Pierre Joris. Poeta de entendimiento continental

pierre-jorisEl escritor luxemburgués, Joris, nos conduce a Jerome Rothenberg desde la perspectiva de un poeta cuya noción de americano no se limita a la potencia militar y económica, sino a la comprensión continental, multicutural y étnica de América.

 

 

 

Jerome Rothenberg
Poeta estadounidense de entendimiento continental
“Siglo Veinte Ilimitado”
Pierre Joris

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Pierre Joris
Quiero decir algunas cosas de Jerome Rothenberg como poeta, como núcleo vanguardista del siglo XX que lo trae todo a casa —es decir, al mundo entero— en este siglo XXI. Lo cito: “Creo que todo es posible en la poesía, y que nuestros ‘occidentales’ intentos tempranos para definirla representan una falla en la percepción que ya no es necesario tolerar”. Esto fue dicho relativamente temprano en una carrera que ahora abarca alrededor de sesenta años en la poesía, una carrera que, por cierto, puede ser vista como la intensa búsqueda de expandir y renovar las posibilidades de la poesía contemporánea a través de las inextricables acciones de la escritura, el performance y la traducción, así como la creación de circunstancias —léase antologías— en donde presentar hallazgos y trabajos. Pero incluso cuando “todo” puede ser posible en la poesía, Rothenberg privilegia direcciones específicas, como dijo en una entrevista en 1979: “Los únicos absolutos en la poesía son la diversidad y el cambio (y la libertad para buscarlas); y el único propósito en el largo plazo es hacer preguntas, crear dudas, colocar a la gente en situaciones alternativas y, a veces, incómodas”. La urgencia es clara y encuentra sus raíces en la necesidad de cuestionar la más vasta preconcepción de nuestra cultura: que “el ‘hombre occidental’ es la culminación del proceso evolutivo”. El impulso se dirige, de esta manera, hacia una poética de la transformación, una poética de cambios (“Yo cambiaré tu mente” dice el poeta en su “Manifiesto Personal” de 1966, el cual propone oponerse a los devoradores y burócratas, hacedores de sistemas, sacerdotes, etc., por cualquier medio o método), un manifiesto claramente basado en la creencia de que el arte es, en esencia, subversivo, y debe intentar mantener una revolución abierta y permanente. No una revolución en estilo o gusto, sino una que afecte las estructuras profundas de nuestro imaginario sobre el mundo. Esta visión incluye una compleja historicidad: los cambios efectuados en el presente, dice, son significativos si también cambian nuestra concepción del pasado.
        ¿Cómo se articula todo esto en la poética de Rothenberg? Desde el comienzo hay diversas áreas de exploración: una puede resumirse como el funcionamiento de la “imagen profunda” (el temprano Black Sun White Sun es claro ejemplo) donde la percepción es abordada y utilizada como instrumento para una visión más profunda, que surja desde el desenvolvimiento del poema. La distinción de Martin Buber entre “cáscara” y “grano”, el mundo fenomenológico y la profundidad escondida, son utilizados por el poeta para establecer que la imagen profunda es “al mismo tiempo cáscara y grano, percepción y visión; el poema es el movimiento entre ellos”. Es una investigación imagista, aunque en ella la profundidad escondida es parte de la complejidad psíquica o espiritual del mundo y nunca, nunca, una fuerza externa trascendental, divinidad u ortodoxia