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Tania Plata. El día libre de Ana

tania-plataDescarnado relato con el que la joven narradora originaria de la Ciudad de México y asentada en Durango da a conocer sus habilidades literarias.

 

 

El día libre de Ana

Tania Plata

No nos queremos separa
La esperanza está gritando
Los dos la oímos en silencio.
“La mejor de tus sonrisas”, Carlos Ann

Domingo. Once treinta de la mañana, despierto con la boca seca, el rímel dibujando perfectamente mis ojeras, con olor a tequila en todo el cuerpo y demasiado tarde para darle el desayuno a Pablo. Qué más da, que espere a la hora de la comida, pienso en voz alta mientras sirvo agua del grifo del baño en un vaso de cristal. Observo mis treintaisiete años en el espejo, bebo el agua tan rápido que se atora en mi garganta. Esto me hace mala, más que mala. No dejo de pensar en ello. Lavo mi cara, seco mi rostro con la toalla verde bordada con las iníciales de Pablo, la tiro al suelo, a dejado de oler a él, es como si no fuera suya. Un intento de sonrisa se me escapa mientras recuerdo lo desagradable olor de él por todas partes, inclusive en mi.
      Salgo del baño, me quito la ropa de antro, se queda marcado el borde del escote en mis senos, me pongo el camisón naranja y las sandalias de plástico. Camino lento, me pesan tanto lo domingos, pues Ana la enfermera que atiende a Pablo se toma el día libre y entonces tengo que limpiarlo, alimentarlo, sentarlo en la silla de ruedas  y cambiar la bolsa donde cae su orina. Me asomo a la habitación, desde aquí se escapa el olor a orines con cloro y apesta todo el pasillo. La luz del mediodía ya lo despertó. Recostado, como perdido en el tirol del techo, sólo parpadea una y otra vez. Me acerco a él, aun con aliento alcohólico, beso sus labios. El sabor salado de su saliva seca, contrarresta el ambiente a cantina en mi boca.
      Me ahorro los buenos días. Es difícil y sin sentido hablar con quien no te contesta. Hoy supongo también él está cansado, quizá aburrido de estos siete años de silencio entre nosotros y por eso no trata de mover sus esqueléticas manos, inútilmente como siempre.
      Después de limpiarlo, de ya no aguantarme las ganas de vomitar y sentar a Pablo en la silla, le coloco una boina a cuadros  negros con gris y unos lentes oscuros.
      –Pareces inspector. Ja ja ja. Te ves guapo –lo digo sin pensar, se me salió y las ganas de hablarle simplemente me llegan–,  Ana es muy paciente; me impresiona como te afeita sin cortarte ni un milímetro de la cara. Lo más probable es que si fuera yo, ya te hubiera cortado, pero la yugular. Claro que sería un accidente.
      Empujo su silla hasta la cocina. Enciendo un cigarro con el quemador de la estufa. Pongo sopa instantánea en el microondas y la comida del refrigerador marcada con “Domingo” en la licuadora. La sonda que alimenta a Pablo lo ha hecho todo más fácil. Mientras lleno la jeringa, con esa pasta entre verde y café olor a hierro, para introducirlo en la sonda, comienzo a divagar entre la parranda de la noche anterior y la anterior a esa. Noches que de cierta forma me hacen sentir feliz, bueno, felicidad que dura hasta que amanece y a veces retorna como el recuerdo de travesurillas.
      –Oye Pablo te extraño. A lo mejor piensas que no, pero si –después de años de silencio digo puras estupideces–, ahora lo sabes.
      Enciendo el televisor. Pablo sigue con la mirada perdida. Es como ver a un perro tristeando en un rincón. Sorbo mi sopa que está hirviendo y con demasiado picante, cae en mi estomago quemando todo a su paso, junto con la sensación de vacío en mí. Me parece chistoso, aunque sea cruel, cómo acabo nuestro matrimonio. Pablo era el sueño de cualquier mujer, claro dejando a un lado esos sueños de pedófilo que trataba de desahogar conmigo.
¿Cuándo dejé de ser su niñita? Tal vez cuando permitió que su trabajo lo absorbiera del todo y llegara a casa fastidiado, cansado y después de tantas horas pegado a la computadora, bueno eso quiero creer yo. Aunque la verdad, simplemente, se quedó sin ganas de estar conmigo. Recuerdo cuando revise su computadora portátil, encontré fotos de niñas de tal vez trece años.
      –Mira los Hermanos Caradura, es una buena película, a ti te gusta mucho y a mí me encanta la escena donde el gordo besa a la loca en el drenaje –es inútil, Pablo está más distraído que de costumbre–, no tienes muchas ganas de hablar conmigo, se te nota, pero no importa yo contigo sí. De cualquier forma no puedes impedírmelo. El problema siempre fue que te  cansaste de mí. Todos maduran, hasta yo, tu princesita. Te confieso que me gustaba el jueguito donde yo era una niña buena, inocente. Ese era nuestro lenguaje, con todo y esos corpiños que me hacías usar de Las Chicas Súper Poderosas o ese cachetero con pandas en las nalgas. Sé que lo recuerdas. Durante muchas noches después del accidente espere tu voz rasposa convertida en gemido, acariciar esa parte de mí que eriza en automático mi piel. Porque sólo tú conoces ese secreto, ese tono exacto. La fuerza de tu cuerpo en ese vaivén de caderas, delicado, como tratando de no lastimarme. Si el matrimonio se tratara de puro sexo, sin preguntas ni respuestas falsas, el nuestro sería el más feliz del mundo. De verdad, te extraño.
