Los ríos de Blanco Móvil. Lazlo Moussong

eduardo-moschesLa longeva revista que dirige Eduardo Mosches nos conduce por estos cauces íntimos de la literatura y la poesía. Lazlo nos invita a navegar por sus páginas haciendo el papel de barquero.

 

 

Los caudalosos ríos literarios
Lazlo Moussong

blanco-movilEste número excepcional de Blanco Móvil con el tema de ríos, es una robusta inspiración de su editor Eduardo Mosches, y su revisión primero y luego su lectura deja la impresión de un número caudaloso y rico en paisajes y pasajes creativos.

Creo que Mosches, cuando escribió su poema “Como el mar que nos habita” –aquí incluido parcialmente– no se imaginó que en algunos versos su mente ya adivinaba este número futuro de la revista, pues leerla implica abordar la lectura como él –sin haberlo previsto– nos lo propone, y lo cito a la letra:

 

          “Sumergirse para iniciar el movimiento
          “nadar, placer de la inmersión
          “crea en cada movimiento
          “una forma diferente.
          “Crecen brotes de agua
          “Entre tanto jabalí que reposa…”

¿Qué me representan aquí los jabalíes que reposan en las riberas de estos ríos literarios? En cierto modo, serían los 27 textos mientras no son leídos para que, a su lectura, uno a uno –como brotes de agua– vaya convirtiéndose en un río.

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Eduardo Mosches

Hay que nadar y sumergirse entre este mar de ríos, donde unos transcurren por los caudales fluidos de su geografía poética; otros se expanden y permiten navegar en los esteros o lagunas de la prosa y la narrativa, y no falta el rebalse de un texto analítico.

Aqueloo es un dios y un río divino, que transportó en sus aguas la enorme carga de belleza e historia griegas, para verterla en el mar Jónico, desde donde dispersó hacia el resto del mundo gran parte de la belleza que la cultura griega ha aportado a la especie humana hasta nuestros días y quién sabe por cuántos siglos más.

Aqueloo y su esposa, la musa del canto y la tragedia, Melpóneme, son los padres de las sirenas, con cuerpos de mujer y ave, cuyos cantos enloquecía a quien los escuchara. Así que un río, que un dios-río y su esposa una musa, ambos engendradores de belleza, campean sobre esta revista con el tema de los ríos, y con el atributo de su canto poético y sus lechos narrativos, así que sepan, Moshes y los otros 26 autores, que ellos y este Blanco Móvil 125 está ampliamente protegido por las divinidades, a lo que contribuye el equilibrio de creadores masculinos y femeninos: 13 escritoras y 14 escritores, donde el décimo cuarto se justifica, porque Eduardo Moshes no es invitado sino el convocante.

Cuando comencé la revisión de los contenidos, recordé una cordial novela autobiográfica, que leí hace mucho. Se trata de El río, de Rumen Godden, que León Felipe tradujo por placer y para la que escribió la recomendación de la cuarta de forros.

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Así inicia esta novelista británica, en su primer párrafo, la narración, y lo reproduzco:
“Era un río de la India, de Bengala. Mas, para el objeto de este libro, pudo haber sido lo mismo un río de América o de Europa; de Inglaterra, de Francia, de Nueva Zelandia… o del Tombuctú, aunque no haya ríos en él Tombuctú. En cada sitio habría tenido un garbo diferente: la cobra de Bogui habría sido de otra manera, desde luego, y el aire de la gente que habitase en las orillas de este río habría sido diferente también.”

Y es que los ríos, grandiosos labradores de montañas y abismos, son portadores de todas las emociones humanas posibles, son memoria histórica, son sembradores de peculiaridades de los grupos humanos; pero en los últimos decenios, también han sido víctimas del virus humano de la irresponsabilidad, y parece que ha estallado la guerra: los ríos demuestran su poder de destrucción a este contaminante insecto para ponerle el alto.

Sin embargo, los ríos de Blanco Móvil reúnen en su diversidad una fecunda historia de amor entre los ríos y los seres humanos que los aman, que están cobijados por la divina belleza de Aqueloon y su familia.
Este mapa de ríos hace de Blanco Móvil 125 un número arrolladoramente caudaloso de contenidos, formas y temas,así como  percepciones en torno a la relación de los ríos con el Hombre en una infinita cantidad de posibilidades.

