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Juan Carlos Abril. García Montero no conoce la fe

luis-garcia-monteroAquí un examen concienzudo de la trayectoria poética de Luis García Montero por uno de sus más fieles lectores y amigos. Para Abril, quien repara en la nueva sentimentalidad del poeta que se expresa en su papel de profesor, de periodista, de escritor, de militante, pero sobre todo y mejor en su papel de hombre de la calle.

 

 

 

Fugaz y melancólico. Notas sobre Luis García Montero

Juan Carlos Abril

Luis García Montero (Granada, 4 de diciembre de 1958) es uno de los poetas actuales más importantes en lengua española. La multiplicación de sus libros antológicos en España y en Hispanoamérica prueba el interés que despierta su obra. Habría que enmarcar a nuestra autor en la generación española de los ochenta, también llamada de la democracia y que vino a representar un momento de normalización poética de la mano de la normalización democrática. Normalización que acababa de sacudir los lastres neovanguardistas del influjo de lo que fue la estética novísima (finales de los sesenta y buena parte de los setenta), caracterizada por el culturalismo, el hermetismo y la poesía poco accesible para el lector. A partir de este proceso, la poesía de García Montero surge de lo que se conoció como La otra sentimentalidad, una corriente marxista que posteriormente se diluyó por propia decantación en la experiencia sociológica que supuso La poesía de la experiencia, en la que desembocaron muchos autores, incluidos aquéllos que se reciclaron en la estética novísima. La otra sentimentalidad tomaba su nombre del análisis de Antonio Machado que postulaba una poesía acorde con los tiempos, consecuencia de la constatación de los cambios que los sentimientos sufrían a lo largo de la historia. Los sentimientos —y por tanto cualquier cuadro identitario— no son eternos sino cambiantes e históricos, coyunturales.

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Luis García Montero

Siguiendo en esa línea podríamos resumir algunos de los planteamientos teóricos detectables en la poesía de Luis García Montero: frente al individualismo sacralizado, la inserción del yo en la historia. El yo que nosotros pronunciamos no ha existido siempre (sí el gramatical, claro, pero no la noción de sujeto). Como hemos dicho, se parte de la historicidad de los sentimientos y la construcción de la intimidad en cada momento histórico y determinado.

Otro de los pilares es la ficcionalidad del yo, que se remonta a la Paradoja del comediante de Diderot. La verosimilitud de la subjetividad está en relación con esto, de igual modo que la poesía no es la expresión de la verdad del sujeto que escribe, ni reproduce ninguna verdad anterior al texto mismo. La poesía se concibe como un efecto de verdad textual, un artificio de reproducir en una página literaria las emociones de la vida. La poesía —insistimos— no es la expresión de ninguna verdad sentimental anterior a las palabras. Hay un proceso de creación e intervención del autor en lo que parece que son los sentimientos más espontáneos (de hecho, ni lo que pensamos que es espontáneo lo sería, modelado anteriormente por las corrientes de pensamiento hegemónico, por la ideología).
El poeta es un fingidor hasta la médula, podríamos decir. Y esto lo sabe muy bien Luis García Montero, quien controla a la perfección el artificio poemático, los requisitos que hacen que un poema exista, el tránsito de la emoción textual a la del lector, en lo que viene llamándose inteligencia emocional, si lo aplicáramos a la construcción o composición del texto. Ese cálculo es sin duda una de sus virtudes.

