De Buenos Aires a Durango

El poeta con el tiro en la cabeza
Publicado en La Jornada Semanal: Domingo 21 de abril de 2013
José Ángel Leyva
LeyvaPrimero en Buenos Aires, luego en Durango, me tocó estar respectivamente en el Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro y el Encuentro Internacional de Escritores “José Revueltas”. En Argentina viven una época de ajuste de cuentas con el pasado y un buen presente social, sin dejar que la memoria se desvanezca, y las Madres de la Plaza de Mayo continúan su ritual para no dejar que el olvido se apoltrone hoy y en el porvenir.

 

Durango, por su lado es, una de tantas regiones de México asoladas por el miedo y la inseguridad, el crimen y la desigualdad. Pero se nota un esfuerzo por parte de la comunidad intelectual para nombrar la realidad sin miedo y sin ambages. La gente pensante sabe que la cultura y la educación son los mejores antídotos contra la violencia y la injusticia, pero sobre todo que la memoria es parte de ese conocimiento indispensable para no repetir los mismos errores, los mismo tropiezos en la historia. Como bien me lo dijo una ocasión el poeta Gelman: “el hombre es memoria o qué”. La hombría, la humanidad, está justo en ese valor, en ese coraje para echar luz sobre el dolor que provoca la crueldad y los desatinos del poder. Los poetas, los artistas, los creadores tienen como tarea fundamental la recuperación de ese dolor, de esa historia que no es la de los personajes que aprietan los botones, dictan sentencias, ejecutan, ordenan los sistemas del mundo, sino de los seres sencillos, de las víctimas y no de los victimarios. Aquí entonces la crónica de una de esas figuras que se rebelan cada día contra la muerte, el olvido y la invalidez.

 

 

Con la bala en la cabeza
José Ángel Leyva

Su nombre es Fausto Ávila y su vida transcurre, paradójicamente, en la desolación que impone su invalidez. Es poeta, pintor y víctima de la violencia que ha dejado estelas de sufrimiento en el pueblo colombiano. Lo conocí hace ya más de diez años en una reunión de poetas jóvenes en Bogotá. Su humor era punzante y rápido. Cuando todos salieron a buscar bebidas, él pidió una cerveza sin alcohol. En un medio etílico la solicitud parecía un chiste. Pregunté por qué. Él sonrió con discreta amargura y respondió sin afectaciones: “Porque tengo una bala en la cabeza”.

Nunca nos hemos vuelto a ver, pero la vida nos ha llevado a encuentros a través de amigos comunes, por teléfono y recientemente por internet. Fausto es asiduo del Facebook; por esa vía me hace llegar su poesía y sus pinturas, portadoras de imágenes dolientes, rabiosas de deseo y frustración, al tiempo que poseen candor y ternura inusitadas. Al año siguiente de conocerlo, una chica me contó la historia de un amigo suyo, poeta, a quien le apasionaban las armas y era un soñador y un guerrero. Escribí entonces un poema que titulé “El poeta lleva un tiro en la cabeza” y lo dediqué a Fausto. Antes de regresar a México se lo leí por teléfono a mi interlocutora; en medio de un llanto ronco, desgarrado, me decía: “Es la misma persona. ¿Cómo puedes conocerlo? No es posible”, insistía. Nunca imaginé que la lectura de ese poema me traería en distintos foros la aproximación a personas que conocían al poeta. Así fue como me enteré que por ese texto lo buscaron de la televisión y le hicieron un reportaje. Pero Fausto ya no escribía, ahora pintaba.

Proviene de una familia de ebanistas; desde muy joven buscó el camino de las letras y comenzó a trabajar en revistas literarias, a veces como mensajero, en ocasiones como colaborador en actividades culturales. Casado y con hijos se quedó en el desempleo. Un primo suyo abrió la puerta a su desesperación cuando le habló de un posible empleo de escolta. Colombia estaba secuestrada en la vorágine de los ejércitos que se disputaban el control del país: la guerrilla, el narco, los paramilitares, la delincuencia común y las Fuerzas Armadas. Los ricos vivían blindados y la población común, empobrecida, evitaba viajar por carretera ante los riesgos de asalto, de secuestro y de muerte que campeaban a lo largo y ancho del país. “Si te disparan, que no sea en el estómago, porque la agonía es terrible; que sea en la cabeza para acabar sin dolor”, le decía el chofer del camión a Fausto minutos antes de que un comando los interceptara y uno de los asaltantes sin mediar palabra le disparara a boca de jarro.

La segunda vez que escuché la voz de Fausto fue una mañana muy temprano. Me llamó por teléfono al hotel donde me hospedaba en Bogotá. Hablamos cerca de una hora. Me llamó la atención su humor, su risa un poco despiadada consigo mismo. Sabía que yo fui médico y di mis primeros pasos hacia la psiquiatría. Por ello me ofrecía detalles de su padecimiento, de los fármacos y las dosis que le aplicaban para mantenerlo a flote. Sorprendía su lucidez, no obstante la lentitud del habla. La bala había afectado cierta área del lenguaje y la memoria. Ya no intentaba escribir porque al momento de iniciar la redacción la mente le quedaba en blanco; todo cuanto leía lo olvidaba al instante. Pero de manera sorprendente se iluminó otra área del cerebro y comenzó a pintar sin haber tenido antecedentes plásticos. No sólo los amigos lo fueron abandonando, también su mujer se llevó a sus hijos. Vive bajo la protección de sus padres, que lo proveen de materiales para pintar y de un amor indispensable para sobrevivir.
Facebook volvió a ponernos en comunicación. Recuperó no sólo la capacidad de leer y escribir, ha vuelto a él la poesía. Corrige un libro de versos más o menos extenso y lee todo cuanto cae en sus manos. Sus poemas nacen del manantial de la desesperanza, de una vida en que la palabra desgracia es el fondo musical de las noticias. Lejos estaba yo de imaginar que esa violencia que encierra su drama se trasladaría a México con semejante o mayor crueldad y estulticia. Ese poema, “El poeta lleva un tiro en la cabeza”, por el que una mujer en Casa de Poesía Silva de Bogotá lloraba en silencio entre el público y por el que un hombre reveló su identidad colombiana, luego de vivir en México como originario de estas tierras, me hace pensar que nos hermana la tragedia; que Fausto no es un poeta exclusivo de Colombia sino de cualquier país donde leer y escribir representa la imposibilidad de recordar y construir una vida en paz con justicia y dignidad.

