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Ricardo Yáñez. Entrevista de Grissel Gómez

ricardo-yanezA propósito de la aparición de su libro “Desandar” Yáñez (Guadalajara, México, 1948) conversa y responde: “un poeta iraní que vive en México preguntó para qué sirve la poesía. Una pregunta muy incómoda, pero él la contestó muy bien; dijo: “la poesía sirve para curar el lenguaje”

 

 

 

Escribir poesía: “experienciar la experiencia”, entrevista a Ricardo Yáñez

Grissel Gómez Estrada

A propósito de la aparición de su reciente libro, Desandar, es que surgió la inquietud de platicar con el poeta  Ricardo Yáñez. Pero a propósito de su cálida charla, de su poesía, y su sensibilidad invariablemente a flor de piel, siempre es buen momento para conversar con uno de los mejores poetas vivos del país. Nacido en 1948, Ricardo Yáñez, cura frustrado y músico popular de corazón, ha escrito los poemarios Ni lo que digo, Dejar de ser, Antes del habla, Si la llama, y Vado, entre otros. Miembro del sistema Nacional de Creadores y tallerista de varias generaciones de poetas, ha recibido los premios Punto de Partida (1971),  el Premio único de Narrativa (1972) y el Juan de Mairena (2015).

 

Conociendo su trayectoria y su interés en los problemas sociales, en este México tan complicado y tan violento, donde no vemos la salida, comienzo por preguntar, ¿cuál es el papel del poeta, de la poesía, dentro de esta problemática? ¿Qué puede aportar?
Lo único que puede hacer es comunicarse bien con los demás, porque un problema político siempre es un problema de comunicación y que el poeta tiene el deber de comunicar lo que escribe, no de aislarlo. A veces sí me da la impresión de que algunos se aíslan y están esperando que vaya la gente ahí, voy a decir, a su manantial a beber. Pero yo digo no, pues soy una especie de –lo acabo de inventar, ¿eh? – pipa de agua, entonces yo voy para donde hace falta, comunicando, es decir, tratando de saciar la sed de los que tienen sed, no de los que tienen sed de literatura, sino de comunicación.

En ese sentido, ¿a dónde hay que ir? ¿Qué sería lo urgente y en dónde hay que comunicar? ¿Dónde debe estar el poeta?
No sé responder exactamente esa pregunta, pero un poeta iraní que ahora vive en México preguntó para qué sirve la poesía. Es una pregunta muy incómoda siempre para todos, pero él la contestó muy bien; dijo: “la poesía sirve para curar el lenguaje”. Entonces, yo digo: hay que ir a donde hay enfermedades del lenguaje. Pero las hay en todos lados porque estamos invadidos por falsos lenguajes: por la tele, por los políticos, por los medios de comunicación en general, etcétera. Hay que amar al prójimo. Pero no empieces por Pinochet, es muy difícil, es decir: no puedes ir con los que provocan problemas con el lenguaje, sino con los que tienen problemas con el lenguaje. En mis talleres eso es lo que yo hago, porque no hay nadie que no tenga problemas con el lenguaje. Y si no te comunicas bien contigo mismo, cómo vas a poder comunicarte bien con los demás. Por lo menos haz un esfuerzo de comunicarte contigo mismo. Eso pasa en la poesía: salvar ese obstáculo entre uno y uno mismo; salvado ese obstáculo, uno puede comunicarse con el otro.

La poesía como comunicación con uno mismo…
Y con los demás, pero primero con uno mismo.

Respecto a un tema muy específico en la problemática nacional, los desaparecidos de Ayotzinapa, además, abordo el tema porque sé que usted ha participado en el movimiento para exigir la aparición de los estudiantes, ¿qué es lo que hay que arreglar y comunicar ahí, desde la poesía?
Por lo menos, lo único que puedo hacer es solidarizarme. No soy un activista social, nunca lo he sido, jamás he militado nada, pero, como decía García Lorca, estoy del lado de los pobres; él decía: “yo pertenezco al partido de los pobres”. Yo digo: soy de izquierda, de corazón, aunque no sólo es de corazón, es de formación. Vengo de clases muy bajas. Luego avanzamos, ¿verdad? Estudié Letras. Mi papá era albañil y mi mamá era sirvienta cuando se casaron. Por lo tanto, yo no puedo estar de lado de la clase media alta por principio, no porque la odie, sino porque si me preguntaran entre esta clase y ésta, ¿cuál prefieres? En realidad, quisiera que todos viviéramos dignamente.

Claro. Si no, parecería resentimiento social. La cuestión es que todos pudieran tener una buena vida.
Yo me dediqué un poquito a trabajar con el barrio en el que vivía. Compusimos canciones, hicimos teatro. A los 16 años me tocó dar el grito de independencia en mi barrio, porque estábamos locos. No dependía de la delegación, ni de la presidencia municipal. Era un barrio, cuatro esquinas ahí. Y me dijeron: “Tú que eres el más estudiado, vas a dar el grito”.

