Para oírte cantar

José Ángel Leyva
LeyvaDos buenas noticias para La Otra. La primera es que esta publicación electrónica ya cuenta con ISSN, y la segunda, que la Universidad Autónoma de Sinaloa, nos refrenda el apoyo de coedición de La Otra impresa… continuamos. Una noticia más es la aparición del libro “Cautiverio” de Pablo Molinet. Aquí mis reflexiones sobre dicha obra. Enhorabuena, Pablo.

 

 

En la palabra cautiverio sólo hay cabida para significadosde privación y sometimiento. La acción pretende reducir o aniquilar la libertad de movimiento o de conciencia; domesticar o esclavizar, castigar o reprimir, son vertientes de un mismo cauce donde animales y hombres responden al ejercicio del poder humano. Pablo Molinet se impone desde los comienzos de este libro, Cautiverio, iluminar el dolor de la negación de la persona, de su espacio, de su tiempo. La revelación y la rebelión son parte indisoluble de esta argamasa de sombras y oscuridades en las que el poeta encuentra luz propia; recupera el movimiento que lo distancia del recuerdo y el trauma, de la vejación y la clausura. Son los nombres del miedo y el espanto los mismos que dan sentido a ese afán de juntar agua y luz en el cuenco de las manos, para mirarse reflejado fuera de la prisión, no en el lugar del pasado sino en el cambio de los días, en su representación.

Pablo Molinet
Pablo Molinet

En Sobre el dolor, Enrique Ocaña recuerda al joven Hegel cuando apunta que el dolor tiene tres formas de manifestarse: el grito, el llanto y el canto. El grito responde a la inmediatez, a la reacción física, a la alarma, a la impotencia del lenguaje que nos reduce a eso: un sonido gutural; el segundo implica el desahogo, el ensimismamiento, el coraje, pero sólo el canto conlleva la reflexión, la conciencia del sufrimiento, su re conocimiento.Los versos de Molinet resuenan en esa oscuridad despiadada que insiste en aprisionar la voz, el aliento, la claridad del sueño. El discurso allana las fronteras del pasado y el presente con todo y su porvenir. Una vez abiertas las puertas del presidio se vive de nuevo cada estancia del encierro, se desentierra o se desemboza la experiencia con efectos liberadores. El dolor no se oculta, se desenmascara y se nombra.

De la mano de Ocaña retomo esta cita: “Ciertamente, Schopenhauer distingue entre dolor moral y físico, pero no los separa de la esfera del cuerpo y de sus necesidades materiales: ‘Quien sufre injusticia tiene conciencia dolorosa de la negación de su voluntad manifestada por su cuerpo y por sus necesidades naturales’. Quienes sufren angustia por pérdidas o agravios no son almas descarnadas, sino cuerpos singulares. Mas tanto el optimismo filosófico como institucional tiende a ocultar ese sufrimiento: ‘En el teatro de la vida, como en toda mala mercancía, hay una capa exterior de falso brillo: se oculta lo que se sufre’.”

Pablo Molinet
Pablo Molinet

Molinet retira la máscara para verla de frente y ser mirado. Observa a los personajes en suscircunstancias al tiempo que éstos inquieren no sólo al autor sino a los mismos lectores. La degradación moral a que son sometidos echan en cara el dilema de la libertad. ¿No es acaso lo que sucede allí, en ese reclusorio de cuerpos y de almas, lo mismo que se practica en el planeta? ¿No hemos convertido, o ya era, el mundo en una cárcel de donde sólo podemos salir por la gracia de la muerte? “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”, escribió Plauto, o “El hombre es lobo del hombre”, dice Thomas Hobbes en su Leviatán. Nada de lo que acontece en la prisión es ajeno a los sucesos externos, de esa supuesta vida social libre y democrática, teocrática o monárquica. Ese laboratorio de infamias es un agujero más dentro de un agujero.

