Claudia Hernández-de Valle Arizpe, México, 1963

claudia-hernandezEl poeta y crítico mexicano, además de editor, José María Espinasa nos habla de “Perros muy azules”; destaca el enigma y la somatización en sus versos como una cualidad constante.

 

 

Perros muy azules, Claudia Hernández de Valle Arizpe
Era, México, 2012

José María Espinasa

José María Espinasa
José María Espinasa

La poesía de Claudia Hernández de Valle Arizpe siempre me ha parecido enigmática desde que hace unos veinte años la empecé a leer. Y eso es desde luego un elogio, pues el enigma resulta garantía segura de atracción, pues a la vez nos invita a resolverlo y nos garantiza una cierta densidad. Vean por ejemplo la diferencia entre enigma y adivinanza. Desde los mismos títulos sus libros suelen atrapar al mostrarse evidentes al tiempo que difíciles, brillantes pero oscuros. Y los lectores sabemos la importancia que tiene esa seducción que empieza desde el mismo título. Por ejemplo, yo tuve la suerte de publicar su libro Hemicránea, hace diez años, libro que ya había decidido publicar antes de leerlo sólo por el título.

Ya después, al leerlo, supe de que iba el libro, de su vinculación con los dolores de cabeza que la autora padecía, de la migraña que es capaz de llevarnos al suicidio. Y creo que los poemas de Claudia están ligados a esa sensación física en el sentido más literal del término. En su libro Sin biografía utiliza para el poema “Traída de Egipto” un epígrafe de Viel Temperley que dice: “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”. Y si Claudia va hacia su cuerpo, sus textos vienen de él, diría que hasta son parte de él. Le son consustanciales.  Pero si Hemicránea y Sin biografía son anzuelos evidentes para la lectura de los poemas que nombran, Perros muy azules es verdaderamente hipnótico, uno lo ve sobre la mesa de novedades de la librería –tiene la fortuna de haberlo publicado en editorial ERA, una de las pocas casas que publica y de forma notable poesía y a la que además ponen en algunas (es cierto que no todas, el mercantilismo es el cáncer de nuestras librerías) mesas de novedades- y piensa ¿eso qué es?

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Claudia Hernández-de Valle Arizpe
No les voy a negar que a veces las asociaciones sean extrañas. Por ejemplo: yo tuve hace muchos años una pareja muy hermosa de perros daneses de ese color al que llaman azul aunque yo lo calificaría de gris plata. Cuando conocí la edición dominicana de este libro yo estaba haciendo la edición del libro Historias de perrosde David Ojeda y pensé que algo tendría que ver con mi destino perruno, pues siempre he detestado los gatos y en cambio me gustan mucho los perros. Pero si no les voy a negar lo extraño de las asociaciones tampoco voy a pedir perdón por lo personal: se lee poesía siempre como si el autor la hubiera escrito para uno.

Así el título del libro no me llama la atención por la palabra perros sino por la palabra azules asociada a ellos. Recuerdo, como niño y me hace gracia, el chiste adolescente: “¿Qué animal pone los huevos morados? La abeja: cuando te los pica.” Y a la vez viene a mi memoria el texto ya clásico de Pellicer: “hay azules que se caen de morados”.  Pero en la poesía de Claudia el perro puede ser algo cotidiano y un guiño de ojo mítico, por ejemplo el perro azul puede ser un can egipcio. En el principio del libro: “Ayer recorrí Tebas” no sitúa automáticamente en un universo mitológico, como en Sin biografía, el poema  que lleva el epígrafe de Viel: “Traída de Egipto”.  Y en efecto el mito no tiene biografía, el autor como figura simbólica tampoco, y Claudia en sí misma tampoco. ¿O sí? Sí, claro que sí. Sus poemas son claramente personales y cifrados en sí misma, por eso resultan tan enigmáticos, el lector necesitaría ser ella para comprenderlos. Y por eso al leerlos se inicia un proceso más de transmutación que de identificación.