religiosa. Una segunda área involucra la exploración de lo que podríamos llamar preocupaciones sintagmáticas o constructivistas del lenguaje —las cuales surgen de su acercamiento a los escritos de Gertrude Stein y otros experimentadores modernistas—, así como ciertas preocupaciones sobre el performance, donde el poema se aborda como el mapa del ritual, la banda sonora del performance. Este doble impulso no puede asimilarse a la diferencia entre profundidad y superficie o contenido y forma, sino que deber se entendido como dos modos de investigación relacionados, los cuales trabajan hacia la elaboración de una poética de la presentación, más que de la re-presentación, lo que Charles Olson llamó “el lenguaje como el acto del instante”, al contrario de “el lenguaje como el acto de pensar el instante”.
        Estas preocupaciones sobre una poética visionaria de la presentación, son tanto viejas como nuevas: para confirmar esto, Jerome Rothenberg traerá a colación muchas fuentes, de las cuales menciono algunas: William Blake y Tristan Tzara; la comunidad de buscadores visionarios que son los chamanes paleolíticos, luego la tradición cabalística del misticismo judío, así como, por ejemplo, la poética de brujas sanadoras contemporáneas como la chamana mazateca María Sabina; Federico García Lorca y Paul Celan, entre muchos otros poetas europeos y “videntes”; sus propios coetáneos estadounidenses David Antin, Jackson Mac Low, Robert Kelly, Clayton Eshleman y la apenas precursora generación de Olson, Creeley y Duncan; los practicantes internacionales de trabajos concretos y visuales, al igual que aquellos que se dedican al performance de la poesía tradicional oral y la sonora contemporánea.
        La lista no es exhaustiva: este hombre, sugirió Robert Kelly, es el poeta como buscador, alguien que “no tiene hobbies y se come todo”, porque él es “un científico de la totalidad… para quien todos los datos tienen uso, un estudioso del mundo”, el poeta, pues, “no como enciclopedia, sino como el descubridor de las relaciones, renovador, explorador de conexiones y conectividad entre todo y todos”.
        El trabajo de recuperación y traducción que comienza temprano en los sesenta y pasa a ser conocido como “etnopoética” (término acuñado por Rothenberg), culmina en una serie de antologías brillantes (Technicians of the Sacred, Shaking the Pumpking, entre otras). Pero permítanme insistir en que estos libros también deben ser leídos como parte integral de su propia obra poética —utilizando los métodos del collage y el constructivismo de la poesía moderna vanguardista, resultan en composiciones intertextuales de tamaño épico—.
        Para la poesía y el pensamiento de Rothenberg, así como para los de Ezra Pound, “todos los tiempos son contemporáneos”, aunque hay una condición mayor: que para Rothenberg los horrores del mundo (los cuales elude Pound) son presencias inalterables: los genocidios judío y nativo-americano cristalizan como soles negros omnipresentes, agitando el corazón del trabajo. Una primera visión a la realización del poder poético de Rothenberg es el complejo de poemas ensamblados bajo el título Poland/31. Este “surrealista yidish vodevil” es el intento experimental de Rothenberg por explorar, y recuperar, sus propias fuentes ancestrales del mundo de “místicos judíos, ladrones y locos”. Las medidas rítmicas son, como afirma el crítico Eric Mottram, “únicas en la poesía