Omar Castillo. Insistencia en la poesía

omar-castilloÓscar Castro nos anuncia que una preocupación central en la poética y en las investigaciones del colombiano Omar Castillo es la pertinencia de la realidad en la poesía, y la poesía presente en la realidad, es decir, una mirada contra lo banal.

 

 

Óscar Castro García

INSISTENCIA EN LA POESÍA

 

omar-castillo
Omar Castillo
En la escritura de otros: ensayos sobre poesía hispanoamericana (Medellín: Editorial Pi, 2014, 129 p.) es el nuevo libro de Omar Castillo, preanunciado en varios artículos publicados en periódicos, en revistas y en el opúsculo La cultura y el laberinto del poder (Medellín, 2012). Consta de dos partes, en las que Castillo insiste en sus poéticas: la propia y la de otros. Poéticas que son una, la que viene proponiendo desde su primer poemario Divagaciones (Medellín, 1978) y sus más de doce libros de poesía hasta Huella estampida: obra poética 2012-1980 (Medellín, 2012); y en su libro de ensayos Asedios, nueve poetas colombianos & Crónicas (Medellín, 2005), además de numerosos artículos, seminarios, encuentros y conferencias sobre la poesía, en Francia, España, Estados Unidos, México, Brasil y Argentina, entre otros.
       En la primera parte, “En la escritura”, Castillo se atreve a una crítica feroz contra el devenir actual de la poesía, a la luz de sus certezas particulares sobre la poesía, el ser del poeta, la poeticidad del poema, el oficio del poeta, la consistencia del poema. En oposición, ve un mundo de liviandad, ligereza, consumismo y esnobismo que atenta contra la esencia del arte y, especialmente, de la poesía, no solo por sus acechanzas, sino, sobre todo, por los espacios que esta distorsión ha ido ganando en la escritura y en la producción poética, en detrimento de las conquistas de identidad y de particularidad que en América hispana habían logrado los grandes poetas de este continente. Particularidades y logros que ahora se rinden ante la uniformidad, la levedad, el conductismo, el mercado globalizado y la banalidad.
       De esta forma, el poema, el poeta y la poesía se han vuelto inocuos ante el establecimiento, del cual muchos poetas se lucran y en cuyas manos se abandonan para mantener no solo su statu quo, sino también su modus vivendi. Y no es que haya un tiempo especial para la poesía ni un modus operandi para el poeta. El verdadero poeta y la esencial poesía no pueden estar al servicio de ningún sistema, creencia o ideología; ni menos, a las leyes del mercado o a las imposiciones de la manada. Como dice Castillo, el poeta debe estar alerta y dar voces de alerta: el poeta será siempre “una voz que advierte” y —agrego— nunca un títere que divierte.
portada-omar-castillo       La segunda parte, “De otros”, se ocupa de poetas fundacionales, esenciales y controvertidos de este continente. No son los poetas del gusto manido, ni los de salón, ni menos de fácil y suave comprensión; por el contrario, son vanguardistas, contradictorios, polémicos y poco comercializados. A veces son considerados de mal gusto —¿malgustados?—, como los nadaístas colombianos, en especial Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar y Amílcar Osorio. En otras oportunidades, poetas extrañados por su particularidad, surrealismo y rebeldía, como el peruano César Moro. En ocasiones se trata de poetas poco leídos en nuestro medio, como el boliviano Jaime Sáenz, el argentino Aldo Pellegrini y el colombiano Alberto Escobar Ángel, poeta nadaísta a quien Castillo dedica un capítulo de su libro. En el más curioso de los casos, se trata de un poeta poco leído y menos comprendido, aunque desgastado por el canon oficial o la academia perezosa, como es el colombiano León de Greiff, sobre quien se escriben y escuchan a diario comentarios y frases de cajón, o evidentes evasiones de interpretación de su poesía. En cualquier caso, no podía faltar un poeta colombiano detestado por algunos críticos literarios, pero a quien se le debe en este país el haber puesto los verdaderos nombres a nuestro deterioro y descomposición no solo sociales y humanos, sino también poéticos y culturales, como es el caso de Álvaro Mutis.  En fin, la presencia del mexicano Octavio Paz en este contexto es casi obligada, pues su obra revela no solo su lucha interior y verbal con la palabra, la mediocridad, los sistemas y las ideologías, sino también con su país, los demás poetas y la poesía misma.
        De esta manera, Castillo sostiene un diálogo con obras de poetas auténticos, subversivos, originales, osados con las palabras, intrépidos con el poema, atrevidos con los lectores y geniales en el tratamiento del universo del poema. Sobre todo, leales con la tradición hispánica, americana y europea. Y, por qué no, también experimentales, juguetones, heterodoxos, provocadores, enigmáticos, cáusticos y esquivos. Casi todos ellos fueron o son marginales, rebeldes, abismales, incendiarios, subversivos, inconformes, irreverentes, críticos o desasosegados.
        Al leer este libro de Castillo recuerdo lo que dijo Álvaro Mutis en 1966: “Me abruma (…) la agobiante montaña de literatura que producimos los colombianos y que nos oculta, en muchos casos, la miserable realidad de nuestra situación en el mundo”. Y ahora que —dizque— en Colombia la gente vive muy feliz, me quedo pensando no solo en las palabras de Mutis sino también en los poetas y las reflexiones de Omar Castillo sobre la poesía. Y no es que a Castillo le repugne la felicidad; al contrario, sienta una posición poética y crítica contra lo que se ha querido presentar como tal: la felicidad de supermercado, tan denunciada y criticada por Mutis. En este sentido, el libro En la escritura de otros alerta y advierte sobre modelos de pensamiento y de comportamiento que se quieren imponer desde una supuesta globalización, en todos los ámbitos de la producción y del consumo; sobre el empoderamiento que el capital persigue —ya no sutil sino abiertamente— de las particularidades de cada pueblo, lengua, cultura y pensamiento; sobre el estereotipo que las grandes industrias del mercado y del consumo quieren imponer en la humanidad, con un facilismo que conduce irremediablemente a una ilusión de felicidad y de placer y, por ende, de embrutecimiento y pérdida de la identidad.
        Entonces me llegan grandes dudas como lector y habitante no solo de Colombia, sino del continente y de la Tierra: ¿Qué tanto de la realidad hay en el poema y qué tanto de poesía hay en nuestra realidad? ¿Para qué la poesía en décadas de guerra y para qué después, en el tiempo que ahora llamamos en nuestro país del posconflicto? ¿Qué hace la poesía ante el avance de fundamentalismos, fanatismos y terrorismos? ¿O ante el caos y el infierno que amenazan la existencia en un planeta que casi ninguna potencia económica y nuclear quiere proteger? ¿Qué pueden hacer la poesía y los poetas, o aunque sea un poema de cuatro versos, ante las obsesiones y temores de cientos de millones de analfabetas, hambrientos, perseguidos, desplazados, acallados, amenazados, excluidos, discriminados…?
        En mi cabeza queda claro que en la felicidad no hace falta la poesía, por lo que la gente feliz no necesita leer poesía, no necesita la poesía, no admite la poesía. No obstante, la poesía insiste, grita, advierte, pues la felicidad no es algo que realmente perdure; y si existe, no se puede determinar: es una abstracción inicua, que hace que la verdad esté archivada en un cajón olvidado del san Alejo de la casa. Entretanto, el bullicio del mundo, la ambición, la violencia, la crueldad, el fanatismo, el egoísmo y la inhumanidad van avanzando con estrépito sobre todos los seres humanos, sobre todos los animales y sobre la naturaleza toda y el planeta.
        Por lo que infiero, al menos en nuestro país, dicha felicidad va acorde con la ausencia de humanidad y de poesía; con la ausencia de una auténtica identidad y de una propuesta social íntegra. Es una felicidad que oculta el deterioro o la pérdida de un lenguaje y de una literatura que integren, despierten, alerten, incomoden, digan algo diferente de la retórica oficial, de la megalomanía de los poderosos y de los lugares comunes de la literatura que abunda en los supermercados, en las galerías y en las salas de espera.
        No obstante, Omar Castillo parece responder con esta obra a las anteriores preocupaciones y a la inquietud de Mutis, quien en 1975 le sentenció a Gabriela Rábago Palafox: “Creo que el hombre no puede vivir sin poesía; el día que se acabe la poesía se acabará el hombre”. Esto mismo pienso y siento al leer este libro, el cual apenas es un abrebocas, no solo de lo que puede ser la poética de Omar Castillo, sino también de su mirada incisiva de estos poetas y otros que enuncia en sus ensayos. Porque, y para concluir, me faltaba decir que este libro es realmente un ensayo sobre la poesía en abstracto y sobre los poetas que intimidan y alientan a este otro poeta colombiano incisivo, perturbador, abisal, cáustico, provocador, esquivo, enigmático…, quien se interroga en “Origen y pregunta”, uno de sus últimos poemas:

¿Qué hago al borde de palabras extraídas 
De una lengua muerta
Cuyos orígenes se ramifican 
En el silencio de quienes hace mucho
Se perdieron en el polvo y el viento?

 

 

oscar-castro
Óscar Castro

Óscar Castro García, Medellín, 1950. Profesor de literatura jubilado de la Universidad de Antioquia y narrador literario. Publicaciones literarias: Fragmentos de un diario inconcluso(2005), No hay llamas, todo arde (cuentos, 1999), Un día en Tramontana (cuentos, 1999), Necrónicas y Oración (cuentos y poema, 1999), ¡Ah mar amargo!(novela, 1997), Señales de humo (narrativa, 1988) y Sola en esta nube (cuentos, 1984). Publicaciones académicas: Seis poetas de la academia (2008), La literatura en la universidad (2008), Un siglo de erotismo en el cuento colombiano. Antología (Selección y prólogo, 2004), Análisis literarios (coautora: Consuelo Posada G., 1995), Manual de teoría literaria (coautora: Consuelo Posada G., 1994) y Los informes escritos (1992)

 

 

¡Compartir!
Share on FacebookTweet about this on TwitterPin on PinterestShare on Google+Email this to someonePrint this page

Publicado por

Mexking

Freelance webdesigner-webmaster