      Pablo por fin levanta la cara, pero no la sostiene. Comienzo a llorar. Me siento tan estúpida, tan hipócrita, tan sola. Pero si todo esto es culpa de él, de su trabajo, de su pervertida pasión por mí, que ni siquiera me permitió un hijo. Lo más probable es que toda clase de fantasía donde yo era una niña se borraría para siempre al verme como una mujer ya de veintitantos o como madre.
      El día del accidente fue uno como cualquier otro, miércoles, me levante tarde. Recuerdo que estrené un conjunto de lencería de encajes rosas, igual no tenía dibujitos pero el color era infantil. Pablo llamó para avisar que llegaría tarde como lo hacía  desde hace tiempo y que no lo esperara. Ahora voy atando cabos, lo más probable es que saliera con alguna jovencita o se la pasara viendo pornografía como la que encontré en la computadora. Era un problema evidente que ya tenía cuerpo de mujer de treinta, igual seguía delgada, con buen físico, pero no conservaba el mismo busto de adolecente, ni la cadera de ochenta centímetros. Esa noche me quedé dormida viendo televisión, cuando en la madrugada me llamaron del hospital.
      Todo es tan vago ahora, recuerdo que todas las decisiones las tomó la madre de Pablo, yo estaba aturdida. Ni siquiera entré a la habitación de terapia intensiva. Cuando estaba en recuperación, fui un par de veces, él me observaba como enojado y al poco tiempo sentía una súplica con su mirada.
Desde entonces no le hablo ¿para qué? No quiero saber que estaba haciendo tan lejos de la casa a esas horas. Lo bueno es qué, mientras vivió, mi querida suegra se apoderó de Pablo y yo no tuve que meter las manos hasta hace un par de años.
      –Oye, no sé si te conté que en la facultad mis compañeros me cotorreaban diciendo que yo era el sueño de cualquier pedófilo, que parecía una niñita pero que ya tenía edad legal. Ja ja ja –Pablo mueve la cabeza pero ya no la levanta–. Anoche mientras me revolcaba con un chico de veinte, brinde por tu perversidad. No se porque tú tratabas de mantener esa ilusión conmigo. Nunca hablemos de eso pero yo lo sabia, siempre pensé que eras un pervertido. Que por eso siendo un abogado tan prestigioso te casaste con tu alumna, quince años más joven. Pero no te preocupes, igual te amaba, eso creo. Sí, te amaba, en algún momento dejé de hacerlo. No se bien si fue antes o después del accidente, si cuando dejaste de buscarme o cuando decidí que a mi también me gustaba lo divertido. Con razón te casaste conmigo en cuanto cumplí veinte años. No te voy a mentir, me encantaba ser parte de tus fantasía sucias, en algo se parecían a las mías. Me gustaba verme como colegiala, que mi cabello largo y negro, sujetado con dos moñitos, cubriera mis senos y ver tu cara y tu piel estremecer cuando ponía carita de niña buena mientras jugueteaba con la orilla de mi falda. ¿Lo recuerdas?
      Pablo no hace ningún movimiento. Mientras yo sigo sorbiendo de mi sopa. No sé, pero se dibuja una sonrisa malvada en mi rostro, bueno sí sé: recordé a esos chicos que han aliviado mi soledad, momentáneos y pasajeros, pero en la edad en que los hombres sienten que tienen que demostrar su hombría, con las palabras correctas y el estímulo indicado, hacen todo para complacer.
      Se termina la película, dejo a Pablo frente a la ventana de la sala, recojo las cortinas,  para que pueda ver la calle. Qué calor. Me tiro en el sillón. Hace falta pintar las paredes, la humedad desprende el azul de ellas. Observo la foto de mi boda, si que soy linda, con cara de muñequita. Ay Pablo, pero qué bueno estabas. Es mejor que deje de pensar en estupideces. Me levanto por más agua, los domingos me sabe a gloria. Camino aun más lento que cuando me desperté, hoy tampoco tengo ganas de alzar la cabeza. Entro a la cocina,  aunque bebo tres vasos grandes de agua con medio limón, la sed parece no tener fin. Mejor enciendo otro cigarro  y regreso al sillón.
      Creo que está vez la soledad impide que la sensación de horas de sexo por la noche se quede un minuto más en mi cuerpo.  De repente durante estos siete años me atacó la culpa, con saña y crueldad. Pero si tan sólo una vez ese sentido de amor por las niñitas no se hubiera interpuesto  entre nosotros, quizá no lo hubiera detestado y engañado con cuanto chico no mayor a veinticinco conocía. Al grado de desear ser libre y que, pues, Pablo muriera. Y sólo así no tendrían que preguntarme porque lo dejaría, si es que la diferencia de edad ya me afecto, si es que encontré a otro más joven, si es que no tuvimos hijos. Donde la repuestas serían tan idiotas como cualquiera de estas preguntas, porque ¿Cómo decirme cómplice de esa perversidad  y qué al fin de todo, me dejara porque me crecieron los pechos? ¿Cómo?
