Ciudades en el tiempo. Antonio Cisneros en el corazón

antonio-cisnerosLa poeta y catedrática de Comunicación, Lucía Rivadeneyra reseña las aventuras y las emociones que le generó la lectura de este libro de crónicas publicado por La Otra y la Universidad Autónoma de Nuevo León, de uno de los más significativos poetas no sólo de Perú, su patria, sino de habla hispana.

 

 

Ciudades en el tiempo. Antonio Cisneros en el corazón

Lucía Rivadeneyra

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Lucía Rivadeneyra

Un libro como un viaje empieza con inquietud y termina con melancolía, decía José Vasconcelos. Y la frase, más allá de su validez, se puede aplicar a la lectura de Ciudades en el tiempo. Crónicas de viaje de Antonio Cisneros; el cual provoca, primero, inquietud por saber acerca de la prosa del poeta. Después genera melancolía, pero no melancolía a secas sino profunda. Aunque en este caso la melancolía sí tiene remedio: se puede volver a leer el libro las veces que sea preciso, volver a las crónicas que más gustaron, releer las que más conmueven las veces que sea necesario.

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Antonio Cisneros
El peruano Antonio Cisneros dejó este mundo hace relativamente poco, alrededor de dos años; no obstante, su corazón late a la par que sus palabras. Hacía mucho tiempo que leer crónicas no me emocionaba tanto. Quizá porque reflejan honestidad, y la honestidad se ha convertido en una joya muy, muy, muy extraña, muy rara.
Cada una es una historia breve, relatada con frescura, con una dosis de humor extraordinariamente bien medida. Cada una es un ente redondo e intenso, como una cadera de mujer muy bien formada. Cada una refleja la sensibilidad de un poeta mayor que viaja por el mundo. Qué haríamos sin los viajes algunos de nosotros y sin el testimonio de otros viajeros.

Cisneros ofrece temas disímbolos: va del ocaso de las conejitas del Club Playboy de Chicago, por cierto en la página 69, sin dejar de mencionar la fotografía de Marilyn Monroe en el primer número de la revista, a su época de guía de turistas. Va de la rata insolente y canalla que es la página en blanco a sus hospitales favoritos; de su fobia a los conejos, no a las conejitas; así como del muro de Berlín a la maldad de la señora C…
“En la crónica importa más el cómo que el qué” dijo alguna vez un gran maestro de periodismo. Y estoy de acuerdo. Siempre que leo crónicas descubro, con agrado, una anécdota, escenas diversas, un olor, una mirada, una textura, un sonido. La manera en que Cisneros logra aprehender el mundo es inolvidable. Seduce de tal forma a las palabras que éstas se nos revelan y nos crean las imágenes perfectas de los personajes elegidos, de las ciudades, de las emociones, de los placeres. Algunas descripciones memorables:

. La de una mujer japonesa: “era más fácil definirla como un grano de arroz en el misterio”.
. Su concepto de los años ochenta: “eran apenas un pálido reflejo de los tiempos del Che y la guerra de Vietnam”.
. Su acertada desacralización de los poetas, ya que entre otras cosas dice que son tan remotos que generalmente uno cree que ya se murieron: “Cómo ¿no estaba muerto? En realidad hacía mucho tiempo que habitaba en nuestras memorias, con su fecha de nacimiento y su fecha final, junto a Darío y Unamuno y Machado y todos aquellos grandes calvos o gordos o barbados de principios de siglo, definitivamente antiguos”.
. O su convivencia con el abstemio Guillermo Cabrera Infante que, sin duda, por lo que cuenta era bipolar. Anécdota inolvidable: “Fumador de puros habaneros era, en apariencia, enemigo feroz de toda bebida espirituosa. El simple tema lo volvía agresivo y descortés…una tarde me preguntó, de sopetón qué podía ser más terrible que un alcohólico. Ante mi perplejidad, él mismo respondió: quien ha dejado de serlo contra su voluntad. Cabrera era en el fondo, tristón y solitario”. Ojo, dice tristón, no triste.

Cisneros regala, insisto, postales de ciudades y de personajes, del clima y de la comida, del mal recuerdo de algunos amores, más bien dicho de uno en concreto y de su gusto por algunas mujeres. También reconstruye instantes diversos de la vida, como la muerte: “Poor Allen: una cirrosis, de nuevo cuño, lo mató hace un mes. Su agonía fue lúcida y larga. No estuvo solo. Sus amigos, solaz y consuelo, le tomaron la mano por turnos, en ese duro trance. Peter Orlovsky, su amante de toda la vida, lo besó en la frente cuando llegó la oscuridad final”.
Otro se refiere a la de su abuelo español: “Tenía apenas cincuenta y tres años. Una peritonitis ocasionada por algún camarón de la paella puso fin a sus días. Dos semanas después, el mundo deliraba de entusiasmo por el descubrimiento de la penicilina”.

En cuanto a la geografía, brinda imágenes más que de Japón de la estructura mental del japonés, por ejemplo: “un japonés no miente”, “un japonés no roba jamás”. De igual forma, gracias a él se puede reconstruir Amsterdam, sus canales y la casa de Ana Frank; Chile e Isla negra, que no es isla; Berlín y el muro, o el mismo Perú, entre muchas otras.

Entre él y yo no hubo trato continuado. Qué más hubiera querido yo. Sólo un par de miradas más casuales que premeditadas, alguna charla suelta, gracias -entre otras cosas- al Encuentro de Poetas del Mundo Latino, en Morelia. Sin embargo, la imagen de Antonio Cisneros y algunos de sus poemas se quedaron muy adentro de mí. Por eso celebro hacer estas reflexiones en el corazón de la ciudad de México, en la Feria del libro del  Zócalo.
Estas crónicas son breves historias. Son instantes que fueron parte de su vida. A lo mejor por eso, a pesar de las pocas veces que lo vi, se me quedó adentro, entre algunas de las vísceras más importantes, entre el cerebro y el corazón; por sobre todo, en el corazón.  Gracias a Antonio Cisneros descubrí Ciudades en el tiempo, título por cierto muy acertado. Gracias a Antonio Cisneros redescubrí lugares y personas. Gracias a este poeta-cronista, el lector puede irse a comprar boletos para viajar y llevarse entre las ropas las palabras de estas Cónicas de viajes, en donde Antonio Cisneros al referirse a Stephen Spender dice “Vestía un riguroso terno de tweed, corbata a rayas. Bien pudiese haber sido el presidente del Banco de Inglaterra, a no ser por esa mirada profundamente bondadosa, bonachona más bien, y las manos honradas”.

Yo diría lo mismo de Antonio Cisneros, en sus poemas, en su narrativa y en sus crónicas (las cuales pienso compartir con mis alumnos, para que aprendan a contar historias), en su obra toda, se refleja la mirada y la sonrisa bonachona de un hombre de palabra y manos honradas.

De estos hombres, por desgracia, quedan pocos. Pero, aquí está él. ¡Salud por ti, Antonio!

 

Cisneros, Antonio. Ciudades en el tiempo. Crónicas de viaje. La otra/UANL. México, 2014.

 

 

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