Jorge Boccanera: Errancias. Laura Elena González

Aproximación crítica a la poesía de Boccanera y a su noción del exilio y la condición de foráneo. Texto leído en la entrega de la Medalla López Velarde.

 

 

 

Jorge Boccanera
El ilegal, el exiliado

“El hombre es el único ser que se siente solo
y el único que es búsqueda de otro.”
Octavio Paz

Laura Elena González

Cuando los lectores o los críticos consideran los datos biográficos de un poeta, no tardan en comprender que ahí, más que una relación de hechos, nos aguardan las pistas e indicios para favorecer un encuentro más hondo y cabal con su obra. Esto, que resulta una obviedad, parece inadvertido por algunas corrientes analíticas que se empeñan en la acumulación de informaciones con frecuencia innecesarias. Porque es en la obra donde encontramos los hilos con los que el creador construye un otro orden, el suyo; y son sus temas el entramado de una experiencia en una geografía y un tiempo determinados, una historia y una perspectiva personales, singulares e irrepetibles, que se revelan en la lectura.

Aquí recomienzo entonces. Jorge Bocannera, nacido en 1952, es el ilegal, el otro, el exiliado, un hombre que se encontró con la palabra y la ha prodigado en beneficio nuestro. Por eso, acercarse a la lectura de su poesía es emprender un viaje por los motivos de un corazón lúcido, que se reconoce solo y en búsqueda del otro a través de un tiempo inverso. De aquí que el Boccanera inicial nos advierta en sus primeros poemas:

“Ahora
adentro mío se oxida una ternura.
Yo digo adentro mío en esta tarde de otros.” ( p.8)

Pues la ternura del joven poeta la despiertan los otros: pibes, marineros, lavanderas, oficinistas, obreros y estudiantes. Y lo asalta en los sitios rutinarios y comunes a todos: una esquina, bares, cafés, hoteles, el subte, un altillo. Sea en Buenos Aires, Callao, Chicago, la Ciudad de México, Mazatlán, los lugares de todos van a extenderse en su mapa poético, desde el norte y centro de América y África, pero orientándose siempre hacia el sur.
A los 24 años de edad Jorge Boccanera se mira en el espejo de su generación y, sabiéndose otro –como Rimbaud con su “yo es otro”, o Sampedro con “su otro otro yo”– otea un destino común y solidario en el que cada uno es otro ante todos y todos son otros ante él.

Boccanera
Jorge Boccanera – Laura Elena González en Jeréz

Uno de los motivos centrales en la poesía de Boccanera es la mujer. Primero como una presencia o posibilidad que se intuye. “Hay una almohada tibia donde apoyo tu nombre”, dice uno de sus versos (p.8). La mujer aparece para el poeta no sólo en los sueños de los hombres, sino en los de las aves, o en las diferentes estaciones del año. Y cuando se produce el encuentro se instala en las palabras una experiencia vital que transforma y trastorna. El cuerpo de la mujer es el territorio a donde llega el viajante reducido de equipaje para poder nombrarla y así reconocerse. Después, al partir, dispuesto a enfrentar todas las batallas, ve cómo ella o Aquella, con mayúscula, “desordena el mundo con sus pechos” (p.14). Porque ella, Aquella, es música de fagot, danza, un adagio que recorre el cuerpo poético de Boccanera.

Si el erotismo es la fuerza de vida que subyace en todo deseo, antes y después de cualquier posible concreción, entonces no debe quedarnos duda de que un erotismo sutil se desencadena en toda la escritura de Jorge Boccanera. Hay en ella hadas, contorsionistas, domadoras, niñas abandonadas, las tías, las amigas y una sordomuda.

“Es una Sordomuda
que te muestra la lengua por solo una moneda.” (p. 131)

Esta imagen revela cierta búsqueda de su autor: pagar por ver el silencio. Porque sólo desde el silencio, la no palabra, el vacío, se construye el sentido de las palabras, la revelación sonora que es la esencia de la poesía. Y tal es el principal motivo de Boccanera.

Para el poeta el lugar de existencia son las palabras: el reordenamiento o el caos que con ellas aspira a conseguir. En su poesía Jorge Boccanera, al igual que el pez en el agua, se envuelve y afirma. Pero fuera de ella, a diferencia del pez, no le sobreviene la asfixia. Sólo se descubre otro, acaso desvalido sin las palabras que pueden ser él pero que no lo
significan igual. Por eso Boccanera nos revela cómo en el oficio de poeta, de insomne, se entra en la oscuridad para

“apilar noches cada noche”.
“… no canto porque sí
yo busco un mundo otro.
Yo no enumero la cristalería
quiero hacerla pedazos.”
(p.101)

Pero el poeta tiene otra condición: la del exilio, un no lugar donde habita con sus sueños e insomnios. Estos ecos provienen de un mundo de pesadilla con sus intolerancias y exclusiones, con las señales permanentes de la injusticia y la violencia. Boccanera se ve obligado a abandonar Argentina, pero al alejarse hace patria con su voz. Su condición de exiliado lo lleva a construir puentes en el tiempo, con los afectos y en la memoria, porque no puede olvidar y así levanta los artefactos verbales que le permiten identificarse con el polvo de otros exilios y regresar con un pasaporte, el del libro publicado en el exilio, para conversar con los iguales que quedaron atrapados. Y desde esa experiencia nos advierte:

“Cuando alguien calla, el mundo se divide: es éste
y otro, se hace dos para siempre” (p.171)

Pero también sabe que su tarea es antigua, arquetípica, y se reconoce con nombres simples, populares: payador, el oficio del que canta. Lo que nos hace remitirnos a otro de sus tópicos: la música.
Cada generación hace y tiene su música, la entiende y la recrea desde una nueva perspectiva. Para Jorge Bocannera la música forma parte esencial de su destino. En sus textos se menciona el fagot, la marimba, el fuelle del bandoneón, teclados y tambores, el rock y el tango. Sobre todo, sin embargo, escuchamos –casi materialmente, porque este es uno de los espíritus que parecen animar toda su obra– el blues, ese hálito de la negritud, con su sensualidad y su nostalgia.

El poema se vuelve entonces una estructura musical: obertura, adagio, balada, canción. La poesía de Boccanera experimenta con el ritmo y nunca desentona. Desde su poemas de juventud hasta los que nombran la exuberancia, como en Palma real.
En estos textos descubrimos también cómo este autor suma su experiencia a una de las preocupaciones más hondas de las nuevas generaciones: la violencia contra mares, montañas, y especies en nombre de una patraña, la del progreso. Así, este joven poeta de 60 años denuncia:

“Que nadie ofenda al bosque.
Palma cortada es holocausto” (p.194)

El día de hoy podemos sumar un dato a la biografía de Jorge Boccanera: el premio del Festival Internacional de Poesía 2012 “Ramón López Velarde”. Pero este dato no aportará una información vacua en el caso de este autor. Servirá para que sus lectores entiendan la importancia mayúscula de su obra, reconocida por la sensibilidad y la solidaridad de las instituciones, como la de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) que hacen posible este Festival de Poesía y otorga el Premio López Velarde a Jorge Boccanera. A todas ellas debemos agradecer que la buena poesía sea aquí enaltecida.

Boccanera
Jorge Boccanera

 

 

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