      Era absurdo pensar en dejarlo, es absurdo. Jamás tuve las agallas. Y esa, quizá retorcida, forma de amarnos era lo que nos unió. Tendría que mentir, como tengo que mentir y como seguiré mintiendo acerca de nosotros.
–Jamás quise esto –camino lento hacia Pablo, la luz de la tarde enrójese su rostro. Le quito los lentes y la boina. Me hinco, pongo sus manos alrededor mío, como un abrazo, recargo mi rostro en su pecho y comienzo a llorar, me duele muy hondo–. Nunca pensé que esto pudiera pasar. No te odio, sólo me siento enojada contigo porque ya no te gusto. Sé que tú sabías que me acostaba con otros y nunca me reclamaste nada. Esperabas a que me fuera de tu vida, no me lo pedias, pero lo sabía.  Y por eso también estoy enojada conmigo, por no poder irme con la frente en alto, en vez de eso, me dejé destrozar el alma con todas mis aventuras, mientras tú estabas a un lado pero tan  perdido en tus decesos. Desde entonces, soy incapaz de sentir algo más que  caricias y besos, que lejos de ser míos, son gritos ahogados.
      Me levanto corro hasta mi habitación. Grito sin poder decir nada, de cualquier forma quizá ya esté muerta en vida. Me dejo caer en la cama, abrazo la almohada tan fuerte como si quisiera unirme a ella. El teléfono suena, lo aviento contra el espejo. Hay por donde quiera pedazos de mí. Sujeto las sabanas azules con todas las fuerzas de mi dedos, se tornan rojas al desprenderse el acrílico de mis uñas. Después de un rato cierro los ojos.
Pasan horas, me quedé dormida. Ya es de noche. Salgo del cuarto, camino hasta Pablo, sigue a un lado de la ventana, enciendo la luz, él se me queda viendo fijamente. Su mirada trata de no decirme nada, pero me recuerda todas esas noches donde perdí el aliento trepando por las dunas de su cama, que parecían un oasis aun paso del precipicio.
      Es hora de cenar. Lo mejor del caso es que él no puede  hablar y admitir o refutar. Empujo su silla hasta la cocina. Saco del refrigerador el licuado de Pablo, pongo agua para café en el microondas, lleno la jeringa. Tomo su mano, está helada a pesar de que hace calor, cierra los ojos, yo lo sacudo y él me observa. El microondas anuncia que el agua esta lista.
      –¿Estás despierto? –pregunta  tonta, pero es una forma de dispersar el miedo.
El silencio repentino de la cocina estremece la noche. Y valiéndome madre la hora y la cena de Pablo, lo llevo hasta la que fue nuestra habitación.
      –Tenía mucho que no estabas aquí, cambié los colores de las paredes, creo que se ve lindo de este tono lila. Y también cambié el estilo de los muebles, lo rústico va mejor conmigo.
      Dejo a Pablo a un lado de la cama, enciendo la lámpara que esta sobre el buro y apago el foco del techo, así todo queda a media luz amarillenta, abro el closet y saco un coordinado azul de Burbuja
      –Mira tu Chica Súper Poderosa preferida, aunque ya no me luce como antes, ahora me veo casi tan voluptuosa como una chica Play Boy. Creo que no quieres vérmelo puesto, además no pienso desperdiciar esta noche. No es que quiera hacer las paces contigo, es qué no soy tan mala. No, no soy mala.
      Me quito el camisón, quiero que me vea desnuda. Busco en el closet un negligé rojo con bordados negros. Aquí está. Me lo pongo, me siento como la primera vez que hicimos el amor. Me doy vuelta lento. Debí darme un baño. Acaricio el bordado sobre mis senos, y la uña, casi arrancada con el acrílico, se atora y me lastima. Meto el dedo en mi boca, el sabor a sangre y Pablo, totalmente lacio sobre la silla de ruedas, detienen todo signo de vida en mí.
–¿Pablo? –Casi no puedo hablar, camino hacia él, lo sacudo cada vez más fuerte, pero no despierta, sujeto sus manos, acaricio mi cuerpo con ellas. Me siento en sus piernas–. Por favor, hoy no me dejes sola.
      Me aferro a él, como si sirviera de algo. Beso sus labios fríos, que igual cuando vivos, no sienten nada. Trato de cargarlo, pero no puedo con lo que le queda de humanidad. Acerco la silla de ruedas a la cama y lo jalo hasta que lo acuesto en ella. Me recargo en él, cierro los ojos. De pronto caigo al vacío debajo de mi espalda. Despierto. El frío de sus labios invadió las sabanas. Me abraso a su cuerpo, sé que está vacío, pero no importa, porque así la noche se tragara el abismo. Hoy tampoco puedo dejarlo, sólo esperare a mañana, a que llegue Ana.

 

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