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Jorge Bustamante. Voznesenski un beatnik ruso

jorge-bustamanteAndréi Voznesenski perteneció a una de las generaciones de poetas más brillantes que se dieron en Rusia. Fue la generación de Evtushenko, Bella Ajmandulina, Brodsky, Eugenio Rein… la última gran generación de poetas rusos del siglo XX. Bustamante nos relata un encuentro en la dacha del poeta.

 

 

En la dacha de Voznesenski

Por Jorge Bustamante García

 

En los encuentros con escritores de carne y hueso, pero ya muertos, lugar aparte merece el que se dio un mediodía de invierno de 1995 con Andréi Voznesenski, uno de los más destacados poetas del deshielo soviético. Arquitecto de formación, construía sus versos como casas y puentes. Era un escultor del ritmo y la metáfora.  Creció bajo la égida de Pasternak, pero Nikita Jruschov estuvo a punto de echarlo de su país tras acusarlo de divulgador de los valores occidentales. 
En los años sesentas llenaba estadios en recitales de poesía junto a sus compañeros del deshielo: Evtushenko, Robert Rozhdéstvenski y Bella Ajmadúlina. Nunca pensé que la vez que lo fui a  ver iba a convertirse en uno de esos  días inolvidables de la vida. Voznesenski me había dicho por teléfono que debería tomar un tren en la estación Bielorrusia y viajar hasta Peredélkino, la aldea de los escritores, a unos 50 minutos de Moscú. Desde mis tiempos de estudiante había escuchado hablar con frecuencia de ese lugar donde tantos escritores soviéticos vivieron, trabajaron y murieron. Allí escribieron Fedim y Simonov, allí nació la novela Doctor Zhivago de Pasternak.
          Voznesenski me esperaba a las 11 de la mañana, pero mi mujer –esa muchacha de los ojos verdes- y yo nos entretuvimos en el camino. Era invierno a finales de 1995. Visitamos el panteón de los escritores, nos detuvimos largamente ante la tumba de Kornéi Chukovski, el padre de Lidia Chukovskaya, estupenda escritora que escribió un inmenso libro sobre Ana Ajmátova. Luego buscamos lentamente la casa de Voznesenski, contemplando a cada momento el bosque de abedules cercano, las dachas hundidas entre la nieve exhalando por sus chimeneas, a intervalos, pequeñas manchas de vapor. Pasamos frente a la casa donde había vivido Pasternak, y nos quedamos ahí parados varios minutos, tal vez veinte, imaginándonos al escritor abriendo la barda verde que separa su jardín de la calle. ¡Cuántos pensamientos, cuántos silencios, cuántas miradas del poeta habían soportado este paisaje que ahora mismo mirábamos!. Nos animamos a entrar a la casa de Pasternak convertida en museo: vimos en un cuarto la cama donde en sus últimos años dormía el poeta; la muchacha de los ojos verdes se recostó unos segundos en ella con la venia de la cuidadora del lugar; vimos el estudio del escritor con un amplio escritorio de cedro y los libros perfectamente ordenados en unos estantes de madera con vidrios. Nos paramos unos instantes en la antesala de la cocina donde el autor de Zhivago y Mi hermana, la vida se enteró en octubre de 1958 que le habían concedido el Nobel de literatura.
          Proseguimos nuestro camino, llegamos a la dacha siguiente, la de Voznesenski, tocamos el timbre insistentemente, pero nadie salió. Abrimos la puerta del jardín, nos acercamos con paso silencioso a la puerta de la casa, golpeé con fuerza, pero nadie salió. Insistí, miré por las ventanas hacia el interior, volví a golpear más ferozmente pero nadie salió. Pensé que Voznessenski, cansado de esperar, se había marchado ya. Nos disponíamos a irnos, cuando de pronto la puerta se abrió de par en par y un joven anciano de cabello canoso y alborotado, con los ojos todavía perdidos por el entresueño, nos invitó a pasar vehementemente, ofreciendo disculpas por haberse dormido y habernos hecho esperar ahí en la nieve tanto tiempo. Yo pensé, para mis adentros, que había sido una gracia habernos detenido en el panteón y en la dacha de Pasternak, mientras Voznesenski tranquilo dormitaba.