La posmodernidad en la poesía española de los últimos veinticinco años se podría resumir como un rico diálogo entre la biodiversidad de las tradiciones, entre ellas las vanguardias históricas, decantándose fruto de ese diálogo la poesía realista, o figurativa. Es decir, se destaca primordialmente la tradición clásica pero no se renuncia a la vanguardia. Por ello se ha tachado siempre a la posmodernidad de estéticamente conservadora, porque no ha apostado por la ruptura radical propia de las vanguardias. Y no hace falta. Los ismos se convirtieron en un referente histórico en el horizonte posmoderno, enmarcándose en cierta manera, digamos, como tradición de ruptura, según dijera Octavio Paz. Hay que comprender, por tanto, a la vanguardia como otra tradición más. O diciéndolo de otro modo: en la posmodernidad se rompen los paradigmas de la modernidad, se ponen en cuestionamiento, y lo que de verdad interesa al artista —me refiero a Luis García Montero— no es la innovación de códigos poéticos o la búsqueda de nuevas u otras vías expresivas, sino el cuestionamiento de lo ya existente, una especie de buceo en la tradición de donde se extraerán, como si fuese un barco hundido, los tesoros lingüísticos, conceptuales, estilísticos, rítmicos, etc. que servirán —renovados, actualizados— a la hora de componer: el poeta no hace sino que rehace. La intertextualidad se plantea siempre como primera lectura, porque al rehacer un verso o una idea que se reconoce a primera vista pero que por su uso la hallaba desgastada, Luis García Montero tiene la capacidad de ponerla en otra dirección, cortar el lastre semántico — e incluso social— que arrastra el término, otorgarle dignidad. Ya sabemos que las palabras a veces también se gastan, de tanto repetirlas, pero al final volvemos a ellas con giros que las enriquecen. Aquellos clásicos que teníamos que leer y que cualquier profesor nos trasmitiría como autores vacíos, con versos caricaturizados, al releerlos y reconocerlos en la poesía de Luis García Montero, toman vigor.

Habría que reconocer en primera instancia que en esta poesía se intenta abolir la diferencia entre arte de elites y arte de masas, y que si persiste es porque no suele funcionar como expresión histórica de su tiempo, pues parece que esta noción está sacada de contexto. De hecho, lo que la posmodernidad pone en funcionamiento es la indiferenciación entre el arte de elites y el de masas, y en este sentido también la poesía de García Montero se alía con la posmodernidad, llevando la poesía a amplias zonas del público lector, creando una vía intermedia atractiva sin renunciar a la lírica ni a la sentimentalidad, pero sin crear un espacio textual inaccesible y hermético.

Con la posmodernidad, ya se sabe, todo ese “paquete” teórico de ideas, nociones, conceptos y mecanismos interpretativos que despliega, se pretende explicar sencillamente el funcionamiento del arte en la época de la sociedad de masas, con la subsiguiente “democratización” que también ha operado en su seno a través de internet, en la que cada vez más y más personas felizmente tienen acceso a la cultura, a los libros o al conocimiento. Otra cosa es el uso que le den. Pero digamos que ha operado en la sociedad una cierta democratización del arte, y que se han dejado a un lado —por inoperantes— los antiguos mecanismos que sacralizaban al poeta. Es decir: cualquier poeta que se dedique al juego de hacer versos no tiene por qué ponérsele los ojos en blanco, ni echar espumas por la boca, ni coronarse públicamente, ni arrogarse la capacidad por conducir a las masas, señalando con el índice y el brazo extendido, etc. El poeta ha dejado de ser vate y pertenece al complejo engranaje de la sociedad, se articula en ella, y su lenguaje lo explica: es un lenguaje autorreferencial —de ahí las notas metapoéticas que toda noción de vanguardia conserva— que merodea por los diferentes sistemas culturales, sociales, ideológicos que nos conforman, y que podríamos explicar ahora con la teoría de los polisistemas. Sin embargo, hoy día ninguno de estos lenguajes se sitúa en el centro ni pertenece al espacio de lo sagrado, pues allí residía cualquier discurso considerado accesorio o periférico frente a la centralidad de la poesía, del poeta o vate. Si la poesía moderna tuvo que sacudirse la aureola de lo sagrado, con el peligro de coquetear con los lenguajes legitimadores de la verdad y del mesianismo colectivo, la poesía posmoderna no tiene porqué andarse con tanto cuidado, y nos referimos una vez más al ejemplo de los versos de Luis García Montero. “No conozco la fe”, dirá en el poema “Después de cinco años” que es, de entre tantos poemas suyos, uno de los que preferimos y una viva muestra de contención emocional.

