadas difícilmente volverán a cerrarse.

A contravía de la costumbre de los viajeros que compran guías de la ciudades a las que habrán de viajar, este libro es como un mapa sin país, como un lugar sin una geografía específica no obstante su vocación de Ahasverus, de trotacaminos, una geografía, sí, que tiene muchos senderos y más huellas, incluida la sombra mutilada del poeta, viuda de sí misma. Es extraño, y no mero fetichismo, que esa pierna amputada de Rimbaud siga caminando en un centenar de poemas escritos en todos los confines del mundo. Y que nos remita con dolor a esta imagen de “Frases”: “He tendido cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana, y danzo”.

Paul Claudel, poeta católico, diría de Rimbaud que era “un místico en estado salvaje”. “Espero a Dios con verdadera gula” (“Mala sangre”). Pero, en verdad, el poeta parece haber ejercido una especie de teogamia, de apareamiento con un dios pero también con un demonio. Pero es Char, René Char, quien como siempre hace diana y sintetiza sin duda lo que para muchos representa: “es el primer poeta de una civilización todavía por nacer”.
Jacques Riviere lo ve como a un nómada de sí mismo especialista en fugas: “el solo hecho de estar situado en alguna parte, la simple estadía, son en sí mismos, lo bastante espantosos para obligarle a huir”.

Henry Miller en un libro (El tiempo de los asesinos), pregunta que “Si pensamos que sólo fue un niño aquel que dio un tirón de orejas al mundo, ¿qué nos queda por decir? ¿No hay acaso algo tan milagroso en la aparición de Rimbaud sobre la tierra como en el despertar de Gotama o en la aceptación de la cruz por Jesucristo?… De cualquier manera que se interprete su obra o se explique su vida, está más vivo que nunca. Y el futuro le pertenece… aunque no haya futuro”.

Menos alentadoras son las palabras de Desjouets, su viejo maestro escolar: “Nada banal germina dentro de esa cabeza. Será un genio del mal o un genio del bien”.

A esto agregaría Ezra Pound: “desde Rimbaud, ningún poeta en Francia ha inventado nada fundamental. Hubo modificaciones interesantes, casi invenciones, meras aplicaciones”.

Rimbaud era un peligro, alguien que pastoreaba los abismos y que quería “cambiar la vida”. Estamos hablando de un gran poeta cuya obra fue escrita entre los catorce y los veintiún años, que vivió con vértigo y con una intensidad que parece de milenios.

Una pieza que nos queda faltando para armar su rompecabezas: nos quedamos sin saber qué le diría su noble y viejo amigo German Nouveau en la carta que nunca llegó a manos de Rimbaud en Adén, pues ya hacía un par de años que había muerto.

¿Quién es German Nouveau? Es un viejo camarada que destruyó sus escritos tras largas peregrinaciones y despojos de asceta, alguien que como dijo André Breton en su Antología del humor negro, “decide por humildad destruir su obra y pasar los últimos años de su vida frecuentando las iglesias de Provenza con el espectro del beato Labre, el santo con corona de piojos que ha elegido como modelo”. ¡Un santo con una corona de piojos, nada lejano al espíritu de Rimbaud!

Grahamm Robb, otro de sus muchos biógrafos, nos recordará el aserto de Albert Camus sobre el artista rebelde en un texto donde afirmaba que Rimbaud es por excelencia “el poeta revolté y el más grande de todos”. Mucho tiempo después, Octavio Paz señalaría un franco y auténtico escollo dejado por Rimbaud a los poetas venideros. Luego de leerlo, decía el poeta mexicano, da vergüenza seguir escribiendo. De todo esto da cuenta Estación Rimbaud (“Al espíritu de rebelión”). Y de textos, de cartas suyas y una muestra de poemas escritos en su memoria.

 

II.
LA LEYENDA

Es juego de niños intentar armar el rompecabezas Rimbaud desde la historia o la leyenda. Que sea cierto o no que a la sola mención de que querían erigirle una estatua, pidiera fundirla para hacer pertrechos y dispararles a los franceses, solo afirma su carácter libertario con sabor a Comuna, su rechazo a las naciones: “los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar”. (“Mala sangre”).