En ese trasfondo mítico la poesía de Claudia, como lo intentan varias escritoras, se sabe Penélope y Eurídice, Antígona y La Sulamita. Y lo consigue ella (ellas) de manera milagrosa, con una naturalidad que a los varones les está negada: cómo ser Ulises después de Ítaca, como ser Héctor o Menelao. Cómo ser Cristo y, en cambio, cómo no ser María Magdalena. Y sobre todo, como no ser Helena, la que nunca estuvo en Troya. El tono de oración viene de la condición de rezo que tienen sus poemas y no de una ambición mística falsa. En un sentido, visible en la de Claudia y en especial en Perros muy azules, toda poesía es una plegaria.

¿A que le ruega, le reza Claudia? Su carácter personal es, lo sugiere ella misma, poco biográfico, pero tal vez muy autobiográfico.  Entre ella, la persona, y ella, la escritora, la escriturainterpone una distancia contemplativa que le da autonomía al texto y disminuye su condición sentimental al aumentar la sensible. Lo que siente es el poema. Los teóricos aficionados, como yo, a esas discusiones bizantinas sobre lo que es escribir, acabamos siempre reconociendo que no hay, aunque la idea sea fascinante, una poesía sin sentimientos, una escritura sin autor. Ni siquiera la frialdad de Valery o la distancia de Brecht anulan la presencia omnímoda del sentimiento. Henri Bergson definía el arte como la presencia del ser en lo sensible. Si recurro a una frase que ya está en los manuales de filosofía es en parte porque sigue teniendo sentido decirla.

La somatización es otra manera de la escritura en una poesía como esta. Si la sugerencia científica de Hemicránea establece una subrayadacorporalidad del cuerpo, es decir un subrayado de lo físico, Deshielo sugiere, claro,la disminución de la temperatura, pero no habría sido lo mismo llamarlo Fiebre. Sin embargo todo, y eso se nota mucho en Perros muy azules, es cuerpo: la ciudad, los otros, el amor, el dolor, las cosas, y desde luego, el cuerpo mismo. Eso ya no significa como sucedió para la generación anterior de escritoras, una reivindicación del cuerpo en su especificidad femenina sino en su condición única, el cuerpo es así mío, pero esa condición aporta un nuevo sentido de la propiedad. Por eso a veces la precisión del lugar me resulta decorativa. No hay tal lugar. Lo que hay es una corporalidad.

Así Perros muy azules es una apuesta fuerte. A la violencia que el cuerpo mismo se hace, el dolor por ejemplo, se agrega la violencia que hace el mundo y la violencia que hace el lenguaje mismo. El cuerpo biológico y el social se encuentran en el lenguaje y se ponen en juego. La plegaria es casi una letanía. Ya no es tanto lo que se pide en el rezo o poema sino su cadencia, su arrullo, su hipnosis, la letargia que despierta a otra manera de sentir. El murmullo, diría Juan Rulfo. Y entonces la dolencia –no quiero usar la palabra enfermedad- de los otros es también la mía, su cuerpo es una metástasis del mío, el poema su manifestación física externa, ese desasosiego que no es ni inquietud ni desencanto, ni amor ni desamor. La continuidad que el crítico quiere descubrir de un libro a otro es, en cierta manera ficticia, pero precisamente en esa ficción verosímil y válida.

Cuando se dice que un poeta alcanza una voz propia ¿qué se quiere decir? Que sus cuerdas vocales están bien afinadas y las sabe usar. Algo hay de eso, claro. Pero que se quiere decir cuando se dice que el poeta no habla con la boca sino con la garganta, que como en el cante la voz le sale de adentro. O aún más extremo, cuando se dice que canta con el estómago, que la voz le sale por el ombligo. No trato ni de definir ni de explicar estas expresiones sino de hacer ver que todas tiene una condición metafórica corporal. Por eso no piensa Claudia, o no la leo así yo, en un discurso libro a libro sino en una condición contextual de cada uno de ellos. Es muchas voces, todas suyas, nunca es ni ventrílocuo ni muñeco, aunque sí algunas veces, permítanme la coquetería,  muñeca.