No quiero, en esta presentación, ni intentar una generalización ya que, como los ríos, no hay un solo texto que, en contenido, forma y tratamiento, pueda hacerse equivalente con ningún otro, ni tampoco hacer interpretaciones que no vienen al caso, para las que no hay espacio y, sobre todo, que serían muy riesgosas especialmente respecto de la poesía, pero sí aportar alguna breve y mera percepción personal de cada uno.

En cada poema, prosa, narración o rememoración se manifiesta ese ‘garbo’ diferente del que escribió Rumen Godden, porque cada texto corresponde a uno o más ríos, unos monumentales, torrenciales, como el Mapocho que a Roberto Arizmendi lo encierra en la memoria de torturas y genocidios, o el Guadalquivir, que da lugar a Carlos Aguasaco para reflexionar con Borges cómo el río es otra forma del tiempo y como el tiempo es otro río. Y José Balza nos lleva a la inmensidad de las aguas del río Orinoco, con un testimonio amplio por tantas cosas que abarca en relación con ese río, y donde el autor parte desde su infancia y su crecimiento, pues dice: “el río es un destino”;por lo tanto, marca el destino de sus ribereños como elde este autor; bullenrecuerdos personales a los que incorpora la memoria de ese río formidable, que también atestiguó tantos crímenes, que ha conocido tantos viajeros ilustres desde que en el Orinoco hay historia, para finalizar en un lenguaje de ensayo relacionado con el paso, físico o creativo, por ese río de grandes y menores escritores.

Encontramos la narración desbordada de ríos de alrededor del mundo, en un tono de recuerdos, con un ‘garbo’poético muy sutil, en ese deslizamiento entre evocaciones de Francesca Gargallo con su texto, que encabeza un título frío que no anuncia el calor humano que encierra el texto, “Acerca de esquemas, ríos y ciudades”,en el que se hace acompañar del lector en un paseo delicioso por ríos que atraviesan o pasan por ciudades en torno al mundo, y en cada río de ciudad o puerto nos transmitemuy breves pero sensibles evocaciones y nostalgias con las que a ella le fueron marcando el alma y el corazón desde su infancia.

Así como es en la naturaleza, en el contenido de la revista vamos sobre un río largo, y ocasional e irregularmente nos lleva a diversos recodos, que son esos poemas breves, unos de reposo, de corrientes musicales y luminosas,y otros de violencia, de muerte, de choque violento y amenazante del agua con la roca, para dar la vuelta y seguir su cauce.

De los primeros,los poemas breves, serenos, interiores, de recodos de paz, hallamos el alusivo Río Grande de Rosa Gaytán donde con amor le “enseñaron a flotar, a abandonar el piso,” hasta que ya nadie tuvo que sostenerla y, junto con su cuerpo, su vida fue libre.Y nos hallamos también con ese luminoso recodo de Alicia García Bergua, “que avanza por las noches / entre escollos y piedras”, y “a mediodía reúne los colores y nieblas y hace olvidar lo oscuro.” Y otros dos recodos de Kary Cerda, que son del Paraná en “Entre ríos” y el“Iguazú”cuyos colosales caudales le generan pocos pero refinados y significativos versos con anhelos íntimos, o una canción que espera su melodía, como elpoema “Río” de Abril Albarrán.

Otros recodos que vamos hallando al navegar en el río en que se convierte esta revista, son rincones de belleza pero de riesgo, como “Escenas del Río Colorado”, donde Grissel Gómez Estrada combina o integra amor, goce  y belleza con augurios de aves de rapiña.
Y más adelante Jorge Manzanilla Pérez, en su “Contracanto de los mares”, nos lleva a un dulce remanso de amor por su río, entre imágenes amables, acariciantes y de encantamiento.
Seguimos navegando, y hallamos a Cyntia Pech, con su poema “Tiempo de migrar” donde, al alcance del río Sena, yo veo una alegoría de lo que sería el estancamiento, la inacción en esperar que “el relámpago caiga sobre el río”, imaginar mientras actúan la ventisca y la canículay otros fenómenos externos, que indican que es tiempo de migrar, de afrontar el movimiento.