De ahí la vigencia, la importancia de la poesía. Lo menciono porque ha habido declaraciones de escritores que dicen que la poesía, como género, tiende a desaparecer; que ya nadie la lee; que nadie la entiende.
No… Hay poesía popular, en forma de canciones, dificilísima, una de ellas es Me caí de la nube que andaba. Es muy popular pero tiene una construcción surrealista, extraña. La gente la consume. Hay otras, de Juan Gabriel, que no son tan confusas en su mensaje, pero sí en su redacción, la cual no se entiende y, sin embargo, la gente las consume. Ahí importa mucho que hay música; en ella se salvan muchas barreras.

Claro, hay muchas licencias.
Sí, porque la música hace que no te des cuenta que está mal la letra. Incluso, Bésame mucho –claro, la señora la escribió a los 16 años y, según sus declaraciones, ni siquiera había sido besada, y a lo mejor por eso la escribió– dice mal:

Bésame,
bésame mucho,
como si fuera esta noche
la última vez.

Bésame,
bésame mucho,
que tengo miedo perderte…

Debería decir “que tengo miedo de perderte”, sería lo correcto. Algunos le corrigen y ponen “que tengo miedo a perderte”, pero no, tendría que ser “de perderte” Pero es una de las canciones más grabadas en el mundo, en español y en otros idiomas, y quizá la más grabada canción mexicana. Pasó por la música, no por la redacción. Si va a un taller de poesía no se la dejan pasar.

También la poesía es, justamente, la ruptura de reglas.
Pero es el encuentro de nuevas reglas, no sólo la ruptura. O sea que si tú me invitas un cafecito en tu casa, y yo te rompo el jarrito, así nomás, porque soy poeta, no, no: ahora me traes uno mejor. De eso se trata: rompo este jarro pero traigo uno mejor, que funcione más.

Hablando de esta ruptura, ¿cómo es su propia poesía?
Yo escribo para la gente que no lee, en términos generales. Mi madre apenas sabía leer; mi padre llegó hasta cuarto año. En un barrio que entonces era de cuatro manzanas muy grandes, sólo mi hermano y yo y las hijas, del profesor de inglés, nuestro profesor, sólo nosotros estudiamos la secundaria. Una vez escribí un poema muy sencillo, buscando, precisamente, a mi gente. Se lo mostré a un amigo a quien le dicen el Muerto. Él es un poquito mayor que yo, y vive todavía en Guadalajara. Se lo mostré y me dice: “¿Y esto qué? Esto yo lo puedo escribir”. Me desilusionó mucho, incluso dejé de escribir un tiempo. Como diez años después se lo platiqué a Ricardo Castillo, quien me dijo: “Yo creo que lograste lo que querías”. ¡Qué manera tan diferente de leer!

Justamente en ese sentido va uno de mis comentarios: la sencillez de su poesía, aparente sencillez.
Pero además, sí tengo poemas difíciles. Los he hecho adrede para que vean que también sé hacer eso, ¿no?, pero no es lo que más me interesa.

Su poesía es pensada para un lector ideal, con quien nos preocupa mantener la comunicación. Y, a propósito de eso, si me permite leer algunos versos, porque esta imagen no es tan sencilla: “La tarde no era más que un borrego azul apenas degollado por una última vez pudo entreabrir los parpados e iluminarnos y luego se cerró sobre sí mismo”. Es maravilloso.
A mí siempre me ha parecido un poquito cursi, pero ahora que lo leyó me gustó. Se refiere a una tarde simplemente. Estaba en la facultad, el sol se ocultaba, se pone rojizo el cielo y todavía ves un poquito de luz y eso es todo lo que quise decir. Lo único que hice fue traducir lo que estaba viendo, es decir, no hay mucha lejanía entre mi afán metafórico y la realidad. Eso fue lo que me gustó.

Entonces, ¿el poeta es un traductor de la realidad?
Sí, el poeta debe traducir a un lenguaje que le dé sentido a la realidad. Aunque todos hemos visto el mar, escribir “La mer, la mer, toujours recommencée”, eso no lo puede decir cualquiera. Te trae la sensación del mar, precisamente. Se trata de mostrar cómo en el lenguaje también puede decirse el mar.

¿La idea de la poesía como método de conocimiento?
Lo diría yo de esta manera: de experienciar la experiencia, de hacerla efectiva. No es lo mismo años vividos que experiencia, ¿verdad? No es lo mismo ya desayuné que ya comprendí un desayuno. Aprender, pero sólo se aprende, bueno por lo menos para el poeta, sólo se aprende un lenguaje, ¿no?