Para el poeta, el universocarcelario no es comparable con las dimensiones astronómicas. Los estudios planetarios, la observación detallada del Sistema Solar o el mapa de las constelaciones es una muestra de la imaginación científica, de la capacidad del hombre para ampliar sus sentidos y rebasar los límites del cuerpo y de su entorno. Ya lo dijo MarshalMacLuhan, con la electricidad el hombre extendió su sistema nervioso. Hay en esta obra de Molinet la noción persistente de un afuera, de un más allá de los límites impuestos, de la estrechez espacial y existencial a que nos remiten las circunstancias y las leyes.Molinet establece así puntos de referencia exorbitantes para trascender la enajenación cotidiana de las amenazas, la costumbre que viola, aplasta, envilece, odia, venga, minimiza, enceguece. Luego, ante la fuerza de la crueldad, la obnubilación, la estulticia, antepone la percepción de la naturaleza, el movimiento que libera de la cárcel interior: “A esa hora en que todo el negro del mundo /se agolpa en el cielo y la garganta, /un cetrero soltaba sus dos águilas /en el baldío junto a los muros del penal  /…  / Y a esa hora en que el encierro avanzaba en guardia, /todo se desvanecía, salvo las águilas.”

Pablo Molinet
Pablo Molinet

portada-cautiverioCautiverio puede ser, toda proporción guardada, lo que Rimbaud descubre en Una temporada en el infierno. No es necesario viajar muy lejos para entender en dónde actúan las fuerzas del mal, dónde habitan los demonios. La inmersión es honda, no cabe duda, pero el infierno y la cárcel están entre nosotros, en cada uno de los sujetos poseedores de conciencia y de lenguaje. El canto es liberación del dolor, por consiguiente, el poema abre las ventanas y las puertas a la memoria. En la recreación de los recuerdosrecupera la emotividad de los hechos, pero desvanece sus fuerzas inmovilizantes, pétreas, en signos líquidos, aéreos. El recorrido por esa cárcel o por ese infierno no nos impide la salida, nos nutre, no enseña, nos libera.

Molinet emprende un seguimiento de sombras que merodean en la penumbra de la memoria, las extrae del apando de sus emociones. Hay un relato casi cinematográfico en esa urdimbre de imágenes atroces, en ese grito de sobrevivencia que se desovilla en cada verso, en cada movimiento en que los actores dibujan su dolor y su repugnancia, su desaliento y su coraje, la impotencia y el orgullo. Personajes heridos por la impiedad y el infortunio, pero sobre todo por la orfandad.La jerga carcelaria se entrevera con el refinamiento intelectual y el discurso que concentra su energía sublime en las palabras elegidas para estar del otro lado de la alucinación y el extravío, de la imposibilidad: “o en el tren que se oye venir al fondo del resistol, /o en una conversación que nos llevó a través de la noche /como una autopista hasta el amanecer o Las Vegas, /se nos quebró un espejo por dentro  /y vemos las cosas múltiples, simultáneas. “ (“Tomamos tanta leche que pasamos el antidoping”), o más adelante: “Por un instante de piedra y hielo, /tus ojos y mis ojos se hallaron /donde giran los asteroides, /en el sitio del cautiverio.” (“En la luz del amanecer”)

No me parece exagerar si digo que en la poesía de Pablo Molinet concurren numerosos recursos visuales, desde el cómic o historieta hasta una amplia filmografía que nos sugieren sus versos en los que la violencia es caricaturizada, y el drama social y familiar aparece no como algo próximo sino como un fenómeno enmarcado por escenografías naturales o urbanas, expuestas en horizontes vaqueros o desiertos inspirados. Secuencias de personajes-actores que viven historias de película entre pistolas, escopetas, camionetas, música de fondo de Sarah McLachlan o Joan Báez. Esto mismo me lleva a la idea de que sus alusiones y referencias científicas son guiños de ciencia ficción del tipo BladeRunner, de Ridley Scott, por la humanización de los replicantes que narran lejanas batallas y espectáculos espaciales, pero sobre todo por el deseo de ser libres y vivir sin codena.

La Naturaleza ya no puede ser vista sin la civilización, pero el poeta recupera esa posibilidad de admirarla sin la presencia humana, de reconocerla como pérdida o ausencia en la sensibilidad moderna. El conflicto está en la incapacidad de ver y recordar la finitud de ese poder tecnológico, motor de la tragedia. “Un corazón libre es una piedra húmeda, nada más”, afirma Molinet para fijar su visión de este tránsito existencial ante la permanencia de los bosques, de los cielos, de los desiertos, mares y galaxias. Terminarán las ciudades y el silencio pondrá fin a la mente, sentencia el poeta, al tiempo que evoca momentos de paz y de felicidad en una playa con la abuela que amaba la proximidad del océano. Debate de magnitudes, de proporciones, de un alma presa y un pensamiento lúcido. Pequeñas vivencias desplazan la sordidez del ojo, la desesperanza. “Era de mañana. /Una puerta flanqueada por caballos de cantera /se abría a las montañas estériles y solas. /Una mariposa migratoria se detuvo en mí, /luego marchó.” (“Apuntes con un cabo de lápiz color plata”)

