Fernando Trejo

fernando-trejoCon un golpe contundente cada palabra de Fernando Trejo se inserta en el lienzo blanco de la página, juntas como un hacha dividen el tiempo en muerte y música. Cada verso es el eco de un ritmo, de un silencio tallado sobre la memoria.
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Coordinadora de la sección: Stephanie Alcantar

Una línea delgada, nacida de recuerdos, atraviesa hecha tinta todas las imágenes de Fernando. Un golpe que se fuga con la oscuridad, y otro que se fuma el aliento, un duende que mira desde el otro nombre del silencio, así es la poesía de Fernando Trejo.

 

Del libro Ciervos de la sección Siervos. Richard Dadd (1817-1886)

El Cairo siempre tiene un grupo de muchachos fumando opio

Fumar, esa voz tan gris. El Cairo tiene siempre un grupo de muchachos fumando opio. Fuman ininterrumpidamente lapsos de voz, hondas bocanadas de cemento. Cinco días fumar para acicalar una lágrima. Una lágrima sostenida en su burbuja. Fumar, ese gris tan voz terminó por derruir parte de mis laberintos. Los muchachos se internaron en el ojo del opio, se colocaron en el toque de mis labios, prendieron lumbre a la vicisitud de esa línea delgada donde pendo.

 

Remembranza del golpe

Pinté por unas horas. Antes cité a mi padre. Miento. Antes compré la muerte de mi padre en Convent Garden. Pagamos por una cena en Ship Inn. Lo conduje al paraje que más amó. Osiris era un hada volando entre los pinos. Miento. Escribí el nombre de mi padre en una hoja en blanco: Robert Dadd. La lista de la muerte desmembrada. Pinto. El pincel es un hacha que sostiene el leñador a la altura de mi frente. Dos sujetos me ven. Pinto, son dos gnomos. Miento. Es un gnomo. Pinto a un calvo duende que me dicta al oído una mirada justo a la hora del golpe. Pero el hacha está en el aire. Atravieso a Robert Dadd. En el filo del cuchillo Osiris deja de zumbar.

 

Desde el Asilo Broadmoor para Criminales Lunáticos

Disculpe usted, Señor Dadd. No habría conseguido lo que soy de no ser por su blandura de cepa. Estos últimos días he estado pintando largos trazos de aliento para ver más allá del aire. Camino en las mañanas, me detengo frente a árboles a contemplar su belleza hosca, me desnudo frente a damas que se abaten en la abertura de la música. Los árboles dan música, se abren como pájaros al mar de donde llueve. La risa de Dios mueve las cortinas de Broadmoor y se cuela su voz por la ventana. Logro ver el aire.

 

