Héctor Carreto, México, 1953. “Clase Turista”

carretoMiembro del taller de Creación Literaria de la Facultad de Economía, José Serrato enriquece y recrea la lectura del más reciente libro de Héctor Carreto con certeros y efectivos puntos de vista.

 

El vuelo de un abejorro.
Clase turista de Héctor Carreto.
José P. Serrato

“El gran turista, el verdadero turista,
aplaudiendo a rabiar las columnas de aquel templo.”
Francisco Tario

El epigrama se identifica con el cuerpo de una abeja, es breve y su mordacidad es análoga al contundente aguijón. Al epigramista lo podemos identificar con un tábano, un abejorro, un estro, un insecto de breve tamaño,  con un aguijón que irrita o envenena y con un corazón que busca la miel, la belleza de las flores. Francisco Trejo, uno de los epigramistas jóvenes más interesantes ejemplifica esta identidad: El tábano frecuenta los hoteles (1). Francisco al igual que Carreto, ha adoptado esas cualidades, ser ponzoñoso y concurrir a las mieles.

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Héctor Carreto

Sin embargo, el abejorro, también posee alas, su naturaleza parece estar determinada a una constante búsqueda. El abejorro es inquieto, no se satisface nunca y en todo puede posar sus ojos. No es casualidad que un abejorro escribiera sobre el viaje. Si recordamos un poco, Carreto siempre tuvo, como un buen ejemplar de su especie, la necesidad de pensar en el viaje y por lo mismo cuestionaba volver a Ítaca. Si el abejorro describe su viaje, si lo problematiza, realiza un discurso sobre su naturaleza, habla de sí. Carreto estima en su Decálogo que uno debe hablar de lo que sabe, de lo que conoce; en tal medida Clase turista es un libro congruente con esta idea y por lo tanto es honesto.  

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José P. Serrato

Escribir y leer sobre el viaje es quizás volver a cambiar de lugar, visitar la memoria del itinerario o del destino. En Clase turista,  Carreto hace un ejercicio de re-visitación, como en Veracruz Revisited.

De niño viajar al puerto de Veracruz era mi modo de ir a San Francisco. Pero un mal día el gobierno retiró para siempre los tranvías. Ahora, en San Francisco, retorno al Veracruz de mi infancia.

Una literatura que me parece valiosa es aquella que genera ideas, que permite e instiga a pensar; Clase turista muestra y cuestiona las posibilidades del viaje, asume una posición, critica al viajante que no busca sentido del lugar al que llega. En mí también me llevó a visitar esas zonas del recuerdo de mis viajes, pero también a pensar un poco en sus finalidades. ¿Para qué se viaje? ¿Qué objetivo trascendente puede tener un viaje? Nos dice Carreto, guiándonos en sus Palabras al lector: lo esencial es que el viaje nos deje algo más que un paseo agradable y souvenirs como recuerdos.

Por otro lado, el viaje ofrece una confrontación identitaria. Heidegger, afirma que la temporalidad es necesaria para la conciencia del yo. Dicen, yo no he tenido la fortuna de corroborarlo, que el viaje permite a los amantes conocerse a fondo. Quizás porque opera como en ningún otro momento, un ejercicio de sincronía que subyace a toda relación amorosa, y por lo mismo, el viaje es una manera de hacer patente, juntos, que el tiempo transcurre. Rilke, ya nos decía que enamorarse es viajar a uno mismo a través del otro. El espacio en el viaje es un cambio continuo, el movimiento es esa mezcla del tiempo y el espacio. El viaje exige el ejercicio de la decisión, alguna vez un filósofo del cual no quisiera hablar mucho, pero su nombre empieza con la letra Kant, decía que el hombre era el único animal que podía perderse. Justamente por eso, porque decidir no ir por un camino predeterminado, Carreto puede escribir,

          “Bienaventurado el turista
          Que no vino a perderse
                    Ni tampoco a encontrarse.”