Edwing Roldán Ortiz, en “Río arriba”, con versos precisos, suficientes, se asume como el río a contracorriente, lo inunda de sensualidad, invierte la corriente y retorna río arriba, para no entregarse al mar y en él morir.
Andrés Cisneros de la Cruz vuelve al poema largo, con “Canto tallado hacia adentro” donde hurga, con ánimo alterado, en profundas entrañas de lo que significa el río, en tanto que, como contraste, José Ángel Leyva, en su poema “Puente”, confiesa cómo la lancha donde él va se detiene un momento bajo un puente del río Sena parisino, y el poeta, a su vez, detiene el tiempo al momento mismo en que, como un relámpago, reflexiona sobre su identidad, logrando un interesante tejido de relaciones entre su padre, su infancia, su identidad y ese puente.
El fragmento del poema Saravá, que aquí publica Jorge Ruiz Dueñas, quien en su vida poética ha recorrido y, como mago, ha puesto en acciónla vida toda en los sitios que lo marcan profundamente, en sus más diversos aspectos y sus manifestaciones minerales, vegetales, animales y humanas, comoen su poema de largo alcance “Desierto jubiloso”, el de Baja California como él lo ve y lo vive, extrae de hasta debajo de las piedras o encima de las arenas caprichosas, o del aire mismo todo aquello, no humano y humano, cuya poesía va señalando, y no sólo arena,cactus y calor seco como es la visión vulgar. Hablo de esto, porque percibo que Saravá, fragmentado en la revista, está en la misma dinámica de observación profunda, múltiple, ambiental; de lo humano y lo no humano de la vida que en el desierto hay que extraer, y que por el contrario, en el río Amazonas, de infatigable naturaleza, toma el rumbo inverso, puesno extrae su vida ocultada, en este caso, por la feracidad de su entorno,  sino parece que lo estuvierapenetrando en sus densidades selváticas. El lenguaje de este poema es lento, por ser de honda y cuidadosa observación, y le confiere un ritmo que coincide con el transcurrir señorial y aparentemente tolerante del Amazonas.

Con “La desembocadura”, Gustavo Marcovich nos da un relato que implica una tragedia fluvial, en la que el humor cínico, de pedrada en pedrada, va impidiendo la cristalización del drama no obstante que sí hay una víctima, que el humor de Marcovih sólo acepta como ‘posible’ y no evidente, inmolado por el río y el mar.
En “Cuestión de mapas” Zulema Moret nos conduce al río ardiente Flejetonte, uno de los ríos infernales de La Eneida,y de los otros cuatro ríos dolorosos del Hades, que son el río de la pena, el de los lamentos, el del olvido y el del odio,de los cuales la poeta elige para navegar el río Lete, el del olvido.

Y de nuevo estamos en el río Colorado, con “Nostalgia de la sombra” de Eduardo Antonio Parra, con un fragmento de novela tenso y sexual, que sucede en su ribera, hasta el comienzo de que parece será un nuevo y peor infierno, que es llegar al otro lado y ser atrapado. Por su parte, Eduardo Milán, sobre el río de sus orígenes, con el poema “Versión de la primera forma” nos lleva, con implícitos sentimientos de amor y nostalgia, a la historia y el paisaje humano del entorno del río Uruguay.
Socorro Soto, con “Río grande” (el personaje más presente en estas páginas), transmite en un poema pequeño pero vivaz, un remanso idílico en un espacio que, por sus bondades, desmiente a la bravura del también llamado río Bravo, con reminiscencias de una infancia otrora feliz.
Similarmente, “El viento entre los sauces” de Ramón Iván Suárez Caamal, sin referir de qué río se trata, ofrece un poema placentero, de monólogo amigo con la naturaleza reposada, demasiado serena en un cuadro de muchas cosas bellas e inmóviles, creando una serenidad que hasta lo agobia.

En “Huracán, el de una sola pierna”, Maya Lima acude a la mitología del Popol Vuh, con una prosa poética de sabor mitológico. Uno de los dioses creadores del Hombre y su entorno –con la creación de Maya Lima–, en este poema expresa la alegría que manifestó Caculhá Huracán, cuando en el libro sagrado se dice de su alegría al ver realizada su creación, con la ayuda de otros dioses del Popol Vuh que en este poema no aparecen.
Adriana Tafoya en su poema “El derrumbe de las Ofelias” crea un hermoso mito de mujeres misteriosas que se sumergen en el agua de los mares, lagos y ríos, quienes siendo de cuidado, sin embargo son dadoras de vida.
Y la revista concluye con dos poemas de Mariana Vacs, “Atardecer en el río” y “Redes”. El primero es un poema de la hora de la quietud y el silencio en todo un entorno que incluye al río como un pasaje mudo, y el último, “Redes”, cercano al haikú por su brevedad, el tono y el fenómeno sutil como se manifiestan sus componentes, cierra deliciosamente como un punto final.

 

 

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