The fairy fellers master stroke

Come on Mister Feller,
crack it open if you please.
Freddie Mercury

Frente a mí, como un espacio en blanco: el golpe. Tiendo sobre mi cráneo, dentro de mi cráneo, esa palabra blanda como el tuétano: golpe. Duendes en mi habitación abren el silencio. El silencio es un cuerpo delgado vertido sobre el piso, una placa de luz. Entonces quiebro un par de dedos y tomo lo que fuera el hacha. Comienzo una tarde de 1855 en Bethlem. Asistido por un par de manos al aire, hadas en el pecho, gnomos divirtiéndose por mí en los montículos de piedra. Desarrollo una línea, un pedazo de golpe. Un hombre cabizbajo, un caballero debajo de la tela, una mujer toma agua de mi vaso, atraviesa su mano por los límites del tiempo y entra en mi habitación, la destazo en la abertura de mis ojos. Varias cabezas como nueces en su vestida osamenta. Un leñador aparece en 1856, soporta entre sus manos un pincel. 1857: de mi izquierda nace una princesa vestida de azul, sus pechos elevan una danza en la que bailo desnudo. Aquí en Bethlem nos permiten bailar a los que somos capaces de capturar la música. Yo la aprieto. 1858, un mago de capa roja es perceptible al centro. Soporta entre sus manos un bastón que he robado de una novela de Dickens. Los trompetistas no son trompetistas. ¿Alguna vez volaste con los ángeles, querido Thomas? Mira, ya es 1859 y sigo siendo un joven pintor que tiene un hacha en la frente. Figuras diminutas en el lienzo diminuto. No puedo dormir, Señor Dadd, aléjese del diablo. 1860: fractura el lienzo una libélula vestida de ninfa. Me pongo a caminar por el trayecto de su transparencia. Bebo un vaso de Medway. En 1861 aparece un político, flores blancas a detalle en forma de suplencia ante las lonjas de la resignación. La resignación pesa como la desdicha del leñador que aparece entre sus manos. 1862: no dejo esta habitación. El silencio se levanta como una placa de luz. Caen de pronto frutos, margaritas. Alguien dentro de la pintura enciende un cigarrillo. Blancos y verdes son los ojos de alguien a lo lejos inmiscuido en la narrativa de la obra. Hechizados desde mi piel, en la teñida risa de unos duendes, la voluntad se apaga. Bailo sobre los pechos de una princesa azul. Llega 1863, cuando parece nítida la imagen aparece un rostro más. Son rostros míos que vagan en la médula. Un par de hadas, un pequeño gnomo, un montón de duendes tallados a la planicie del lienzo que ya no es un lienzo sino una necesidad, un hogar muy parecido a Kent. El Leñador sigue ahí, porta, entonces, el pincel: trazará una castaña. Yo estoy por terminar, acerco el hacha al lienzo, lo sostengo sobre mi cabeza pero alguien escribirá: La espera es eterna: anula el tiempo:1864. Queda sonando.

 

Del libro Ciervos de la sección Medias. Johann “Jack” Unterweguer (1950-1994)

Desde mi celda: Bécquer

La libertad, si fuera un eco, se repetiría seguramente en el gorjeo de los pájaros. No existe mayor comparación. Desde mi celda oigo cómo el viento es rojo si trae los resquicios del carbón. Si es verde, el monte ha mejorado en su postura de nardo. La oscuridad no sólo se conoce al filo de la oscuridad. No es cerrar los ojos ni caminar la noche. La oscuridad total, la más cegadora, es la que más se ve. Un hombre puede hablar sin saber cuál es el cuerpo. En las paredes de mi celda, que parecen acercarse a mí cada día, he querido decir mi nombre y se ha agrietado el eco. Bécquer ha puesto en mi celda un pedazo de aliento.

 

Chaqueta de cuello marrón y bufanda roja

Recurro a ti, Johann, pequeño mío, voz apenas dentro de mí, casi insoslayable. Te palpo en el más oscuro de los llantos, en el más áspero aliento de lo triste, en la más honda sordera de la gracia. ¿Recuerdas a mamá?, ¿su nombre Teresa? Johann, una cápsula de plástico me ha envuelto todo y no dejo de chocar con las paredes. Voy a todos lados deslizándome, nunca me detengo. Cómo una chaqueta de cuello marrón y una bufanda roja van a apoderarse de mí a la hora de tu muerte.

 

 

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Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 1985). Es comunicólogo, actor de teatro y escribe poesía. Ha publicado, entre otros Circuito amor, Raíces de un sueño, ¿Adónde van las palabras?, Cuaderno invertebrado (Premio Juegos Florales San Marcos, 2006), Travelling, bérsame (Premio Regional de poesía Ydalio Huerta Escalante 2008), Las alas de mis ensoñaciones que son pájaros (Premio de Literatura Joven Max Rojas 2011), Solana (Mención honorífica Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2014) y Ciervos (Premio de Poesía Inédita Enoch Cancino Casahonda 2014. En prensa). Ha obtenido el Premio Municipal de la Juventud 2007 el Premio Estatal de la Juventud 2009, en el área de poesía. Ha sido becario del PECDA en 2005 y 2008, así como del Centro de las Artes de San Agustín Etla, Oaxaca en 2007, y del IMCINE en 2010. Su obra aparece en diversas antologías y revistas de México, Perú, España, Colombia, Argentina y Puerto Rico. Conduce el programa de radio Mermelada Récord’s por la 102.5 FM (http://radio.unicach.mx) en su ciudad natal todos los viernes a las 20 horas.

 

 

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