Y eso nos trae al misterio evidente, contradicción en los términos, que señalamos al principio a partir de los títulos. De pronto en la lectura de Sin biografía aparecen estos versos: “distraer palabras en el vaso/ o en el azul sin más azul que el de su escena”. Qué significan, no lo sé, pero son fascinantes. Y por qué me vienen a estas páginas, acaso por la rima visual con los perros del volumen que aquícomentamos.Como lector he aprendido a dejarme llevar por estas asociaciones, sobre todo en aquellas escrituras que prefiero sentir antes que descifrar (ese es otro momento de la lectura). Sobre todo porque en un cierto nivel la poesía nunca sabe lo que dice y el poeta paga su diezmo a esa condición. Claudia lo dice en Deshielo: “Lo que no se ve del río también es superficie.”
En Perros muy azules ella aprende a dejarse llevar por la corriente de ese río, a dejar que las palabras fluyas, a ejercer más una libertad que un control. Y pasa de la estampa con referencia mitológica –griega, egipcia- a la contemporánea, sabiendo que es la misma.

El tono de Claudia es muy distinto a las escritoras de la generación anterior, cierto, pero el impulso intemporal y acumulativo sí se asemeja,  lo que quiere es devolverle a la escritora/escritura su condición antigua. Por eso Helena o Penélope, la Sulamita o Antígona, Fedra o Eurídice son nombres de una cotidianidad sin tiempo. La paradoja es abismal. Perros muy azules se abre con un contundente “Ayer recorrí Tebas”, pero al leer este verso sabemos que ayer es apenas ayer, es decir, que ayer es hoy y no hace tres mil años. Como dije Claudia escribe con referencias muy personales, sin duda autobiográficas, pero el lector no las lee/vive como referencia sino como cifra, las palabras no funcionan como discurso sino como conjuro, y el conjuro también tiene algo de rezo.

Lo cotidiano, tender la cama, cocinar, comer con los amigos se vuelve entonces también un rito. Por eso la voz poética recorre Tebas. Y el proceso de cifrar implica, aunque no obliga, al proceso de descifrar. Pongo un ejemplo trivial: si en un diario o en unas memorias la voz narrativa dice “mi hija Julia” el lector necesita a veces una nota al pie que diga, fulanita de tal, primogénita del matrimonio… etc. En un poema, y sobre todo en un poema como los que hay en Perros muy azules, esa hija Julia es a la vez, esa, sólo esa Julia (sin nota al pie) y todas las hijas de todas las madres y los padres posibles. Llamamos a eso a veces mito, a veces símbolo, pero no son lo mismo. Claudia no aspira a una poesía simbólica sino mítica, por eso insiste en la paradoja de un tiempo vuelto presente en su antigüedad (¿o se podría decir “en su vejez”?).

Si les digo que para mucha de la poesía moderna la paradoja es un mecanismo no descubro el hilo negro. Pero quisiera agregar que en Claudia es más que un mecanismo, una condición del ser. Por ejemplo, en un breve cuadernito posterior a Perros muy azules, el título es ejemplar de esa condición paradójica más espiritual que mecánica: lejos, de muy cerca. La sencillez del título permite apreciar su condición de movimiento. Por ejemplo hace pensar en un acercarse no físico sino temporal, no describe a la escritora viendo su vida al microscopio, o cambiando este por un telescopio, sino acercándose. Es una palabra cinemática. Incluso en una de sus acepciones la palabra designa un término técnico del cine y la televisión: el close up.

Ese acercamiento se produce en la poesía en la combinación del impulso mítico y de la descripción cotidiana. El puente entre ambas se da en ella de una manera natural, no a través de ese condimento, en ocasiones exquisito, en ocasiones indigesto, pero frecuente en nuestra lírica: la conceptualización intelectual y la experimentación formal. Al fin y al cabo todo poeta aspira a que la poesía, y por lo tanto la que él escribe, se vuelva un hecho cotidiano sin dejar de ser un acto mítico. Como la vida misma.