Lucía Rivadeneyra en su tierra. Claudia Hernández-De Valle Arizpe

lucia-rivadeneyraEn diciembre de 2013, Lucía Rivadeneyra fue la poeta homenajeada en el encuentro de poetas jóvenes, efectuado en Morelia. Claudia Hernández lo dice de este modo: “La obra publicada de Lucía Rivadeneyra es breve pero sustanciosa.”

 

 

Lucía Rivadeneyra con poetas jóvenes de Michoacán
          Claudia Hernández de Valle-Arizpe

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Lucía Rivadeneyra – Foto: Borzelli
Rescoldos  (1987), En cada cicatriz cabe la vida (1999), Robo calificado (2004) De hipocondría y ¡salud! (2006), son los libros publicados hasta ahora por Lucía Rivadeneyra. La antología Rumor detiempos, editada por la Secretaría de Cultura de Michoacán en su colección “Poesía michoacana contemporánea” en 2006 reúne buena parte del total de su trabajo. Utilísimas, las antologías permiten una visión abarcadora que evidencia tanto cambios como apegostemáticos y formales. Hay poetas que escriben, según reconocen ellos mismos, “un solo poema” a lo largo de su vida, aunque éste se lea bajo diferentes títulos de varias épocas. En otros, cada libro supone una entidad bastante independiente de la otra, siendo la experimentación y la renovación constantes, sus rasgos distintivos.

Lucía Rivadeneyra es ejemplo de poeta que combina ambas realidades. Es distinta en cada libro pero hay ejes temáticos, más que de estilo, que recorren sus poemas. Uno de ellos es el binomio ausencia/presencia. Lo que está sucediendo en la presencia de quien ama tiene una especial fuerza en sus versos llenos de cuerpo; un cuerpo femenino dicho conlibertad. A la par, el lector se llena de ausencia en ese otro universo paralelo (aparentemente irremediable) en el que las manos del que se ha ido sonnombradas con insistencia. Ese mundo: el de la ausencia, es habitado por fantasmas, como cuando dice: “Qué hacer con tu fantasma/que como verdugo medieval/aprieta mi corazón maltrecho”.  Y la ausencia, que en ese mismo poema del libro Rescoldos es “de piedra”, no parece dejarla en paz y amarra, con su naturaleza y tensión, los nódulos de su escritura.

En su primer libro: Rescoldos, la presencia puede ser, paradójicamente, tan dolorosa como la ausencia, y ello apunta hacia un rasgo esencial al discurso poético: decir las cosas como son, por más terribles que resulten. “La mañana del lunes/supe que era imposible/ remendar más tu presencia”, escribe en “Costura”, poema que resume una forma de ser y de estar que la conectan con la obra de otros poetas. Tal es el caso de Rubén Bonifaz Nuño. Sé que Lucía lo ha leído siempre y que lo admira. Cierto tono, cierta cadencia, cierto humor del autor de Albur de amor se recicla, transmutado, en algunos de los poemas de Lucía. En lo temático, por ejemplo, cuando escribe sobre el perchero que recibe el saco, la camisa y los pantalones de quien se ama, comparte con Bonifaz el decir las cosas llanas, las que todos algún día vivimos, pero vulneradas bajo la claridad de una luz meridiana. En lo musical, en el ritmo, se evidencia en poemas como “El sexto”, en el que recurre a los endecasílabos y a los heptasílabos, al verso encabalgado y  a la sentencia entre versos, en claro homenaje al poeta y humanista veracruzano.

Por otra parte, este lanzar los poemas como dardos que van al centro, se despliega con especial gracia en sus poemas cortos; poemas de seis, acaso de diez versos, en los que es hábil con el juego de palabras. Escribe en “Historia sin fin”: “Día a día/bordo en mí/ tu cuerpo/ Noche a noche/te desbordas/ en él”. Y ese tejer y destejer, de claras reminiscencias homéricas, se vuelve, también, otro eje de su trabajo.

