Eduardo Lizalde (1929), un poeta con garra

Premio Federico García Lorca 2013
José Ángel Leyva
leyva-vips-2013Sorprende el escaso conocimiento que hay de la obra de Eduardo Lizalde fuera de México. Aún recuerdo la expresión de asombro de Santiago Mutis, hijo del recientemente fallecido Álvaro Mutis, y quien había vivido una parte de su infancia en México, al escuchar en el 2008 la lectura de Eduardo Lizalde en Casa de Poesía Silva. Santiago, manifestó sin ambages una frase digna de los poemas lizaldeanos: “es un monstruo”. Días más tarde resonaba la voz de barítono del poeta en la Catedral de la Sal de Zipaquirá. Sus versos contundentes y profundos no dejaban duda que se trata de uno de los poetas mayores de habla hispana.

 

    La nota en el periódico El Mundo destaca que Eduardo Lizalde recibirá el galardón con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en su décima edición, elegido entre 44 autores de 16 nacionalidades propuestos por 72 instituciones. Al mismo tiempo pone de relieve el hecho de que este año disminuyó el monto de dicho premio de 50000 a 30.000 euros.

“Excéntrico por no haber seguido una pauta establecida, Lizalde (Ciudad de México, 1929) perteneció en su primera época a una corriente épica con acentos muy similares, por su tono "valiente y verbal", al recientemente fallecido Álvaro Mutis, ha resaltado Julia Escobar, representante de la Casa de América y miembro del jurado. De la poesía épica, cuya obra más significativa es "La mala hora" (1956), varió a una más simbolista que plasmó especialmente en "El tigre en la casa", una figura muy recurrente en su obra, ha recordado Escobar. Lizalde ingresó en la Academia Mexicana de la Lengua el 24 de mayo de 2007, tomando posesión de la silla que perteneció a Elsa Cecilia Frost. Ha recibido, entre otros, el Premio Xavier Villaurrutia en 1970; el Nacional de Poesía Aguascalientes (1974); el Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1988), el Iberoamericano Ramón López Velarde (2002) y el Internacional Alfonso Reyes (2011).”

 

Eduardo Lizalde
Eduardo Lizalde

 

Eduardo Lizalde

Escuchemos mentalmente a Lizalde en estos fragmentos de la conversación que sostuve intentando despejar algunas dudas y responder a mi inquietud de lector, de poeta: “La generación de Bonifaz Nuño es muy significativa para mí, estaba conformada por hombres de gran talento, gran cultura; a ella pertenecen también Augusto Monterroso, Henrique González Casanova, que no ha producido una obra literaria personal pero que tenía grandes dotes profesorales, un hombre de gran cultura e iniciativa que me invitó a trabajar con él en la UNAM (le debo también muchísimas pistas literarias y estéticas), y Ernesto Mejía Sánchez, el nicaragüense. Todos ellos, sin haber sido técnicamente nuestros maestros, influyeron muchísimo en nuestra visión de la literatura y en la mía particularmente. Poetas también de gran importancia como el propio AlíChumacero, que es de la generación de otros maestros laterales ya desaparecidos como Juan Rulfo y Juan José Arreola, con quien cultivé una larga amistad desde los años cincuenta en adelante. Soy deudor, por tanto, de una gran cantidad de personajes, de escritores, de influencias y de orientaciones y desorientaciones que también se padecen en la convivencia con los grandes de la literatura mexicana. Es difícil hacer la lista de toda la gente con quienes tenemos deuda, pero todo trabajo creativo, aunque la afirmación podría extenderse a todos los campos de la actividad cultural, no es en ninguna época, en ningún país y en ningún tiempo histórico, personal; la literatura es generacional, es un producto generacional, y por más diferentes que parezcan los autores de un periodo determinado, a la larga, la crítica comprende todo lo que los ha emparentado, movido en materia de lecturas, de ideas, de visiones del mundo que los ha rodeado. Eso no podemos determinarlo los autores y tienen que hacerlo, a la larga, el lector y el crítico. Las distancias son determinadas por una enorme cantidad de incidentes, de accidentes y capacidades innatas de los creadores, que son imprevisibles.