En este recorrido o presentación somera que estamos realizando podríamos caracterizar la obra de Luis García Montero, en general, marcada antropológicamente por el optimismo, y citamos sus etapas estilísticas sin orden de preferencia: 1) un nivel más anecdótico, de la poesía satírica o de homenaje, que cultiva con astucia y picardía, con fina sotileza, aunque este sería un Luis García Montero poco conocido excepto para los que han buceado mucho en sus libros. 2) El más estudiado y reconocido, el de la poesía realista, o figurativa, también llamada línea clara, conocida como “poesía de la experiencia”. 3) El Luis García Montero de las canciones, donde ha estilizado y depurado más su lenguaje, desgranando las anécdotas, las tramas argumentales y las impresiones, convirtiéndolas en pinceladas sugestivas capaces de transmitir mucho más que un discurso ordenado: unas canciones escritas en un lenguaje basado en imágenes, buscando imágenes y metáforas, que son como bien se sabe recursos propios de la vanguardia, aquí nivelados con el contrapeso por un lado de las imágenes, escogidas del mobiliario urbano y, por otro, por lo se metaforiza, las experiencias cotidianas. Sus canciones son inquietud sin objeto. Y para finalizar, 4), habría que señalar una nueva etapa emprendida en Un invierno propio con poemas más narrativos. Dentro de la poesía meditativa que le caracteriza, en esta última etapa hay una intensificación de los procedimientos narrativos y que sin duda abre una nueva vertiente hasta ahora no explorada en su obra.

Si la poesía de la generación de los ochenta se puede, a efectos cronológicos, alinear en esa posmodernidad antes citada, pero siempre desde los parámetros de lo progresivo (y queremos eludir aquí el término “progresismo”, que está lleno de connotaciones lineales, en cierta confianza ciega en lo que tiene que avanzar hacia adelante y nunca retroceder, para quedarnos más bien con lo progresivo, que engloba lo que va hacia adelante pero también puede volver hacia atrás), pues como hemos tratado de explicar se decantaba por el lenguaje de la tradición, en el debate entre tradición y vanguardia; esa línea menos clara de la poesía de nuestro autor, la de las canciones, sin duda se decanta por la vanguardia en ese continuo debate (un poco simplicista, pero resumidor) donde aparecen lenguajes más incisivos y calculados, herederos del psicoanálisis y de las introspecciones laberínticas del individuo. Sus canciones son lecturas de la realidad en el sentido de lecciones, porque la realidad nos ofrece lecciones de cosas: realidad tachada, realidad amarga, realidad sin nadie, realidad fría… los personajes que pululan por esas canciones están captados con una fuerza inusitada, parece que estamos viendo a una vieja abandonada en un piso, muriendo de soledad, hallada varios meses después de su muerto… Y cuando el biografismo aparece, nuestro personaje se tizna de melancolía y lucha contra la soledad, lunático, noctámbulo en la noche o espectral al mediodía. Los matices de estas canciones se encuentran en la mezcla de ese optimismo aludido con las marcas propias de la melancolía.

Respecto a estas dos líneas dentro de su propia poesía, no es una cuestión de que en las canciones se ponga más carne en el asador que en la poesía más narrativa, sino que son modos diversos de ponerla en el asador, es decir, hay distintas formas de articular la narración. Y esa es la particularidad. Acabamos de decir que en el último libro del poeta, Un invierno propio, se ha inaugurado una etapa estilística que llama la atención precisamente por su narratividad. Y es que sin duda no existen temas nuevos sino otros diversos modos de contarlos.

Juan Carlos Abril
Juan Carlos Abril

En fin, habría que decir como conclusión que un poeta no se viste de poeta, ni nuestro autor lo necesita, aunque a veces se parezca a un profesor, otras a un crítico, otra a un periodista… todas estas son facetas suyas, igual que la de brillante comunicador, aunque lo que de verdad intenta parecerse es a una persona de la calle —sujeto cotidiano— que intenta comprenderse en sus contradicciones. Luis García Montero, como en la mayoría de los personajes de sus canciones y sus composiciones, pero también como un signo de la mélange posmoderna que vivimos, se confiesa o define como un melancólico fugaz. Su humor —y nos referimos a humor en sentido amplio, como constitución—, melancólico o no, depende, claro está, del día, pero en cualquier caso es la huella que podemos apreciar en sus poemas.

 

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Mexking

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