Al binomio ausencia/presencia, referido en su primer libro al hombre, al otro, al que se ama o se deja de querer, se suma otro concepto afín, que es el de la espera, en su libro En cada cicatriz cabe lavida, de 1999. Ampliado al hijo que está por nacer, el tiempo se suscribe a ese hecho fundamental en la vida de una mujer, y deseos y miedos son enunciados en el tiempo presente con el verbo ser conjugado en versos de afirmación. A partir de este segundo libro, Rivadeneyra dota a sus poemas de una mayor ironía y , también, de una rabia que se enuncia dura. “A las cosas por su nombre” pareciera ser aquí una de sus consignas, y escribe: “Si pudiera llegar a la esquina/si pudiera comprar un estropajo/y tallarte la lengua y el coraje/si pudiera rasparme la memoria/para enterrar lo que dijiste”. Interesante resulta advertir que en este segundo libro se despliegan con igual prontitud la vida y la muerte.

Está el hijo en el vientre, el hijo que nace y, por otra parte, los suicidas. En el excelente poema “Escaleras”, la poeta nos lleva con ella, de manera vertiginosa, a subir los peldaños de una escalera; una escalera “cómplice” —nos dice— que conduce a la azotea y que nos advierte de una posible tragedia. Difícil no evocar, al leerlo, a una suicida como Melibea, herida de amor, ascendiendo una torre, para precipitarse luego al vacío; ese “Imán del precipicio”  al que se refiere la poeta michoacana en otro texto conla cadencia de una plegaria.

El de los suicidas como tema poético lo retomará en su libro siguiente: Robo calificado, ganador del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2003 y que abre, justamente, con algunos de sus mejores poemas, gracias a su economía verbal traducida en precisión de sable. Por razones lógicas, los textos que aborden el suicidio estarán llenos de preguntas. El dialogismo es la figura con la que construye el poema número II de “Los suicidas” y es de un especial dramatismo debido, justamente, a la presencia de esas preguntas, a sabiendas de que, del otro lado, no hay nadie vivo que pueda responderlas. En ellos, el uso del vocativo esclave: no hay medias tintas ni eufemismos para referirse al amigo suicida. Tampoco hay compasión para el que se queda.

Robo calificado es transparente. Toda la poesía de Rivadeneyra lo es, pero éste es el de más amplio registro en dicha transparencia no carente, sin embargo, del artificio que exige el poema y de la voluntad de estilo que sólo la madurez poética va dando. Ejemplo de ello es el texto titulado “El cuarto”, en el que establece analogías entre los celos y las heridas mortales del toro; versos impresionantes sobre este tema que ha generado, por cierto, metáforas y comparaciones memorables en la literatura. Pienso en “los feroces galgos morados” de Muerte sin fin, de José Gorostiza… En el poema de Lucía, los celos hieren, sangran, escurren helados, “pero rumbo a la muerte” —escribe ella—esperan el estoque o la cruceta./ Quizá el golpe de gracia del olvido”.

Cierro comentando otro rasgo que da unicidad a su poesía: el tono testimonial. Como autora de crónicas que es y como persona curiosa y observadora que también es, los sentidos alertas puestos en la realidad que la circunda, a Lucía su veta periodística se le cuela, de la mejor manera, en sus versos. Da cuenta de hechos personales, incluso íntimos, pero vinculándolos con la denuncia cercana a la nota, con un recuento de pormenores que recuerda la crónica testimonial.  Los poemas de “ Hospital”, en Hipodondría y ¡salud! dan fe de ello.

La obra publicada de Lucía Rivadeneyra es breve pero sustanciosa. Cada libro ha supuesto una entrega calibrada que nos deja confiados en que, cuando aparezca uno nuevo, leeremos poemas que, por su factura, su precisión, su descarada manera de decir el dolor y el amor, las razones y los efectos de estar vivos, no habremos de olvidar fácilmente.

 

 

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