estadounidense del siglo XX… recuperación de una retórica musical dispuesta para establecer acciones en niveles múltiples: estático, crítico y humoroso, un sentido de alienación con el éxtasis de la herencia recién descubierta”. El éxtasis llega al lector desde la página, pero alcanza su culminación en las lecturas en vivo del poeta, cuando se vuelve clara la naturaleza del poema como banda sonora del performance. El trabajo mismo se mueve de la vida judía en Polonia a la vida judía en los EE. UU., donde, en una apoteosis magistral y cómica, el exiliado judío —en la forma de “Cokboy”, el Bal Shev Tov renacido en un castor (justo como Rothenberg fuera iniciado en el clan Seneca Castor)— se encuentra con el nativo-americano exiliado en las cumbres de las Rocallosas, “en una montaña y distanciado / de la verdadera entrada al verdadero paraíso occidental”, porque “EE. UU. desastre / EE. UU. desastre…”.
        Esta es la más profunda sabiduría de Rothenberg: el sol negro de la historia está siempre listo para instalarse en el sol blanco de la inocencia. No existen comienzos puros que pudieran, de alguna manera, ser recuperados por el solo acto de la voluntad humana, como dice Rothenberg en el poema de 1980 que da título al libro Vienna Blood: “triunfo de la voluntad / desastre del estado moderno”. La condición humana es siempre post-lapsariana. En un poema en honor al bar mitzvah de su hijo Matthew, rememorando la coincidencia del nacimiento de Matthew y la muerte del hermano del poeta, Rothenberg escribe: “el misterio así impuesto / a nuestros pensamientos / —de luz y oscuridad / co-iguales—”.
        Si Europa es el sol negro (y Rothenberg repite esto una y otra vez a lo largo de su trabajo, por ejemplo en el poema “Europa”, que habla de “la muerte de Europa” y acumula imágenes de muerte, satanás, calaveras, rabinos muertos, fantasmas, exilio, derrota, etc.), entonces la posibilidad estadounidense —y aquí yo incluiría al continente entero— ha sido maculada desde el inicio por la semilla europea. Sin embargo, el trabajo de Rothenberg es cualquier cosa, menos simplista: su involucramiento con las culturas nativo-americanas, aunque siempre comprensivo y empático, no se reduce a presentar estas culturas, supuestamente sin estado ni historia, como alternativas utópicas al modo de Rousseau. Su conocimiento es demasiado atinado para tales sobre-simplificaciones, como demuestran los poemas ensamblados en A Seneca Journal, el “cuaderno del chamán”, escrito durante su estancia de dos años en la Reserva Alleghany Seneca en el oeste de Nueva York.
        En la imaginación narrativa de los poemas más extensos, esta comprensión continental, que de alguna manera engarza a los EE. UU. con Europa, ocurre con sencillez y gran efecto cómico, el humor místico que permite a los grupos indio-judíos mezclarse con las culturas que emergen en la topografía. Pero el optimismo de esta psico-topografía intercultural de los Euroestadosunidos no es fe a ciegas. En los momentos de calma y meditación, su misma posibilidad puede ser cuestionada, como hace Rothenberg en el poema “Salamanca A Prophecy”, donde escribe:
                 (1)
                         a city on
                         a turtle’s back
                         a longhouse
                                   /
                         was like Jerusalem
                         ‘s temple resting
                         on a whale