Pablo Molinet
Pablo Molinet

El dolor se desvanece poco a poco en secuencias y diálogos que abren un horizonte reconciliador y concluyente. La muerte de ese otro es la oportunidad de vida de sus otros, ex presidiarios o no. De algún modo esa visita a los infiernos de la violencia y el cautiverio resuelve el grito y el llanto en una respiración capaz de transmitir la pena, la reflexión, su estética siniestra. No dudo en afirmar que la estructura, el andamiaje de estos cantos se apoyan con firmeza en el poema “La máscara de llorar”. En esa columna recae gran parte de la fuerza catártica del libro.  “La máscara se cae. /Los pájaros del parque /destellan en mi oído /como el último Sol /sobre la fuente quieta. /… /rapaz, depredadora, /no me doy a tu pálido resplandor /ni a tu perfume negro, /no me trajiste tú, /comedora de lágrimas, /mi voluntad me trajo, /no soy más tu presa. /Si vine de tan lejos /fue para oírte cantar.”

 

 

La máscara de llorar

Para entrar donde habita mi asesina
prendo una veladora y me pongo la mascara
de madera musgosa, casi tierra.

Mansión sin techo, muros fracturados.
Vigas llenas de hongos se pudren en el pasto.

Se acerca mi asesina.
Huele a pájaros muertos en el ático.
Por la ventana rota de su cara
veo ese patio donde siempre llueve.
No tiemblo cuando roza mis mejillas
ese tacto tan húmedo y tan ávido.
El capullo vibrátil de la llama
es más firme que toda fortaleza. Este filo brillante,
mi sonrisa debajo de la máscara,
de todo me resguarda.

Así armado le digo:
“Presencia de las ruinas,
rapaz, depredadora,
no me doy a tu pálido resplandor
ni a tu perfume negro,
no me trajiste tú,
comedora de lágrimas,
mi voluntad me trajo,
no soy más tu presa.
Si vine de tan lejos
fue para oírte cantar.”

Responde con los pájaros del ático
que añoran para siempre
el emplumado corazón del viento:
Morí. Morí. Morí.

Calla. El canto se sostiene solo,
después se desvanece.

Para volver de ahí
aferro a la veladora mi atención
como hacen los muertos en su día.

La máscara se cae.
Los pájaros del parque
destellan en mi oído
como el último Sol
sobre la fuente quieta.

 

Habla la Reina

El olor de los pies y el olor de la cabeza, de las ingles y el sobaco,
se trenzan en uno solo que repta en las paredes. Es mía esa serpiente.

Los cuerpos crispados
en garras del predador que los habita
irradian el resplandor de un foco moribundo. Esa luz que muere es mi alimento.

Despertar en una cama inundada de sangre y no saber qué, ni quién, ni cómo
hay un cuerpo que agarraron, horadaron, desgarraron como si mandíbulas tuvieran en las manos;
cuando tienes esas cosas en los ojos lloras lodo. Soy el lodo.

Soy la cárcel.
Tu miedo, tu rabia y tu lujuria, las cosas que el miedo ve,
y la rabia anima y la lujuria prende.

Aquí, las piedras tienen boca humana, y gritan. Soy el grito.

[Para Paco Ignacio Taibo II]

 

Medianoche

El sometido
Soy un brillo de jardines en la humedad del ojo.

La Reina
Te lo voy a arrancar con este guante negro.

El sometido
Tu sonrisa es sucia como agua sucia.

La Reina
Agua en la que te reflejas.

El sometido
No soy yo el esposado ni el que muerde
el calcetín que lo amordaza.
No soy yo el que defiende su ano con rabia helada.
No soy yo ese sollozo.

La Reina
¿Por qué tu música no acalla
la boca roja que susurra “mátate”?

El sometido
Soy un soñar con luz
que en luz, atónito, despierta.

La Reina
Soy lo que viene cuando la luz se va.

 

 

 

 

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Un comentario en “Para oírte cantar”

  1. Te saludo, maestro Leyva, es un gusto leer tu revista y tus certeros comentarios. Extiendo mis saludos a Pablo y a tu selección de sus poemas.
    Leonel Robles

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