Actualmente ha sido un momento de cosechar para usted, de homenajes, de publicaciones como Desandar. ¿Qué pasa en este periodo con usted?
En cuanto a los homenajes, a mí no me gustan, pero a mi familia, sí. En cuanto al libro, me dio mucho miedo, bueno primero te dicen que te lo van a publicar y uno feliz. Enseguidita te da miedo porque no soy bueno para revisar. Soy excelente, perdón que lo diga, para revisar poemas como tallerista, pero con los demás. Para ver lo mío propio me cuesta mucho trabajo. Entonces cuando tengo que revisar todo, porque no lo voy a publicar como ya lo publiqué… yo solo no puedo. Por eso nos costó mucho trabajo; retrasamos mucho la edición y aun así salió con erratas, de la editorial, e ignoro si nuestras, porque lo revisamos con mucho cuidado. Justamente Paul Valéry decía: “los poemas no se terminan, nada más se abandonan”.

Fue revisar su trayectoria de cuarenta años.
Siete libros, porque era los que estaban en revista por ahí, en periódicos y algunos tal vez no sean malos…

¿Por qué decir que son malos?
Porque la verdad yo no me considero muy buen poeta, sino medio para arriba, comparado con Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz o Fernando Pessoa. No soy tan mal ejemplo de que alguien puede escribir poesía sin ser tan gran poeta, tan, ¿eh?, sin ser gran poeta. Tengo conciencia de que yo vengo de un lado y otros poetas vienen de otro. Yo no sé inglés, ni alemán, ni francés. Un niño que estudió en el Colegio Alemán desde el principio, pues sabe alemán, y se va luego de agregado cultural a Alemania. Muy sencillo.

A pesar de todo eso, usted tiene no sólo homenajes sino becas, en fin, todo lo que se traduce como reconocimiento a su trabajo.
Ajá, pero es muy difícil ser Pessoa, Paz, Sor Juana o Gorostiza. No es tan fácil llegar a eso, ni salirse de los estándares.

Y en México, en este tiempo en que la mayoría de los grandes escritores se han ido, ¿cómo ve el panorama?
Esa era la pregunta que temía y yo mismo le di pie. Para mí no hay alguien como Octavio Paz, vaya, ni siquiera alguien como José Emilio Pacheco, ni siquiera como Sabines con La muerte del Mayor Sabines. No podemos quitar ese poema de la historia de la literatura mexicana, pero lo demás es menor. No menor de lo que yo hago, pero sí, que su propio mayor poema.
Ahora bien, para escribir, si tienes la experiencia lo más probable es que tengas el lenguaje; lo contrario, no es imposible, es más difícil. Entonces, la gente que trabaja principalmente con el lenguaje y no con la experiencia, no es de mis favoritos. Eso es como los sacerdotes hablando del aborto o de la sexualidad. Ahora bien, en ocasiones, sí se puede a través del lenguaje llegar a la experiencia. Eso es lo que hizo, según mi punto de vista, Góngora.

Lo cual tampoco es fácil…
A mí se me hace muy difícil. En todo caso, también es cuestión de orígenes, de caracteres.

Una última cuestión, muy visible en algunos de sus poemas: el sentido del humor.
Lo he perdido un poco, pero lo sigo teniendo. Por ejemplo, tengo un libro de canciones que se llama Piso de tierra, porque nosotros vivimos en muchas casas de piso de tierra. En cierto modo lo hago por fregar. Estos no son grandes poemas, no son nada, son canciones, lo voy a publicar, y estoy feliz. Cuando me preguntan cuáles son los libros que más me gustan de los míos, es Ni lo que digo y Piso de tierra. No necesita uno hacer grandes poemas para que la poesía llegue a los demás. A veces, entre más grande sea tu poema, menos llega la poesía, por lo menos en cantidad.
Volviendo al sentido del humor, tampoco soy constante, pues cambio de tono con mucha facilidad. Eso desconcierta a los demás. Cambio dentro de un mismo poema, dentro de una misma conversación. Hace poco me dijo alguien, a quien estoy dando el taller: “Es que a mí me da miedo, Ricardo, porque nunca sabes cómo va a reaccionar”. De repente estoy riéndome y de repente empiezo a llorar. Me da pena decirlo, pero me ocurre.
Además, tengo poemas escritos con humor que ahora se me hacen terribles, o a otras personas. Por ejemplo, el primer poema publicado, que tanto me divirtió. El maestro que nos publicó, comentó de cada poema: “el espíritu contemporáneo”, y de mí: “y el espíritu de protesta de nuestro tiempo”. ¡Ah, caray! ¿Yo cuándo he escrito poemas de protesta? Eso es lo que él leyó. El mismo día vi a dos poetas conocidos y les mostré poema. Una, Silvia Tomasa Rivera, se rio y dijo: “Qué loco estás, Ricardo”, risa y risa. El otro dijo: “Qué grueso estás”.

Gracias, maestro por esta entrevista.