Que desde niño quisiera convocar el imposible y amansarlo o apaciguarlo como a una bestia, podría señalarse con un pasaje de su vida aldeana: aprendió historia en una alacena y leyó con avidez al inolvidable Michelet. Un ejemplo de su lección de imposibles: al momento de aprender a tocar piano de manera precoz, como todo lo suyo, ante la negativa materna de alquilarle uno en la precaria Charleville de entonces, optará por taracear un teclado en la mesa familiar, en el que tomara lecciones de sí mismo. Luego aprendería de verdad a tocar un piano menos invisible y más tarde olvidaría su estación musical. ¿No parece hablar esto de su furor inicial por la poesía y de su súbita y pronta mudez?

Resulta más que paradójico, enigmático, pensar que de ningún silencio en la historia de las letras se ha hablado tanto. Resulta estruendoso que ese callar, que esa súbita entrada en la mudez, haya producido tantas palabras, tantos alegatos e interpretaciones. “Ya no se hablar” (“Mañana”).

A la edad de los juegos animistas de los niños hablaba latín mejor quizá que el que se recita en las pompas sacerdotales, que la lengua muerta de los pavorreales de sacristía (perpetuum mobile). Esto parece hablar de una suerte de Paracleto, de una pequeña llama que lo visitó para darle el don de las lenguas, incluida por supuesto la lengua suelta del asco.

Bien se sabe que fue quien sentó en las rodillas a la belleza y saboreó su amargura, su calcárea y engañosa presencia, el que nos habría de dotar de un equipaje de dudas ante la fatiga de la esfinge. Bien se sabe que la relación de la poesía con la vida es disfuncional.

A los veinte años los muchos que fue dejaron de serlo. Le entregó el relevo a un dios mudo y menesteroso, a un ángel de la guarda leproso, si pensamos que la avaricia es la lepra del alma. Guardaba entonces con la ambición del que cuenta rupias frente a un espejo para sentirse más rico, monedas sonoras en su alforja. Ya era un rey Midas al revés que convertía el espejismo del verbo, el desorden de los sentidos y las aspiraciones de vidente en monedas de lodo. Pero su cuenta con la poesía ya estaba saldada.

Hastiado de la carpa de los poetas parisinos, de “semejantes pajarracos”, acude al llamado de las llanuras africanas en su obsesivo deseo de acariciar la lejanía. Algunos de esos “pajarracos” hubieran querido instalar en la modorra de buena parte de su poesía un aviso que dijera: PELIGRO, VIDENTE EN LA VÍA o a lo mejor otro cartel perentorio:  ATENCIÓN, ¡TERRENO INESTABLE Y PELIGROSO!, ante la aparición del impaciente de Charleville. Y es que, como expresara Antonio Gramsci, “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

¿A qué no se adelantó Rimbaud? No solo se adelantó a la visión del tiempo de los asesinos, pues se nos dirá que esos han sido todos los tiempos, sino también a la insurrección de la mujer (“ella vivirá por ella y para ella”) y a “un siglo de manos”, no solo avanzó en “pensar con las emociones y sentir con el pensamiento” (Pessoa) y a desconfiar de los purismos y ensuciar la poesía de realidad.

Por la poesía dio su vida, quizá ella fuera su droga más a la mano. Quizá bajo sus efectos haya visto una mezquita donde otros solo veían una fábrica, o bebido “un enorme trago de veneno” (“Noche de infierno”). ¿Qué veneno ingirió? No fue la cicuta, tan socrática, ni la cantarella que los Borgias suministraban a placer en un período que sin embargo llamaban “Renacimiento”, una ingesta que mezclaba vísceras de cerdo y arsénico y que sacó a muchos mortales del mapa de Europa. El de Rimbaud fue el lento veneno de un futuro entrevisto. “Regresaré con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: será ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados reflujo de las tierras cálidas. Intervendré en política. Salvado” (“Mala sangre”).

Nada más premonitorio que aquel pasaje de Temporada en el infierno, un libro que en un comienzo se iba a titular Libro pagano. Era como si  regresara del futuro con un “miembro de hierro”, una muleta de rengo, con el cambio de piel del aire africano y el cuidado de su hemana Isabel y de su madre, puestas en el papel de enfermeras del “feroz lisiado”. Era como si se hubiera asomado al futuro como a un mapa. Según Cintio Vitier Temporada en el infierno es un exorcismo, una purificación con visos de alucinación, pero habría que reiterar que es también un caso extrañísimo de videncia, de anticipación.