“El trauma siguiente de mi generación, entonces, es el de la lucha con el estalinismo y de la apertura mental a otras visiones de lo que era la política marxista en el mundo que conduciría, a la altura de 1989 y con la caída del muro de Berlín, al desastre absoluto. Aunque ya desde los años 54 y 55, en el XX Congreso, cuando se descubren las atrocidades del mundo estaliniano, nos habíamos quedado sin bandera, sin causa que defender, seguimos sin embargo en esa batalla hasta un poco después de los años sesenta, cuando creíamos que la revolución cubana se iba a convertir en la verdadera línea de una revolución socialista liberal, cosa que no ocurrió. Ha fracasado igual que las demás revoluciones. Yo le decía a Carlos Fuentes que nuestra generación no estaba tan espantosamente traumatizada por el marxismo de los primeros treinta años como la generación de Octavio Paz, Revueltas, Efraín Huerta, Cortázar, la generación de 1914. A ese trauma se deben las diferencias enormes que se produjeron entre todos ellos. Revueltas y Octavio Paz, en cambio, se reunieron en el proceso de la disidencia estaliniana de Revueltas, pero José nunca abandonó su fe de revolucionario y siempre pensó que era posible llevar adelante, de una manera distinta, el proceso concebido por Lenin y Marx.”

No es trivial la formación política de Lizalde, como tampoco lo son sus diversas vocaciones y oficios, la filosofía y la música, particularmente, pero tampoco es desdeñable su práctica de traductor de distintas lenguas en las que él reconoce incurrir en bajas traiciones con los autores a quienes trasvasa a su propio idioma. Ya Marco Antonio Campos, referente ineludible a la hora de pretender el desciframiento de la obra lizaldeana, da cuenta de esas facetas de apariencia disímbola en La poesía de Eduardo Lizalde (entrevistas y ensayos, 1981-1984), Gobierno de Puebla-EyC, 2012, compactándolas en una perspectiva de poeta maldito, pues son, desde su conocimiento del autor, las circunstancias negativas, los infortunios que se ciernen sobre él las que generan esos versos que el mismo Lizalde reconoce provienen del dominio de la oscuridad y la muerte, de los tropiezos amorosos, de la desgracia, que son también experiencias vitales. La insumisión, la rebeldía ante el destino, al sino, es lo que hace que el espíritu se convierta en ese monstruo, en ese ente que da forma al poema. Las causas del moroso reconocimiento del poeta, así como el hilo conductor de la etapa comentada, las explica mejor el propio Lizalde en la entrevista referida, realizada por Begoña Pulido y por quien escribe.

“El tigre en la casa (lo publiqué a los 40 años de edad). En Caza mayor se habla de la desaparición de las especies, ya no es la desgracia amorosa, al contrario, hay ciertos poemas sobre el goce amoroso; los hay también en Tabernarios y eróticos, un libro que tiene dos secciones, una celebratoria, sobre amor en general y en particular otra que es una serie de epigramas. En Caza mayor se habla del tigre, de la muerte, de la desaparición de las especies, de la atroz condición destructora de la raza humana, que es el animal más perverso de la creación. Son libros distintos pero con parentescos desde el punto de vista del ritmo, del tono; yo creo que todo poeta tiene que ver con el ritmo de su habla, no sólo con su biografía; la única manera de deshacerse de la poesía libresca, la que imita a otros, es trabajar con la misma persona, con la misma voz, con las mismas obsesiones, con los mismos mundos que nos obsesionan o permanecen en nosotros. No es una teoría freudiana sino una condición inevitable a la que estamos sujetos los escritores, no podemos hablar de otra cosa que de nuestro mundo. El mundo obliga al poeta a sujetarse a sus formas y sus obsesiones constitucionales.”