                (2)
                         impossible to bring it all
                         together

rothenberg
Jerome Rothenberg
        En el trabajo de Rothenberg la geografía, siempre atravesada y complejizada por la historia, jamás puede ser puramente un espacio euclidiano, tampoco obedecer las leyes de la linealidad de Euclides. Todos los lugares/espacios se mezclan, se tocan y cortan los demás espacios. Un volumen temprano de Rothenberg se titula Between, palabra que importa más en su contexto temporal que espacial, palabra emblemática sobre la postura del poeta. Como escribe en Vienna Blood, meditando en conceptos del antropólogo Victor Turner: “lo liminal / o ‘espacio intermedio’ / y mira súbitamente / el terror de dicha situación”. Un terror con el cual el poeta debe lidiar, mirarlo directo a la cara. En la sección final del poema “Seneca Journal 6”, lo dice de esta manera: “hay idas y venidas tan misteriosas / a lo largo de tantos océanos / el bien y el mal son lugares cambiantes / siempre”.
        Pero el mal absoluto, el Shoa, siempre presente detrás de varios trabajos, aún esperaba ser abordado completamente de frente. Rothenberg lo encara en el poema “Khurbn”, escrito entre 1987 (fecha de su primera visita a Polonia) y 1989 (cuando aparece en la colección homónima). En el prólogo explica que la elección de la palabra khurbn, “destrucción total” en yidish, parte de su disgusto por la inadecuada “holocausto”: “Una palabra con la cual jamás me he sentido confortable: demasiado cristiana, demasiado hermosa, demasiado insistente en el sacrificio. No la entendí entonces y no la entiendo ahora”. Clayton Eshleman ha descrito “Khurbn” como “pieza maestra… el gran poema de mediana longitud escrito en nuestro tiempo”. Después de alrededor de treinta libros de poesía, Rothenberg muestra todos sus poderes creativos y conocimiento de la poesía para sostener que “los poemas que primero comencé a escuchar en Treblinka son el más claro mensaje que jamás he recibido sobre por qué escribo poesía. También son una respuesta a la proposición —de Adorno y otros— de que la poesía no debe o no puede ser escrita después de Auschwitz”.
        Un libro posterior, Seedlings, continúa la meditación sobre el holocausto con “14 Stations”, una secuencia de poemas compuestos para acompañar los carboncillos monumentales de Arie Galles, derivados de las vistas aéreas de los principales campos de exterminio Nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en esta ocasión el poeta decidió utilizar la gematría, técnica de la numerología tradicional hebrea basada en el hecho de que a toda letra del alfabeto hebreo corresponde un número específico. Así, palabras y frases cuya suma es igual, se encuentran conectadas de alguna manera. Si dicha secuencia cierra el libro, otra lo abre, una meditación personal sobre la muerte: el poema “Seedlings” habla a y sobre aquellos ya idos compañeros cercanos en la vida de la poesía: Robert Duncan, George Oppen y Paul Blackburn. Pero es, tal vez, el título del segmento central el que con mayor precisión describe las preocupaciones de Rothenberg en aquellos años y los que estaban por venir: “Siglo Veinte Ilimitado”. Que al comienzo de la segunda década del siglo XXI la poesía siga siendo el centro vibrante de la actividad imaginativa, es prueba viviente y testimonial de este Jerome Rothenberg.
        Pero he utilizado ya casi todo mi tiempo, y el libro más reciente del que he podido hablar data de 1996, hace dieciocho años. Desde entonces, Rothenberg ha publicado otra docena de poemarios, una antología o dos y varios volúmenes de traducciones y ensayos. Recientemente, un libro que utiliza la estructura que desarrolló para sus antologías es Eye of Witness, una manera innovadora de cosechar la multifacética riqueza del trabajo que ha arado y sembrado en diversos campos. De hecho, si lo sumamos todo, Rothenberg ha escrito más de 80 volúmenes de poesía hasta la fecha, casi uno por cada año de vida. Lo que no ha cambiado en esta poesía de cambios es el deseo de cambiar o, citando a Charles Olson, “lo que no cambia / es la voluntad de cambiar”. La misma viva y despierta inteligencia que mira a y engancha al mundo con gran cuidado y humor, el mismo deseo exploratorio de investigar y cambiar el mundo experimentando a lo largo de la interfaz humana entre mundo y hombre, por ejemplo, los lenguajes que animan la poesía de Rothenberg como hace 60 años. No hay quietismo Altenstil para él, no hay “sabiduría de la vejez” porque, como dice Gottfried Benn sobre el Fausto de Goethe, cuando el héroe súbitamente encuentra la felicidad en la relajada persecución del romance campirano, “eso no es sabiduría, es cansancio”. Nada de eso para Jerome Rothenberg, quien vive como nómada en el camino entre ciudad y ciudad, Oku no Hosomichi, como dice Basho, lo encontrarán tal vez en el mercado de Tokio adorando los grandes cuerpos de los atunes toro, y al otro mes discutiendo poéticas con algún viejo poeta de Seúl, antes de regresar, ayer o mañana, a París para cantar canciones navajo de caballos, y —sorpresa, sorpresa— si tienen la suerte de estar allí, estará en San Luis Potosí, para que mañana pueda escribir de las aventuras de estos viajes y continuar cambiando el mundo, es decir, nuestras mentes, para continuar pasado mañana con sus viajes, los cuales, espero, no terminen nunca. Y ahora, ¡Jerome Rothenberg!

Pierre Joris
Bay Ridge, Brooklyn.

 

 

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