Su intervención política ya estaba dada en muchos poemas. Rimbaud sabía que ni siquiera la luna es apolítica, que no es la misma la que brilla sobre el patíbulo que sobre un lago de cisnes o en la campiña francesa, que no es la misma la luna de Louise Michel que la del gimoteo de Musset. De ahí su revuelta antisimbolista.

También se dio a la tarea de fundar como Baudelaire una lengua que entremezclara el lenguaje hablado con las más fulgurantes imágenes. Ni qué decir de su buen ojo para captar el aire popular que se filtra de forma adelantada en los terrenos del kitsch: “Gustaba de las pinturas idiotas, ornamentos de puertas, decorados, saltimbanquis, enseñas, iluminadas estampas populares; la literatura pasada de moda, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, pequeños libros de infancia, viejas óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos”, para luego inventar “el color de las vocales”. (“Alquimia del verbo”).

Lejos está aún su viaje a Arabia, tan bien descrito por Alain Borer (“Rimbaud de Arabia”), las noches sofocantes de Harar, el robo del que es víctima en el comercio de armas por parte del rey Menelik, gran señor de Choa. Un paria asaltado por un monarca no es una fábula. Siguiendo la tradición de tantos reyes adictos al latrocinio, Menelik se hace al botín del poeta mercader. Más lejos aún, está la muerte con un ramo de flores de gasa en sus espigadas manos, esperándolo. Mira sin impaciencia su necrómetro. Viste de enfermera de la caridad, se ajusta su mandil en el corredor de un hospital para pobres en Marsella.

“La injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección”, diría Bertolt Brecht, y esto es algo que desde siempre supo Rimbaud, de ahí su insolente dedo señalador untado en la larga noche del hombre. Quizá humedecido en la misma tinta de calamar con la que escribiera Lautreamont. Lo demás es silencio. “El reto de la modernidad -anota Gramsci (“hay que ser absolutamente modernos” diría Rimbaud)- es vivir sin ilusiones y sin desiluciones”. Es de esta materia el colofón de un rebelde, un hereje de todo, hasta de sí mismo. “Le pueden robar su oro, pero nadie le puede quitar un gramo de grandeza”, me dice mi compañero en esta aventura editorial de homenaje a Rimbaud.

Como el perro temerario que ladra a las olas al llegar a la playa y deja de hacerlo cuando el mar se retira, cruzó el mundo con una tea encendida en mitad de la borrasca.

Juan Manuel Roca
Bogotá, abril 2 de 2016

 

 

POSIBLE ENCUENTRO DE LOUISE MICHEL
Y JEAN ARTHUR RIMBAUD EN LA COMUNA

Juan Manuel Roca

Es posible que el encuentro entre Louise Michel y Jean Arthur Rimbaud se haya dado en un umbral de la Comuna. Si la historia no lo permitió, merece ser escrita de nuevo. Digamos que ocurrió de la siguiente manera: Louise Michel, la impaciente anarquista, tropezó con un hombre que huía del futuro, de una comarca salvaje que acostumbraba a visitar tras vadear las fronteras movedizas de su infancia.

Ella venía del exilio
Desplegando una bandera
En un palo de escoba,
Una bandera negra
En recuerdo de sus muertos.

Dicen que la escoba la heredó de una vieja hechicera y que la usó en los estrados para barrer vestigios de la oscura noche medieval.

El poeta conservaba su sombra intacta, aún tenía sus dos piernas tragaleguas y un paladar que seguía econtrando amarga la belleza. Venía cargado de frutos robados al viejo guardián del Paraíso. Los dos intercambiaron recetas contra el hambre y los exilios, la impaciencia y el presidio. Sus palabras obedecían a sus gestos, arropados bajo el sol rojo y negro de las barricadas.

Ella venía del exilio
Desplegando una bandera
En un palo de escoba,
Una bandera negra
En recuerdo de sus muertos.

Louise Michel defendió a las prostitutas en la cárcel, mujeres de lengua suelta y corpiños apretados que para Rimbaud eran la higiene de la raza. Un posadero llamado Fourier les sirvió una sopa espesa, humeante como las calles de París.

“Buen apetito”, susurró el posadero”, “el futuro está servido”, aunque el porvenir, que desde siempre ha resultado un dudoso cocinero, terminará cambiando los nabos y las coles por un caldo de herrajes oxidados.

 

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