En uno de esos reencuentros cibernéticos recordaba que tuvo conciencia de ser poeta cuando al leer “Espergesia”, de César Vallejo, sintió que esas líneas reiteradas del poema nacían de su propia voz: “Yo nací un día /que Dios estuvo enfermo.”A veces, Fausto se desaparece y me preocupan sus ausencias. Echo de menos sus comentarios sobre la poesía, sus reportes médicos, sus preguntas y su ilusión por publicar este poemario que duele con cada unas de sus líneas, sus miedos y sus fobias, sus alucinaciones, su epilepsia, su temor de no resistir más la soledad y los deseos.

Si comparto parte de su libro “Morir de un pájaro” con el lector tengo la certeza de que verá los trazos gruesos y los colores directos, duros de su pintura, porque las palabras provienen de la misma región donde el poeta Fausto renace por coraje cada mañana: “Extraño las tardes de la infancia /Los días en que las cometas remontaban el cielo /Las piernas de la sordomuda /que generosamente me obsequiaba /Extraño los amores pasajeros y los besos /a hurtadillas detrás de la pared del parque. /Extraño hacer el amor /con mi primera amante /su olor de perfume barato /su ropa interior de dulces estampados /Mis alas están quebradas /y  mis pasos arrastran /el peso del fracaso.”

 

EL POETA LLEVA UN TIRO
EN LA CABEZA
A Fausto

Pensaba que la muerte no dolía
mas sintió una explosión de dolor en la cabeza
Era un joven intenso de Colombia
Hombre niño viejo
Le gustaba arriesgar el corazón en la ruleta
y jugar a darle sentido a las palabras
a ponerle nombre a los sucesos
que la demencia y el horror definen innombrables
Se puso a revolver las letras del revólver
Se puso el chaleco salvavidas
Alquiló su vida como escolta
¿En qué país estoy? se dijo
cuando la bala le rompía la frente
y se alojaba estupefacta en el cerebro
Nunca perdió el conocimiento
ni la imagen vívida del arma
¿En qué país estoy? interrogaba a los curiosos
el guardaespaldas boca arriba
con ojos de poeta
de mártir
de extraviado
28
de suicida
¿En dónde sobrevivo? se pregunta
ese hombre cuando escribe
y le pesan los versos como plomo
y le vuelven los nombres de la muerte
¿En qué país en qué país?
repite la bala estacionada en la cabeza

José Ángel Leyva

Leyva
José Ángel Leyva – foto de Alejandra Rojas

 

 

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5 comentarios sobre “De Buenos Aires a Durango”

  1. Apreciado José Ángel, la palabra precisa es la memoria desplegada, imán que hermana. No hay frontera que divida la fraternidad que se fragua, ya por el dolor, la bondad, el perdón y acaso lo que aún no tiene nombre.

    “El arte es la continua victoria sobre el caos de la realidad…” decía Alfonso Reyes. Qué alegría encontrar, entre tanto vértigo sombrío, este oasis de reflexión, sensibilidad y esperanza en la palabra que alienta la mirada interior. Qué importante es lo que hace: rescatar y compartir las voces remotas e historias como la de Fausto Ávila así como su renacimiento en las artes que invocan la escucha y la vista. Es una épica nada sordina la de Usted, sus colaboradores, escritores y artistas plásticos.

    Inmediatamente pensé en el poema de William Ernest Henley -quien también sufrió graves problemas de salud-; poema que acompañó a Nelson Mandela durante sus largos años de encarcelamiento.

    INVICTUS

    Más allá de la noche que me cubre
    negra como el abismo insondable,
    doy gracias a los dioses que pudieran existir
    por mi alma invicta.
    En las azarosas garras de las circunstancias
    nunca me he lamentado ni he pestañeado.
    Sometido a los golpes del destino
    mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
    Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
    donde yace el Horror de la Sombra,
    la amenaza de los años
    me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
    No importa cuán estrecho sea el portal,
    cuán cargada de castigos la sentencia,
    soy el amo de mi destino:
    soy el capitán de mi alma.

  2. Querido José Angel, leo a Fausto y recuerdo algo que se nos olvida en la vorágine de los días, la gran cantidad de mutilados que está dejando la violencia en nuestros países. En Sinaloa hay un pueblo que se llama Ajoya que pertenece al municipio de San Ignacio. Allí, hace poco menos de 40 años llegó un buen hombre llamado David Werner, quién creo traía una experiencia médica de África. Montó un lugar de atención de personas que como Fausto fueron lesionados de bala. Te lo cuento porque también de otra forma, hay quienes hacen mejor la vida. Gracias por darnos a conocer a Fausto y por tu poema.

    1. Mi querido Ernesto, esa realidad ya nos rebasó, Aquí hay muchos poetas con la bala en la cabeza y mucha gente que no quiere enterarse. Pero como a Fausto, nos salva el coraje y el deseo de un mundo mejor. Abrazo

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