Asumiendo que un viaje debe también concurrir al uso de la razón, de las decisiones, a la cualidad básica del humano. Quizás en el viaje la búsqueda es uno mismo, pero como en algunos enamoramientos, es necesaria la franqueza para mostrar que no todo salió de acuerdo a lo planeado: “A ese viaje fui a buscarme y me perdí”.
Carreto realiza un ejercicio de observación minucioso. Su libro empieza a plantearse de manera casi lógica y siguiendo las etapas del viaje. El primer apartado es una exploración sobre el viajante, piensa en sus clases, en sus motivos, asume partido. El poeta es un buen observador, un poeta que tiene la suerte, o el don, o el duende que lo lleva a detenerse en algún punto que para otros podría parecer insignificante. En Clase turista, tenemos el resultado de esa observación. Carreto lo hace además como el abejorro, con su manera humorosa cuando describe al turista premier:

          “Nos irritan los zancudos,
          Las hormigas al escalar la pirámide,
          La mosca girando sobre el plato. […]
          Mejor quedémonos en casa.”

En el segundo apartado, Made in USA,  es un acercamiento desde sus ojos, a los músicos de jazz, a la pintura del país de Norte. Los poemas y epigramas, muestran esa manera personal de apropiarse las calles de Nueva York, a la Prospect Avenue, a La Jolla, Manhattan, San Francisco.   Cielorraso, el apartado mexicano, en el que se halla Cuetzalam del Progreso, donde leemos a Chiapas y nos enfrentamos al pejelagarto y buscamos junto al autor al Tepezcuintle. Es el aterrizaje. Es también el viaje alternativo en Monte Albán. Travelling, el cuarto apartado, se centra en el viaje, el viaje sobre el Viaje, es un apartado que si bien tiene en su mayoría poemas en con la forma de la prosa, no debemos engañarnos: tiene forma de ferrocarril.

Los tres poemas españoles, son epifánicos, son un viaje se subida y de regreso. Carreto se asume como un humano después de la caída. Hay Catedrales, hay santos, hay lujuria terrena. Un capítulo breve, como el pináculo desde el cual se lanza la paloma para cazar las migajas de pan. El capítulo final, es una reverberación de todo el libro, la resolana, o mejor dicho, es la espuma que lleva las perlas finales. Debo hacer sin duda, mención de poemas como El corazón de las tinieblas, Zürich, Viena a la mexicana, por decir algunos, que gozará el lector.

En ese último apartado está un poema al que dirigí mi atención. Roma para chicos y grandes. Un poema que a mi parecer puede resumir esa intención constructiva del viaje, esa importancia del tiempo en la formación de la conciencia: Si hoy día voy a Roma, de seguro sólo me guiñarán las columnas gastadas del Panteón de Agripa. Es por un lado, una manera de mostrar la construcción del gusto, de la búsqueda personal, pero también un encontronazo entre lo humano y lo divino. Ciertamente decía Miguel Ángel sobre el Panteón, que es una obra angélica y debemos recordar que entre los griegos (oh, huéspedes perennes en la obra de Carreto) la columna es la representación de ese enlace entre la divinidad y el humano. Quizás por eso, la importancia de la columna en el viaje, y por eso Tario las considera el primer repositorio de los aplausos.

Quizás la literatura también sea aquello no escrito pero aludido o aquello que se calla o se sugiere. El libro de Héctor Carreto me permitió pensar en otro sector viajante. Pensé también en el migrante, en el que viaja impulsado por un sueño, por el hambre, que quizás coloca en un plano secundario, el ir a fotografiar las cúpulas de la Iglesia de San Pedro, visitar el Louvre, o apedrear a la Mona Lisa. Sin embargo, hace falta decirle al oído a quien viaja así: “quizás hay algo que veas y te ruborice el alma, quizás algo de lo que vivas merezca ser contado”. Quizás algún lector opine que una respuesta práctica a este libro, sea viajar de distinta manera y se pregunte ¿qué clase de turista soy?, o decida llevarle un ejemplar a algún migrante en un albergue y le diga de esa manera: “En el lugar a donde llegues, o el lugar por donde transites, en el ferrocarril sobre el que viajes, en la gente que te acompañe, habrá sin duda, algo hermoso y digno de guardarse en la memoria para volver a visitarlo”.

 

1. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012,

 

 

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