 

 

RETRATO HABLADO DE LA FIERA

1. EPITAFIO

Sólo dos cosas quiero, amigos, 
una: morir, 
y dos: que nadie me recuerde 
sino por todo aquello que olvidé.

2. EL TIGRE

Hay un tigre en la casa 
que desgarra por dentro al que lo mira. 
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía, 
y sólo puede herir por dentro, 
y es enorme: 
más largo y más pesado 
que otros gatos gordos 
y carniceros pestíferos 
de su especie, 
y pierde la cabeza con facilidad, 
huele la sangre aun a través del vidrio, 
percibe el miedo desde la cocina 
y a pesar de las puertas más robustas.
Suele crecer de noche: 
coloca su cabeza de tiranosaurio 
en una cama 
y el hocico le cuelga 
más allá de las colchas. 
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo, 
de muro a muro, 
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo, 
como a través de un túnel 
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar, 
los renegridos panales del crimen 
de sus ojos, 
los crisoles de saliva emponzoñada 
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo, 
para que no me mate.

Pero sé claramente 
que hay un inmenso tigre encerrado

en todo esto.


                            Lo he leído, pienso, lo imagino; 
                                 existió el amor en otro tiempo 
                                   Será sin valor mi testimonio. 
                                                Rubén Bonifaz Nuño

Recuerdo que el amor era una blanda furia 
no expresable en palabras. 
Y mismamente recuerdo 
que el amor era una fiera lentísima: 
mordía con sus colmillos de azúcar 
y endulzaba el muñón al desprender el brazo. 
Eso sí lo recuerdo. 
Rey de las fieras, 
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres 
era el amor, según recuerdo. 
Recuerdo bien que los perros 
se asustaban de verme, 
que se erizaban de amor todas las perras 
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor 
—como si lo estuviera viendo—. 
Lo recuerdo casi de memoria: 
los muebles de madera 
florecían al roce de mi mano, 
me seguían como falderos 
grandes y magros ríos, 
y los árboles —aun no siendo frutales— 
daban por dentro resentidos frutos amargos. 
Recuerdo muy bien todo eso, amada, 
ahora que las abejas 
se derrumban a mi alrededor 
con el buche cargado de excremento.

4.

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses; 
que se pierda 
tanto increíble amor. 
Que nada quede, amigos, 
de esos mares de amor, 
de estas verduras pobres de las eras 
que las vacas devoran 
lamiendo el otro lado del césped, 
lanzando a nuestros pastos 
las manadas de hidras y langostas 
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial, 
el mismo océano, salado como arenque, 
hirvieran. 
Que tanto y tanto amor 
y tanto vuelo entre unos cuerpos 
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso, 
una bala pequeña, 
un perdigón inocuo para un pato, 
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas 
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo. 
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa 
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto, 
tanto imposible amor inexpresable, 
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves 
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros, 
niños, animales domésticos, señores, 
lo que duele.

5.

Debe el amor vencer, 
vencerlo todo. 
La muerte y la cursilería.

Vence a los leones locos el amor, 
lo vence todo. 
La sintaxis, 
los corchos apretados, 
el tránsito y las ulceras. 
Y vence la desgracia del ratón sin muelas, 
la miseria del diente sin castores, 
la del castor y el diente sin carpintería.

Todo lo vence, compañeros, 
vence a la muerte, ciudadanos, 
porque es la muerte él mismo.

6.

Algo sangra, el tigre está cerca.

SAMURAI

Sin que el tigre me advierta 
logro entrar en la casa. 
La fiera duerme: 
eludo el charco de su baba negra. 
En mi sigilo, soy invisible casi; 
me he descalzado incluso 
de las plantas del pie 
junto al umbral. 
La boa construida en aros de compacto silencio, 
la nauyaca de vidrio lubricado, 
son, junto a mí, el estruendo.

Pero el tigre adivina. 
Como en la selva sola de estertores constantes, 
de ruidos automáticos, 
los ojos de sus víctimas 
miran por él cuando se duerme: 
ha descubierto mi presencia 
en la intranquilidad traidora y cantarina 
del canario.