          La casa de campo de Voznesenski era tan grande, como desordenada. Pantuflas, papeles, botellas, ollas sucias, cafeteras, platos con pastel de chocolate por todas partes. Subimos al estudio del poeta y descubro que en ese lugar el desorden es también general. Hay una mesa inmensa en medio del estudio, llena de papeles, recortes, cuadros que el poeta ha pintado últimamente, ceniceros llenos de colillas y una olímpica botella de vodka Nikolái todavía cerrada que espera por nosotros. Este hombre de fama legendaria en Rusia, parecía un solitario de vivir tosco pero de trato afable y sencillo. Abrió de inmediato la botella, llenó los vasos con el líquido cristalino, dijo unas palabras que no alcancé a entender pero que parecían un brindis y empujé el trago hasta el final.
Andréi Voznesenski perteneció a una de las generaciones de poetas más brillantes que se dieron en Rusia. Fue la generación de Evtushenko, Bella Ajmandulina, Brodsky, Eugenio Rein…  la última gran generación de poetas rusos del siglo XX.
          Al comienzo de nuestro encuentro Voznesenski me muestra su último libro Libromancia que acaba de aparecer y me enseña a utilizarlo. El libro trae incluidos tres dados de diferentes colores que al echarlos se puede adivinar por la página y el número del verso la suerte del lector. Cuando el poeta recibió el libro recién editado, a finales de 1994, fue invitado la noche de año nuevo por la televisión para que por su libro se adivinara el destino de su país para 1995. Al echar los dados el número obtenido los llevó a un verso que decía "sálvenos señor de la barbarie". Teniendo en cuenta lo que sucedía en Rusia en ese momento (el inicio de la guerra en Chechenia y la delicada situación económica y política del país), era un destino muy deseable.
           "Libromancia lo concebí -me dijo- como un libro de bromas, juegos y adivinanzas. Jugando con los dados y los versos muchas personas han encontrado en él ciertas cosas de sus vidas, o han visto reflejado parte de su destino. Es un libro extraño que  con frecuencia ha coincidido con los presentimientos de muchos lectores. Además, al final del libro vienen varias ilustraciones y collages realizados por mí. Me gusta mucho jugar con las palabras, con las vocales, con las letras y con frecuencia se obtienen efectos inesperados. Desde muy joven he dibujado y me divierto mucho manejando colores, figuras caprichosas, vocales y palabras aparentemente caóticas que, sin embargo, al final adquieren un carácter bastante estructurado". Voznesenski me muestra las ilustraciones del final del libro que, de una manera u otra, hacen referencia a grandes escritores: Esenin, Mandelstam, Ajmátova, Nabókov, Gumiliov, Proust, Allen Ginsberg, Pasternak…
            Al mirarlo allí en su dacha tomando vodka Nikolái y hablando locuazmente, recordé las fotos tomadas hacía más de treinta años, en las que aparece en una sala del Kremlin hablando ante un auditorio de funcionarios y unos cuantos artistas. Atrás, en el presídium, se encontraban Jruschov y Brezhnev. Fue la vez que Jruschov arremetió contra él, contra el novelista Vasili Aksiónov y el pintor Ylarión Golitzin. Cuando le mencioné ese episodio el poeta sonrió levemente y recuerdó sólo un detalle: "Yo estaba hablando ante el público en una enorme sala del Kremlin y detrás mío estaba el presídium encabezado por Jruschov y Brezhnev. De pronto escuché unos golpes en la mesa y la voz de Jruschov que interrumpiendo, me decía: -¿Por qué usted, joven, ha venido al Kremlin sin corbata, sin camisa blanca y en suéter?  Usted es un beatnik. En la sala nadie sabía, a excepción mía, qué significaba esa palabra beatnik. Desde entonces, en señal de protesta, nunca he vuelto a usar corbata…"
