Agustín Ramos. Doble Moralia

agustin-ramosEl narrador hidalguense recrea en esta crónica los avatares de su estadía en Morelia, Michoacán para presentar un libro de un tal Mario Chávez-Campos. Esta es la historia.

 

 

Doble moralia
Agustín Ramos

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Agustín Ramos
Vine a Morelia porque me dijeron que aquí presentaría el libro de un tal Mario Chávez-Campos… Me hospedaron en el Virrey de Mendoza, suntuoso y sombrío edificio dieciochesco de cuatro plantas decorado con reproducciones insufribles de Velázquez.

Cuando daba mis primeros pasos –agú agú– en la Madero me roció una brisa que, aunque era efecto colateral de una casi vandálica operación limpieza, más bien parecía residuo de llovizna o sobresalto de fuente ante el ventarrón. Las gotas de agua producían arcoíris al estrellarse contra los muros de cantera salmonada y los viandantes neutrales buscábamos refugio.

Hombres y hembras coreaban tras la trinchera de una pipa municipal apostada a la altura del palacio Clavijero: a un lado chingada madre, atrás, atrás, ábranla.

El chorro pretendía salir disparado al suelo pero la erección de la manguera impedía dirigir el agua a cualquier punto preciso. Por mi parte –no sé otros–, hallé justo a tiempo el quicio de una puerta colonial que salvó de resfriarse a mis zapatos que no son pantuflas pero como si lo fueran de tan comprensivas.
Un camión de volteo, un contenedor rodante, camionetas del ayuntamiento y escasas patrullas y motocicletas de policía, desfilaban juntos pero no revueltos con la pipa municipal y la turba uniformada de playeras y gorras azul celeste, escobas Hechicera, cubetas Surtidor y fibras Amonia.

Una vez traspuesto el carnaval como de falsas y entre furiosas y eufóricas sirvientas y amas de casa, pude haber reiniciado mi paseo vespertino por el rumbo contrario. Pero mi memoria histórica me recordó que pasando la catedral estaba el plantón de los maestros cenesistas que pretendían impedir sesionar al congreso local. Y, como suele decirse, pensé lo peor: mi olfato y mi sino me conducen no pocas veces a escenarios donde ocurre la Historia y esta vez no tenía por qué ser la excepción, de manera que marché cual rapsoda tras el bolón de asalariados, a prudente distancia, eso sí, para resguardar mis papos stanhome de ante color paja y suela gomosa que me regaló Meli con motivo del día del amor y la etceteredad.

El desenlace era más que previsible aun cuando la masa resultaba más bien enteca. Sus cartulinas, portadas por minifalderas, invocaban la armonía, la limpieza y la conciencia ciudadana. Las playeras dictaban el lema oficial Morelia suma de voluntades., En las gorras de beisbolista se inscribían las iniciales SEMACM, Sindicato de Empleados del Municipio, Ayuntamiento y Conexos de Morelia. Y las mantas de vinilona convocaban a la unidad por el bien común. O sea, ningún signo de la reloaded mode peñanietista de infiltrar provocadores.

Y sí, pues. No pasaron del costado poniente de la catedral donde había un templete fondeado con el anuncio de la jornada social y relleno por una botarga en forma de escudo sindical con los colores del Monarcas. Ahí un erizo de micrófonos y un panal de bocinas enmarcaron un cierre que duró dos baladas de una chica de Ingresos (Ya no eres mi bombón y algo de Jenny Rivera), un tanto más de algún delegado de Parques y Jardines (Si no te hubieras ido, Cómo olvidarme de ti) y un discurso sobre la vocación de servicio y la limpieza y el orden como atractivos turísticos: cierre dedicado a un público azul cielo que se hizo crepúsculo en cuanto llegó al templete. ¿Para volver a casa, para hacer fila en el cajero Red o para definir el mejor sitio donde rematar la tarde: el quien saqué de las rosas?

El último sol afilaba las espléndidas cimas de la catedral cuyos repiques daban el cuarto para las siete. Enfrente, con talante patibulario, el hueco palacio de gobierno se hacía escoltar a huevo por la algarabía silvestre de los portales. A los lados, los árboles con peluquería de paleta de caramelo macizo, resistían su ridiculez con el mismo estoicismo que los maestros resistían la indiferencia y/o la condescendencia mayoritaria.
Por mi parte –otros no sé– ni por aquí me pasaba entonces el plantón ese de la CNTE, así que me dispuse a marchar a mi hotel dulce hotel. Los héroes también nos cansamos, pensaba nostálgico de cuántas y cuáles epopeyas.

Fuera de programa, empero, el escenario disfrazó su vacío tras una rola de Rod Stewart que quise oír decentemente, sedentemente, en una banca próxima al kiosco. Entonces, sólo entonces, un auténtico empleado de limpieza –chaleco verde limón, recogedor de bastón y escoba de varas–, pasó recogiendo las huellas de la Historia: hojas secas paradójicamente humedecidas, algún celofán rebelde de ate y una sola colilla que yo, juro por Dios, no había tirado, ¿o sí?
En fin. Al primer y único policía creíble–quepí azul marino, pelo blanco y renguera de artrítico–, lo vi a las siete y media, cuando tomaba una muy recomendable La Brü, winter ale artesanal de Morelia, 8.8 grados, en el portal Matamoros.

Al otro día, obvio, ningún periódico digno de tal nombre mencionará el trascendental suceso que rescato acaso para The History Channel. Porque para el único diario progre de estos lares las autodefensas son nota principal obligatoria y el interés que despiertan sus ocho columnas se achica gacho frente a –demos un ejemplo de grrr rabiosa actualidad–la noticia del primer matrimonio homosexual en Michoacán y la furibunda reacción del obispo de la diócesis moreliana y del nuncio apostólico romano poniendo el grito literalmente en el cielo (“para detalles del doctorado honoris causa otorgado por la universidad nicolaíta a Carlos Facio pase a páginas interiores”).

 

 

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