8.

Oigo al tigre rascar. 
Sonríe malignamente 
y se agrietan los muros 
—algún demonio hirviente 
ha inundado su cuerpo 
con pulgas de vitriolo—.

Es bestia fiel este rayado azote, 
O moncherBelzebuth, je t’adore: 
resguarda bien la casa, 
pero la cuida sólo 
para que nadie salga.

Reloj de furia el tigre 
se desgarra a sí mismo 
cuando está solo demasiado tiempo, 
y la materia de su vista 
no es la luz 
sino la sangre.

9.

Duerme el tigre. 
La sangre de este sueño, 
gotea. 
Moja la piel dormida del tigre real. 
La carne entre las muelas 
requeriría mil años de masticación.

Despierta hambriento. 
Me mira. 
Le parezco sin duda un insecto insaboro, 
y vuelve al cielo entrañable 
de su rojo sueño.

10.

Tigre atrapado en la vitrina, 
gime el mar 
detrás de la ventana 
Se contonea y maldice y ruge 
y se destroza contra los cristales, 
sangra cuchillos al herirse 
y grita y muge y silba y hace gárgaras. 
Envuelve y cañonea con su ronquido, 
tira zarpazos blancos, 
y teje los mejores encajes pasajeros. 
Se pone intolerable, aúlla, trota, 
marcha, empuja, cae, destruye, 
pero no le abrimos.

Más tarde, 
cuando el sueño de ella 
es como el pozo más profundo, 
cuando sueña y me olvida, 
abro la puerta 
y miro cómo 
la desgarra el mar.

11. POBRE DESDÉMONA

                      Oh, si las flores duermen, 
                              que dulcísimo sueño 
                      Bécquer (naturalmente)

La espalda de esta luz 
son esos sueños tuyos, amada, 
que duelen al soñarse 
y que hacen florecer las prímulas 
y azahares en tus flancos.

Y caen del lecho moras 
de grueso jugo, cuando sueñas; 
y zarzarrosas crecen 
bajo el cojín de pluma; 
y tiernos gansos pican, 
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas 
del sueño enternecido.

Despiertas luego: me miras, 
descubres en mis ojos la muerte; 
ves en mi mano flores 
arrancadas al sueño que soñabas 
y se deshacen lentas, 
como el mundo del sueño 
que pasa a la vigilia, 
como el flotante polen del jardín distraído 
hacia los muladares.

Los pelos de la burra 
en esta mano 
que ha de cortar tu vida.

Vuelve a dormir, te digo, 
en un dormir sin sueño 
y sin campánulas.

Las flores se diluyen plenamente; 
vuelven a ser remate de las telas. 
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del techo.

Las moras son tranquilas manchas 
de sangre remolida 
que el tigre deja ahora 
al balancear su hocico. 
Y ya no existe el sueño.

12. EL CEPO

Vacía la trampa de oro, 
sobredorada —el oro sobre el oro—, 
de esperar inútilmente al tigre.

Oro en el oro, el tigre. 
Incrustación de carne en furia, el tigre.

Mina de horror. Llaga fosforescente 
que atraviesa la sangre 
como el pez o la flecha. 
Rastro de sol. 
La selva se ilumina, abre sus ojos 
para ver pasar la luz del tigre. 
Y a su paso, Midas, las hojas, ojos 
flores desprevenidas, crótalos dormidos, 
ramas a punto de nacer, 
libélulas doradas de por sí, 
gemidos de cachorros, 
se doran, se platinan.

Y el tigre pasa, frente a la trampa absorta, 
amada, 
y la trampa lo mira, dorándose, pasar; 
la fiera huele acaso 
la insolente carnada convertida en rubí, 
lame sus brillos secos de aparente jugo, 
pisa en vano el aterido resorte de cristal o nácar 
del cepo inerme ahora.

Escapa el tigre 
y la trampa se queda 
como la boca de oro 
de niño frente al mar.

        El tigre en la casa, 1970 

 

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