             Voznesenski toma otro de sus libros en donde aparece en varias fotografías con personas relevantes. Me dice: "Aquí todavía aparezco con corbata, antes del incidente del Kremlin, en una reunión con Dimitri Shostakovich. En esta otra fotografía estoy con el filósofo alemán Martin Heidegger, en su casa. Creo que he sido de los pocos rusos que ha tenido la oportunidad de hablar con Haidegger. En una ocasión yo hice una presentación en Freiberg y él asistió a mi recital. Luego me invitó a su casa donde me honró con su conversación y su inteligencia". Hace una pausa, me invita a tomar otro trago de vodka Nikolái y bebe el líquido del vaso hasta el fondo, como se acostumbra en Rusia. Me pregunta sobre México y recuerda que en 1982 estuvo en Morelia en un encuentro de poetas donde estuvieron Borges, Vasko Popa, Günter Grass, Seamus Heaney, Merwin, Ida Vitale y Elías Nandino, entre otros. Con Allen Ginsberg que también estuvo en el festival y con quien tenía ya una larga amistad caminó por las calles de Morelia y ciudad de México.
Voznesenski me muestra otras cosas interesantes: una carta que Jacqueline Kennedy le escribió, un poema que él le hizo después de su muerte y varias fotos en las que aparece con Bob Dylan en esta misma dacha de Peredélkino donde estábamos, Pasternak, Jean Paul Sartre, Louis Aragón, Robert Lowell y muchos otros escritores.
          A mi pregunta de cómo fue que empezó a escribir, me responde que cuando tenía 14 años ya había escrito algunos poemas y un día se le ocurrió llevárselos a Pasternak. "Creía que el maestro no iba ni a mirarlos, pero me llevé una buena sorpresa cuando unos días después el propio Pasternak me llamó por teléfono para hacerme comentarios sobre mis textos. Mis familiares no daban crédito al hecho de que Pasternak me hubiese llamado. Desde entonces empecé a frecuentarlo en su dacha de Peredélkino y él me recomendaba libros, lecturas y a veces leíamos juntos a otros poetas. Una vez en una comida conocí también a Anna Ajmátova que había llegado a visitar al poeta. Mi relación con Pasternak fue muy enriquecedora para mí, pero de alguna manera presentía que yo no debería caer bajo su influencia arrolladora, pues él era sencillamente un genio. Así que fue un poco difícil para mí sobre todo al principio. Pero después fue más fácil, pues él nunca intentó imponerme sus gustos literarios, ni sus ideas. Todo eso lo cuento yo en mi relato autobiográfico ‘Tengo catorce años´, que se incluye en este libro que hoy quiero regalarle. Hoy en día soy el presidente de la Sociedad de Lectores de Pasternak y decidimos hacer en Peredélkino, en su dacha, un museo en su honor. Esto antes fue imposible, porque muchos miembros de la Unión de Escritores y del gobierno sencillamente odiaban a Pasternak. Cuando llegó al gobierno Gorbachov, yo le escribí personalmente una carta y él me contestó pidiéndome qué era lo que exactamente se podía hacer con la casa de Pasternak. Así fue como se recibió cierto apoyo y desde 1990 se abrió el museo, que está aquí a 100 metros de mi casa".
          Voznesenski no entró sigilosamente a la poesía rusa, sino que hizo explosión, como una fiesta de pólvora llena de metáforas de los más variados colores. Apareció desde el principio con una poética, construida y estructurada. La génesis de su poética hay que buscarla, además que en Pasternak, en el jazz americano, en Elia Fitzgerald y Louis Armstrong, en los beatniks y la Piaf, en los ritmos de Tsvietáieva y en las rimas de Kirsanov, en la mirada equilibrada del arquitecto que llevaba dentro, en el collage que inventó en sus primeros libros entre las culturas americana y rusa, entre la voluptuosidad de Marilyn Monroe y la perfección de movimiento de la bailarina Maya Plisétskaya. Todo esto junto constituyó el singular fenómeno poético conocido en Rusia con una sola palabra: Voznesenski. Algunos de sus libros como Antimundos, La sombra del sonido y Axioma, alcanzaron ediciones hasta de 200,000 ejemplares.

 

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Publicado por

Mexking

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